María Jimena Solé
Este artículo se concentra en la concepción spinoziana de la filosofía. A partir de lo afirmado en el Tratado de la reforma del entendimiento y el Tratado teológico-político, proponemos que Spinoza no considera la filosofía como un saber ya poseído sino como la búsqueda de la verdad, íntimamente ligada a la búsqueda de la felicidad. La filosofía es, según esto, una práctica que consiste en el proceso mediante el cual los seres humanos se liberan de los prejuicios y errores que impiden aprehender la verdad, que obstaculizan el pensar y el actuar. Este camino de auto-emancipación del error es, según nuestra propuesta, el auténtico espíritu de la filosofía spinoziana, que, según mostraremos, se encuentra explícitamente expresado en ciertos pasajes de la Ética.
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05 abril, 2018
13 enero, 2014
'Aliquid'. Conjetura sobre una eternidad por la práctica
Diego Tatián
Uno de los principios a los que el nombre de Spinoza
se halla inexorablemente unido es el que, tal vez como una traspolación del
principio de inercia (1), se formula lacónicamente en la proposición 6 de Ética
III: “Cada cosa, en cuanto está en ella, se esfuerza por perseverar en su
ser” (Unaquaeque res, quantum in se est, in suo esse perseverare conatur).
Esto significa: nada hay en una cosa singular que pueda suprimir su existencia,
y nada resulta más alejado del spinozismo que el aserto hegeliano según el cual
toda cosa es enemiga de sí misma y quiere dejar de ser lo que es para devenir lo
que no, lo otro de sí. En efecto, “que el hombre se esfuerce, por una necesidad
de su naturaleza, en no existir o en cambiarse en otra forma, es tan imposible
como que de la nada surja algo” (E4p20esc). La destrucción de una cosa singular
se debe sólo a su incompatibilidad actual con una causa exterior –o un conjunto
de causas exteriores-- cuyo poder de destruirla es necesariamente mayor que el
suyo de resistir esa destrucción y, por tanto, perseverar en el ser. O, para
decirlo con las palabras a la vez sencillas y trágicas del axioma que preside
la parte IV de la Ética sobre la “fuerza de los afectos”: “En la
naturaleza no se da ninguna cosa singular sin que se dé otra más potente y más fuerte.
Dada una cosa cualquiera, se da otra más potente por la que aquella puede ser
destruida”. Por consiguiente, el conatus o la existencia actual de una
cosa singular –que no es sino un poder de perseverar, de afectar y de producir
efectos-- no implica la finitud sino una duración indefinida. Asimismo, es
afirmación de la potencia sustantiva, presencia inmanente de la causa en el
efecto que puede ser así experimentado, sentido y (auto)concebido in Deo bajo
la especie de la eternidad, y en cuanto tal no implica la duración ni es
posible derivar su existencia de sí mismo –antes bien, la existencia y la
perseverancia en ella de las cosas singulares no se hallan implícitas en su naturaleza
sino que resultan de la infinita productividad y potencia de Dios (E1p24cor). Spinoza
pareciera emplear los términos conservatio y perseverantia de
manera indistinta como virtud primaria del conatus. ¿Debemos entender la
perseverancia en el sentido de una pura autoconservación, entendida ésta como
preservación biológica del cuerpo en la duración, y como “estrategia” de
supervivencia entre los demás cuerpos que, por la actividad que les es propia o
por mera existencia pueden eventualmente interrumpir la perseverancia en la
existencia de una cierta y determinada cosa singular? De otro modo: la
expresión in suo esse perseverare conatur, ¿debe ser comprendida de
manera exclusivamente cuantitativa? Si así fuera, nada impediría reducir la
virtud a la longevidad. El perseverar sería pues primariamente comprendido como
la implementación de una estrategia que evita lo que daña –o destruye-- la
propia vida, y busca articularse a todo lo que la conserva y favorece. La vida
en sentido biológico establece sin duda una dimensión primaria del conatus y
su relación con los demás seres: “El cuerpo humano necesita, para conservarse, muchísimos
otros cuerpos con los que es, por así decirlo, continuamente regenerado” (E2p4).
Y lo que Spinoza llama appetitus [es decir el conatus mismo, en
la medida en que se refiere a la vez al cuerpo y al alma, y que adopta el
nombre de cupiditas cuando es consciente de sí] es aquello de cuya
naturaleza se sigue todo lo que contribuye a la conservación del ser humano (E3p9).
El vínculo entre virtud y conservación –también entre
razón, amor de sí mismo y utilidad propia—se encuentra descripto en las
proposiciones 18-22 de Ética IV (2). El propósito de este importante
grupo de proposiciones pareciera ser afirmar el deseo de existencia como
fundamento primario de la virtud y la felicidad. En efecto, “nadie puede ser
feliz, obrar bien y vivir bien, sin que al mismo tiempo desee ser, obrar y
vivir, esto es, existir actualmente”. Es otra manera de decir que la felicidad y
la vida buena no exigen nada contra la naturaleza, pero también de decir que
una “vida humana” no se define por el simple hecho de ser, ni por su sola
conservación biológica, ni tampoco –en palabras de Aristóteles-- por la
“urgencia del vivir” (3).
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