Uriel da Costa
Da Costa, Uriel. Espejo
de una vida humana (Exemplar humanae
vitae), ed. y trad. Gabriel Albiac, Hiperión, Madrid, 1989.
Nací en Portugal, en la ciudad del mismo nombre, comúnmente llamada Oporto, tuve por padres a personas pertenecientes a ese género de hidalguía que tomaba su origen en los judíos forzados en aquel reino a abrazar la religión cristiana. Mi padre era auténticamente cristiano, hombre celosísimo de su honra y que ponderaba al máximo su honor. En su hogar fui honestamente educado. No nos faltaban servidores, ni en las caballerizas un noble corcel español con que practicar la equitación, disciplina ésta en la que era mi padre particularmente diestro; y yo seguía, desde tiempos muy tempranos, sus huellas. Una vez instruido en aquellas artes en que suelen serlo los hijos de buena familia, me entregué a la jurisprudencia. En lo concerniente al ingenio y afectos naturales, era yo de muy piadosa condición y tan propenso a la misericordia que cuando se narraba el acaecimiento de alguna calamidad ajena, en modo alguno podía contener las lágrimas. El pundonor era en mí innato, hasta un punto tal que nada temía más que la infamia. El ánimo, en modo alguno innoble ni desprovisto, llegada justa ocasión, para la ira. Era, igualmente, por completo adverso a los soberbios e insolentes que, por despectiva violencia, suelen perpetrar injusticias contra los demás, ardía en deseos de apoyar las causas de los débiles y hacia ellos me inclinaba.
A causa de la religión, he sufrido en mi vida cosas
inconcebibles. Fui educado, de acuerdo con las costumbres de aquel reino, en la
religión cristiana pontificia; y, como quiera que ya desde adolescente temiera
mucho la condenación eterna, deseaba observarlo todo con escrúpulo. Me dedicaba
a las lecturas del Evangelio y de otros libros espirituales, recorría los
manuales de confesión, y cuanto más me imbuía de
ellos, mayor dificultad encontraba. Finalmente, caí en inextricables
perplejidades, ansiedades y angustias. Me consumía en la tristeza y el dolor.
Llegué a la conclusión de que me era imposible confesar al modo romano, de modo
tal que pudiera solicitar con dignidad la absolución, cumpliendo todas las
condiciones requeridas; y, por consiguiente, desesperé de mi salvación, si ésta
dependía de tales cánones. Ya que, en verdad, era difícil desertar de aquella
religión a la que había sido acostumbrado desde la cuna y que había echado ya
en mí las hondas raíces de la fe, me pregunté en la duda (por aquella época,
accedí al vigésimosegundo año de mi edad) si no podría suceder que aquello que
se decía de la otra vida no fuese, a fin de cuentas, verdadero, y si, por otra
parte, la fe en tales cosas se ajustaba correctamente a la razón; ya que esta
razón me dictaba muchas cosas y continuamente susurraba a mi oído algunas que
le eran manifiestamente contrarias. Una vez llamado mi ánimo a la duda, me
calmé y, fuere lo que fuere, me persuadí de no poder alcanzar la salvación del
alma por semejantes vías. Por aquella época, como ya dije, me dedicaba al
Derecho, y, habiendo cumplido los veinticinco años, al surgirme la ocasión,
solicité un beneficio eclesiástico; la dignidad de tesorero en una Iglesia
Colegiata.
Como quiera que no hallase
la paz de ánimo en la religión cristiana pontificia, y deseara adherirme a alguna,
sabedor del grandísimo debate existente entre cristianos y judíos, recorrí los
libros de Moisés y de los profetas, hallando en ellos algunas cosas que
contradecían la nueva alianza en no poco, y que ofrecían menos dificultades en
todo cuanto, en ellos, era dicho por Dios. Por lo demás, de la antigua alianza
daban fe tanto judíos como cristianos, mientras que de la nueva, los cristianos
sólo. Juzgué, pues, creyendo en Moisés, que debía atenerme a la ley, puesto que
él aseguraba que toda la recibiera de Dios, declarándose él un simple
intermediario, por el mismo Dios llamado, o más bien forzado, a tal sacerdocio
(así se engaña a los niños). Llegado a esta conclusión, dado que no era libre
en aquel reino de profesar dicha religión en modo alguno, maquiné cambiar de domicilio, abandonando los lares propios
y nativos. Con este fin, no dudé en declinar, en provecho de otro, mi beneficio
eclesiástico, sin preocuparme de la utilidad u honor que de él derivan conforme
a los usos de aquellas gentes. E incluso abandoné la hermosa casa, situada en
el mejor sitio de la ciudad y que mi padre edificara. Y, así, nos embarcamos,
no sin gran peligro (puesto que no está permitido a quienes descienden de la
estirpe hebrea abandonar el reino sin permiso especial del rey), mi madre y yo
junto con mis hermanos, a quienes, movido por fraterno amor, había comunicado
aquellas cuestiones referentes a la religión que me parecían más ciertas, aun cuando,
acerca de algunas, yo mismo tenía mis dudas: todo lo cual bien hubiera podido
volverse en mi mayor perjuicio, tan peligroso es hablar en aquel reino de cosas
semejantes. Surcado el mar, llegamos a Amsterdam, en donde descubrimos judíos
de libre ejercicio; y, para cumplir con la ley, realizamos de inmediato el
precepto de la circuncisión.

