Juan Domingo Sánchez Estop
La
contraposición entre Kant y Spinoza en lo que al pensamiento político se
refiere debe situarse en una marco histórico más amplio, pues cada uno de ellos
representa una de las dos grandes líneas de la filosofía política moderna. Kant
es la culminación de una línea mayoritaria iniciada por Hobbes en la que la
preocupación fundamental es la legitimidad del poder y el propio poder se
presenta bajo la figura de la transcendencia. En esta línea dominante se
inscriben Locke, Rousseau, Hegel e incluso el positivismo jurídico kelseniano.
En la segunda línea en la que se inscribe Spinoza, la preocupación fundamental
no es la legitimidad del poder sino la libertad entendida como potencia, como
capacidad de obrar efectiva del individuo singular y colectivo, denegando toda
trascendencia al poder. En esta línea destacan los nombres de Maquiavelo y de
Marx. Frente a la línea que somete toda libertad a la obediencia legítima,
discurre la línea subterránea de la libertad constituyente.
No es
posible hoy desarrollar esta contraposición, ni siquiera en lo que se refiere a
Kant y a Spinoza. Nos ceñiremos por ello al enunciado que hemos propuesto: «más
allá de la virtud y del terror». Antes de nada, es necesario explicarlo. Virtud
y terror son los dos momentos de toda política republicana
según Robespierre. Citemos el texto en que el dirigente y tribuno
revolucionario mejor define esta polaridad: «Si el resorte del gobierno
popular en la paz es la virtud, el resorte del gobierno popular en revolución
es a la vez la virtud y el terror: la virtud, sin la cual el terror es funesto;
el terror, sin el cual la virtud es impotente. El terror no es otra cosa que la
justicia pronta, severa, inflexible; es por consiguinte una emanación de la
virtud: es menos un principio particular que una consecuencia del principio
general de la democracia aplicado a la más urgente necesidad de la patria.»
(Sur les principes de morale politique, 18 pluviôse, an II, in
Robespierre, Pour le bonheur et la
liberté, La fabrique éditions, Paris 2000, p. 296) Robespierre expresa aquí
una paradoja que supera el marco de la coyuntura revolucionaria y arroja luz
sobre una de las antinomias fundamentales de la teoría moderna del Estado, pues
para establecer la paz basada en la virtud y en la libertad es necesario pasar
por la violencia y el despotismo. Retomando las palabras de Robespierre: «El
gobierno de la revolución es el despotismo de la libertad contra la tiranía.»
Cabe preguntarse a partir de las palabras de Robespierre por las condiciones
reales del marco aparentemente tranquilo de la política burguesa: ¿Acaso la
libertad burguesa no supone necesariamente un despotismo? ¿No es acaso la
libertad de los modernos -la libertad reducida a libertad contractual y
mercantil- una forma particular y tal vez aguda de despotismo?
Virtud y
terror son los dos polos principales entre los que se mueve la política del
Estado moderno en cuanto son emblemas de su doble fundamento en el derecho
y en la soberanía. Robespierre es perfectamente consciente de ello,
pero ese momento de lucidez no durará. Todo el empeño del normativismo moderno
se ha centrado, a partir de Kant, en intentar conciliar estos dos elementos en
un constructo denominado Estado de derecho, esto es en
evacuar los aspectos no jurídicos de la soberanía procurando subsumirla
plenamente en el derecho. Subsumir el ser efectivo, lo que denomina Maquiavelo
«la verità effettuale» en el deber ser, subsumir la violencia en el
derecho haciendo de ella un tautológico monopolio de la violencia legítima. En
último término, eliminar toda violencia en un orden regido por el consenso en
torno al mercado y a la política repreentativa electoral-parlamentaria. Esta
empresa sólo logra su objetivo con un coste importante en términos de
coherencia racional y de libertad política e incluso, paradójicamente, de
reducción de la violencia, como ha mostrado brillantemente Carl Schmitt a lo
largo de su obra, pues la violencia desplegada en nombre de la paz, de la
humanidad y de la virtud contra sus presuntos enemigos.carece de límites y no
sólo como pretende Carl Schmitt en las relaciones entre Estados, sino ya dentro
de la constitución de cada Estado como un todo social coherente e internamente
pacificado. Esto se condensa en dos fórmulas de Carl Schmitt: «Humanität,
Bestialität» y «Quien dice humanidad quiere engañar» que el jurista italiano
Danilo Zolo ha comentado abundantemente en sus trabajos. Por mucho que se
pretenda reducir el poder soberano a derecho, siempre queda un residuo, un
espacio de la excepción: un resto no jurídico, pero esencial, pues en él tiene
su fundamento el propio derecho. Intentar ignorarlo sólo contribuye a que la
excepción soberana reaparezca en formas aberrantes como el imperialismo, el
terrorismo o, postmodernamente, la guerra de exterminio contra los enemigos de la
paz y del derecho. Intentaremos explorar brevemente el modo intermitente en que
la violencia se oculta y reaparece en la obra política de Kant.
