Remo Bodei
La atmósfera del alma
Al comienzo
del Tratado político, Espinosa establece un paralelismo entre las pasiones
que modifican y sacuden a los seres humanos y los fenómenos, aun desagradables,
que caracterizan la atmósfera:
“He considerado las pasiones humanas, como el amor, el
odio, la ira, la envidia, la vanagloria, la misericordia y todos los demás
sentimientos, no como vicios, sino como propiedades de la naturaleza humana,
pertenecientes a ella del mismo modo que pertenecen a la naturaleza de la
atmósfera el calor, el frio, la tempestad, el trueno y semejantes, los
cuales, aun siendo desgracias, no obstante son necesarios y son efectos de
causas determinadas, a través de las cuales nosotros tratamos de comprender la
naturaleza, mientras nuestra mente goza de su franca contemplación no menos que
de la percepción de las cosas agradables a los sentidos” [1].
No importa
cuán inexplicables, indóciles, caprichosas y perturbadoras puedan parecer a
primera vista, las pasiones --oportunamente observadas-- no sólo revelan una
trama inteligible y una articulación coherente, sino que pueden también
volverse objeto de un espectáculo agradable. Detrás de su caos se descubre un
orden preciso; en el interior de sus imperceptibles o imprevistas desviaciones
y excesos, una lógica convincente; en su aspecto quizás espantoso, una belleza
específica. Para quien pueda penetrar más allá de la envoltura se reserva no
sólo el gozo que el conocimiento tradicionalmente ofrece, sino también la
satisfacción de contemplar, desde el punto de vista de una “ciencia
meteorológica” del ánimo, el paso variado de sus metamorfosis sobre el fondo
del horizonte teórico de la necesidad.
Las pasiones
ofrecen el testimonio más convincente del hecho de que el “hombre” no dispone
libremente de sí mismo, ni, mucho menos, del mundo. Aun cuando ya habituado a
considerarse un “imperio dentro de otro imperio” [2] --ciudadano de un regnum
hominis extraterritorial respecto al resto del universo-- él descubre,
también por medio de ellas, estar en cambio sometido rígidamente a la
naturaleza, la única verdaderamente libre. En efecto, condicionamientos de todo
género lo plasman a la manera de la “arcilla en las manos del alfarero”; [3]
imaginar escapar de ellos, permaneciendo firmes las leyes de este mundo, parece
igualmente absurdo e indeseable como vivir bajo un cielo eternamente sereno. De
por sí, el reconocimiento del inevitable poder de las pasiones (aquel
inconmensurablemente mayor de toda la naturaleza sobre cada hombre) no implica
de todos modos la aceptación presupuesta de una servidumbre irremediable y
siempre igual. Para poderse liberar de la pasividad absoluta respecto a las
pasiones, quizá sea necesario admitir, de manera preliminar, la supremacía: disminuyendo
nuestras exorbitantes pretensiones de control y de autocontrol sobre ellas, se
multiplican paradójicamente las oportunidades de éxito al enfrentarlas y se descubre
en la imaginación también un aspecto de potentia, que consiste en la capacidad
de evocar las cosas ausentes (cfr., E, prop. XVII, schol.).
También el
niño (ser “sumamente dependiente de las causas externas” y “casi incapaz de ser
consciente de sí”) [4] crece de hecho hasta alcanzar estadios en que la subordinación
a las causas externas disminuye, aunque sin dejar de existir, y la conciencia
de sí aumenta, aun sin llegar a ser jamás completa. De manera análoga, es
posible individuar también para los adultos el camino apropiado para un
ulterior “crecimiento” que --levantando la vis existendi o agendi-- modifique
en favor de los individuos y de las colectividades el equilibrio inevitable
frente a las causas externas y ponga un dique a nuestra total ignorancia
respecto a ellas.
Entre el grado
de dependencia de las pasiones y el grado de conciencia alcanzado subsiste una
relación de proporcionalidad inversa (cuanto más éste aumenta, justamente, más
aquél disminuye y viceversa). Sin embargo, semejante incremento de saber - que
es, al mismo tiempo, de felicidad, de “virtud” y hasta de salud --no basta
quererlo o programarlo. Por consiguiente, se engañan cuantos intentan sofocar
las pasiones mediante la intervención enérgica de la voluntad o de la razón,
rechazándolas o suprimiéndolas de la naturaleza humana por la fuerza. Nadie, ni
siquiera el más sabio, podrá quedar exento totalmente o en todo momento.
Aquellos que intentan doblegar la violencia o la tenacidad --imprecando,
maldiciendo, implorando, realizando ademanes propiciatorios, en lugar de
encontrar los medios para reducir su impacto y arraigo o para cambiar
eventualmente las desventajas en ventajas-- se asemejan a quienes pretendiesen
imponerse de manera mágica a los fenómenos atmosféricos, o sea, impedir la
alternancia del frio y del calor, de la humedad y la sequedad o prohibir a los
rayos surcar las nubes y al viento soplar.







