13 de octubre de 2012

Comité Spinozista / Réplica a Manuel Vicent sobre Spinoza


Desconocemos hasta qué punto Manuel Vicent ha estudiado la filosofía de Spinoza, ni en qué medida prepara en general los contenidos que vierte en su columna de opinión. Sólo sabemos que no nos gustaría que aquellas personas que tengan algún interés por el pensador racionalista se hicieran una idea extravagante de su filosofía leyendo el artículo "Panteísmo" publicado por Vicent el pasado domingo 7 de octubre en El País.*

Uno de los textos más populares dentro de la obra de Spinoza es el apéndice antifinalista de la primera parte de la Ética. En él se hace una suma de los obstáculos que se oponen a la cabal comprensión de su doctrina de la sustancia infinita que denomina Dios. Los principales obstáculos los cifra Spinoza en la creencia en el libre arbitrio y el pensamiento finalista que éste conlleva. Según estas creencias, el ser humano sería libre de gobernarse a sí mismo, como un reino independiente dentro del reino de la naturaleza, sin ser perturbado por sus leyes necesarias. Afirma Spinoza que la creencia en el albedrío --que debe distinguirse cuidadosamente de la libertad-- es resultado de la articulación de la conciencia que el individuo tiene de su propio deseo con la ignorancia de las causas de éste. A esta idea de libertad, además, le corresponde necesariamente la idea de fin, esto es, del objetivo o finalidad que se da a sí mismo el ser humano en virtud de su libertad. Como el ser humano no instruido por la razón ignora las causas de sus deseos y de los fenómenos naturales, no puede sino sorprenderse de encontrar en el mundo muchas cosas que colaboran a la consecución de los fines que persigue, tales como el aire para respirar, los alimentos para comer, o el Sol para calentarse y la noche para dormir. Es entonces cuando la idea de finalidad se desconecta del sujeto humano y se transporta al orden de una naturaleza que habría sido producida por un Sujeto suprahumano y sobrenatural en virtud de fines que satisfacen los deseos humanos. A tal Sujeto se le llama Dios, pero no es otra cosa que la proyección de la imagen que el hombre tiene de sí mismo y de sus deseos. La idea de la acción como un proceso determinado por el libre albedrío de un sujeto que elige entre varios fines posibles se basa pues en la ignorancia y sólo puede conducir a la ignorancia supersticiosa mayúscula consistente en atribuir fines a la naturaleza y convertir a Dios en un sujeto dotado de libre albedrío. De esta manera, el hombre parece “anterior” a una Naturaleza que posteriormente habría sido fabricada para él, para su goce y deleite, por Dios. El Dios así imaginado habría dotado al ser humano de libertad, comodidades y placeres a su alcance, y sólo requeriría de éste un goce libre e inocente de su creación.

Vicent no sólo parece ignorar este texto fundamental de la doctrina de Spinoza, sino que se muestra empeñado en ilustrar estos obstáculos, denunciados por el mismo Spinoza, convirtiéndolos en los supuestos preceptos del Dios spinozista. Empieza así Vicent: "Así habla el Dios de Spinoza: deja de rezar y disfruta de la vida, trabaja, canta, diviértete con todo lo que he hecho para ti. Mi casa no son esos templos lúgubres, oscuros y fríos que tú mismo construiste y que dices que son mi morada. Mi casa son los montes, los ríos, los lagos, las playas. Ahí es donde vivo. Deja de culparme de tu vida miserable. Yo nunca dije que eras pecador y que tu sexualidad fuera algo malo. El sexo es un regalo que te he dado para que puedas expresar tu amor, tu éxtasis, tu alegría." Según Vicent el Dios de Spinoza no es el Dios negro de las sotanas, no es el Dios de la culpa, sino el del placer y la naturaleza puesta al servicio del hombre. Dios se confunde de este modo con lo que Freud denominaba "principio de placer", en una proyección subjetiva e imaginaria que se extiende a una supuesta finalidad del orden natural. Dios, por otra parte, no sólo ha creado el mundo para el hombre, sino que le ha dado el libre albedrío y le dice:"Yo te llené de pasiones, de placeres, de sentimientos, de libre albedrío. ¿Cómo puedo castigarte si soy yo el que te hice?" El Dios que atribuye Vincent a Spinoza es un Dios que propugna una moral hedonista a un hombre dotado de libre albedrío, es el Dios Adánico, el Dios del paraíso forjado para el hombre, un Dios que se enmarca por lo tanto dentro de la crítica global que Spinoza realiza a una concepción finalística de la naturaleza y a sus correlatos subjetivos imaginarios, tanto divinos como humanos. Spinoza mismo nos advierte de que la idea de un Dios tan bondadoso y servil supone una impostura difícil de mantener, como demuestran desgracias tales como "las tempestades, los terremotos o las enfermedades" que acaecen “indistintamente, a piadosos e impíos”, y que niegan palpablemente la hipótesis de un Dios bueno que dispone todas las cosas en beneficio de los hombres. No es muy original por lo tanto, Vicent, cuando pretende preguntar lo siguiente al supuesto Dios de Spinoza:

"Si existiera un Dios tan esteta y se hiciera visible, se le podría exigir que explicara el dolor de tantos inocentes, los millones de niños que mueren de hambre, la violenta depravación de muchos hombres con las mujeres, el instinto de matar que ha inscrito en las entrañas del ser humano."

Pero a pesar de esto, la fuerza de la ignorancia, nos advierte Spinoza, lleva a los hombres a persistir en su “inveterado prejuicio”, lo cual “les ha sido más fácil que destruir todo aquél edificio y plantear otro nuevo.” La ignorancia no es por lo tanto sólo un error subjetivo que se disipe frente a la presencia de lo verdadero, es un enorme edificio que se ancla con fuerza en la conciencia de los individuos, y que persiste en ellos a pesar de las evidencias. De esta manera, el erróneo planteamiento de un Dios que ordena la Naturaleza en virtud de fines lleva al hombre supersticioso a afirmar que “los juicios de los Dioses superan con mucho la capacidad humana”, cuya voluntad divina e inescrutable se convierte por este camino en el inevitable y último “asilo de la ignorancia" en el que se refugia el defensor de la existencia de un Dios bondadoso. La Teodicea fundada en una inescrutable voluntad divina constituye, pues, una forma de preservar la ignorancia que describe la Ética de Spinoza, pero ésta no es ni mucho menos la única forma posible de salvar este formidable “edificio” de ignorancia. La alternativa barajada por Vicent en su artículo es un claro ejemplo de ello. Cuando aceptamos como válida la estructura sujeto-fines para explicar los acontecimientos de la naturaleza y las acciones humanas, nos deslizamos por una pendiente que sólo puede conducir a más ignorancia. Este círculo del sujeto y de los fines proyectado sobre el ámbito general de la naturaleza puede coincidir con un hedonismo optimista "new age" como el que inspira la ingenua doctrina que pone Manuel Vicent en la imposible boca del Dios spinozista, pero también puede fundar un pesimismo dolorista basado en la culpa como el que subyace --sin llegar a formularse como tal-- a la crítica del propio Vicent a ese Dios jipi y místico que, por falta de información, confunde con el de Spinoza. El Dios "jipi" y "bueno", el Dios que, según el supersticioso, ha creado la naturaleza para nosotros y nos ha dado el albedrío es exactamente el mismo Dios que atormenta al supersticioso cuando esta misma naturaleza se le antoja mala. El Dios de la esperanza es al mismo tiempo, y de manera inseparable, el Dios del temor, pero no es el Dios donde habita la libertad humana, un Dios muy poco jipi y poco místico cuyo concepto se construye minuciosamente en el libro I de la Ética.

El Dios de Spinoza está más allá de estos esquemas imaginarios en los que nuestro articulista queda atrapado. Para el Dios de Spinoza, o mejor dicho "en" el Dios de Spinoza --pues no se le puede aplicar la preposición "para" a una sustancia infinita que no tiene finalidad alguna-- no hay ni Bien ni Mal, pues en términos absolutos, en la naturaleza no hay ni fines realizados (Bien) ni frustrados (Mal). El Bien y el Mal, así como todo tipo de trascendentes sustantivados (tales como la Belleza y la Fealdad, o el Orden y la Confusión), no expresan propiedades de las cosas mismas; son meras denominaciones que se refieren al modo en que son afectados los individuos. No se puede por lo tanto, acusar al Dios de Spinoza de haber creado el Mal, pues tanto éste como su correlato, el Bien, no son, en palabras de Spinoza, sino “modos de imaginar” que “son consideradas por los ignorantes como si fuesen los principales atributos de las cosas”. No hay motivos para deprimirse con un supuesto Dios o naturaleza, o ser humano, que lleve inscrito en sus entrañas el Mal, como tampoco lo hay para consolarse en un supuesto Dios bondadoso de voluntad inescrutable. Spinoza nos dice que “la perfección de las cosas debe estimarse por su sola naturaleza y potencia”, y sólo pueden estar en falta, error, o culpa, por cuanto las comparamos con esos entes trascendentes imaginarios. El Bien y el Mal sólo pueden ser entonces nombres de la ignorancia, entes abstractos cuya producción afectiva y social permanece ignorada por aquél que ni se los cuestiona. El Bien y el Mal sustantivados, así como la Belleza y la Fealdad o el Orden y la Confusión, pertenecen a ese orden de cosas según el cual los hombres “se esfuerzan por que todos aprueben lo que uno ama u odia”, lo cual “es en realidad ambición” [E3p31esc]. Valores trascendentes que tienen, por lo tanto, funciones de normalización y homogeneización social, en virtud de la creación de un sujeto sometido que se encuentra siempre con respecto a ellos en situación de mérito o culpa. La estructura sujeto-fines se muestra así como la matriz ideológica básica de la configuración de la subjetividad y de la sujeción humanas.

La libertad para Spinoza no consiste, por lo tanto, en el libre arbitrio. Frente a la función normalizadora de los trascendentales morales que condicionan las conductas, Spinoza propone la experimentación práctica de la búsqueda coyuntural y concreta de lo que nos es bueno y útil, búsqueda que no puede realizarse sin el conocimiento de aquello que determina nuestras acciones. La libertad nunca será, por lo tanto, esa idea falsa y retroactiva que proyectamos por ignorancia sobre nuestras acciones y que sirve generalmente para ocultar la servidumbre estratégicamente construida en la que estamos integrados. La libertad consistirá más bien en liberarnos de los obstáculos alienantes de la ignorancia, obstáculos que nos someten a esas pequeñas teodiceas cotidianas que justifican nuestras miserias en virtud de su deuda con algún Fin. Hacer participar a Spinoza del vicio ideológico de la teleología y el libre arbitrio constituye no solamente una enorme muestra de desconocimiento filosófico, sino que, lo que es mucho más grave, es un pequeño acto de resistencia de esa vieja ignorancia que se niega obstinadamente a renunciar a sus construcciones fantasiosas y delirantes.