Chantal Jaquet
Según Freudenthal, la máxima Caute que remite etimológicamente a la idea de cautela, de
precaución o de prudencia expresa una regla de desconfianza: ‘Desconfíe, tal
era el lema inscrito sobre su sello’ (Spinoza, Sein Leben und Seine Lerhe, p. 174). En realidad, aunque Spinoza
confiese en repetidas oportunidades su desconfianza a lo largo de su
correspondencia, sobre todo para con su alumno Casearius (C 9) o para con
Leibniz (C 72), es poco probable que haya elegido como lema un afecto pasional
triste. La desconfianza es una forma de miedo, es decir, de ‘tristeza
inconstante nacida de la imagen de una cosa dudosa’ (E3p18e2). Implica por
consiguiente una disminución de nuestra perfección y no podría constituir un
lema meditado. Una filosofía de la felicidad que comenzase con una máxima de
tristeza sería idéntica a una sabiduría en donde la pasión valiese como razón.
La fórmula no debe ser entendida entonces como una forma pasional de
desconfianza, sino como una forma racional de prudencia.
I. La prudencia práctica o el arte de adaptarse al vulgo
¿Hay que estimar entonces con Leo Strauss que, con
este lema, Spinoza ‘no apuntaba esencialmente a la prudencia requerida en las
investigaciones filosóficas, sino la prudencia necesaria al filósofo en su
trato con los no-filósofos?’ (le
Testament de Spinoza, éditions du Cerf, p. 233). La máxima recubriría según
él todo un arte de escribir y de hablar ad
captum vulgi, es decir conforme a la comprensión del vulgo, fundado sobre
la distinción entre un sentido esotérico, escondido, de uso interno, y un
sentido exotérico, aparente, de uso externo. Leo Strauss sostiene que no sólo
Spinoza esconde la verdad en el Tratado
teológico-político, sino que no duda en contradecirse y en afirmar lo
contrario de lo que piensa. Para discernir lo verdadero de lo falso, ‘la regla
adecuada para leer el Tratado es
la siguiente: ante una contradicción, considerar el enunciado más alejado de lo
que Spinoza pensaba que correspondía a la opinión del vulgo como la expreisón
de su verdadero pensamiento (Op. cit.,
p. 240).
Es cierto que, en Spinoza, la existencia de una forma
de comunicación ad captum vulgi es
innegable y constituye incluso la primera regla de vida preconizada por el Tratado de la reforma del entendimiento
a lo largo de la búsqueda de una perfección humana suprema. Es bueno ‘poner
nuestras palabras más allá del alcance del vulgo y hacer, según su manera de
ver, todo lo que no nos impedirá alcanzar nuestro objetivo’ (TRE, párrafo 6).
La prudencia se define como una forma de sabiduría práctica que consiste en
adaptarse, dentro de los límites de lo razonable, a la manera de pensar de los
hombres. Sin embargo, esta virtud no consiste en disimular la verdad y en
practicar un arte de escribir tal que la plebe no comprenda las declaraciones
subversivas que sólo el sabio sabrá descifrar. El objetivo de la regla es
claro: adaptándonos cuanto podamos al vulgo ‘tenemos mucho que ganar con él,
nos amoldamos a su manera de ver las cosas y además encontraremos así orejas
bien dispuestas a escuchar la verdad’ (TRE, párrafo 6).
