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26 mayo, 2012

Gontzal Zubizarreta / Jacques Rancière: El odio a la democracia


Jacques Rancière, El odio a la democracia, trad. Irene Agoff, Amorrortu, Buenos Aires, 2006.

Con el libro El odio a la democracia, Jacques Rancière se implica de lleno en el gran debate que vive parte de la inte­lectualidad francesa en torno al concepto y uso de «democracia». Rancière tiene una motivación clara para su publica­ción: desmontar las mentiras y contradic­ciones que la intelectualidad «antidemo­crática» achaca al objeto de sus críticas y, sobre todo, a su protagonista, el indivi­duo democrático.

Para ello, el autor francés parte de la definición de la paradoja democrática, es decir, la paradoja que surge al entender la democracia como el reinado del exceso de sus sustentadores, lo cual llevaría a la ruina del mismo gobierno democrático, por lo que estos gobiernos deberían re­primir los excesos que su mismo sistema genera. Esta paradoja se convierte en punto de partida teórico a criticar para un Rancière que, con paciencia y mucho tino, tratará, no solo de desacreditar a los nuevos conservadores que usan el hijo del consumo, el individuo democrático, como culpable de todos los males, sino para expresar su posicionamiento demo­crático, sus ideas en torno a este concep­to tan controvertido y su aplicación a la realidad política francesa.

Rancière pone en la diana, se enca­pricha en criticar una de las obras que podrían acogerse como paradigma del nuevo odio hacia la democracia, a saber, Les penchants criminels de l’Europe démo­cratique, de Jean-Claude Milner, obra que sitúa la democracia occidental como enemiga fundamental del pueblo filial de Israel. Este posicionamiento da al autor de El Odio a la democracia las claves del nuevo odio al que se enfrenta la ya des­gastada democracia. El individuo demo­crático se habría convertido en un indivi­duo egoísta, la democracia se identificaría con una sociedad de consumo y la escue­la sería la culpable última de tal degene­ración, la que ha tenido el papel protagonista en la creación de este tipo de sociedad de excesos. Lo interesante aquí es darse cuenta de la caracterización ani­malizada, despojándolo de su politicidad, que Milner da al individuo normal y corriente de cualquier sociedad democrá­tica y occidental de hoy en día. Incluso se critican, se ponen en duda los dere­chos, derechos de los individuos egoístas, de individuos que solo miran para sí y no para la colectividad.

Pero veamos quién es este individuo democrático al que tanto critican los ene­migos de Rancière. La ecuación por la cual los críticos actuales de la democracia critican su objeto es sencillo, a saber, los individuos egoístas, aquellos que Marx creía que eran los propietarios de los me­dios de producción por no ver más que sus propios beneficios personales, ha pa­sado, se ha rebajado, a toda una sociedad y a todos y cada uno de los individuos de la sociedad. Esto es en lo que se ha con­vertido la sociedad, en una suma de indi­viduos que solo tienen el lucro personal como objetivo en la vida, forma de ac­tuar que más tarde o temprano destruirá, no solo el sistema, sino que nos llevará al final de la humanidad si alguien no lo remedia.

La simple ecuación de democracia = ilimitación = sociedad lleva a pensar que la democracia es una forma de sociedad y no una teoría política; que es el reinado del individuo consumista y no el de los hombres libres. La democracia, para sus críticos contemporáneos, se ha reducido a tan solo una sociedad de consumo de individuos privilegiados.

Se podrá decir que la reducción de la democracia hacia una forma de sociedad es la primera de las reducciones que Ran­cière identifica como pertenecientes al odio a la democracia. Pero aún queda un segundo y quizás más inquietante movi­miento que Rancière identifica como la tendencia autodestructiva que los nuevos enemigos de la democracia achacan a la forma social de nuestra democracia. El campo de batalla, de desarrollo de este segundo movimiento sería la escuela, donde el individuo democrático, reduci­do a un pequeño individuo democrático que ve en el maestro un vendedor de ser­vicios igual que el frutero o el televiden­te, destruye de golpe a toda una genera­ción de maestros republicanos que no pueden ya transmitir a las almas vírgenes un saber universal que vuelve igual a los hombres. Si esta «raza» desaparece y la escuela ya no es el transmisor, no puede ya educar a los pequeños individuos egoístas, la humanidad irá directa a la autodestrucción.

En fin, toda la política de hoy se re­duciría a una dualidad entre la humani­dad adulta, fiel a la tradición, costumbres republicanas y defensora de los auténti­cos valores de la humanidad, contra una humanidad pueril, una masa de indivi­duos democráticos, consumidores, privilegiados que llevarían a la humanidad a su autodestrucción. La sociedad es el hábitat de esta segunda «raza» de individuos; la democracia, su alentadora. Según Milner y sus compañeros de bata­lla, la democracia actual sería la humani­dad del pastor perdido.