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05 noviembre, 2018

CHANTAL JAQUET: LA UNIDAD DEL CUERPO Y DE LA MENTE. AFECTOS, ACCIONES Y PASIONES

Alfredo Lucero Montaño

Chantal Jaquet, La unidad del cuerpo y de la mente. Afectos, acciones y pasiones en Spinoza, trad. María Ernestina Garbino y Cecilia Paccazochi, Brujas, Córdoba, 2013, 188 pp.

Chantal Jaquet, profesora de la Universidad de París 1, Panteón-Sorbona, es una autora bien conocida desde hace años por sus contribuciones al spinozismo. La unidad del cuerpo y la mente: Afectos, acciones y pasiones en Spinoza es un texto breve donde reconstruye en un orden sintético los elementos de la teoría spinoziana de la afectividad. Lo sugerente de este trabajo es la tesis que formula: el “paralelismo” no es el modelo más idóneo para explicar la relación entre el cuerpo y la mente en Spinoza, por lo que se requiere una explicación propiamente psicofísica, esto es, un “discurso mixto”.

El libro está divido en tres capítulos y una conclusión: en “La naturaleza de la unión del cuerpo y la mente” (Cap. 1) Jaquet critica la errónea interpretación del “paralelismo” en Spinoza y propone una nueva tesis de la relación cuerpo-mente a partir de la recomposición de la noción de afecto y la naturaleza de la unión del cuerpo y la mente; en “La definición de afecto en Ética III” (Cap. 2) esclarece la problemática que se deriva de las dos definiciones diferentes de afecto en Spinoza; y en “Las variaciones del discurso mixto” (Cap. 3) propone definir los afectos bajo una nueva óptica: psicofísicos, corporales y mentales.

Para Spinoza, la unión del cuerpo y la mente debe ser pensada como una unidad, subraya Jaquet, y no como una conjunción de dos sustancias, extensión y  pensamiento. Spinoza así supera el dualismo y, al mismo tiempo, funda la posibilidad de un doble enfoque físico y mental de la realidad humana. ¿Cómo esos modos de concepción se articulan uno con el otro? ¿Cómo se fundan para comprender la naturaleza humana?

Spinoza define la mente como la idea del cuerpo (E2p13).[1] La mente es una manera de pensar el cuerpo –y por extensión el mundo exterior—a través de las afecciones que lo modifican, y postula la naturaleza de esta unión en términos equivalentes a la relación entre una idea y su objeto. ¿Qué significa la tesis que la mente está unida al cuerpo como una idea a su objeto? Spinoza recurre al conocido ejemplo geométrico del círculo. “Un círculo existente en la naturaleza y la idea de un círculo existente […] son una sola y misma cosa” (E2p7esc), que se explica de dos maneras distintas, ya como modo de la extensión, ya como modo del pensamiento. La cosa y la idea de la cosa remiten a la misma cosa, pero no se sigue, afirma  Jaquet, que esta identidad excluye la alteridad. Pues, para Spinoza, toda cosa posee una esencia formal que expresa su realidad y una esencia objetiva que es la idea de esa realidad, así la esencia objetiva de la mente es la idea del cuerpo y se distingue de la esencia formal del cuerpo en cuanto señala la realidad material: “la idea de cuerpo no es el cuerpo mismo” (Tratado de la reforma del entendimiento § 27), es decir, el cuerpo y la mente como dos expresiones de una sola y la misma cosa no son reducibles una a la otra.

Una vez establecidas las condiciones de la unión del cuerpo y la mente, Jaquet articula el objetivo de su trabajo: “el problema es delimitar la esencia de esta unión psicofísica, que implica a la vez identidad y la diferencia entre el cuerpo y la mente, y determinar con precisión sus modalidades de expresión”.[2]

Desde Leibniz la tesis spinoziana: “[…] el orden y la conexión de las ideas es el mismo que el orden y la conexión de las cosas” (E2p7) se ha asimilado a la doctrina del paralelismo para explicar la correspondencia entre la cadena de las ideas y la cadena de las cosas, así como la identidad entre la mente y el cuerpo, pero, afirma Jaquet, “[…] esta representación del orden de lo real reduce la Naturaleza a un plano en el que se yuxtaponen una pluralidad, incluso una infinidad de líneas no secantes”.[3] Nuestra autora señala que el paralelismo no da cuenta de la unión tal como la entiende Spinoza: “[…] el cuerpo y la mente no están superpuestos en el hombre como paralelas, sino que designan una y la misma cosa expresada de dos maneras”.[4] Puesto que el orden en Spinoza es uno y el mismo: “[…] ya concebimos la naturaleza desde el atributo de la Extensión, ya desde el atributo de Pensamiento, ya desde otro cualquiera, hallaremos un solo y mismo orden” (E2p7esc). La doctrina del paralelismo, de acuerdo con Jaquet, resulta extremadamente reductora, pues supone “homologías y correspondencias biunívocas” entre las ideas y las cosas, la mente y el cuerpo y se sigue de lo anterior un esquema de la naturaleza lineal e idéntico confundiendo así unidad con uniformidad.

Ahora bien, este “solo y mismo orden” no significa que los modos de expresión de las ideas y las cosas sean estrictamente idénticos cual equivalencias mecánicas entre los movimientos corporales y los pensamientos. Jaquet propone eliminar el término “paralelismo” por considerarlo inadecuado y confuso, y porque en principio no figura en el sistema spinozista.

Si la llamada doctrina del “paralelismo” es es cladecedora en cuanto permite concebir una correspondencia entre el cuerpo y la mente, sin interacción ni causalidad recíproca, no es verdaderamente pertinente para dar cuenta de la concepción spinozista de la unión psicofísica, ya que oculta tanto la unidad como la diferencia de expresión del pensamiento y de la extensión.[5]

Por lo anterior, hay que utilizar, afirma Jaquet, el concepto que el mismo Spinoza aportó para expresar su tesis: igualdad. Esta es la palabra precisa que Spinoza usa para expresar que el orden de las ideas de las afecciones en la mente es el mismo que el orden de las afecciones del cuerpo y constituye una y la misma cosa: “[…] la potencia de pensar de Dios es igual a su potencia de obrar” (E2p7cor). Esta igualdad entre la potencia de pensar y la potencia de obrar expresa justamente la correlación entre la idea y el objeto: “[…] todo cuanto acaece en el objeto de la idea que constituye la mente humana debe ser percibido por la mente humana” (E2p12).

Aun cuando se plantee, continúa Jaquet, el problema de la unión entre la mente y el cuerpo en términos de igualdad y no de paralelismo, éste no se ha resuelto. “Se trata, en efecto, de aprehender la naturaleza de esta igualdad y de precisar sus modalidades”.[6] La tarea consistirá en dilucidar la significación de la igualdad entre la potencia de pensar y la potencia de obrar en el sistema spinoziano. La parte III de la Ética es el espacio privilegiado de la investigación pues aquí Spinoza analiza la igualdad del cuerpo y la mente y aclara sus múltiples facetas. El punto de partida es el estudio de la naturaleza y el origen de los afectos, ya que implican la unión en acto del cuerpo y la mente a través de las modificaciones que los afectan. Estas modificaciones, los afectos, expresan esa unidad y suponen la relación de igualdad y simultaneidad en el cuerpo y en la mente. “El afecto comprende una realidad física (ciertas afecciones del cuerpo) y una realidad mental (las ideas de esas afecciones) [… y] expresa la simultaneidad, la contemporaneidad de lo que pasa en la mente y en el cuerpo”.[7] Ya Spinoza intuye un “discurso mixto” de los afectos como realidades psicofísicas.

Ahora bien, la originalidad de la teoría spinoziana de los afectos se manifiesta, primero, al emplear el término affectus cuya significación rebasa los términos tradicionales de emotio, passio o sensus; segundo, el affectus comprende bajo la unidad de su concepto dos acepciones: una afección corporal y una afección mental; y tercero, el affectus es una realidad psicofísica.

De esta manera, señala Jaquet, el análisis de los afectos orientado por un discurso mixto es posible, pero problemático porque Spinoza propone dos definiciones distintas, incluso divergentes, de afecto. La primera define el afecto como “[…] las afecciones del cuerpo, por las  cuales aumenta o disminuye, es favorecida o perjudicada, la potencia de obrar [potentia agendi] de ese mismo cuerpo, y al mismo tiempo, las ideas de esas afecciones” (E3def3). La segunda es una definición general: “Un afecto, que es llamado pasión del alma, es una idea confusa, en cuya virtud la mente afirma de su cuerpo o de alguna de sus partes una fuerza de existir mayor o menor que antes [alegría o tristeza], y en cuya virtud también, una vez dada esa idea, la mente es determinada a pensar tal cosa más bien que tal otra [deseo]” (E3defgral).

Según Jaquet, la definición final introduce, tres diferencias importantes con respecto a la primera: 1) restringe los afectos a las pasiones, sin considerar las acciones; 2) restringe los afectos a un solo aspecto mental; y 3) añade una determinación –“la mente afirma de su cuerpo… una fuerza de existir”-- que permite abarcar todos los afectos primitivos (alegría, tristeza, deseo). En estas condiciones, cuestiona Jaquet, “¿cuál es el famoso discurso mixto? ¿Es legítimo… hacer del concepto de afecto un concepto central que permita pensar la articulación entre un modo del pensamiento y un modo de la extensión, y que aclare la manera en que ambos están unidos?”.[8]

Siguiendo el análisis de Jaquet la clave de la cuestión gravita en la correlación entre la primera definición (E3def3) y la definición final (E3defgral). La primera definición pone el énfasis en la dimensión corporal del afecto, en su relación con el cuerpo; aquí la afección física es una condición necesaria que está en conformidad con la naturaleza de la mente, ya que todo lo que pasa en la mente está en función de su objeto, el cuerpo.

Sin embargo, no hay que concluir, sostiene Jaquet, que el lugar concedido al cuerpo en la primera definición señala una prioridad del modo de extensión y que el papel del modo de pensamiento se limita simplemente a registrar y reflejar los cambios físicos. Aquí es necesario apuntar la distinción hecha al final de la primera definición entre dos categorías de afectos, acciones y pasiones. La diferencia reside en la naturaleza adecuada o inadecuada, interna o externa, de la causa que produce la afección física, pero el criterio depende de la aptitud de la mente para conceptualizar clara y distintamente la causa.

Luego de haber analizado el afecto en su dimensión corporal, Jaquet se ocupa de revisar su aspecto mental, ya que comprende no sólo las afecciones que aumentan o disminuyen la potencia de obrar, sino igualmente las ideas de esas afecciones.

Ahora bien, hay un acuerdo entre los spinozistas, continua Jaquet, en el sentido que el afecto pone en juego una faceta física y una faceta mental, pero el desacuerdo se da en cuanto a la constitución de las partes. Aquí el quid de la cuestión es saber cuál es la significación del adverbio simul (“al mismo tiempo, a la vez, simultáneo”) en la primera definición. La partícula simul puede tener un sentido conjuntivo, o bien un sentido disyuntivo: como cuerpo y mente o como cuerpo o mente. ¿Cómo el afecto concierne al hombre?

Por una parte, la partícula simul puede significar que el afecto necesariamente une una afección del cuerpo y una idea de esa afección y expresa simultáneamente una realidad física y una realidad mental. Por otra parte, puede significar que el afecto es una afección del cuerpo, una idea de esa afección o ambas.

Habría pues afectos de la mente o afectos del cuerpo que, desde luego, tendrían un correlato físico y mental en virtud de la unidad del hombre y sus dos expresiones modales en el atributo extensión y en el atributo pensamiento, pero que serían constituidas como tales sin intervención de ese correlato.[9]

Así, Jaquet intenta identificar, mediante un principio de diferenciación, las especies de afectos en función de su correlación con el cuerpo y/o la mente: a) El caso de los llamados afectos “primitivos o primarios” –el deseo, la alegría y la tristeza--, que son la base de la composición diversa e indefinida de los afectos y que están expresamente vinculados al cuerpo y a la mente son los afectos psicofísicos; b) el caso de los afectos corporales: “[…] el regocijo, el placer, la melancolía y el dolor […] se refieren más que nada al cuerpo” (E3def3exp), son aquellos afectos del cuerpo que expresan una relación de equilibrio o desequilibrio entre sus partes corporales; y c) no es fácil determinar los afectos que conciernen al modo de pensamiento, sin embargo, hay ciertos afectos –la satisacción de sí, el amor intelectual de Dios— que se refieren innegablemente a la mente, sin relación a la existencia del cuerpo.

Por último, Jaquet llega a dos conclusiones:

La primera lección que hay que aprender consiste, entonces, en descartar cualquier búsqueda de interacción, de influencia o causalidad recíproca entre la mente y el cuerpo para pensar únicamente en términos de correspondencia y correlación.[10]

La segunda conclusión, fundamental, afirma:

El modelo spinozista de la unión psicofísica no se basa en un paralelismo, sino en una igualdad. Esta igualdad nada tiene que ver con una uniformidad [...] El examen de los afectos […] aclara la doctrina de la expresión mostrando que no constituye en absoluto una réplica de lo idéntico, en los modos de la extensión y del pensamiento, sino que despliega la riqueza y la variedad de su propia potencia al interior de cada atributo.[11]



Bibliografía

Jaquet, Chantal, La unidad del cuerpo y de la mente. Afectos, acciones y pasiones en Spinoza, trad. María Ernestina Garbino y Cecilia Paccazochi, Brujas, Córdoba, 2013.
Spinoza, Baruch, Ética demostrada según el orden geométrico, trad. Vidal Peña, Alianza, Madrid, 2011.
____, Tratado de la reforma del entendimiento, trad. Atilano Domínguez, Alianza, Madrid, 2014.

Notas

[1] Baruch Spinoza, Ética demostrada según el orden geométrico. Para las citas entre paréntesis uso la nomenclatura interna de la Ética: E3 = Ética tercera parte, p = proposición, def = definición, cor = corolario, esc = escolio, exp = explicación.
[2] Chantal Jaquet, La unidad del cuerpo y de la mente. Afectos, acciones y pasiones en Spinoza, p. 23
[3] Ibídem, p. 26.
[4] Ibídem.
[5] Ibídem, p. 32. El énfasis es mío.
[6] Ibídem, p. 35.
[7] Ibídem, p. 44.
[8] Ibídem, p. 58.
[9] Ibídem, p. 127.
[10] Ibídem, p. 165.
[11] Ibídem, pp. 166-167. El énfasis es mío.

14 septiembre, 2018

SPINOZA POR LAS BESTIAS

Marcos Travaglia

Reseña de Daval, Alia (ilustraciones) y Suhamy, Ariel (textos), Spinoza por las bestias, trad. Sebastián Puente, Buenos Aires, Cactus, 2016, 159 pp.

Spinoza por las bestias de Alia Daval (ilustradora) y Ariel Suhamy (escritor) es un libro cautivante, accesible, sumamente bello y bien logrado, con muchos detalles cuidados con gran dedicación. Siguiendo la meta de hacer una introducción a Spinoza, entre tantas posibles, este dúo presenta un Spinoza de divulgación ilustrado. Estos dos últimos conceptos (“divulgación” e “ilustración” – en el sentido de “dibujo”) tienen, en el ámbito académico, un lugar generalmente relegado o postergado en favor de una pretendida asepsis de una filosofía más pura. En los ámbitos más tradicionales el canon más abigarrado cree que no se puede hacer filosofía lejos de los conceptos abstractos y cerca de los simples mortales, más entendidos en sus asuntos cotidianos que en la contemplación de entelequias. La búsqueda de ampliar el público de la filosofía y el cruce con discursos plásticos ocupan un lugar relativamente marginal en nuestra práctica, al punto de no ocupar ninguno en el ejercicio de muchos colegas. Sin embargo, esto no siempre fue así. En la antigüedad, el recurso a metáforas, mitos y relatos de fuerte carga literaria era un recurso fundamental, y en la edad media no solo se componían bestiarios ilustrados, sino que además los códices de otros géneros eran vivamente decorados. En la modernidad el recurso a la ilustración no desaparece (el ejemplo de la portada del Leviathan de Thomas Hobbes es emblemático), pero sí disminuye progresivamente hacia el presente, cuando está ausente hasta de las portadas, salvo en contados casos. La filosofía se desentiende del apoyo en imágenes y en la actualidad los libros ilustrados son generalmente para niños, e incluso a primera vista creeríamos que Spinoza por las bestias es uno de ellos. La divulgación, por su parte, padece generalmente el prejuicio de “desvirtuar” la filosofía y alejarla de su pureza original. Se dice que abrir la filosofía al público no especialista le quita la riqueza sustancial para convertirla en una especie de autoayuda o charlatanería de hobby de la clase media con aspiraciones culturales, que se reúne unas horas a tomar vino y prestar atención dispersa a un show de palabras poco frecuentes. Esto puede suceder alguna que otra vez, pero, ¿es el destino indefectible de cualquier intento de divulgación?

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24 abril, 2018

OMRI BOEHM: KANT’S CRITIQUE OF SPINOZA

Vicente de Haro Romo
  
De HARO ROMO, Vicente. Omri Boehm: Kant’s Critique of Spinoza, Nueva York: Oxford  University Press, 2014, 280 pp., en Tópicos, Revista de filosofía, núm. 48, Universidad Panamericana, México, 2015, pp. 265-269.
  
Este sugerente libro de Omri Boehm propone una interpretación de la Crítica de la razón pura desde un nuevo y controvertido enfoque. La apuesta hermenéutica puede resumirse en una de sus frases: “la Crítica de la razón pura es spinozista en espíritu: lucha con el dogmatismo haciendo a la razón lo que Spinoza mismo había hecho a la revelación. Este es el sentido en el cual la Crítica de la razón pura de Kant es una crítica a Spinoza” (p. 183, mi traducción).

La frase es contundente y provocadora, porque la Kant-Interpretation suele entender de partida la “crítica de la Crítica” como dirigida a Leibniz y a Wolff. Ésa es la lectura estándar que el libro del profesor Boehm cuestiona, de una manera fecunda en cuanto a ideas nuevas e indicios prometedores, aunque a mi parecer no del todo convincente en algunas de sus conclusiones. El autor no sólo muestra un agudo conocimiento del pensamiento kantiano y del spinozista, sino una visión panorámica admirable del pensamiento moderno en general, que abarca a Jacobi, Lessing, Hamann, Reinhold, Schopenhauer, los ya mencionados Leibniz y Wolff y aprovecha intuiciones de Fichte y de Schelling. El volumen ofrece al lector una exposición y evaluación filosófica, no sólo de Kant y Spinoza, sino de la filosofía moderna en general.

Una revisión inicial del índice del libro puede hacer pensar en un tratado limitado a la filosofía teórica de Kant y Spinoza. El prefacio, sin embargo, rectifica esa primera impresión y muestra que el interés último del autor está de hecho en la filosofía práctica. En este sustancioso prefacio, Boehm explica la crítica de Jacobi al racionalismo ilustrado y su anuncio del nihilismo que éste generaría, dado que, según el fideísta Jacobi, toda filosofía desemboca en Spinoza. Boehm, siguiendo una intuición de Schelling (desarrollada en sus Investigaciones filosóficas sobre la esencia de la libertad humana y los objetos con ella relacionados, de 1809) aclara que el problema no es el panteísmo de Spinoza en sí, sino su mecanicismo. Y explica después cómo en su opinión, Kant, con Spinoza en la mira y con un interés práctico ante todo, deconstruye (con la segunda analogía de la experiencia) el principio de razón suficiente que conduciría a dicho mecanicismo y defiende el espacio para una “fe práctica”, tal como anuncia en el prólogo de la 2ª edición de la Crítica de la razón pura. Con esto, Boehm no sólo adelanta el núcleo argumentativo de su trabajo, sino que además da cuenta (de una manera bastante satisfactoria) del posterior dictum kantiano en la segunda Crítica, donde se afirma de modo intrigante que sin el idealismo trascendental, no quedaría más que spinozismo. Boehm pretende además hacer plena justicia, con este planteamiento, a la primacía de la razón práctica que Kant propone.

12 abril, 2018

RESEÑA DE AXEL CHERNIAVSKY, SPINOZA

Natalia Sabater

CHERNIAVSKY, Axel, Spinoza, Buenos Aires, Galerna, 2017, 280 pp.

El presente libro de Axel Cherniasky propone un acercamiento a la filosofía de Spinoza desde una perspectiva inusual, novedosa, que permite –tanto a quienes deseen ingresar por primera vez en los laberintos del sistema spinozista como a los que ya somos frecuentadores asiduos— poner en primer plano los núcleos conceptuales claves de su pensamiento y adentrase en un recorrido por aquella preguntas fundamentales que lo atraviesan.


24 septiembre, 2017

Mariela Oliva Ríos. La inmanencia del deseo

Alfredo Lucero Montaño


Mariela Oliva Ríos, La inmanencia del deseo. Un estudio sobre la subjetividad ética y el amor a la existencia en Spinoza, Universidad Autónoma de la Ciudad de México/Gedisa, México, 2015, 252 pp. http://reflexionesmarginales.com/3.0/spinoza-la-inmanencia-del-deseo/

El libro que nos ocupa, La inmanencia del deseo. Un estudio sobre la subjetividad ética y el amor a la existencia en Spinoza de Mariela Oliva Ríos, se inscribe en una estrategia inmanente para interrogar a Spinoza no como una mera figura histórica cuyo pensamiento se puede aprehender estáticamente en su contexto histórico e ideológico, ni como un objeto de estudio cuyos textos están fijos, coagulados, sino, al contrario, se propone descubrir el movimiento y la realización de sentido de la filosofía de Spinoza. En otras palabras, descubrir que su filosofía nunca se cierra sobre sí misma en un conjunto de proposiciones o teorías que la pueden caracterizar como racionalista o materialista; más bien, se trata de descubrir su inagotable productividad que es capaz de producirse y reproducirse a sí misma infinitamente. La filosofía de Spinoza ilustra un ejemplo singular de causa inmanente, es decir, se trata de una filosofía que se realiza en sus efectos, --no antes ni independientemente de éstos--, efectos que sólo se activan o reactivan en el encuentro con otros cuerpos, otras ideas, otras mentes. Así, La inmanencia del deseo es justamente uno de esos infinitos efectos de la potencia del pensamiento de Spinoza.

Otra característica valiosa –insoslayable-- del libro de Mariela Oliva es su estilo de trabajo, estilo filosófico que se asocia a la tradición del “giro afectivo” iniciado por Gilles Deleuze, quien contribuye a interpretar, bajo una nueva perspectiva, la función y el significado de los afectos en Spinoza. Así, la nueva posición hermenéutica se centra en la dimensión ontológica de los afectos, la capacidad de los cuerpos de afectar y ser afectados, así como en la dimensión antropológica --política y social-- de los afectos, que no sólo orientan el esfuerzo individual del ser humano de perseverar en su propio ser, sino que lo hacen a través de los encuentros y las relaciones con los otros.

Ahora bien, la cuestión que permea La inmanencia del deseo es el análisis de la ontología inmanente de Spinoza y la ruptura que implica, así como su propuesta ontológica radical --Deus sive Natura.

La univocidad del ser establecida por Spinoza, es decir la noción de Dios como sustancia absolutamente infinita que en su necesidad e indeterminación como causa inmanente y a cuya esencia pertenece la existencia, produce una infinidad de atributos de los cuales cada uno expresa una esencia eterna e infinita (E1D6). Dichos atributos ya no serán entendidos como propiedades fijas sino modificaciones, expresiones y afirmaciones de la esencia, esto es de la potencia infinita de la naturaleza. Esta ontología, el ser en su permanente actualidad se hará  presente en todos los planos y dimensiones de la realidad.[1]

Asimismo, el hilo conductor del texto está determinado precisamente por la pregunta: ¿Qué papel tienen el cuerpo y las pasiones en el conocimiento de la propia naturaleza y con ella la constitución de una subjetividad ética? De ahí que Oliva examina las condiciones metafísicas, epistemológicas y ético-afectivas de la relación cuerpo-deseo a partir de la radicalidad del pensamiento de Spinoza. La cuestión no es fácil, pues articular el concepto de subjetividad ética --o afectividad ética--, en Spinoza supone analizar la composición y dinámica de las relaciones del ser humano, es decir, exige explicar en paralelo la física del cuerpo y la teoría de los afectos; explicar cómo las afecciones del cuerpo y los afectos de la mente son la expresión, la afirmación, de una identidad (paralelismo) en el orden de la naturaleza, en el orden del mundo.

La autora de La inmanencia del deseo establece tres momentos de estudio de la subjetividad en Spinoza que constituyen sendos capítulos del presente trabajo –sumando una introducción y conclusiones. En el primer capítulo, “El acontecimiento Spinoza”, de carácter biográfico, Oliva no se conforma simplemente en narrar las circunstancias históricas bajo las cuales se desenvolvió la vida y la obra de Spinoza ni sobre la relación que éste mantuvo con las reformas de su tiempo, más bien se interesa en descubrir el pathos de su obra, pues bien sabe que Spinoza es la anomalía, es decir, es el acontecimiento que rebasa las dimensiones históricas y las relaciones sociales que definieron su pensamiento. De ahí que Spinoza sea la excepción que rompe con el orden establecido de las ideas y las cosas, una novedad en el horizonte del ser y el saber. Spinoza es el lugar del acontecimiento cuya metáfora es el desarraigo, nos dice Oliva. Éste es el conatus de su desarrollo emocional e intelectual. “Su experiencia de vida es el sentido de su obra filosófica”.[2] De ahí su interés en comprender la experiencia vital de Spinoza, de otra manera no se podría comprender ni explicar el sentido de su pensamiento. Así, nuestra autora se ocupa en aprehender y mostrar en Spinoza aquello interior que es su exterior seleccionado y aquello exterior que es su interior proyectado.

Spinoza descubre, nos dice Oliva, en medio del desierto, en el vacío, un diálogo profundo con la soledad, y con exilios y metamorfosis en vilo:

[su] pensamiento se encarna desde el interior de sí mismo en una obra cuyo sentimiento no se desprende de su vivencia personal… Desprenderse, desarraigarse, ocupar ese destierro propio, habitarlo, vivirlo desde la filosofía, desde ese pensar y reconciliar lo irreconciliable….[3]

 Así, Spinoza asume, en palabras de Althusser, "el vacío de una distancia que se toma". Para Oliva, esta es justamente la clave constitutiva de la subjetividad de Spinoza que en la encrucijada del ser y el ser sí mismo descubre en lo singular lo universal, en lo finito lo infinito, en la inmediatez la verdad.

En el segundo capítulo, “La inmanencia del deseo: potencia de Dios, naturaleza humana y vida afectiva “, nuestra autora glosa y analiza con sorprendente claridad y rigor una problemática compleja: la instauración del horizonte inmanente, el lugar del deseo y el tránsito de lo infinito a lo finito en la metafísica de Spinoza, con el objetivo de caracterizar las determinaciones del conatus para, entonces, explicar la naturaleza del cuerpo y las pasiones. Estas son las preocupaciones que trazan el mapa analítico del texto:

[…] cómo se da el tránsito de lo infinito a lo finito […] cómo se manifiesta en su determinación está subjetividad material que es deseo y cuerpo, cuál es su potencia y qué significa que ésta se exprese necesariamente por su capacidd de afectar y ser afectada.[4]

El tercer capítulo, “El sujeto ético y el amor a la existencia”, en consonancia con el subtítulo de esta obra, presenta lo novedoso de la lectura inmanente de la autora, esto es, cómo articula la teoría de la subjetividad ética en Spinoza: entender nuestras pasiones para saber cómo transformarlas en afectos activos y así acceder a la experiencia del amor y la libertad. “Ninguna ética es posible sin el conocimiento de esa realidad que es la subjetividad como afecto”.[5]

El punto de partida es la configuración de la “trama afectiva” de las estructuras ontológicas del ser humano: “en la existencia todo acontece y en la esencia todo es real”,[6] esto es, la existencia inscrita en la duración y la esencia en la potencia.

Los individuos humanos, somos cosas singulares, modos finitos que pasamos a la existencia y en la duración perseveramos, deseamos [esencia]. La subjetividad de este individuo compuesto y determinado, tiene como condición de ser y estar, la transformación de sí con conciencia de tener en sí la causa de sí mismo. Por la fuerza siempre anhelante que constituye la expresión de su potencia de actuar [conatus], es a partir del conocimiento y entrega a tal fuerza afirmativa de la vida donde necesariamente damos cuenta de aquello de lo que participamos, Dios o naturaleza, el infinito Dios inmanente, indiferente y a la vez amante.[7]

La imaginación, el deseo, la pasión y la razón son las fomas en que se manifiesta la condición del ser humano. Así, la identidad compuesta y compleja del hombre se configura en los ámbitos del conocimiento y la afección –en la interioridad del modo singular-- y, al mismo tiempo, en la exterioridad de la Naturaleza, configuración no sólo psicológica, sino ética y ontológica.

A manera de conclusión, la experiencia del desarraigo es la clave de la subjetividad que nos plantea la filosofía de Spinoza.

[…] subjetividad que nace del desarraigo, en la experiencia de aquello que lo vuelve anónimo, tal exilio hacia el interior es el sentimiento de una experiencia íntima de unión y libertad, la verdad es impersonal y la razón como deseo y conatus se convierte en el medio y el tránsito para ese encuentro… que [nutre] su estar en el mundo, y es a la vez la expresión del amor a la existencia y al orden que le determina infinitamente, la naturaleza.[8]

Un valor agregado de La inmanencia del deseo es la claridad y amenidad que se muestra al lector, sin perjuicio de la profundidad y rigor a lo largo de sus páginas. No es poca cosa.

Notas

1. Mariela Oliva Ríos, La inmanencia del deseo. Un estudio sobre la subjetividad ética y el amor a la existencia en Spinoza, Universidad Autónoma de la Ciudad de México/Gedisa, México, 2015, pp. 97-98.
2. Ibidem, p. 29.
3. Ibid., p. 30.
4. Ibid., p. 98.
5. Ibid., p. 192.
6. Ibid.
7. Loc. cit.
8. Ibid., p. 240