Mostrando las entradas con la etiqueta Hernández Pedrero. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Hernández Pedrero. Mostrar todas las entradas

22 abril, 2013

Spinoza: La fuerza de los afectos

Vicente Hernández Pedrero

CAMPS, Victoria. “Spinoza. La fuerza de los afectos”, El gobierno de las emociones, Herder, Barcelona, 2011, 336 pp.

Spinoza ha permanecido declaradamente ninguneado por gran parte de la filosofía moral española desde la segunda mitad del siglo veinte hasta nuestros días. Basta con unos pocos ejemplos.

Si tomamos como referente inicial la Ética de Aranguren, de 1958, un libro de más de 400 páginas, la frase más larga dedicada a Spinoza consiste en definir su obra como una «ética puramente deductiva (que) parte de principios metafísicos» (p. 85), el resto de las referencias, no más de tres, son de orden meramente nominativo: el nombre de Spinoza junto al de otros filósofos. Ello, en una obra, la de Aranguren, que trataba ampliamente de las virtudes morales, si bien al modo tomista aristotélico, y se cerraba con una reflexión en torno a la muerte. La situación no había cambiado casi nada (este «casi» será significativo para lo que nos ocupa) hacia el final de la década de los ochenta, cuando se gesta la publicación del conjunto de textos de Javier Muguerza, de inspiración neo-kantiana, que llevará por título Desde la perplejidad. Ahí, después de cerca de 700 páginas, Spinoza habrá sido mencionado sólo dos veces, la primera de ellas (p. 22) con ocasión de un comentario histórico sobre la comunidad hebrea de Amsterdam y la segunda (p. 600) en relación indirecta a una opinión sobre el Dios de Kant. Pero incluso en un registro diferente, anti-kantiano y utilitarista-hedonista, que pudo representar Esperanza Guisán, en 1986, tampoco le fue mucho mejor a nuestro autor en su libro, a pesar de que este pretendía tratar, nada menos, que de Razón y pasión en ética. Años más tarde, en 1996, otra destacada profesora, Adela Cortina, hace desaparecer, literalmente, el nombre mismo de Spinoza de su manual de Ética para estudiantes universitarios, no digamos ya cualquier referencia a su filosofía. Peor aún, a día de hoy se muestra implacable en sus prejuicios y en su reciente libro sobre Neuroética y neuropolítica (2011) toda consideración acerca de la obra de Spinoza sigue brillando por su ausencia, pese a que, por ejemplo, el libro de Antonio Damasio, En busca de Spinoza, sí aparece incluido en la bibliografía, curioso.

Contrariando esta tendencia dominante entre los autores más representativos del panorama filosófico moral español, Victoria Camps fue quien primero se planteó abordar el pensamiento de Spinoza de un modo directo, sin hacer caso de los excluyentes estereotipos al uso. Sucede en 1983, con La imaginación ética. (La excepcionalidad, en su día, de este libro en el ámbito académico de la ética sólo es comparable, quizás, a la obra filosófico-literaria de Fernando Savater). Se trató, en cualquier caso, en lo relativo al pensamiento spinozista, de una recuperación muy bien intencionada pero muy poco sólida desde un punto de vista sistemático. Una recuperación llena de inseguridades, que incluso llegaba a desconcertar textualmente al lector. Como ocurre con el propio papel de la imaginación en el orden del conocimiento, pues mientras en el Prólogo de la edición original se decía: «Fue (…) el sefardí Spinoza, quien vetó a la imaginación como facultad adecuada para el conocimiento ético; de este modo pensaba dotar a la ética de un rigor similar al de la geometría», en el nuevo Prólogo que la autora añade unos años más tarde a la edición posterior de la obra se pasa, en cambio, a justificar aquella recuperación de Spinoza diciendo: «Me pareció indiscutible la idea de que el conocimiento ético es “imaginativo” y no totalmente racional, que la ética usa la imaginación, además de la razón». Indiscutiblemente, algo debió captar Victoria Camps de un modo positivo en el pensamiento spinozista de cara a sustentar su tesis de la imaginación ética, pero no llegó nunca a formularlo con claridad suficiente, más bien al contrario: «Pensemos en Spinoza, cuya Ética no puede dejar de provocar una reacción ambivalente, de rechazo y entusiasmo a la vez. Es, en mi opinión, la mejor muestra de una fe ciega en la razón –el conocimiento racional– con el subsiguiente desprecio por ese conocimiento “imaginativo”, inadecuado (…) Si la moral es una estructura formal cuyo contenido debe construirse paso a paso, al encuentro de una realidad nunca totalmente previsible, ¿no hemos de depender de las proyecciones de la imaginación que suplen las insuficiencias del saber racional? Spinoza advierte que así es, pero no reconoce que tal limitación sea precisamente la condición que hace necesaria la ética; y se obstina en pensar la ética (…) como descripción del orden de la Naturaleza» (La imaginación ética, pp. 25-26).