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19 abril, 2018

ALAIN BADIOU: LA ONTOLOGÍA CERRADA DE SPINOZA

BADIOU, Alain. “La ontología cerrada de Spinoza”, en Breve tratado de ontología transitoria, Gedisa, Barcelona, 2002, pp. 67-83.

Cuando una proposición del pensamiento sobre el ser se presenta, fuera de la matemática, como originariamente filosófica, versa sobre la generalidad del «hay» [«il y a»]. Y entonces lo que hace es convocar necesariamente tres operaciones primordiales.

Lo primero es construir y legitimar el o los nombres del «hay»…

En segundo lugar, es preciso desplegar la o las relaciones a partir de las cuales nos proponemos evaluar la consistencia del «hay».

Y por último  --y en esto consiste el cuerpo complejo de toda filosofía del ser, considerada aquí como matemática implícita—hay que garantizar… las relaciones formalmente inteligibles sobre lo que queda supuesto, o lo que es soportado, por los nombres del «hay».

[…]

Un examen académico de la Ética puede poner de relieve su pronunciada simplicidad. El «hay» queda indexado en un solo nombre, la Sustancia absolutamente infinita, o Dios. La única relación admitida es la causalidad. La consolidación de la relación en el nombre pertenece al orden de la realización inmanente del propio «hay», ya que, como se sabe, según la proposición XXXIV de la primera parte, «La potencia de Dios es su esencia misma», cosa que no sólo quiere decir, según la proposición XVIII de la misma parte, que «Dios es [la] causa inmanente […] de todas las cosas», sino que esa es su identidad, pensada en la consolidación de la relación causal.

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13 marzo, 2018

SPINOZA: ACAECERES, METAINDIVIDUOS Y VENCEJOS


Jesús Ezquerra Gómez*
Universidad de Zaragoza

I

En el universo spinoziano no hay substancias. No hay substancias porque hay la substancia. La afirmación de la substancia es la negación de las substancias. Afirmar que sólo hay una única substancia es el modo que Spinoza tiene de decir que no hay en absoluto substancias.

La palabra latina substantia traduce el griego ousía,  es decir, lo que es (ousía deriva del tema de participio del verbo eîmi:  ont, y el sufijo de formación de sustantivos: -ia). La ousía es, además, lo que subyace a y sustenta (de ahí la traducción latina) lo que le acaece (to symbebekós). Lo que acaece le acaece a lo que es. A esto que es –a esta ousía– le acontece, por ejemplo, el tener determinada magnitud, el ser de tal o cual color, el ser relativo a esto o a aquello, et cetera. Todos estos acaeceres presuponen la ousía: Una magnitud no se da aislada, es la magnitud de algo; un color tampoco es sólo color, es el color de algo; una relación no subsiste como tal, necesita de algo relativo a otro algo. Ese “algo” del que se pueden predicar magnitudes, cualidades, relaciones, et cetera., es la ousía. La ousía es el sujeto (hypokeímenon, es decir, lo que subyace) de toda posible predicación pero nunca algo predicable.[1] Es, por lo tanto, aquello que necesitan otras cosas (lo que acaece) para existir, pero que existe por sí mismo, sin necesidad de otra cosa.  “Por substancia –escribe Spinoza– entiendo aquello que es en sí y se concibe por sí, es decir, aquello cuyo concepto no necesita del concepto de otra cosa  por el que deba ser formado”. Sólo hay una cosa –si se la puede llamar así– cuyo concepto no necesita del concepto de otras cosas: aquella que incluye exhaustivamente todas las cosas, imposibilitando así toda alteridad (pues no hay lo otro de todo). Eso es lo que Spinoza llama substancia. Su concepto no necesita del concepto de otra cosa porque incluye el concepto de todas las cosas. Es lo que Kant denominó Imbegriff aller Realitäten (omnitudo realitatis),[2] es decir, el concepto integrador de todas las realidades.

02 mayo, 2016

Spinoza

Alain Badiou

«Quicquid est in Deo est» o: todas las situaciones tienen el mismo estado.
Ética, libro I

Spinoza tiene una aguda conciencia de que los múltiples presentados --que .él llama «cosas singulares» (res singulares)-- son, en general, múltiples de múltiples. En efecto, una composición de múltiples individuos (plura individua) es una sola y misma cosa singular; basta para ello que esos individuos concurran en una única acción, es decir, sean simultáneamente la causa de un único efecto (unius effectus causa). Dicho de otro modo: para Spinoza, la cuenta-por-uno de un múltiple, la estructura, es la causalidad. Una combinación de múltiples es un múltiple-uno, por ser ella lo uno de una acción causal. La estructura es legible retroactivamente: lo uno del efecto valida lo uno-múltiple de la causa. El tiempo de incertidumbre de esta legibilidad distingue a los individuos, cuyo múltiple, que se supone inconsistente, recibe el sello de la consistencia a partir del momento en el que se señala la unidad de su efecto. La inconsistencia; o disyunción, de los individuos es entonces considerada como la consistencia de la cosa singular, una y la misma. En latín: la inconsistencia es plura individua; la ·consistencia, res singulares. Entre las dos, la cuenta-por-uno es unius effectus causa, o una actio.

El .problema de esta doctrina es que resulta circular. Si se puede determinar lo uno de una cosa singular sólo en la medida en que ella, en tanto múltiple, produce un único efecto, se debe disponer previamente de un criterio para esta unicidad. Ahora bien, ¿qué es el efecto? Se trata, sin duda, de un complejo de individuos del que, para afirmar lo uno --para decir que se trata precisamente de una cosa singular--, se debe considerar los efectos, y así sucesivamente. De acuerdo con la estructura causal, la retroacción del efecto-de-uno depende de la anticipación de los efectos del efecto. Parece haber en esto una oscilación infinita entre la inconsistencia de los individuos y la consistencia de la cosa singular, puesto que el operador de cuenta que los articula --la causalidad-- sólo puede ser afirmado a partir de la cuenta del efecto.

Lo sorprendente del asunto es que Spinoza no parece en absoluto molesto por este impasse. Quisiera interpretar aquí, más que esta aparente dificultad, el hecho de que no sea tal para el propio Spinoza. A mi entender, la clave del problema es que, en la lógica fundamental de Spinoza, la cuenta-por-uno está asegurada, en última instancia, por la meta-estructura, por el estado de la situación, que él llama Dios, o la Substancia. Spinoza constituye la tentativa ontológica más radical jamás emprendida para identificar estructura y meta-estructura, para asignar el efecto-de-uno directamente al estado, para in-distinguir pertenencia e inclusión. Al mismo tiempo, se comprenderá que se trata de la filosofía que, por excelencia, forcluye el vacío. Mi intención es establecer que esta forclusión fracasa y que el vacío, cuya clausura meta-estructural, o divina, debía asegurar que·fuera in-existente e impensable, resulta íntegramente nombrado y ubicado por Spinoza bajo el concepto de modo infinito. También se podrá decir que a través del modo infinito Spinoza designa, a pesar suyo --y, por lo tanto, según la más alta conciencia inconsciente de su tarea--, el punto, que persiguiera por todas partes, donde no se puede prescindir de la suposición de un Sujeto.

30 marzo, 2015

Evolución de Spinoza

Gilles Deleuze

Avenario planteó el problema de una evolución de Spinoza. Distingue tres fases: el naturalismo del Breve tratado, el teísmo cartesiano de los Pensamientos metafísicos, el panteísmo geométrico de la Ética [1]. Si bien puede dudarse de la existencia de una fase cartesiana y teísta, parece fuera de cuestión el que haya una considerable diferencia de énfasis entre el naturalismo inicial y el panteísmo final. Recogiendo el problema, Martial Gueroult muestra cómo el Breve tratado se basa en la ecuación Dios = Naturaleza, y la Ética, en Dios = substancia. El motivo fundamental del Breve tratado es que todas las substancias pertenecen a una sola e igual Naturaleza, mientras que el de la Ética es que todas las naturalezas pertenecen a una sola y misma substancia. En el Breve tratado, en efecto, la igualdad Dios-Naturaleza determina que Dios no sea él mismo substancia, sino «Ser» que presenta y reúne todas las substancias; la substancia no alcanza, pues, su entero valor, puesto que no es todavía causa de sí, sino concebida por sí. Por el contrario, en la Ética, la identidad Dios-substancia determina que los atributos o substancias calificadas constituyan realmente la esencia de Dios y gocen ahora de la propiedad de ser causa de sí. Sin duda el naturalismo no por ello deja de ser fuerte; pero en el Breve tratado se trataba de una «coincidencia» entre la Naturaleza y Dios a partir de los atributos, mientras que la Ética demuestra una identidad substancial en función de .la substancia única (panteísmo) [2]. Hay en la Ética una especie de desplazamiento de la Naturaleza, cuya identidad con Dios debe fundamentarse, y que a partir de entonces es más idónea para expresar la inmanencia de lo naturado y lo naturante.

En esta fase consumada del panteísmo, podría creerse que la filosofía se instala inmediatamente en Dios, y empieza por Dios. Pero esto no es rigurosamente cierto. Era cierto en el Breve tratado: sólo él empieza por Dios, por la existencia de Dios --a riesgo de sufrir el contragolpe, es decir, una ruptura en el encadenamiento del primer capítulo con el segundo. Pero, en la Ética, o ya en el Tratado de la reforma [del entendimiento], cuando Spinoza dispone de un método de desarrollo continuo, evita precisamente empezar por Dios. En la Ética, parte de atributos substanciales cualesquiera para llegar a Dios como substancia constituida por todos los atributos. Llega, pues, a Dios tan pronto como es posible, inventa él mismo este atajo que, sin embargo, precisa de nueve proposiciones. Y en el Tratado de la reforma [del entendimiento] partía de una idea verdadera cualquiera para llegar «lo más rápidamente posible» a la idea de Dios. Pero nos hemos habituado hasta tal punto a creer que Spinoza tenía que empezar por Dios que los mejores comentadores conjeturan lagunas en el texto del Tratado e inconsecuencias en el pensamiento de Spinoza [3]. De hecho, llegar a Dios lo más rápidamente posible, y no inmediatamente, forma por entero parte del método definitivo de Spinoza, tanto en el Tratado de la reforma [del entendimiento] como en la Ética.

Se observa la importancia general de estos problemas de velocidad, lentitud y precipitación en el desarrollo de la Ética: se requiere una gran velocidad relativa, pero no la inmediatez, para llegar a Dios como substancia, a partir de lo cual todo se demora y se dilata, sin que esto sea obstáculo para que nuevas aceleraciones se produzcan en momentos siempre necesarios [4]. La Ética es precisamente un río que fluye ora rápida, ora lentamente.

Cierto 'es que el método de Spinoza es sintético, constructivo, progresivo, y procede de la causa a los efectos. Pero esto no equivale a afirmar que pueda instalarse en la causa mágicamente. «El orden debido» va, desde luego, de la causa a los efectos, pero es imposible seguir inmediatamente el orden debido [5]. Tanto desde el punto de vista sintético como desde el punto de vista analítico, se parte evidentemente del conocimiento de un efecto o, por lo menos, de un «dato». Peo, mientras que el método analítico inquiere la causa como simple condición de la cosa, el método sintético inquiere una génesis en lugar de un condicionamiento, o sea una razón suficiente que nos dé a conocer asimismo otras cosas distintas. En este sentido, al conocimiento de la causa se lo llamará más perfecto, y procederá lo más rápidamente posible de la causa a los efectos. La síntesis contiene, es cierto, en su comienzo un proceso analítico acelerado, pero del que se sirve solamente para alcanzar el principio del orden sintético: como ya afirmaba Platón, se parte de una «hipótesis» para dirigirse, no hacia las consecuencias o condiciones, sino hacia el principio «anhipotético», del que se siguen ordenadamente todas las consecuencias y condiciones [6].

10 febrero, 2014

Spinoza's Metaphysics / La metafísica de Spinoza

Charlie Huenemann

Yitzhak Y. Melamed, Spinoza's Metaphysics: Substance and Thought, Oxford University Press, 2013, 232 pp.

In this book, Yitzhak Melamed engages critically with recent attempts to reinterpret and refortify Spinoza's metaphysics, and contributes his own set of distinctions and spirited defenses to the project. He is concerned especially with presenting a new interpretation of how the various attributes of God relate to the attribute of thought. This leads to attributing a new flavor of dualism to Spinoza -- a dualism not of mind and body, but of ideas and things.

Part I presents a more general interpretation of Spinoza's monism. Melamed's principal aim here is to argue against Edwin Curley's influential interpretation, and at the same time to defend Spinoza from the objections raised early on by Bayle. In his 1969 book, also entitled Spinoza's Metaphysics, Curley argued that the relation between Spinoza's God and finite things is best understood not according to a substance/property model, but as something akin to the relation between laws of nature and particular facts. Melamed argues this leads to several untoward consequences, including not being able to say Spinoza was a pantheist, not being able to make full sense of critical concepts like immanence and inherence, and having to say that Spinoza's God cannot really know anything. I won't closely review these arguments or possible rejoinders to them, since this kind of objection has been raised many times before, and Curley has been able to supply ready defense. The matter always seems to revolve upon which set of problems an interpreter is least unhappy to face. While Melamed argues with deliberate care and precision in this section, it is the part that most reflects the fact that the book grew out of a doctoral dissertation.

Toward the end of Part I, Melamed offers several insights about the nature of Spinoza's infinite modes, entities practically unheard of outside his metaphysics. Melamed deduces what he can from Spinoza's scattered remarks, but is finally forced to conclude that we simply do not have enough information to say much about them. He does however raise a strategic question well worth pursuing: what would go wrong in Spinoza's metaphysics if he hadn't called forth infinite modes? Melamed's answer is that there would be a motley collection of finite modes, which did not possess any unity or exhibit any global regularities governing changes among them. Membership in an infinite mode constrains the behaviors and natures of finite modes in ways that eventually account for the patterns and lawful regularities we observe in the world.

13 mayo, 2013

Spinoza. Pensamiento y materia, otra vez

Antonio Escohotado

Resulta difícil hallar en la historia de la filosofía una secuencia deductiva tan brillante, tantos paralogismos reunidos y tanta falta de sentido crítico [como en Descartes]. La unidad del ser y el pensamiento, la reconciliación con la realidad que es la conciencia de sí del hombre, desemboca […] en un yo singular que reconoce el ser real sólo a través de las garantías ofrecidas por un buen Dios. Puede decirse, en consecuencia, que Descartes sigue aún dentro del tanque de privación sensorial representado por la famosa estufa donde se metió cuando andaba guerreando con los católicos bávaros contra infieles y herejes; y que al abrirse allí de repente un pequeño tragaluz quedó cegado por la súbita claridad del día, incapaz de discernir sino las sombras de las cosas.

Esto lo vemos cuando define después la substancia («aquella cosa que no necesita de ninguna otra para existir») repitiendo a Aristóteles textualmente, aunque extraiga dos consecuencias nada aristotélicas: a) Que substancia sólo puede haber una, la divina, espiritual y providente; b) Que absolutamente todo lo otro o el mundo entero se reduce a dos «cosas» (res) rigurosamente separadas desde siempre y para siempre: la extensión y el pensamiento. La síntesis propuesta como «yo» no sólo no representa síntesis real alguna, sino que para explicar cómo puedo mover un dedo necesito suponer órganos fantásticos como la glándula pineal, donde burbujas o glóbulos de cosa extensa se hacen misteriosamente consonantes con burbujas de cosa intelectual, como si llevar el problema a términos microscópicos pudiese resolver el defectuoso concepto básico.

Finalmente, la conciencia de sí desemboca en un dualismo más estrecho aún que el platónico, donde lo sensible ni siquiera es propiamente corpóreo o material sino pura extensión regida por leyes geométricas. La unidad inmediata de sí mismo, dicen las Meditaciones de filosofía primera, significa dar por «evidente» que «soy distinto de mi cuerpo y puedo existir sin él». La extravagancia de este “mí mismo” bien podría derivar también del clima inquisitorial, que rodea siempre a Descartes como una opresiva malla.