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27 enero, 2020

SPINOZA. CUERPO Y AMOR FRENTE A LA MODERNIDAD CAPITALISTA

José Ezcurdia


El presente texto –Cuerpo y amor frente a la modernidad capitalista. A propósito de Spinoza, Bergson, Deleuze y Negri. UNAM / Itaca, México, 2018--  tiene como objeto abordar una doble constelación de autores que, desde la perspectiva del vitalismo y el materialismo, hacen de la trabazón de las nociones de cuerpo y amor la determinación de un marco de experiencia que se resuelve en un horizonte crítico de la modernidad capitalista: Spinoza-Bergson-Deleuze por un lado, y Spinoza-Deleuze-Negri por otro. Las nociones de cuerpo y amor se revelan en el tejido fino de la arquitectura conceptual de los autores referidos como brújula para hacer inteligible, nos atrevemos a señalar, quizá la dimensión más profunda de sus planteamientos ontológicos, epistemológicos y ético-políticos, en el plano mismo de la crítica a una modernidad capitalista que, aun cuando en muchos sentidos es fuente de un proceso emancipatorio, se afirma en última instancia como un proyecto de dominación fincado en la esclavitud y el exterminio. El vitalismo y el materialismo que hilvanan Spinoza, Bergson, Deleuze y Negri gozan de un talante crítico sin el cual sus tesis capitales carecerían de sentido. La crítica a la modernidad es el punto de fuga a partir del cual el conjunto de su reflexión filosófica afirma un carácter libertario que es su razón de ser y su motor interior.

Spinoza se constituye como el pilar que sostiene el vitalismo y el materialismo de Bergson, Deleuze y Negri. Spinoza, a partir de la noción de causa inmanente, hace justo de las nociones de cuerpo y amor tanto el bastión de resistencia y la atalaya crítica contra la metafísica de la trascendencia y los regímenes monárquicos que de ésta se desprenden, como el fundamento para desarrollar una crítica contra un Estado moderno que cede ante los encantos de la trascendencia misma, que se muestra como dispositivo privilegiado de dominación. La inmanencia spinoziana –que cobra contenido en la experiencia de un cuerpo vivo henchido de amor– anima desde dentro las diversas evoluciones teóricas que Bergson, Deleuze y Negri desarrollan a lo largo de su obra. La lectura de Spinoza es un momento insoslayable en la articulación de las concepciones filosóficas de los autores señalados: la duración y la sociedad abierta bergsoniana, el Cuerpo sin Órganos (CsO) y la potencia de lo menor deleuziana, así como la multitud de Negri, capaz de dar lugar a la producción de lo común; establecen una secreta correa de transmisión que, toda vez que cobra significación en función de su satisfacción como marco crítico a la modernidad capitalista, tiene precisamente en Spinoza su suelo teórico principal. De igual manera, las lecturas que Deleuze y Negri realizan, el primero sobre Bergson y el segundo sobre Deleuze mismo, aparecen como momentos interesantes en la progresión de la constelación teórica que nos ocupa, en relación a la significación del vitalismo y el materialismo como horizonte crítico de la modernidad capitalista: el materialismo –en el propio arcoíris conceptual Spinoza-Bergson-Deleuze-Negri– se revela como un vitalismo en el que la vida misma y el amor son el principio para abordar la cuestión de la libertad como expresión mayor de la materia viva. El vitalismo por su parte asume por principio su necesaria dimensión materialista, anclada en el cuerpo como fondo activo de la vida misma y lo real, que encuentra su satisfacción en el ámbito ético-político, en tanto producción de una comunalidad que no renuncia al gesto diferencial: creación, resistencia y libertad aparecen de este modo como preocupaciones fundamentales de un vitalismo materialista o un materialismo vitalista que, en el propio horizonte del cuerpo y el amor, planta cara a las imposturas de una modernidad capitalista que al amparo de la retórica de la democracia, la ciencia, la historia y el Estado mismo –formas éstas que reinstauran de diversa manera a la trascendencia misma como dispositivo de dominación– afirma un proyecto civilizatorio que se resuelve en una suerte de barbarie que quizá en el nihilismo tiene su nota fundamental. Evidentemente, la reflexión filosófica de los autores abordados es compleja y presenta diversos planteamientos que son merecedores de extensos análisis.

Nuestra intención no es agotar el complejo andamiaje teórico de los autores revisados. Nuestro propósito no es tampoco mostrar exhaustivamente las implicaciones y los puentes documentados que sus reflexiones guardan entre sí. Nuestro cometido recae en el estudio y la determinación general justo de un vitalismo materialista (o un materialismo vitalista), que en el ámbito de la ontología, la ontología política y la ética vela por la restitución al cuerpo vivo de los afectos que efectúan su propia potencia, haciendo posible llevar a cabo justo una reflexión filosófica dotada de una dimensión crítica: son los tópicos del cuerpo y el amor que orientan la reflexión de Spinoza, Bergson, Deleuze y Negri en la senda de la crítica a la modernidad capitalista, el objeto de nuestra atención. Cuerpo y amor aparecen como las directrices para rastrear la orientación y los alcances de la crítica que los autores señalados realizan sobre la modernidad capitalista. Cuerpo y amor se constituyen como los conceptos clave que articulan la mirada crítica que sobre la modernidad dichos autores realizan, otorgándole a su filosofía misma una dimensión vital. Las nociones de cuerpo y amor se revelan, en suma, como la guía con la cual pretendemos dar cuenta del encabalgamiento de la reflexión filosófica de los autores señalados, sopesando la forma de los días que nos son dados vivir, midiéndolos justo con la regla que implica la propia noción spinoziana de un cuerpo henchido de amor, que aparece a la vez como fondo mismo de lo real y como realidad ético-política que ha de ser producida.

El individuo superior spinoziano, la sociedad abierta bergoniana, el devenir indio y la producción de pueblo de Deleuze, así como la propia comunalidad de Negri, se muestran en este sentido como una valiente y lúcida intervención en el panorama filosófico contemporáneo, renuente a encarar las devastadoras implicaciones de la propia modernidad capitalista. El propósito del presente trabajo es ofrecer pistas de lectura e interpretación de su trabajo mismo, plegándonos a algunos de los gestos fundamentales en los que se vertebra justo su dimensión crítica.

 J. E.

07 mayo, 2015

Spinoza’s Anti-Modernity

Antonio Negri

El artículo que aquí reproducimos apareció originalmente en Les Temps Modernes 46:539 (junio 1991). Esta es la versión en inglés publicada en Graduate Faculty Philosophy Journal, 18:2 (1995), pp. 1-15. Traducción de Charles T. Wolfe. También está incluido en la colección de ensayos en inglés: Subversive Spinoza, Manchester University Press, Manchester, 2004. Y desde luego en la versión en español: Spinoza subversivo, Akal, Madrid, 2000.

1. Spinoza, the Romantic

The paradox marking Spinoza's reappearance in modernity is well known. If Mendelssohn wished to "give him new credence by bringing him closer to the philosophical orthodoxy of Leibniz and Wolff," and Jacobi, "by presenting him as a heterodox figure in the literal sense of the term, wanted to do away with him definitively for modern Christianity"—well, "both failed in their goal, and it was the heterodox Spinoza who was rehabilitated" [1]. The Mendelssohn-Jacobi debate can be grafted onto the crisis of a specific philosophical model. It generates a figure of Spinoza capable of assuaging the exacerbated spiritual tension of that epoch, and of constituting the systematic preamble of the relation between power and substance—between subject and nature. Spinoza, the damned Spinoza, had a resurgence in modernity as a Romantic philosopher. Lessing won out by recognizing in Spinoza an idea of nature which was capable of balancing the relation between feeling and intellect, freedom and necessity, and history and reason. Herder and Goethe, against the subjective and revolutionary impatience of the Sturm und Drang, based themselves on this powerful image of synthesis and recomposed objectivity: Spinoza is not only the figure of Romanticism; he constitutes its grounding and its fulfillment. The omnipotence of nature was no longer to break off into the tragedy of feeling, but it was to triumph over it, by opposing it to a kingdom of completed forms. Spinoza's first reception within Romanticism was thus an aesthetic reception, a perception of motion and perfection, of dynamism and forms. And it remained such, even when the general frame and the particular components of Romanticism were subjected to the labor of philosophical critique. Fichte, the real philosophical hero of Romanticism, considered both Spinoza's and Kant's systems to be "perfectly coherent" [2], in the incessant ontological movement of the I. For the Schelling of the 1790s, the assertion of a radical opposition between critical philosophy and dogmatic philosophy—that is, between a philosophy of the absolute I founding itself on the critical philosophy and a dogmatic philosophy of absolute object and Spinozism—was quickly resolved into an analysis on which dialectically took on (as Hegel immediately acknowledges) the weight of the objective [3]. Far from becoming antinomial, the absolute position of the I composes itself into a necessary process which, above tragedy, exalts the "spiritual automatism" [4] of the relation between subject and substance. The aesthetic dimension of this synthesis consists in ceaselessly and tirelessly bringing back power and substance, the productive element and the form of production, to perfection. Romanticism, according to Hegel, is characterized by a capacity to overcome the pure objectivity of the ideal and the natural as a true idea of beauty and truth, initially to destroy the union of the idea and its reality, and to locate the latter in the difference, so as then to bring to manifestation the inner world of absolute subjectivity and reconstruct its objectivity where the overcoming of sensibility is appeased in the absolute character of the result [5]. The filiation of this process is still Lessingian, but the new dialectic expresses and articulates its motivations, while insisting on the propaedeutic of the beautiful along the path leading to the absolute. Spinoza, a certain Spinoza, becomes the central figure in this process.

02 marzo, 2015

Negri. Spinoza y nosotros

Miriam Lucero

Negri, Antonio. Spinoza y nosotros, Buenos Aires, Nueva Visión, 2011, 112 pp.

Esta obra, escrita en italiano y publicada en el año 2010 como Spinoza et nous, fue traducida al francés por Judith Revel y del francés al español por Claudia Estela Consigli. En su amplio prólogo –si se tiene en cuenta su acotada extensión, tan sólo cuanta con 112 páginas- Negri se propone inscribirla en el
debate contemporáneo –y más precisamente biopolítico- en torno a Spinoza. En tales circunstancias, el prólogo tiene como objetivo la reivindicación de su obra spinosista célebre: La anomalía salvaje. Ensayo sobre poder y potencia en Baruch Spinoza, publicada en español en 1993. A partir de la revisión y de las resonancias que todavía suscita entre los lectores de Spinoza, el autor intenta entablar un debate teórico con los más fuertes adversarios de su producción (Tom Nairn, Paolo Cristofolini, Etienne Balibar, entre otros…), ubicándose en la estela epistémica marcada por la revisión de Spinoza durante el 68’. De este modo, se siente heredero teórico de la interpretación que hicieron Gilles Deleuze y Alexandre Matheron, quienes inspirados en el pensamiento ontológico-político de Spinoza, intentaron construir un proyecto político de resistencia a través de la democracia absoluta.

Sin embargo, la obra que Negri prologa quiere pensar a Spinoza en relación a un “nosotros” que sobrepasa el Mayo francés y se refiere a una nueva época. Desde su perspectiva, estamos experimentando un nuevo aspecto del capitalismo, que ha extendido sus arcas hasta insertarse en el ámbito de la cultura, es decir, experimentamos la “hegemonía del trabajo cognitivo”. Lo “anormal” y lo “salvaje” que antaño fuera el pensamiento de Spinoza, ha devenido en la posmodernidad un recorte alternativo frente a la omnipresencia del capitalismo. Asimismo, es fácticamente revolucionario y subversivo gracias a la potencia de las multitudes. Posteriormente, en el desarrollo del prólogo retomará estas dos características y apuntará a redefinir un Spinoza posmoderno. Más allá de los matices que encuentra en esta particular lectura, esbozara una redefinición del carácter subversivo de su pensamiento a través de la conexión con la crítica a la ontología negativa de Martin Heidegger.

Para salir de la encrucijada que el capitalismo parece suponer, donde el individualismo se vislumbra como la única alternativa posible, imagina una salida. Ella habita entre los intersticios del pensamiento biopolítico de Michael Foucault y la inmanencia absoluta que Deleuze plateara en “L`inmanence: una vie…”, publicado en el Nº 47 de la Revista Philosophie, poco antes de su muerte en 1995. La democracia, en tanto afirmación de la inmanencia absoluta, es la forma institucional que toma la política pensada por Negri (influencia francesa mediante), la cual implica la conformación de lo común en la relación de las singularidades modales a través del amor. Su objetivo es una teoría de la democracia que logre sustraerse al poder entendido como soberanía o potestas, y que afirme los movimientos sociales emergentes –de allí su “realismo político”- al más fiel estilo espinosista.

Con el objetivo de sostener estas tesis interpretativas y reactualizadas en su Spinoza salvaje y subversivo, la obra contiene cuatro capítulos que provienen de conferencias recientemente pronunciadas en diferentes ocasiones. Así, el primer capítulo: Spinoza: una herejía de la inmanencia y de la democracia, proviene de una conferencia pronunciada en la Spinozahuis de Rijnsburg el 27 de junio de 2009; el segundo capítulo: Potencia y ontología: Heidegger o Spinoza, de una intervención en la IX Internazionale Tagung der Spinoza-Gesellschaft en la Humboldt-Universität de Berlín el 30 de septiembre de 2006; el tercer capítulo: Multitud y singularidad en el desarrollo del pensamiento político de Spinoza, fue pronunciada en la conferencia internacional Spinoza as Social and Political Thinker organizada por el Jerusalem Spinoza Institute el 31 de mayo de 2007, y finalmente el último capítulo: Spinoza: una sociología de los afectos, fue presentado en el Coloquio Spinoza et les sciences sociales, en la Universidad de París-VIII, el 9 de abril de 2005. Las características estilísticas propias de la oralidad son una de las claves a la hora de pensar esta obra que instala debates y responde a tópicos y críticas propias de una filosofía política donde la praxis es inherente a la teoría.

14 abril, 2014

La multitud en la lectura de Negri o sobre la desarticulación de ontología e historia

Vittorio Morfino

El propósito de esta intervención es analizar un elemento de la teoría negriniana que ha adquirido una gran importancia en el debate filosófico-político contemporáneo: el concepto de multitud. Sin embargo, mi análisis no abordará –como quizá se podría esperar-- la importante trilogía divulgativa de Negri y Michael Hardt (Imperio, Multitud, Común), sino su emergencia en aquél período –en mi opinión crucial desde el punto de vista teórico-- que va desde la Anomalía salvaje hasta el Poder constituyente.

Aunque tenga una larga historia en la tradición occidental, el lector contemporáneo difícilmente podría disociar el término Multitudo de la filosofía spinoziana. Sin embargo, si tomamos en consideración la literatura sobre Spinoza anterior a 1981 no encontramos referencias a este término como un concepto fundamental de la teoría política spinoziana. El salto lo produjo un gran libro de Negri, la Anomalía salvaje. Ensayo sobre poder y potencia en Baruch Spinoza, escrito en Rebibbia en el período de prisión. El libro, extremadamente denso y complejo, propone tres grandes tesis interpretativas:

1) La filosofía de Spinoza es una anomalía respecto de la sociedad holandesa del siglo XVII que, a su vez, representa una anomalía respecto al horizonte mercantilista y absolutista del siglo XVII.

2) El pensamiento de Spinoza tiene una evolución precisa desde una primera fase panteísta (a la que Negri llama “primera fundación” y que se localizaría en las dos primeras partes de la Ética), atravesando una fase de crisis (el Tratado teológico-político) hasta una segunda fase materialista (la “segunda fundación”, localizable en las partes tercera y cuarta de la Ética y en el Tratado político) en la que propiamente consiste la anomalía spinoziana.

3) La verdadera política de Spinoza se encuentra en su metafísica, más en general, la verdadera política del siglo XVII se encuentra en la metafísica (1).

La intersección de las tres tesis hace para Negri visible la importancia inaudita del concepto de Multitudo. Éste, emerge como concepto (no como término) en el segundo Spinoza, el Spinoza materialista, y se convierte en el centro de la última obra incompleta, el Tratado político.

07 abril, 2014

Ética y política de la desutopía

Antonio Negri

La verdadera política de Spinoza es su metafísica. Contra las potencialidades de ésta se descargan la polémica del pensamiento burgués y las tentativas de mistificación que discurren bajo la sigla “spinozismo”. Pero la metafísica spinozista se articula como discurso político, y en este campo desarrolla específicamente algunas de sus potencialidades. Aquí debemos intentar identificarlas.

La metafísica nos presenta al ser como fuerza productiva y la ética como necesidad, o mejor, como articulación fenomenológica de las necesidades productivas. En este marco, el problema de la producción y de la apropiación del mundo se hace decisivo. Pero esto no es específico de Spinoza: el siglo XVII presenta este mismo problema y lo presenta resuelto según un eje fundamental, el de la hipóstasis del mando, de la jerarquía del orden y de los grados de apropiación. Siguiendo la filosofía del XVII podemos subrayar dos figuras ideológicas fundamentales tendidas para fundar y representar, junto con el orden burgués, la ideología del ancien régime: por un lado, las varias reformulaciones del neoplatonismo, de Henry More, al espiritualismo cristiano (1); por otro lado, el pensamiento del mecanicismo (2). Ambas teorías son funcionales para la representación del nuevo y decisivo fenómeno intervenido: el mercado. Ambas explican la articulación de trabajo y valor, la circulación de la producción para la acumulación de la ganancia, para la fundación del mando. El esquema neoplatónico introduce la jerarquía en el sistema fluido del mercado, el esquema mecanicista exalta el mando como tensión dualista querida, exigida, pedida por el mercado. Entre una y otra ideología (la neoplatónica debe llamarse más bien postrenacentista que propiamente del siglo XVII) discurre la gran crisis de la primera mitad del XVII: el mecanicismo es la filosofía burguesa de la crisis, la forma ideal de la reestructuración del mercado y de la ideología, la tecnología nueva del poder absoluto (3). En este marco, la utopía de la fuerza productiva, que es el legado indestructible de la revolución humanista, es troceada y reproducida: troceada en la ilusión (que le era propia) de una continuidad social y colectiva de un proceso de apropiación de la naturaleza y de la riqueza; reproducida, en primera instancia, como idea del mando, en segundo lugar y sucesivamente, como hipótesis de una apropiación redundante y progresiva en la forma de la ganancia. La idea de mercado es esto: duplicación (misteriosa y sublime) del trabajo y del valor; optimismo progresivo, dirección racional y resultado de optimización tendidos sobre la relación explotación-ganancia (4). La metafísica de la fuerza productiva, rota por la crisis, es reorganizada por el mercado: la filosofía del siglo XVII es su representación. Éste es el pensamiento fundamental en torno al cual se ordena la cultura barroca de la burguesía: interiorización de los efectos materiales de la crisis y reproducción utópica y nostálgica de la totalidad como cobertura de los mecanismos de mercado. Póngase atención: la hegemonía de este cuadro resolutivo, que atraviesa funcionalmente casi todas las filosofías del siglo, entre Hobbes, Descartes y Leibniz (5), es tan fuerte como para imponer, en el siglo mismo y en sus cercanías inmediatas, una lectura homóloga también del pensamiento spinozista —¡así es el “spinozismo”! La forzosa reducción de la metafísica de Spinoza a una ideología neoplatonizante, emanacionista, reproducción de la imagen tardorenacentista del esquema social burgués. ¿Spinoza, barroco? No, pero si acaso, en este marco, una figura espuria y cansada que rechaza la crisis, que repite la utopía en la forma renacentista ingenua: tal es el spinozismo (6). ¡Cuando el idealismo clásico retorna Spinoza, en efecto, retoma sólo (¿inventa?) el spinozismo, una filosofía renacentista de la revolución burguesa del mercado capitalista! (7).

El pensamiento maduro de Spinoza es metafísica de la fuerza productiva que rechaza la ruptura critica del mercado como episodio arcano y trascendental, que interpreta, en cambio —inmediatamente—, la relación entre tensión apropiativa y fuerza productiva como tejido de liberación: materialista, social, colectivo. El rechazo spinozista no niega la realidad de la ruptura crítica del mercado, sino que interviene sobre su solución determinada, la del siglo XVII. Asume la crisis como elemento del desarrollo de la esencia humana, niega la utopía del mercado y afirma la desutopía del desarrollo. El carácter colectivo de la apropiación es primario e inmediato, es lucha inmediata —no separación, sino constitución. En resumen, rechazo determinado de la organización capitalista y burguesa de la relación entre fuerza productiva y apropiación. Pero de esto hablaremos después, más tranquilamente. Aquí merece mayormente la pena detenerse en el espesor de la ruptura spinozista, en la importancia teórica de la centralidad de la desutopía. Porque es éste el punto en torno al cual se fija una alternativa radical y originaria del pensamiento burgués. Alternativa entre descubrimiento y exaltación teórica de la fuerza productiva y, enfrente, su organización burguesa. La historia del pensamiento moderno debe contemplarse como problemática de la nueva fuerza productiva. El filón ideológicamente hegemónico es el que tiene un carácter funcional en relación con el desarrollo de la burguesía: se pliega sobre la ideología del mercado, de la forma impuesta y determinada por el nuevo modo de producción. El problema es, como hemos demostrado ampliamente (8), la hipóstasis del dualismo del mercado en el sistema metafísico: de Hobbes a Rousseau, de Kant a Hegel. Este es, pues, el filón central de la filosofía moderna: la mistificación del mercado deviene utopía del desarrollo. Enfrente, la ruptura spinozista —pero ya, antes, la obrada por Maquiavelo y, después la decretada por Marx. La desutopía del mercado deviene en este caso afirmación de la fuerza productiva como terreno de liberación. No se insistirá nunca suficientemente en esta alternativa inmanente y posible en la historia del pensamiento occidental: ésta es signo de dignidad, cuanto la otra tendencia es sello de infamia. La ruptura spinozista comprende el corazón de la mistificación, asume la realidad primera del mecanismo crítico del mercado como síntoma y demostración de su infamia. El mercado es superstición. Pero superstición destinada a destruir la creatividad del hombre, a crear miedo contra la fuerza productiva, molestia y bloqueo de la constitución y de la liberación. El espesor de la ruptura spinozista no podría ser más grande y significativo.

17 marzo, 2014

Spinoza for Our Time: Politics and Postmodernity / Spinoza para nuestro tiempo: política y posmodernidad

Beth Lord

Antonio Negri, Spinoza for Our Time: Politics and Postmodernity, William McCuaig (tr.), Columbia University Press, New York, 2013, 125 pp.

This collection of four essays with an introduction continues the trajectory that Negri began so explosively with The Savage Anomaly (1981), although without that text's energy. Both there and here, Negri uses Spinoza's ontology to demand and defend a politics of the common. The "anomaly" is Spinoza's denial of transcendence -- anomalous for a seventeenth-century post-Cartesian philosopher -- and the potentialities that denial opens up. An immanent ontology redirects our modern thinking away from individualism, liberalism, and sovereign power, and towards a freedom that is achievable through the popular reappropriation of common desires and goods. For Negri, this places Spinoza "beyond modernity" and makes him a "postmodern" philosopher whose most important legacy is the idea of a democracy-in-progress that is continually constituted by the collective desires of the multitude.

The Savage Anomaly is a work of genius: written in prison, it draws the rivulets of Spinoza's thought into a raging river of political manifesto that moves with such speed and force that it cannot fail to sweep the reader along. With the work of Althusser and Balibar, it inaugurated a tradition of post-1968 Marxist Spinozism that continues to influence and appeal. Negri writes that The Savage Anomaly succeeded because "the perspective on Spinoza defended there revives the possibility of willing and acting consciously to transform or overthrow the capitalist mode of production, of asserting human equality and the human common" (pp. 2-3). That this is a fairly implausible position to take from Spinoza is not the point. Negri offers a new way of using Spinoza, and in particular, of using his ontology to ground an alternative kind of politics. His interpretation "might not do" for historiography, "but it [will] do for philosophy that . . . is there to pragmatically help us advance toward the realization of liberty" (p. 3).

By 'liberty' Negri means freedom in Spinoza's sense: a freedom that is achieved at the highest degree of one's power, and that is increased further when combined with the collective power of a multitude. Negri here retains a distinction, identified in his earlier book, between two senses of power in Spinoza: potentia ("potency"), the immanent and constitutive essence of a living being that desires what is good for its being, and potestas ("power"), the transcendent power of command assumed by rulers. Potentia gives us the potential to be free and to enter collectives with those with whom we share a common nature. Potestas can enable and encourage potentia, or it can be used to manage it, redirect it, or suppress it. Unlike political concepts of power, which merely rearrange the furniture of sovereignty and law, the ontological concept of potentia, for Negri, promises an absolute democracy that is continually, collectively constituted. For this reason, Negri insists that a Spinozan politics must be based on Spinoza's ontological text, the Ethics, and not on his two explicitly political treatises.

13 junio, 2012

Antonio Negri / Reflexiones amistosas sobre la crisis actual. Texto pedagógico


Leonora Carrington
1. Los hombres por los cuales siento cierta simpatía se han batido, en Europa, en el siglo XX, en torno a tres objetivos: por el socialismo contra el fascismo; por una Europa unida contra el estado-nación; por la paz contra la guerra. Los dos primeros objetivos parecen estar fuertemente ensombrecidos en la crisis actual, y las luchas que se desarrollan en torno a ellos tienen un resultado incierto –y los resultados de los ya desarrollados, olvidados o en crisis. Todavía hay paz, ¡pero tan insegura!

2. El socialismo se afirmó en Rusia en 1917. Su victoria local y su expansión ideológica originaron el cerco de la URSS por parte de las potencias occidentales y provocaron, primero, los fascismos (en Italia, en Alemania, en España, etc.) y después la guerra fría, para mantener su aislamiento. Ni siquiera la gran crisis del 29 consiguió debilitar esta política de las elites capitalistas y liberales. Más bien aceptaron el keynesismo como una política de contención “reformista” de las luchas y de la expansión política del socialismo. Ya a finales de los años 30, y de nuevo tras los 70, cada vez que el “reformismo” se afirmaba y alcanzaba objetivos importantes, las elites capitalistas repetían experimentos reaccionarios, optando unas veces por la represión, otras por la guerra (ya sea caliente o fría). Tras la segunda guerra mundial los gobiernos, obligados a abandonar los imperios coloniales y a transferir la soberanía imperial a los Estados, combinan de forma diversa sus políticas internas, bien en sentido reaccionario o reformista: el fin es siempre el de ganar la guerra fría. Su odio antisocialista estaba por encima de cualquier otro objetivo. Como la Iglesia del tardo Renacimiento contra las revueltas campesinas y anabaptistas, así actuaban los Estados capitalistas contra los trabajadores y el socialismo –cediendo al mismo tiempo su poder al impero americano.

3. Sabemos que el socialismo soviético no perdió su batalla por los golpes del adversario liberal sino porque, desde el inicio, no consiguió suscitar un movimiento triunfante en Europa ni fue capaz finalmente de producir una continua transformación social y política a medida de la potencia productiva que había expresado. No es la primera vez que Hércules siendo niño es ahogado en su cuna por la serpiente. Tras el 17, soviéticos y liberales europeos comprendieron que en Europa tienen lugar la batalla por el éxito del socialismo. Entonces, en los años 20 y 30, el fascismo y las expresiones más extremas de los distintos nacionalismos se opusieron al socialismo. Después de la segunda guerra mundial la burguesía europea finge izar las banderas de la paz y de la Unión que hasta entonces habían arrastrado por el fango. El ideal de una Europa unida viene abanderado contra la URSS. La potencia imperial americana solicita el proceso de unificación europea en clave antisoviética. Pero cuando Europa, después de 1989, comienza a constituirse independientemente, desarrollando una potente economía y un modelo social autónomo, imponiendo su propia moneda y presentándose así como un competidor y una alternativa a EE.UU. en el mercado mundial, entonces los estadounidenses se posicionan contra la unidad europea, abriéndose sobre terreno europeo la lucha de clases, entre la clase capitalista recompuesta a nivel global y las multitudes europeas: una lucha fría pero decisiva, suficiente para originar la profundísima crisis económica y social actual . Esta crisis, que surge de la fallida solución de la precedente en 2008-2009, se construye y se lanza contra la unión política de Europa. Castigada por esta crisis, Europa no encuentra, y no puede encontrar, soluciones o alternativas en el orden neoliberal. Los EE.UU. –perdida su hegemonía– la presionan para no verse involucrados ellos mismos en nuevos antagonismos imperiales.

25 abril, 2012

Diego Luis Sanromán / Negri anómalo

René Magritte
“Je retombe toujours sur les exploiteurs et sur les exploités. Kant est un exploiteur. Spinoza n’est pas du parti del exploiteurs”. Paul Nizan

“La filosofía de Spinoza es una filosofía de su tiempo: ¡Su tiempo es el futuro!”. Toni Negri

La anomalía salvaje es un libro asimismo anómalo. Pertrechado con todo el aparato crítico y erudito reconocido por la Academia es, sin embargo, algo más que un simple trabajo académico. En cierto modo, es una aberración histórica, un trabajo intempestivo y extraño. En el tiempo de los héroes muertos y las revoluciones fracasadas, en una época que parece haber sufrido todas las crisis y estar, como gustan afirmar algunos apocalípticos cómodamente integrados, del otro lado de la catástrofe, Negri se atreve a apostar por la revolución. Y en su ayuda convoca a un curioso personaje, a un marrano holandés tallador de lentes del siglo XVII, en cuya obra es posible encontrar aún inspiración para un proyecto colectivo de construcción de un nuevo espacio público. Spinoza, el filósofo materialista de la democracia absoluta. Spinoza, el excomulgado. Ironías de la historia: La anomalía salvaje es un libro escrito en y desde la cárcel. Y, al propio tiempo, contra la cárcel. Es una obra aberrante, decíamos; una obra hermosa y necesaria.

“Hay momentos en los que, frente a una realidad que se achata, frente a un mundo que se vuelve aún más insulso, uno piensa que es posible --e incluso que es necesario-- formular una hipótesis política: uno lo piensa desde todos los puntos de vista, tanto desde el punto de vista político como desde el punto de vista afectivo. La hipótesis puede partir de cualquier lugar, tanto de la cárcel como del territorio o quizás incluso de determinadas estructuras administrativas. Lo importante es incluir en este tipo de análisis y de comportamiento una decisión de fondo, la de reunir todos los elementos disponibles con el fin de hacerlos constituyentes, productivos. Cada uno de nosotros es una máquina de lo real, cada uno de nosotros es una máquina constructiva” (Negri, 1998, p. 25).

Son varios los motivos que hacen útil estudiar a Spinoza hoy en día, según Negri. En primer lugar, Spinoza es el fundador del materialismo moderno en su más alta expresión. La filosofía moderna aparece desde este punto de vista como una “filosofía del ser inmanente y dado” cuyo horizonte es el de un “ateísmo como negación de todo orden previo al obrar humano y a la constitución del ser” (Negri, 1993, p. 14). En segundo lugar, Spinoza es el fundador de una forma no mistificada de democracia; lo que, según Negri, equivale a decir que el pensador holandés plantea el problema de la democracia sobre el terreno del materialismo y, en consecuencia, como crítica de toda mistificación jurídica del Estado (Ib.). Y, en último término pero no menos importante, Spinoza muestra a las claras que la historia de la metafísica comprende alternativas radicales: las que la historia subyacente de la lucha de clases produce (Ib., p. 15). Los tres elementos confluyen en la determinación del carácter anómalo y salvaje del pensamiento spinoziano. Spinoza se presenta de este modo, a los ojos de Negri, como el definidor de un nuevo tipo de racionalidad. “Spinoza definió, de forma radical, una racionalidad “otra” de aquella de la metafísica burguesa” (p. 19).

Esta racionalidad “otra” encuentra una de sus expresiones básicas en una de las que, para Negri, constituye una de las ideas fundamentales del pensamiento spinoziano: la afirmación del desarrollo espontáneo de las fuerzas. Lo que equivale a decir que no hay necesidad, en principio, de una mediación para constituir las relaciones entre ellas. Por el contrario, la idea de una mediación necesaria pertenece esencialmente a la concepción jurídica o juridiscista del mundo, tal como se presenta en las obras de Hobbes, Rousseau y Hegel.

“Hobbes-Rousseau-Hegel. Como ya apuntamos, la mistificación burguesa alcanza su perfección fundamentalmente por medio de estos tres vértices. En Hobbes, la categoría de apropiación asociativa (colectiva) se traduce, tan paradójica como eficazmente en la sumisión al soberano, y el mecanismo de producción de la plusvalía se confía al fetichismo del valor. En Rousseau, la transferencia autoritaria de las fuerzas productivas a la soberanía es democráticamente mistificada y la alienación absolutamente santificada. (…) Hegel quita la paradoja, la hace dialéctica, la distribuye en momentos de autonomía relativa, restituye a cada uno su margen de trabajo para exaltar en lo absoluto la condición alienada, para recomponer en la totalidad de la explotación la ilusión de la libertad de cada cual” (Ib., p. 240).

Resumiendo, esta concepción implica: 1) que las fuerzas tienen un origen individual o privado; 2) que necesariamente han de ser socializadas para engendrar las relaciones adecuadas que les corresponden; 3) que existe, en consecuencia, un mediación del Poder o Potestas; y 4) que el horizonte es, en fin, inseparable de una crisis, de una guerra o de un antagonismo, del cual aquel Poder se presenta como solución; pero, eso sí, siempre como solución antagonista.

La posición de Spinoza en la historia de la filosofía y del pensamiento político es el opuesto absoluto de esa corriente. “Spinoza es la desmitificación preliminar de todo ello. No sólo porque es la más alta y metafísica afirmación de la fuerza productiva del hombre nuevo, de la revolución humanista, sino también porque es la negación específica de todas las grandes ficciones que la burguesía extiende para enmascarar la organización del propio dominio” (Ib., p. 240). Spinoza, el crítico de todo poder separado, el debelador de la mistificación burguesa, aparece en los análisis de Negri formando terna con otros dos pensadores intempestivos, padres fundadores también ellos del materialismo moderno: Maquiavelo y Marx.

“En Marx, la tensión del poder constituyente a la democracia no es solamente un acto prospectivo fundamental, un acto que, en su radicalidad, expresa una sobrehumana intensidad del proyecto, como en Maquiavelo; no es sólo como en Spinoza, la absolutez de la relación entre voluntad de todos y soberanía, entre contingencia de la multitud y totalidad; es la creación, que sigue conjuntamente las reglas maquiavélicas y de la potencia y las espinozianas de la multitudo, que encarna las condiciones de lo absoluto” (Negri, 1994, p. 372).

La lectura que Negri propone de la modernidad es, sin duda, original y arriesgada: al hilo clásico del pensamiento burgués que, de Hobbes a Rousseau, de Kant a Hegel, elabora el concepto jurídico de soberanía, se opone, con Maquiavelo, Spinoza y Marx, el “radicalismo constitucional” de un pensamiento salvaje que rechaza toda normatividad transcendente de la ley, toda autonomía de lo político, para establecer la irreductibilidad de la potentia a la potestas concebida como representación significante de la unidad del cuerpo social. Se trata, al propio tiempo y consecuentemente, de un pensamiento radicalmente ateo. El concepto de creatividad es, en los tres autores, reconducido radicalmente al hombre. En Maquiavelo, el humanismo extremo se tiñe de colores escépticos y de una consideración cínica de la religión positiva. En Marx, el ateísmo se explicita y se declara como reivindicación del ser contra su alienación. Es Spinoza, el asunto es algo más complicado: el mundo aparece como un horizonte absoluto en el cual la acción de la divinidad se vuelve necesaria y por eso mismo complementaria de la existencia; si los modos están en la sustancia es porque la sustancia está en los modos; y si, en fin, Dios está en las cosas es porque la cosa es Dios. Estamos, pues, ante otra historia de la metafísica.

Spinoza es –decíamos-- el pensador de la no-mediación, de la inmediatez y la inmanencia. En su pensamiento las fuerzas son inseparables de una espontaneidad y de una productividad que hacen posible su desarrollo sin mediación, es decir, su composición. Son, en sí mismas, elementos de socialización. Spinoza piensa inmediatamente en términos de multitudo y no de individuo. Toda su filosofía es, como ya advertíamos más arriba, una filosofía de la potentia contra la potestas, contra el poder separado o trascendente. En Spinoza, dicho de otro modo, el punto de vista ontológico --como opuesto al juridiscismo burgués-- de una producción inmediata se opone a todo recurso a un Deber-Ser, a una mediación y a una finalidad.

El concepto de multitudo es, por tanto, también central tanto en la obra de Spinoza como en los análisis y textos de intervención política del último Negri. El término de multitud era un término empleado peyorativamente por la teoría política clásica. La multitud era justamente el conjunto de personas que vivían en un mundo pre-social, que se trataba de transformar en una sociedad política y que, en consecuencia, había de ser sometido, dominado. El desarrollo teórico más acabado de esta concepción puede encontrarse en la obra de Hobbes.

“En toda la ciencia política clásica, moderna y posmoderna, el término multitud se transforma luego en plebe, en pueblo, etc. El hombre de Estado es aquél que se ve frente a una multitud que debe dominar. Todo ello sucede en la época moderna, y por tanto, antes de la formación del capitalismo. Es evidente que el capitalismo ha modificado las cosas, porque ha transformado a la multitud en clases sociales. Esta ruptura de la multitud en clases sociales ha fundado toda una serie de criterios que eran criterios de redistribución de la riqueza, y a los que esas clases estaban subordinados a través de una división del trabajo muy específica y completamente adecuada. Hoy, en la transformación de la modernidad en posmodernidad, el problema vuelve a ser el de la multitud. En la medida en que las clases en cuanto tales se disgregan, el fenómeno de la autoconcentración organizativa de las clases sociales desaparece. Nos vemos pues frente a un conjunto de individuos, y sin embargo, esta multitud se ha vuelto absolutamente diferente. Es una multitud resultado de una masificación intelectual; ya no se le puede llamar plebe o pueblo, porque es una multitud rica” (Negri, 1998, pp. 38-9).

Y en esto radica justamente la asombrosa actualidad del pensamiento spinoziano a este respecto. Con Spinoza tiene lugar la emergencia de una fundación materialista del constitucionalismo democrático a partir de su invención de una mecánica de las pulsiones individuales y de una dinámica de las relaciones asociativas: nueva economía de las fuerzas que permite introducir una auténtica física social que acabará de trastornar las características fundamentales de las filosofías del derecho natural. En el modelo contractual hobbesiano se sustituye la idea de consenso por el individualismo posesivo (Macpherson), la esencia productiva de la multitudo. Desde esta perspectiva --y nunca repetiremos bastante este aspecto--, Spinoza, lejos de participar en los orígenes de la ideología burguesa del Estado, ha de ser concebido, en realidad, como el primer anti-Hobbes de la historia del pensamiento político occidental.

Spinoza opera de hecho una curiosa inversión conceptual: toma la noción de multitudo de la ciencia política clásica para otorgarle un contenido positivo. Se trata, en su caso, de la “multitud rica” a la que aludía Negri en el pasaje citado más arriba. Negri reconoce en el mismo contexto el carácter asimismo anómalo de la formación social en que se desarrolló la existencia de Spinoza. Spinoza vivía en lo que Braudel consideraba el centro del mundo: la República holandesa de la segunda mitad del siglo XVII. Una Holanda en franca ruptura con el orden económico, político e ideológico del mundo feudal, y ante el cual inventa las formas de una sociedad nueva, con los modos de producción, intercambio y conciencia que le corresponden. Será en este extraordinario campo de producción metafísica en el que Spinoza intervenga abriendo conceptos y maneras de razonar que le permiten contribuir a ese proceso de transformación. Y aun ir más allá.

“[...] era una sociedad en la que, desde el siglo XVI, ya existía la educación obligatoria. La estructuración de la comunidad era sumamente fuerte, y existía incluso una forma muy amplia de “Estado del bienestar”. Los individuos ya eran ricos. Ahora bien, Spinoza piensa precisamente que la democracia es la acentuación máxima de la actividad creativa de esa multitud rica” (Negri, 1998, p. 39)

Esta apreciación de la multitudo como multitud rica y creativa determina asimismo la intervención política de Spinoza. Spinoza toma partido contra la familia de Orange, que representa una potestas conforme a la Europa monárquica y a favor de la Holanda de los hermanos De Witt, que intenta promover un mercado en cuanto espontaneidad de las fuerzas productivas o un capitalismo como forma inmediata de socialización de las fuerzas. O, al menos, esto es así en un primer momento. Pues, como bien señala Negri, puede hablarse de la existencia de dos Spinozas diferentes:

“Son dos Spinoza que participan de la cultura contemporánea. El primero expresa la más alta conciencia que la revolución científica y la civilización del Renacimiento hayan producido. El segundo constituye una filosofía del porvenir. El primero es el producto del más alto y extenso desarrollo de la historia cultural de su tiempo. El segundo es dislocación y proyección de las ideas de crisis y revolución. El primero es el autor del orden del capitalismo; el segundo es, tal vez, el autor de una constitución futura. El primero es el más alto desarrollo del idealismo. El segundo participa de la fundación del materialismo revolucionario, de su belleza. Pero estos dos Spinoza son una sola filosofía: sin embargo, dos –y muy reales- tendencias” (Negri, 1993, p. 25).

Negri propone, en fin, una evolución de Spinoza: de una utopía burguesa-progresista a un materialismo revolucionario. El primer Spinoza, tal como aparece en el Breve tratado y aún al comienzo de la Ética, permanece efectivamente en las perspectivas de aquella utopía. Sin embargo, las renueva, porque asegura una expansión máxima a las fuerzas, al remontarse a una construcción ontológica de la sustancia, y de los modos por la sustancia (panteísmo). Pero justamente, en virtud de la espontaneidad de la operación, o de la ausencia de mediación, la composición material de la realidad concreta no se manifestará como potencia propia, y el conocimiento y el pensamiento deberán aún replegarse sobre sí mismos, sometidos a una productividad simplemente ideal del ser, en lugar de abrirse al mundo.

Por esta razón, el segundo Spinoza, tal como aparece en el Tratado teológico-político y como se afirma en el transcurso de la Ética, se reconoce en dos temas fundamentales: por un lado, la potentia de la sustancia se vuelve sobre los modos a los que sirve de horizonte; por otro, el pensamiento se abre al mundo y se pone como imaginación material. A partir de aquí, la utopía cede en beneficio de las premisas del susomentado materialismo revolucionario. Y no es que el antagonismo y la mediación sean restablecidos; el horizonte del ser subsiste inmediatamente, pero, eso sí, como lugar de la constitución política, y no como utopía de la constitución ideal y sustancial.

“La determinación constitutiva nos es, pues, dada sobre el horizonte de la multitudo. La multitudo se ha convertido en esencia productiva. El derecho civil es la potencia de la multitudo. El contrato se sustituye por el consenso; el método de la individualidad, por el de la colectividad” (Negri, 1993, p.324).

Negri nos descubre, de esta suerte, un Spinoza tras Spinoza (un Spinoza oltre Spinoza, si se quiere), pasando de una “primera fundación” a una “segunda fundación”. La evolución responde, sin embargo, a la forma de un desarrollo inmanente y corresponde a la maduración interna del pensamiento spinoziano. No es fruto, en la interpretación de Negri, de la presión de las circunstancias exteriores, de una historia objetiva e independiente que modificaría la orientación, sino, más bien, la consecuencia de una crisis, que la filosofía comparte con su época, en relación a la cual desarrolla su propio proyecto y constituye ella misma su objeto.

Por lo que respecta a la cuestión de la evolución del pensamiento spinoziano es interesante detenerse en uno de los capítulos más sorprendentes de La anomalía salvaje: el titulado “Cesura sistemática”. En él, Negri lee el Tratado teológico-político, no tras la Ética o junto a ella, sino en la Ética; esto es, en el intervalo que abre en ella la “desproporción” de su razonamiento y sus conceptos: muestra así cómo la teoría política juega el papel de un operador metafísico, dado que es, a la vez, el síntoma y el agente de su transformación. Y si la filosofía de Spinoza no pertenece tan sólo al orden de la teoría, sino también al de la práctica, es en la medida en que, dislocándose de sí misma, descubre en su sistema la urgente necesidad de transgredirlo.

Tomando distancia en relación a su época y a sí mismo, procediendo a una “refundación metafísica de su sistema”, que le lleva a “cuestionar el proceso de producción de las cosas a partir de las esencias”, y, de esta manera, da lugar a un nuevo proyecto constitutivo, Spinoza opera “un salto lógico de incalculable alcance”. Si su pensamiento es eficaz y verdadero, y, en consecuencia, siempre presente, es porque está animado por esa voluntad de romper.

“[...] Sus contemporáneos, ocupados en la definición de la mediación burguesa del desarrollo, sólo lo conciben de modo anómalo y salvaje. Y se trata, en cambio, de la única, no falsa lectura de la traba real de aquel curso histórico, en su riqueza de motivos antagonistas y revolucionarios” (Negri, 1993, p. 245).

La política en tanto que metafísica de la imaginación, metafísica de la constitución de lo real y del mundo: éste sería el primer contorno de una anomalía salvaje que determina el orden unívoco de la potentia como disolución del poder eminente de la mediación y liberación de la singularidad modal del ser. Dicho en pocas palabras: rechazo de toda mistificación jurídica de lo social, de toda separación entre sociedad y Estado, producción y constitución.

Y es aquí justamente donde radica, como ya anunciábamos, toda la actualidad y la carga revolucionaria del pensamiento de Spinoza. Su obra se presenta como la fundamentación ontológica de una democracia absoluta y radical: política de una multitud plural y creativa liberada de la superstición del poder separado. La obra de Spinoza permite llenar el término comunismo con nuevos contenidos.

“Hoy existe una multitud de ciudadanos, pero hablar de ciudadanos no basta, porque es sencillamente calificar en términos teórico y jurídicos a individuos que son formalmente libres. Habría que decir más bien que hoy existe una multitud de trabajadores intelectuales. Pero esto tampoco es suficiente. De hecho, hay que decir que existe una multitud de instrumentos productivos que han sido interiorizados, encerrados dentro de los sujetos que constituyen la sociedad. Pero aún así resulta insuficiente: porque hay que añadir la realidad afectiva, reproductiva, los deseos de goce. Ahí está, eso es hoy la multitud --una multitud que quita al poder toda trascendencia posible, y que sólo puede ser dominada de forma parasitaria, y por tanto feroz”.

Bibliografía

Negri, Toni. La anomalía salvaje. Trad. Gerardo de Pablo. Anthropos, Barcelona, 1993.
___ El exilio. Trad. Raúl Sánchez. El Viejo Topo, Barcelona, 1998.
___ El poder constituyente. Trad. Clara de Marco. Libertarias/Prodhufi., Madrid, 1994.
___ Spinoza sovversivo. Variazioni (in)attuali. Antonio Pellicani Editore, Roma, 1992.


Spinoza, Baruch de, Ética. Trad. Vidal Peña. Alianza, Madrid, 1987.
___ Tratado breve. Trad. Atilano Domínguez. Alianza, Madrid, 1990.
___ Tratado de la reforma del entendimiento / Principios de la filosofía de Descartes / Pensamientos metafísicos. Trad. Atilano Domínguez. Alianza, Madrid, 1988.
___ Tratado político. Trad. Atilano Domínguez. Alianza, Madrid, 1986.
___ Tratado teológico-político. Trad. Atilano Domínguez. Alianza, Madrid, 1986.


Fuente: Multitud

20 abril, 2012

M. Canavese y B. Fornillo / Entrevista a Antonio Negri

El ensayista italiano anuncia el fin de la posmodernidad, al menos en su rasgo político de indiferencia ante el bien común. Dice que recomienza la narración de un proceso de liberación. En esta charla analiza la situación actual del capitalismo y sus derivaciones en el trabajo. Sus posturas han conocido las objeciones de Laclau, Dri y Borón, entre otros, que lo acusan de un exceso de utopismo y de no tener en cuenta las dimensiones nacionales de la lucha política.

Suele decirse que la Italia de fines de los años 60 y gran parte de los 70 estuvo inmersa en un grado de movilización colectiva que operó como una suerte de laboratorio de las políticas de emancipación. En Argentina, tras visitar Bolivia y Venezuela, el filósofo Antonio Negri --uno de los animadores de aquel ciclo y de la renovación de ese discurso--, enuncia el tiempo de una nueva narración de las prácticas políticas. Sujeto a múltiples lecturas, interpreta que la recepción local de su obra ha sido "negativa y limitada" respecto de las discusiones que detonó en otras regiones del continente.

Hay un grado de vitalismo que usted expresa fuertemente y que contrasta con quienes subrayan la discontinuidad de la política. ¿En qué se funda ese optimismo?

No tengo optimismo como tampoco vitalismo. Si usted dice que en la filosofía contemporánea hay posiciones mortuorias en vez de vitalistas, diría que son las fundamentales. Basta pensar en Heidegger, que es la filosofía de la muerte. La actitud represiva sólo puede organizarse sobre la muerte y el miedo. Por otra parte, es lo que siempre han enseñado los curas: la muerte como fin de la vida y el pecado como organización de la vida. Veamos, en cambio, cuál es la pasión fundamental que está en la base... Yo considero que el ser, esta cuestión de la que tanto la filosofía como la política deben ocuparse, es un ser productivo. Es una posición que tiene una historicidad, de Maquiavelo, a Spinoza, Marx y el posestructuralismo. Es una línea respecto de la cual apostamos como apostamos siempre en la vida. Pienso que la vida es una cosa malditamente pesada, dura, pero que es construida. Pensemos en un bebé que nace, si no fuéramos un poco optimistas y no lo amáramos, moriría de inmediato, y, en general, debemos tomar ese ejemplo para todo lo que sucede en la vida. Es sólo el amor, la solidaridad, la reciprocidad, lo que permite que la vida se reproduzca y pasar de las fases más elementales --la asistencia a un bebé-- a lo que está hecho de ayudarse, de enseñarse el lenguaje, de trabajar --cosa que nunca hacemos solos--, y así sucesivamente. Es este amor, en sentido ontológico --no tiene nada que ver con Freud ni con la pornografía--, amor verdadero, sólido, el que construye la vida. ¿A eso lo quiere llamar optimismo? Llámelo optimismo. Ciertamente, si no existiera este optimismo -que no es optimismo sino simple realismo-, la vida no existiría.

Respecto de las pasiones, ¿cuál ha sido la influencia de Spinoza en su pensamiento?

Perdón si hago un poco de cronología de mi vida. Nací bajo el fascismo y viví mis primeros años durante la guerra, hasta los 12 o 13 años. Y la guerra me marcó muchísimo, la guerra, la miseria, el esfuerzo de vivir. Fui comunista antes de ser marxista. Cuando tenía 20 años, trabajé en un kibutz en Israel, y allí me hice comunista, sobre la exigencia de una vida en común. Experimenté esa fase de Israel que fue muy bella. Después me puse a trabajar en política y me volví marxista. Me inserté sobre todo en un proceso de lucha, entre los años 60 y 70, que fue creativo, realmente formidable, y que permitió desarrollar una crítica extremadamente fuerte. En Italia, el 68 no fue un mayo, no fue un mes, fueron 10 años que nos permitieron, a mí, a miles, a millones de compañeros, desplegar una crítica del capitalismo como crítica, justamente, del modo en que el capitalismo maneja las pasiones. Luego de lo cual fui a la cárcel, y ahí releí a Spinoza interpretando, criticando, mi viejo marxismo, pero recuperando al mismo tiempo esa capacidad spinoziana de fundar sobre el mecanismo conatus vivente, el conatus de vida, el conatus sensible, el amor o la cupiditas, como el momento de asociación constructiva y constituyente. Y después, el amor racional, ontológicamente constructivo, que me permitió reconquistar no sólo el sentido del trabajo, de la actividad, que el marxismo me había enseñado, sino ese sentido de la pasión que debe cubrir los conceptos y permitirles desarrollarse. Cuando, por otros motivos, me encontraba frente a un análisis constitucional positivo, aprendí de esa manera, por ejemplo, a evaluar si detrás de cada fórmula jurídica existía un conjunto de pasiones que era cultivado. Y cuando, posteriormente, en la etapa que siguió a la prisión, me encontré con la temática de la crítica de las instituciones, del globalismo, del desarrollo de la biopolítica, el desarrollo foucaultiano, esas cosas se unieron y se dio esa síntesis que fue más o menos correcta. No creo que la historia de la filosofía nos enseñe mucho, al contrario. Deleuze decía: "Espero ser el primero que no fue castrado por la historia de la filosofía".

¿Por qué decidió que su vida esté trazada por la política?

La política, o sea, la elección de los conocimientos y las actividades que llevamos sobre la cosa común, sobre el “Commonwealth”, sobre la riqueza común, es fundamental. En general, la política, es decir, este conocimiento, esta experiencia ampliada del saber común para la reproducción del común, de la libertad, está en la base de todo saber.

Recientemente dio en la Argentina una charla sobre "Commonwealth"...

Commonwealth es el tercer volumen, escrito junto con Michael Hardt, de la serie que iniciamos con Imperio y que continuó con Multitud. Es un texto probablemente más filosófico y, por ende, más político, en el sentido de que nos hacemos preguntas absolutamente esenciales: ¿Qué es lo político? ¿Qué es el bien y el mal? ¿Qué es el odio o la guerra? El libro empieza con una reivindicación de la pobreza como elemento fundamental de caracterización de la multitud: encontramos que alrededor del 1600, con la Revolución inglesa, el término "multitud" desaparece del vocabulario político y es sustituido por el término "pueblo". Este se distingue de la multitud en tanto es propietario. Tenemos, entonces, la exclusión de los pobres del pueblo, la multitud excluida del pueblo, la pobreza excluida de la construcción de lo político. La pobreza es un elemento oscuro fundamental que no puede ser recuperado dentro de las categorías de lo político moderno; queda siempre afuera, y queda como resistente. A menudo nos han acusado de eurocentristas y de haber dejado de lado, por ejemplo, lo colonial. Aquí hicimos un esfuerzo enorme por recuperar ese tipo de literatura dentro de la problemática actual bajo la categoría de pobreza. Nos interesaban los aspectos de antagonismo indígena que organizaban y mantenían la autonomía. Luego, un tercer capítulo enfrenta el problema de qué es hoy el capitalismo. Una hipótesis central es que asistimos a una ruptura del proceso capitalista: la acumulación de esas resistencias --la pobreza, el anticolonialismo-- unida a la transformación de la fuerza de trabajo en los países centrales, que se presenta en términos cada vez más cognitivos, inmateriales, socialmente conectados y cooperantes, llevan a una ruptura en la historia del capital. Este quiebre produce una forma cada vez más parasitaria, más abstractamente dominante del desarrollo capitalista, tornando vacía la relación capitalista. El obrero ya no se encuentra frente al capitalista como organizador de la fuerza de trabajo sino que esa organización se transforma cada vez más en un proceso autónomo que el trabajador conduce. Este, sin embargo, se encuentra frente a mecanismos de renta (inmobiliaria, financiera, de acumulación), fenómenos que remiten a un elemento barbárico de la organización capitalista del trabajo. Y, por otra parte, está el éxodo de la fuerza de trabajo, que significa la capacidad de desarrollar contracultura pero sobre todo nuevas institucionalidades. La relación de gobierno es cada vez más una relación que ya no es para nada algo gerencial sino una relación de fuerzas; es gobierno sobre una red viva. Existe, además, una tentativa de empezar a narrar, a describir, ese éxodo. Estoy convencido de que hay que salir de lo posmoderno y del miedo de hacer una gran narración. Hoy recomienza el tiempo de una narración del proceso de liberación, porque todos estos elementos construyen ese mosaico sobre cuya base se puede volver a contar una historia de liberación que es absolutamente necesaria.

Tanto en Génova como en la Argentina de 2001 hubo una irrupción de masas que, en principio, no llegó a plasmarse en una nueva institucionalidad. En Bolivia hay un grado mayor de potencialidad, pero así y todo la Asamblea Constituyente está debilitada. ¿Qué obstáculos identifica?

El éxodo significa capacidad constituyente. El gran problema pasa a ser la difracción de los poderes constituyentes. Dentro de las teorías jurídicas, el poder constituyente siempre ha sido considerado como un poder extra-legal; actúa de una sola vez, erige el ordenamiento y no existe más. Debemos empezar a imaginar el poder constituyente como un poder que se despliega en esa relación dual. Este año en Bolivia, por ejemplo, las discusiones que tuvimos estaban referidas, justamente, a nuevas formas constitucionales que no necesariamente ven el poder constituido como negación del poder constituyente, sino como estructuras de nuevos ordenamientos totalmente abiertas a un poder constituyente. Es decir, un nuevo modelo de constitución. Respecto de la Argentina, es claro que aquellos movimientos específicos se acabaron, pero la acumulación de estos procesos es algo que se debe tener muy en cuenta. Y estos son fenómenos completamente irreversibles. Estoy convencido de que cuando se habla de constitución --la relación entre constitución material y formal, entendiendo por constitución material el conjunto de las relaciones de fuerza que constituyen la sociedad-- se debe tener presente esa composición política latente. Por otra parte, las corrientes actuales más vivas del derecho, post-Luhmann, hablan incluso de constitución sin Estado. También lo posmoderno en toda la fase de aleatoriedad y de matiz está terminando. Entramos en una nueva época donde lo contemporáneo vuelve a mostrar su solidez.

En cierta ocasión mencionó que el movimiento de resistencia global está en crisis. ¿Cómo piensa la organización política post-partido?

Cuando se habla de la crisis de la forma partido se habla de la crisis de la representación política, de todo un sistema de formación y transmisión de la voluntad política que, justamente, caracteriza actualmente a la democracia. Por lo tanto, plantearse el problema más allá de los partidos significa plantearse también si existe otra forma de democracia. ¿Qué es, cómo puede concretarse el ideal de democracia absoluta? Creo que todavía se trata de moverse en el terreno de la investigación. Es evidente que la definición de partido -cuando era una definición seria y no puramente ideológica- se organizaba sobre la relación que existía entre composición técnica y social de la fuerza de trabajo, la composición política en general, y la forma política, ligada a una tentativa de reapropiarse del ciclo productivo, en la expresión de los consejos obreros, por ejemplo. Hoy todo eso es muy difícil de determinar: dentro de la composición técnica del trabajo está esa composición social, cognitiva, abstracta, móvil, precaria. Por eso tenemos un auténtico tejido en el cual la institucionalidad debe, muy probablemente, plantearse como problema no de representación sino de presentación. Siempre consideré que no son los intelectuales los que inventan las formas en las que se organizan las masas o las multitudes; son ellas las que proponen a la reflexión las formas bajo las cuales actuar. Creo que el gran paso que viene a través del capitalismo es el hecho de que, lejos de profundizarse lo individual, se profundiza la singularidad y la participación de cada individuo en el común. Es la inmanencia de la singularidad en el común. Esta inmanencia y esa autonomía común se dan como base tanto más institucional cuanto que si hay algo anárquico en este momento es el individualismo. Nunca he sido anarquista.

¿Cuáles serían las características del trabajo precario?

Obrero precario es una definición sociológica o económica para referir, ante todo, a una forma de salario. Se trata de un trabajador esencialmente móvil, flexible, que ya no está ligado a un espacio determinado como tampoco a una estructura temporal específica, la jornada laboral de ocho horas. Mientras, desde el punto de vista salarial, al trabajador-masa lo llamábamos fordista, a este trabajador flexible lo llamamos precario. Estamos, en términos macroeconómicos, en una situación global, ya no nacional. El inmigrante, por ejemplo, es fundamental dentro de esta figura del precario. Saben que cuando hacemos las manifestaciones por San Precario, este santo reúne a centenares de miles de personas en Milán el 1º de mayo. Es un proceso muy bello, se hacen santos que se llevan en procesión, hay música y coros... "San Precario: ayúdanos". La imagen es la de un joven, una persona cualquiera, no con cara de santo sino una más astuta, porque ésa es su cualidad fundamental: ser vivo, hábil... Ahora, por un lado, el trabajador precario está mal pago y en una situación inestable, pero, por otro, alguien puede preferir trabajar así. La figura del precario es sobre todo la del trabajo femenino: hoy, ir a trabajar a la fábrica o a la oficina puede significar no tener hijos, porque si tenés un hijo te echan. Entonces, el trabajador precario es, por ejemplo, una mujer que prefiere quedarse en su casa y trabajar allí según sus tiempos.

Han mencionado, con Hardt, la idea de guerra global permanente, que podría pensarse concatenada, al menos en América latina, a un proceso cada vez más intenso de militarización, de criminalización y judicialización de la protesta social, de miedo y fuerte presencia de un discurso que reclama seguridad...

En cuanto al discurso sobre la guerra permanente, como en general sobre el estado de excepción --son estados de excepción permanentes--, vale tanto más hoy cuando la centralización de ese proceso termina. Estados Unidos intentó el golpe de Estado sobre la mundialización, ser el poder soberano que dominaba el campo. En la medida en que ese poder soberano unilateral cesa, en que se afirman ámbitos multilaterales de regulación, toda una serie de instrumentos pasan a ser de criminalización interna, de excepcionalidad difusa. Todo eso se relaciona con la separación del comando capitalista de la organización del trabajo: en la medida en que el capital se despega de la organización del trabajo asume ese recurso a la fuerza; la violencia se convierte en la clave del mando.
Fuente: Revista Ñ

29 marzo, 2012

Antonio Negri / Entrevista a Gilles Deleuze

Esta entrevista fue publicada originalmente, en francés, en la revista Futur Antérieur, No. 1, 1990 y, después, en el libro Pourparlers, Minuit, 1990 (Conversaciones, Valencia: Pre-Textos, 1996).

En su vida intelectual el problema de lo político parece haber estado siempre presente. Por una parte, la intervención en los movimientos de las prisiones, de los homosexuales, de la autonomía italiana, de los palestinos; por otra parte, la problematización constante de las instituciones, que se busca y se entremezcla en su obra desde el libro sobre Hume [1] hasta el libro sobre Foucault [2] . ¿De dónde viene esta aproximación continua a la cuestión de lo político y cómo tal cuestión logra mantenerse siempre presente en el curso de su obra? ¿Por qué la relación movimiento-instituciones es siempre problemática?

Me interesaban los movimientos, las creaciones colectivas, y no tanto las representaciones. En las “instituciones” hay todo un movimiento que se distingue a la vez de las leyes y de los contratos. Al comienzo me interesé más por el derecho que por la política. Yo encontraba en Hume una concepción muy creadora de la institución y del derecho. Y lo que me gustaba en Masoch y Sade [3] eran las concepciones completamente torcidas, del contrato según Masoch y de la institución según Sade, relacionadas con la sexualidad. Aún hoy, el trabajo de François Ewald para restituir una filosofía del derecho me parece esencial. No es que me interese la ley ni las leyes (ley es una noción vacía y leyes son nociones serviles) ni siquiera el derecho a los derechos; lo que me interesa es la jurisprudencia. Porque lo que verdaderamente es creador de derecho es la jurisprudencia. Sería importante que ella no sólo quedara confiada a los jueces. Los escritores deberían leer no tanto el código civil sino, sobre todo, los atados de jurisprudencia. Hoy, por ejemplo, se sueña ya con establecer el derecho de la biología moderna; pero todo en la biología moderna, en las nuevas situaciones que ella crea, en los nuevos acontecimientos que hace posibles, es asunto de jurisprudencia. Y de lo que hay necesidad no es de un comité de sabios, moral y pseudocompetente, sino de grupos de usuarios. Ahí es cuando se pasa del derecho a la política. En cuanto a mi paso a la política lo viví en carne propia en Mayo del 68, a medida que entraba en contacto con problemas precisos y gracias a Guattari, gracias a Foucault, gracias a Elie Sambar. El Anti-Edipo [4] fue por completo un libro de filosofía política.

Los acontecimientos de Mayo del 68 fueron para usted el triunfo de lo intempestivo, la realización de la contraefectuación. Ya en los años anteriores al 68, en el trabajo sobre Nietzsche [5] o incluso un poco más tarde en Sacher Masoch, lo político es reconquistado como posibilidad, acontecimiento, singularidad. Hay corto-circuitos que abren el presente hacia el futuro y que modifican las propias instituciones. Pero después del 68 esta evaluación parece matizarse: el pensamiento nómada se presenta siempre, en el tiempo, bajo la forma de la contra-efectuación instantánea; en el espacio, solamente un “devenir minoritario es universal”. ¿En qué consiste, sin embargo, la universalidad de lo intempestivo?

Sucedió que me fui volviendo sensible, y cada vez más, a la posible distinción entre el devenir y la historia. Nietzsche decía que no se hace nada importante sin un “nubarrón no histórico”. No se trata de una oposición entre lo eterno y lo histórico, ni entre la contemplación y la acción: Nietzsche habla es de aquello que se hace, del acontecimiento mismo o del devenir. Aquello que la historia capta del acontecimiento es su efectuación en los estados de cosas, pero el acontecimiento en su devenir escapa de la historia. La historia no es la experimentación; ella es solamente el conjunto de condiciones casi negativas que hacen posible la experimentación de algo que escapa a la historia. Sin la historia, la experimentación quedaría indeterminada, incondicionada, pero la experimentación no es histórica. En un gran libro de filosofía, Clio, Péguy explicaba que hay dos maneras de considerar el acontecimiento, una que consiste en transcurrir el acontecimiento recogiendo la efectuación en la historia, el condicionamiento y el pudrimiento en la historia, pero otra que consiste en elevar el acontecimiento, instalándose en él como en un devenir, rejuveneciendo y a la vez envejeciendo en él, pasando por todos sus componentes o singularidades. El devenir no está en la historia, no es de la historia; la historia designa solamente el conjunto de condiciones, por recientes que sean, de las que nos apartamos para “devenir”, es decir, para crear algo nuevo. Eso es exactamente lo que Nietzsche llama lo intempestivo. Mayo del 68 fue la manifestación, la irrupción de un devenir en estado puro. Hoy se ha puesto de moda denunciar los horrores de la revolución. Eso no es nada nuevo, todo el romanticismo inglés está colmado por una reflexión sobre Cromwell muy análoga a la que se hace hoy sobre Stalin. Se dice que las revoluciones tienen un mal porvenir. Pero es que no se cesa de entremezclar dos cosas, el porvenir de las revoluciones en la historia y el devenir revolucionario de la gente. En los dos casos no se trata de la misma gente. La única oportunidad de los hombres está en el devenir revolucionario, lo único que puede conjurar la vergüenza o responder a lo intolerable.

Me parece que Mil Mesetas [6], al que considero una grandiosa obra filosófica, es también un catálogo de problemas irresolutos, sobre todo en el campo de la filosofía política. Las parejas conflictuales proceso-proyecto, singularidad-sujeto, composición-organización, líneas de fuga-dispositivos y estrategias, micro-macro, etc., todo ello es sin cesar abierto y permanece abierto con una voluntad teórica inaudita y con una violencia que recuerda el tono de las herejías. No tengo nada en contra de semejante subversión, por el contrario… Pero algunas veces me parece escuchar una nota trágica, cuando no se sabe a dónde conduce “la máquina de guerra”.

Estoy muy impresionado con la que usted me dice… Creo que ni Félix ni yo abandonamos el marxismo, aunque de dos maneras diferentes tal vez. Y es porque nosotros no creemos en una filosofía política que no esté centrada en el análisis del capitalismo como sistema inmanente que no cesa de repeler sus propios límites y que se los vuelve a encontrar en una escala ampliada, porque el límite es el propio capital. Mil Mesetas indica muchas direcciones de las cuales habría tres principales: primera, nos parece que una sociedad se define menos por sus contradicciones que por sus líneas de fuga, ella fluye por todas partes y es muy interesante tratar de seguir, en tal o cual momento, las líneas de fuga que se perfilan. Tomemos el ejemplo de la Europa actual: los políticos occidentales y los tecnócratas han hecho un esfuerzo enorme para construirla uniformizando regímenes y reglamentos, pero lo que comienza a sorprender es, por una parte, las explosiones entre los jóvenes, entre las mujeres, en relación con el simple ensanche de los límites (esto no es “tecnocratizable”). Y, por otra parte, que esta Europa ya está completamente superada, aún antes de haber comenzado, superada por los movimientos que vienen del este. Estas son muy serias líneas de fuga. Hay otra dirección en Mil Mesetas que consiste en tener en cuenta las minorías en vez de las clases. Y por último, una tercera dirección, que consiste en buscar un principio básico para las “máquinas de guerra”, las cuales no se definirían por la guerra sino por una cierta manera de ocupar el espacio-tiempo o de inventar nuevos espacios-tiempo: por ejemplo, no se ha tenido suficientemente en cuenta cómo la Organización de Liberación Palestina (O.L.P.) tuvo que inventar un espacio-tiempo en el mundo árabe. Los movimientos revolucionarios y también los movimientos artísticos son así máquinas de guerra.

Dice usted que todo ello tiene un tono trágico o melancólico. Me parece ver por qué. Yo fui muy afectado por las páginas de Primo Levi donde explica que los campos de concentración nazis insertaron en nosotros “la vergüenza de ser hombres”. No que seamos todos responsables del nazismo, aclara él, como se quisiera hacernos creer, sino porque hemos sido manchados, mancillados por él: incluso los sobrevivientes de los campos de concentración tuvieron que pactar compromisos con el fin de sobrevivir. Vergüenza de que haya habido nazis, vergüenza de no haber podido ni sabido impedirlo, vergüenza de haber pactado compromisos, es todo aquello que Primo Levi llama la “zona gris”. Y sucede también que experimentamos la vergüenza de ser hombres en circunstancias irrisorias: ante la vulgaridad de pensamiento, ante una emisión de variedades, ante el discurso de un ministro, ante las declaraciones de las “buenas gentes”. Este es uno de los motivos más poderosos de la filosofía y forzosamente provoca una filosofía política.

En el capitalismo sólo hay una cosa universal, el mercado. No hay Estado universal justamente porque hay un mercado universal del que los Estados son centros o Bolsas. Ahora bien, el mercado no es universalizante, homogeneizante, sino una fantástica fábrica de riqueza y miseria. Los derechos del hombre no nos harán bendecir los “gozos” del capitalismo liberal, del cual participan activamente. No hay Estado democrático que no esté comprometido hasta el fondo en esta producción de miseria humana. La vergüenza es que no tengamos ningún medio para defender y realizar los devenires, comprendiendo ahí aquellos que están dentro de nosotros mismos. Cómo girará un grupo, cómo recaerá en la historia, es algo que impone una perpetua “preocupación”. Ya no disponemos de la imagen del proletario al que le era suficiente tomar conciencia.

¿Cómo puede ser potente el devenir minoritario? ¿Cómo puede la resistencia volverse insurrección? Al leerlo tengo siempre dudas sobre las respuestas que habría que darle a tales preguntas, incluso si en sus libros encuentro el impulso que me obliga a reformular teórica y prácticamente tales preguntas. Sin embargo, cuando leo sus páginas sobre la imaginación o las nociones comunes en Spinoza [7] o cuando sigo en La Imagen-Tiempo [8] su descripción sobre la composición del cine revolucionario en los países del Tercer Mundo y yo asumo con usted el paso de la imagen a la fabulación, a la praxis política, casi tengo la impresión de haber encontrado una respuesta… ¿O me equivoco? ¿Existe un modo por el que la resistencia de los oprimidos pueda volverse eficaz y lo intolerable definitivamente borrado? ¿Existe un modo para que la masa de singularidades y de átomos que somos todos pueda presentarse como poder constituyente o, por el contrario, debemos aceptar la paradoja jurídica según la cual el poder constituyente no puede ser definido sino por el poder constituido?

Las minorías y las mayorías no se distinguen por el número. Una minoría puede ser más numerosa que una mayoría. Aquello que define la mayoría es un modelo al que hay que conformarse: por ejemplo, europeo medio, adulto, varón, habitante de las ciudades… Mientras que una minoría no tiene modelo, es un devenir, un proceso. Se puede decir que la mayoría no es nadie. Pero todo el mundo, bajo un aspecto u otro, es agarrado por un devenir minoritario que lo llevaría a caminos desconocidos si se decidiera a seguirlo. Cuando una minoría crea modelos es porque desea volverse mayoritaria, y sin duda es inevitable para su supervivencia o su salvación (por ejemplo tener un Estado, ser reconocido, imponer sus derechos). Pero su potencia viene de lo que ella ha sabido crear y que pasará más o menos por el modelo sin depender de él. El pueblo es siempre una minoría creadora y lo sigue siendo incluso cuando conquista una mayoría: las dos cosas pueden coexistir porque no se viven en el mismo plano. Los más grandes artistas (jamás los artistas populistas) apelan a un pueblo y constatan que “el pueblo falta”. Mallarmé, Rimbaud, Klee, Berg. En el cine los Straub. El artista no puede sino apelar a un pueblo, tiene necesidad de él en lo más profundo de su empresa, no tiene que crearlo y no lo puede hacer. El arte es aquello que resiste: resiste a la muerte, a la servidumbre, a la infamia, a la vergüenza. Pero el pueblo no puede ocuparse de arte. ¿Cómo se crea un pueblo? ¿Con qué sufrimientos abominables? Cuando un pueblo se crea es por sus propios medios pero para reunirse con alguna cosa del arte (Garel dice que el Museo de Louvre contiene una cantidad abominable de sufrimiento) o para que el arte se reúna con aquello que le faltaba. La utopía no es un buen concepto: lo que hay es más bien una “fabulación” común al pueblo y al arte. Habría que retomar la noción bergsoniana de fabulación para darle un sentido político.

En su libro sobre Foucault y también en la entrevista de televisión en el INA (Instituto Nacional Audiovisual), propone usted profundizar el estudio de tres ejercicios de poder: El Soberano, El Disciplinario y, sobre todo, el del Control sobre la “comunicación” que hoy se está volviendo hegemónico. Este último argumento remite, por una parte, a la más alta perfección de la dominación, que afecta también la palabra y la imaginación, pero, por otra parte, nunca antes como ahora todos los hombres, todas las minorías, todas las singularidades, están en la capacidad potencial de tomar la palabra y llegar con ella a un grado más alto de libertad. En la utopía marxista de los Grundrisse, el comunismo se configura justamente como una organización transversal de individuos libres, sobre una base técnica que garantiza las condiciones. ¿Es pensable aún el comunismo? ¿En una sociedad de comunicación es menos utópico que antes?

Ciertamente hemos entrado en sociedades de “control” que ya no son exactamente disciplinarias. Con frecuencia se cree que Foucault es quien piensa las sociedades de disciplina y su técnica principal, el encierro (no sólo el hospital y la prisión sino también la escuela, la fabrica, el cuartel). Sin embargo, Foucault es uno de los primeros en decir que las sociedades disciplinarias son aquello que estamos abandonando y aquello que ya no somos. Entramos en sociedades de control que ya no funcionan por encierro sino por control continuo y comunicación instantánea. Burroughs comenzó el análisis de estas nuevas sociedades. Claro que no se deja de hablar de prisión, de escuela, de hospital: instituciones que están en crisis. Pero si están en crisis es precisamente en los combates de retaguardia. A tientas se implementan nuevos tipos de sanciones, de educación, de asistencia. Los hospitales abiertos, los equipos de curación a domicilio, etc., han aparecido desde hace un rato. Se puede prever que la educación será cada vez menos un medio cerrado y que se distinguirá cada vez menos del medio profesional como otro medio cerrado, pero que los dos desaparecerán en provecho de una terrible formación permanente, de un control continuo ejercido sobre el obrero-alumno o sobre el técnico-universitario. Se intenta hacernos creer en una reforma de la escuela, cuando lo que se está haciendo es liquidarla. Usted mismo analizó, hace tiempo, una mutación del trabajo en Italia, con formas de trabajo interino, a domicilio, que se han confirmado después (y nuevas formas de circulación y de distribución de los productos). A cada tipo de sociedad se puede hacer corresponder evidentemente un tipo de máquina: máquinas simples o dinámicas para las sociedades de soberanía, máquinas energéticas para las disciplinarias, máquinas cibernéticas y computadoras para las sociedades de control. Pero las máquinas no explican nada; hay que analizar los agenciamientos colectivos de los cuales las máquinas no son sino una parte. Frente a las próximas formas de control incesante en espacio abierto, puede suceder que los más duros encierros nos lleguen a parecer como pertenecientes a un pasado delicioso y benévolo. La investigación de los “universales de la comunicación” tiene por qué hacernos temblar. Es verdad que antes incluso de que se organicen realmente las sociedades de control, las formas de delincuencia o de resistencia a ellas (dos casos distintos) han aparecido también. Por ejemplo los virus de los computadores, que reemplazarán las huelgas y aquello que en el siglo XIX se llamaba “sabotaje” (el chapuz en la máquina).

Pregunta usted si las sociedades de control o de comunicación no suscitarán formas de resistencia capaces de hacer posible cierto comunismo concebido como “organización transversal de individuos libres”. Yo no sé, quizá. Pero no en la medida en que las minorías puedan tomar la palabra. Tal vez la palabra, la comunicación, están podridas. Están penetradas completamente por el dinero, y no por accidente, sino por naturaleza. Es necesaria una desviación de la palabra. Crear siempre ha sido una cosa distinta que comunicar. Lo importante será tal vez crear vacuolas de no comunicación, interruptores, para escapar del control.

En Foucault y en El Pliegue [9] parece que los procesos de subjetivación son estudiados con mucha más atención que en sus otros libros. El sujeto es el límite de un movimiento continuo entre un adentro y un afuera. ¿Qué consecuencias políticas trae esta concepción del sujeto? Si el sujeto no puede reducirse a la exterioridad de la ciudadanía, ¿puede sí instaurar tal ciudadanía en el poder y la vida? ¿Puede el sujeto volver posible una nueva pragmática militante que sea a la vez “pietas” por el mundo y construcción muy radical? ¿Cuál es la política adecuada para prolongar en la historia el esplendor del acontecimiento y de la subjetividad? ¿Cómo pensar una sociedad sin fundamento pero potente, sin totalidad pero absoluta como en Spinoza?

Se puede en efecto hablar de procesos de subjetivación cuando se consideran las maneras diversas como individuos y colectividades se construyen como sujetos: tales procesos no cuentan sino en la medida en que escapen a la vez de los saberes constituidos y de los poderes dominantes. Incluso si después ellos engendran nuevos poderes o vuelven a pasar por los saberes. Pero en su momento, los procesos de subjetivación tienen una espontaneidad rebelde. No hay ningún retorno al “sujeto”, es decir, a una instancia dotada de deberes, poder y saber. Más que procesos de subjetivación podría hablarse de nuevos tipos de acontecimiento. Acontecimientos que no se explican por los estados de cosas que los suscitan y en los que recaen. Los acontecimientos se elevan un instante y es ese momento el que es importante, es la oportunidad que hay que saber asir. O simplemente podríamos hablar del cerebro: el cerebro es exactamente el límite de un movimiento continuo y reversible entre un adentro y un afuera, es la membrana entre los dos. Las nuevas aperturas cerebrales, las nuevas maneras de pensar, no se explican por micro-cirugía; sin embargo, la ciencia debe esforzarse en saber lo que puede haber ocurrido en el cerebro cuando se empieza a pensar de manera diferente. Subjetivación, acontecimiento o cerebro, me parece que de alguna manera vienen a ser una misma cosa. Lo que más nos hace falta hoy es poder creer en el mundo. Hemos perdido el mundo o hemos sido desposeídos de él. Creer en el mundo es suscitar acontecimientos, incluso muy pequeños, que escapen del control o que den lugar a nuevos espacios-tiempo. Es lo que usted llama pietas. A nivel de cada tentativa es como se juzga la capacidad de resistencia o, por el contrario, la sumisión a un control. Y a la vez son necesarios creación y pueblo.

Notas

1. Empirisme et subjectivité. PUF, 1953 (Empirismo y Subjetividad. Barcelona: Gedisa, 1993).

2. Foucault, Minuit, 1986 (Foucault. Barcelona: Paidos, 1989).

3. Presentation de Sacher Masoch, 1967 (Presentación de Sacher Masoch. Madrid: Taurus, 1973).

4. El Anti-Edipo (1972) fue un libro nacido de Mayo del 68, escrito en colaboración con Félix Guattari (El Anti-Edipo. Barcelona: Paidos, 1985).

5. Nietzsche et la philosophie, PUF 1962 (Nietzsche y la Filosofía. Barcelona: Anagrama, 1990).

6. Mille plateux. Minuit, 1980, en colaboración con Félix Guattari (Mil Mesetas. Valencia: Pre-Textos, 1993).

7. Spinoza, philosophie practique, Minuit, 1981 (Spinoza: Filosofía Práctica. Barcelona: Tusquets, 2001).

8. Cinema 2: L´Image-Temps, Minuit, 1983 (La Imagen-Tiempo. Estudios sobre Cine 2. Barcelona: Paidos, 1969. Véase también La Imagen-Movimiento. Estudios sobre Cine 1, en la misma editorial).

9. Le pli, Leibniz et le baroque, Minuit, 1988 (El Pliegue. Leibniz y el Barroco. Barcelona: Paidos, 1989).

Traducción: Edgar Garavito (†)