16 de octubre de 2012

Álvaro Abós / Hola Spinoza, soy Borges


Jorge Luis Borges quiso escribir un libro sobre Spinoza, para lo cual reunió una profusa bibliografía sobre el autor de la Ética, de la que poseía versiones en múltiples lenguas, entre ellas castellano, francés, inglés y alemán. "Me he pasado la vida explorando a Spinoza", confesó Borges. Sin embargo, nunca escribió ese libro, aunque, con el intervalo de diez años, compuso dos sonetos en homenaje al filósofo. ¿Por qué un hombre que dedicó una larga vida productiva a la literatura —Borges empleó más de seis décadas de su vida en escribir— no pudo llevar a cabo ese proyecto? ¿Qué se lo impidió? Existen algunos indicios de que la resistencia de Borges —dotado de un gran sentido de la reserva, alguien cuya notoriedad no buscada lo colocó, en las últimas dos décadas de su vida, en la mira de los medios de comunicación, incluso de aquellos más sensacionalistas, y que al enterarse de que padecía un cáncer incurable decidió, contra todos los condicionamientos familiares e ideológicos, mudarse, para morir en paz, a una ciudad extranjera— para escribir finalmente el libro que anhelaba sobre Spinoza era la misma que sentía para hablar de sí mismo. "Junté los materiales", admitió, "y luego descubrí que no podía explicar a otros lo que yo mismo no puedo explicarme".

Esa sospecha se incrementa leyendo la transcripción del diálogo que Borges sostuvo con el público que asistía, la tarde del 16 de enero de 1981, a su conferencia sobre Spinoza en el salón de actos de la Escuela Freudiana de Buenos Aires. (1) Uno de sus oyentes, uno de los psicoanalistas que estaban allí aquella tarde, le preguntó por qué había dicho Borges que Spinoza nunca podría haber hablado con Quevedo. Debe explicarse que antes, en otro momento de la conferencia, Borges se había maravillado de que en la biblioteca del filósofo de La Haya estuvieran Cervantes y Quevedo. Y Borges, ante la pregunta de su interlocutor, se explayó sobre la desmesura de Quevedo. Pero lo hizo de una manera sorprendente, de una manera que instala la hipótesis en la que se basan estas líneas. Es sorprendente, en efecto, la forma que tuvo Borges de aludir a ese triángulo (Spinoza—Borges—Quevedo). En la tarde de ese 16 de enero de 1981, en la casa de los psicoanalistas de Buenos Aires, Borges dijo, textualmente, estas palabras: "Al decir Spinoza creo que pensé en mí. Yo no podría conversar con Quevedo".

Cuando Borges, aquel 16 de enero de 1981, habló ante los psicoanalistas de Buenos Aires, aún estaba alineado junto a la dictadura que entonces regía el país. Había accedido a comer con Videla, lo elogió, se dejó condecorar por Pinochet, alentaba un golpe de Estado contra James Carter.

Pero las cosas habían cambiado cuando Borges volvió a hablar sobre Spinoza, otra tarde, la del 1o. de abril de 1985, en la Sociedad Hebraica Argentina. Entre ambas fechas, en realidad a fines de 1981, antes de la guerra de las Malvinas, en un documental para la bbc, hablando en inglés, había dicho: "Al ser ciego, y no leer los diarios, yo era muy ignorante. Pero la gente vino a mi casa a contarme historias tristes sobre la desaparición de sus hijos, esposos, así que ahora estoy bien enterado... Ahora lo sé todo sobre esa miseria y esos crímenes...".

Entre una y otra fecha, discretamente, sin alharacas, algunas madres habían subido, una y otra vez, al modesto séptimo piso de la calle Maipú, para hablar, en susurros, poco menos que en secreto, con Borges.

Un poco más de tres siglos antes también hubo visitas discretas en la modesta casa de pensión del decorador Van Deer Spick en la Pavilgongracht de La Haya, en uno de cuyos cuartos vivía el filósofo y pulidor de lentes Baruj Spinoza. Un sombrío carruaje negro, con las cortinas echadas y algunos guardias embozados, aguardaba al visitante que había ido a entrevistar, a sostener largas conversaciones con el inquilino de la casa de hospedaje. Era el Gran Pensionario Jan de Witt, jefe de la república holandesa e impulsor del régimen liberal y progresista, el poderoso Jan de Witt, el más grande político holandés de su tiempo, quien no vacilaba en acudir una y otra vez a la pensión del señor Van Deer Spick porque consideraba indispensable discutir con el filósofo los laberintos de la política de su tiempo, una política que se cobraría todas las deudas sobre la persona del Pensionario, a quien las turbas orangistas asesinarían, una aciaga jornada de agosto de 1672, mutilándolo atrozmente. Al conocer la tragedia, el hombre quieto de la Pavilgongracht perdió su prudencia proverbial y, desesperado, quiso fijar sobre los muros, en el lugar del crimen, un libelo acusatorio que redactó y tituló Ultimi Barbarorum. Pero el señor Van Deer Spick se lo impidió, salvándole la vida.

Quizá fueran algunos de estos hechos los que rondaban la cabeza de un hombre de 85 años —sólo le quedaba uno de vida— cuando el 1o. de abril de 1985 —el dictador Videla ya no estaba en el poder, sino en la cárcel— hablaba en la sede de la comunidad judía bonaerense (2) y confesaba: "Me he pasado la vida explorando a Spinoza". Y Borges —podemos imaginar, quienes no estuvimos allí aquella tarde, en aquel salón de la calle Sarmiento, de Buenos Aires, la voz gangosa y quebrada de Borges, su tono monocorde— explicaba que "Spinoza llevó su voluntad, no diré de engendrar, sino de erigir a Dios, ese cristalino laberinto, hasta el fin". Y de inmediato Borges pronunció la siguiente invocación: "Pero mientras él se dedicaba a ese propósito estaba creando otra imagen. Esa otra imagen no es menos inmortal que la de Dios. Es la imagen que ha dejado en cada uno de nosotros. La imagen de su propia vida. Recuerdo la expresión latina vida umbratiles (‘vida en la sombra’). Es lo que buscó Spinoza y lo que no ha logrado ciertamente, ya que ahora, tantos siglos después, estamos aquí, en el extremo de un continente que él casi ignoró; estamos aquí, pensando en él, yo tratando de hablar de él, y todos extrañándolo. Y, curiosamente, queriéndolo".

Años antes, Borges, en el primero de los dos sonetos que dedicó a Spinoza, lo había nombrado con parecidas palabras: "... el hombre quieto / que está soñando un claro laberinto...". Y diez años más tarde volvió a evocar el cuarto de pensión de La Haya, allí donde "...el asiduo manuscrito / aguarda, ya cargado de infinito. / Alguien construye a Dios en la penumbra".

En los mismos años en los cuales, en la Argentina del dictador Videla en el poder y luego en la cárcel, Borges evoca e invoca a Spinoza, otro hombre hace lo propio en la cárcel de Rebibbia, en Roma (pero también en otras prisiones esparcidas por toda Italia: las de Rovigo, Fossombrone, Calvi y Trani), donde ha sido encerrado por considerársele el autor intelectual del terrorismo de las Brigadas Rojas.

Es Antonio Negri, o Toni Negri, catedrático de filosofía y preso político que comienza el libro que escribe en la celda con una frase drástica: "Spinoza es la anomalía". Y explicando que si Spinoza, ateo y maldito, no terminó en la cárcel o en la hoguera, a diferencia de otros innovadores revolucionarios de los siglos xvi y xvii, se debe al hecho de que el mercantilismo holandés del xvii "experimenta una tendencia hacia un porvenir de antagonismos".

Porque, para Toni Negri, la anomalía de Spinoza es una "anomalía salvaje", (3) porque "Spinoza muestra que la historia de la metafísica comprende alternativas radicales".

¿Qué tienen que ver el doctrinario rabioso de la ultraizquierda que se revuelve en el ergástulo con el escritor reaccionario que elogia a la dictadura? ¿Cuál es el vínculo secreto que une a uno y otro con Spinoza?

Es Pere Gimferrer, en la página de su dietario que escribió el 22 de noviembre de 1981 en El Correo Catalán, (4) quien da una pista, pues, aludiendo a otro revolucionario que por esas fechas se había precipitado en la demencia criminal —Althusser—, encuentra una ligazón con Borges, que es posible extender a Negri: "El rechazo en Borges y en Althusser [y, yo agrego, en Borges y en Negri. A.A.] de cualquier transacción entre lo real y lo utópico". Señala más adelante Gimferrer que, "desde un polo quizá sólo aparentemente opuesto, el escepticismo absoluto de un Borges tiene un fondo crítico no muy distinto y recibe, con la acusación de reaccionarismo, la misma consideración social de hecho delictivo".

En la sede de la Escuela Freudiana de Buenos Aires, un psicoanalista le dice a Borges, la tarde del 16 de enero de 1981, que "su lectura (de Spinoza) ayuda a leer al escritor como personaje".

Y Borges reincide en su idea de la corporización de Spinoza, porque confirma que "un escritor crea (...) no solamente al personaje de sus sueños, sino que deja adherido otro personaje que es él mismo". Y si bien, para Borges, "Spinoza no se propuso dibujarse, sino convencernos de la verdad de su sistema, sin embargo hoy pensamos en Spinoza y pensamos en él como en un querido amigo que hemos perdido, que no hemos tenido la suerte de conocer".

Y Borges, que al pensar la incompatibilidad entre Spinoza y Quevedo ha confesado que pensaba en la incompatibilidad entre Borges y Quevedo, es decir, que al pensar en Spinoza pensaba en él mismo, vuelve una y otra vez a Spinoza como personaje: "Lo que ha quedado del nombre de Spinoza no son sus demostraciones, que creo que no convencen a nadie, su método geométrico: todo eso ha desaparecido. Lo único que hay son esas dos imágenes, la del hombre Spinoza, que nació y murió en Holanda, que rehusó favores que le ofrecían los grandes, que quiso vivir en humildad; y luego, la idea de un Dios infinito".

Pero para Borges el sistema no es un atributo de Dios, sino un atributo de Spinoza. Y Borges, en su conferencia del 16 de enero de 1981, vuelve a reiterar la trama a partir de la cual ha construido uno de sus cuentos más célebres: la del hombre que quiere dibujar el mundo, y va dibujando un ancla, luego un árbol, luego un laurel, y una espada, una balanza, un muro, un círculo, y luego advierte que lo que ha dibujado es sólo su cara. Y Borges, cuando termina de dibujar su cara, advierte que es la cara de Baruj Spinoza.

Porque Borges, que pensó, escribió y habló de la muerte con asiduidad nunca desechó la reencarnación. Y una vez dijo, con escepticismo, con módica esperanza, con resignación: "Puede ser que haya otra vida, por qué no. Que uno, después de todo lo que tuvo que pasar, en vez de descansar, vuelva a nacer y siga viviendo...". (5)

Y esto explicaría la hipótesis que el lector quizás haya adivinado ya, y que recorre estas líneas como una arteria madre, la hipótesis que explicaría la obsesión de Borges, sus sonetos, las conferencias que pronunció en sendas tardes, una del verano austral, otra del otoño, en Buenos Aires, la extraña trasposición de identidades a propósito de Quevedo y la fantasía sobre el dibujo de un rostro.

A saber: que esa reencarnación se habría producido, y que un filósofo holandés del siglo xvii volvió a vivir en la piel de un escritor argentino del siglo xx.

Notas

1. Borges en la Escuela Freudiana de Buenos Aires, Angelma, Buenos Aires, 1993.
2. Publicado en Clarín, Buenos Aires, el 27 de octubre de 1988.
3. Antonio Negri: La anomalía salvaje, Anthropos, Barcelona, 1993.
4. Pere Gimferrer: Segundo dietario, Seix Barral, Barcelona, 1985.
5. Carlos Stortini: El diccionario de Borges, Sudamericana, Buenos Aires, 1988.