José
Luis Da Silva Pinto
En
las primeras líneas del Tratado de la reforma del entendimiento (en adelante TRE), Spinoza nos
alerta sobre el modo idóneo de alcanzar el sumo bien. Advierte que no sirve
cualquier vía para conseguirlo. El autor se valdrá de su experiencia personal para
confirmar su propuesta. Gran parte de la vida transcurre en medio de cosas
“vanas y fútiles” (Spinoza, 1988a: 75) que son consideradas por la mayoría de
las personas como provechosas y dotadas de sentido y valor. Tocará en
consecuencia desautorizar, a juicio del autor, dichas pretensiones propias del
vulgo y, mirar sin reparo, que la procura de la verdad está más allá de toda
placentera comodidad o de provecho encubierto. Que el mal y el bien no son un
asunto de interés y menos de beneficio o perjuicio focalizado en un momento y
lugar determinados. No son pocas las
veces en que los individuos se dejan guiar por disposiciones del ánimo para
distinguir el bien del mal, lo cual resulta para Spinoza incierto y falto de
fundamento epistemológico: “…como veía que todas aquellas que eran para mí
causa y objeto de temor, no contenían en sí mismas ni bien ni mal alguno a no
ser en cuanto mi ánimo era afectado por ellas…” (75).
Los
afectos, cuando son dominados por íntimos temores o circunstancias externas,
poco
pueden ayudar a superar los escollos y mucho menos a ganar el temple
necesario para entender el camino de la verdad. Un problema de tan importante
envergadura como conocer la diferencia entre el bien y el mal no puede quedar
circunscrito al mundo de las afecciones de una experiencia variada, interesada
y siempre disconforme con un modo unívoco de entender y obrar. En una palabra,
que la ciencia y la moral no encuentran su justificación en la opinión, sino en
un conocimiento superior, no dejándose llevar por los vientos que soplan.
Además, no puede tomarse como criterio de fundamentación conceptual el
reconocer las cosas por medio de un valor circunstancial y acomodaticio: “…una
sola y la misma cosa puede ser al mismo tiempo buena y mala, y también
indiferente…” (Spinoza, 1977: 174), por lo que un método amparado en juegos de
analogías no sería lo más indicado para proveerse de un verdadero conocimiento
de las cosas: “Por lo que atañe a lo bueno y a lo malo, tampoco indican nada
positivo de las cosas, por lo menos consideradas en sí mismas, y no son sino modos
de pensar o nociones que formamos porque comparamos las cosas unas con otras…”
(174).
Tanto
el bien como el mal son relaciones que el hombre utiliza para realizar
equivalencias o
