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09 julio, 2012

Anthony Grafton / Spinoza y las raíces holandesas de la Ilustración


Jonathan I. Israel, La Ilustración radical. La filosofía y la construcción de la modernidad, 1650-1750, trad. Ana Tamarit, FCE, México, 2012, 1004 pp.

¿Alguna vez fuimos modernos? ¿O filosóficos? ¿O ilustrados? Hoy muchos empezamos a dudarlo, especialmente si vivimos en el lugar que se veía a sí mismo como el mejor fruto de la Ilustración y la modernidad: los Estados Unidos de América.

Con presidentes que buscan una guía divina, científicos que atacan la evolución y gobiernos que destinan fondos públicos a asociaciones de caridad sectarias, es cada vez más difícil reconocer en nuestra vida pública aquella república que crearon Franklin y Jefferson; al mismo tiempo, la cultura popular está transformando a algunos de los alegres filósofos, padres de nuestra bella nación, en inverosímiles caballeros, cristianos y muy devotos. También en las universidades, aunque de forma distinta, la modernidad y la Ilustración ahora son insultos técnicos: constituyen un código para referirse a las enormes prisiones estilo Piranesi que hoy habitamos o al Estado vigilante que registra nuestras conversaciones y conoce cada uno de nuestros movimientos (aunque, tristemente, no lo suficiente como para prevenir que algunos de nosotros ataquemos el orden cultural en el que estamos inmersos).

Ninguno de estos acontecimientos parece alterar a Jonathan Israel. La Ilustración de la que él habla es buena y moderna. Democrática, igualitaria y secular, se opone al dominio de la monarquía sobre sus súbditos, del hombre sobre la mujer, del clero sobre los laicos y de los amos sobre los esclavos. Su embestida cambió el mundo y terminó con estructuras sociales, políticas e intelectuales que se habían mantenido casi sin cambios a pesar del Renacimiento y la Reforma. Es cierto que la Reforma había derribado a la iglesia occidental europea —única, sagrada e indivisible— de la Edad Media, pero Aristóteles aún reinaba en las universidades, fueran luteranas, calvinistas o católicas, así como en las jerarquías sociales.

Para derribar a Aristóteles y a las jerarquías, al sacerdocio y a la opresión, fue necesario —como pasó con las colosales estatuas de Ramsés— un sismo como el que provocó la Ilustración; y más importante aún, desde el restringido punto de vista del historiador, Israel sabe con precisión dónde acumuló fuerza esta aplastante nueva ola: en los Países Bajos durante la segunda mitad del siglo xvii.

El movimiento filosófico fundado por Baruch de Spinoza fue la raíz de la Ilustración y se convirtió en su núcleo; esta “Ilustración radical”, como Israel la llama, comenzó como la razonada discrepancia de un atento judío holandés en contra de las estructuras de autoridad que todos a su alrededor aceptaban, y se convirtió en un mensaje revolucionario que fue ganando adeptos y movilizándolos hasta formar células de activistas en todas partes, desde la Nápoles de Vico hasta el Londres de Toland. Tradicionalmente los historiadores anglosajones han descrito la Ilustración en términos similares a los de Voltaire: un movimiento francés que surgió, en su mayoría, de raíces inglesas. Israel se propone demoler esta concepción y remplazarla con algo completamente distinto: su Ilustración se inició en los Países Bajos y en ocasiones prosperó con más vehemencia en Alemania y Escandinavia que en la Francia absolutista dominada por sacerdotes.