Juan
Domingo Sánchez Estop
Sánchez Estop, Juan Domingo. «Spinoza. La democracia como absoluto», congreso
Ideología y Presente III: la Democracia, Facultad de Filosofía, Universidad
Complutense de Madrid, Madrid, 4 de abril de 2018.
Se ha solido tener a
Spinoza por un pensador sobre todo interesado en arduas cuestiones metafísicas.
Su doctrina de Dios como sustancia infinita y por ende única lo identifica en
los manuales de historia de la filosofía como un pensador altamente abstracto y
alejado de preocupaciones mundanas. Según estos la política ocupaba en su obra
un lugar accesorio, alejado del centro de sus preocupaciones y, durante mucho
tiempo se consideró que su obra política carecía de originalidad, por lo que se
la consideró como un capítulo menor de la tradición laica y liberal de la
defensa de la libertad de pensamiento. Sin embargo, esta idea tradicional del
spinozismo contrasta con el hecho de que la preocupación por lo práctico fuese
muy patente en un filósofo cuya obra principal se titula Ética y que es autor de dos tratados importantes sobre política. En
esta obra, su gran obra de madurez, la filosofía teórica y la práctica son
inseparables, pero podemos reconocer esta misma posición ya en textos más tempranos
como el Tratado de la reforma del
entendimiento. Incluso en los momentos en que aparentemente Spinoza dialoga
con su propia conciencia a la manera cartesiana, lo interindividual, lo común, lo
político están ya presentes.
Es característica de la obra
de Spinoza la incesante interacción entre ontología y política. Ambas son
inseparables, como, de hecho, lo han sido siempre a lo largo de la tradición
filosófica occidental (e incluso en las no occidentales). Sin embargo, la
particularidad de Spinoza, ese lector atento del materialismo político de
Maquiavelo, es su capacidad de reconocer abiertamente esta relación. No existe
una contemplación neutra del ser, toda posición filosófica sobre el ser tiene
directamente que ver con el orden del mundo y de la sociedad y, en este primer
sentido del término, es política. No en vano, la primera parte de la Ética, con su enorme abstracción
conceptual y su aparato deductivo tomado de la geometría euclidiana, busca
mostrar que la potencia de Dios no es en nada comparable al poder de los reyes.
Tal vez sea esta una de sus mayores singularidades en la historia de la
filosofía, pues hay que remontarse a los presocráticos -antes de que se inicie
la tradición metafísica- para que esa relación directa entre el orden de la ciudad
caracterizado por la isonomía y la estructura del ser se revele con la misma
claridad.
En este sentido, y ya que
se nos convoca para que hablemos de la fundamentación de la democracia, podemos
adelantar que la concepción spinozista del Dios sustancia única y coextensiva
con la naturaleza infinita tiene su correlato político spinozista en la
democracia como expresión irrestricta de la potentia multitudinis. Para
Spinoza, el absoluto divino es inseparable de su expresión necesaria en la
serie de las causas del mundo finito, y un auténtico absolutismo político solo
puede realizarse con la complicidad de las potencias singulares asociadas en el
cuerpo político. No hay absolutismo político que no cumpla, a su modo, las
condiciones de un absolutismo ontológico. No existe un Dios que no sea la
propia naturaleza, ni un poder soberano en lo político que pueda permitirse,
sin grave perjuicio para su propia potencia, no incluir la potencia de la
multitud de individuos que lo integra, en otras palabras, no hay soberanía
efectiva sin un fundamento democrático.
La democracia se inscribe
en la teoría política spinozista en dos registros: 1) el fundamento absoluto de
cualquier política es la democracia como régimen “natural” resultante de la
cooperación, 2) pero la democracia es también uno de los regímenes políticos
que reconoce la tradición aristotélica y polibiana que distingue monarquía,
aristocracia y democracia. La democracia aparece así como el primero y la
precondición de todos los regímenes o como el último de estos, como el más
“natural”, o como el más absoluto y difícil de alcanzar. Nos encontraremos aquí
con la democracia en varios contextos: en primer lugar como comunidad, como
producción y disfrute de lo común, como objeto y causa de amor, según la
declaración programática del Tratado de
la reforma del entendimiento; en segundo lugar con una definición de la
democracia en el Tratado
teológico-político como “el régimen más natural”, es decir aquel que se
basa tan solo en la cooperación humana entendida como cooperación entre
iguales. Sobre la democracia, que es la esencia de lo político, es decir de la
comunidad humana que es causa y efecto de la vida en común se erigen todos los
demás regímenes según distintas modalidades afectivas. Sobre la democracia
entendida como constitución material común a todos los regímenes, se erigen la
monarquía y la aristocracia, pero también la propia democracia entendida como
un régimen político más.
En segundo lugar, más allá de las estructuras ontológicas de lo
político, hemos de hablar de las relaciones que constituyen el cuerpo político
y lo estabilizan. Para Spinoza estas relaciones no se basan en un cálculo
racional como en Hobbes o en Locke, sino en afectos y pasiones singulares y
colectivos por los cuales los individuos humanos cooperan entre sí y gracias a
los cuales obedecen a una ley común que posibilita esa cooperación. Nos encontraremos aquí con el problema
fundamental de la política spinozista. Si casi todos los grandes pensadores
políticos de la modernidad occidental se han planteado como tema central de sus
obras la cuestión de la legitimidad del poder y de la obediencia, Spinoza se
preguntará, siguiendo a Maquiavelo, por las causas que producen la obediencia y
la legitimidad. No se trata de legitimar ningún poder, sino de entender sus
modalidades de funcionamiento. La obediencia a la ley común no puede obtenerse
atendiendo solo a la razón, pues la mayor parte de los hombres se rige más por
las pasiones que por la razón. Por consiguiente, la producción de la obediencia
a la ley común deberá basarse en los afectos y, muy concretamente en el par
afectivo que constituyen el miedo y la esperanza. Si el afecto monárquico por
excelencia es el miedo (miedo a los demás, miedo al propio monarca), la pasión
republicana y democrática será la esperanza (esperanza puesta en la cooperación
y en el aumento de la propia potencia propiciado por esta). La indignación será
en este contexto una pasión destituyente, pues consiste en el odio al
gobernante que maltrata nuestros iguales. El amor será la pasión constituyente
correlativa a la indignación, la pasión que se funda en la alegría de la
cooperación.
Por último apuntaremos
aquellos elementos que nos permiten reconocer la actualidad de un autor que
siempre consideró la eternidad como extemporaneidad productiva, un autor, como
Nietzsche esencialmente extemporáneo. Uno de estos elementos se perfila en
negativo: no existe una economía spinozista, no existe en Spinoza por ello
mismo una autonomía de lo político: lo político es la forma, la relación de
producción constitutiva, de un cuerpo social basado en la cooperación. En este
marco se darán todas las articulaciones y diferenciaciones pensables de la
potencia de la multitud en función de los afectos y pasiones que sirven de
“principio” a cada orden político, pero nunca habrá en Spinoza la idea de una
separación entre la economía y la política, entre la sociedad civil y el Estado
como la elaborada en la tradición dominante de la teoría política, de Hobbes a
Ferguson, a Locke, a Kant. Antes de Marx es tal vez el autor que más claramente
ha percibido la inmanencia de la vida social a la base material y, a la vez, la
intrínseca politicidad de esta misma base material. En un momento en que el
neoliberalismo está cada vez más cerca de conseguir que la política sea
enteramente determinada por la economía, la politización de nuestra existencia
material que, anticipando a Marx, ya nos plantea Spinoza, es una exigencia
urgente en tiempos de zozobra de las libertades y la democracia.
