Stuart Hampshire
El
hombre es una parte de la Naturaleza y, por tanto, el moralista debe ser un
naturalista: ningún filósofo moral ha enunciado este principio metódico con
mayor claridad que Spinoza, ni se ha adherido a él más
despiadadamente. Tanto la efectiva servidumbre e infelicidad del hombre como su
libertad y felicidad, idealmente posibles, deben deducirse y explicarse
imparcialmente como consecuencias necesarias de su status en cuanto modo finito de la Naturaleza; la exhortación y los
recursos a la emoción y el deseo son tan inútiles e irrelevantes en
filosofía moral como en filosofía natural. Lo primero
que debemos entender son las causas de nuestras pasiones; nuestra obligación y
nuestra sabiduría consisten en entender por completo cuál es nuestra posición
en la Naturaleza y cuáles las causas de nuestras imperfecciones, para,
entendiéndolas, liberarnos de ellas; la mayor felicidad del hombre, y la paz de
su alma (acquiescentia animi) procede
tan sólo de ese completo conocimiento filosófico de sí mismo.
Es
preciso insistir en este punto, a fin de evitar malas interpretaciones de la teoría moral de Spinoza. El hecho de que todos los hombres procuren ante
todo su propia conservación y seguridad aparece, en Hobbes y en muchos otros
filósofos, como un supuesto obvio sobre el que debe fundarse la filosofía moral
y política. Cualquiera que pudiera haber sido la intención de Hobbes, el
ejército de filósofos, psicólogos y economistas que lo han secundado en la
aceptación de dicha premisa la han aceptado, en general, sencillamente como un
hecho relativo a la naturaleza humana, confirmado por la observación desapasionada
de la conducta de los hombres. Otros filósofos y psicólogos, al oponerse a
Hobbes, simplemente han negado que la la observación la confirme: han argumentado
que, como cuestión de hecho, no es cierta. Esta controversia acerca de la
psicología humana, valga lo que valga, es en gran medida irrelevante para la
teoría moral de Spinoza; también él dice que todos los hombres procuran su propía conservación y la ampliación de su potencia propia, pero, al decir eso,
no está haciendo meramente un enunciado acerca de hechos observados de la
conducta humana: lo que hace es deducir una consecuencia a partir de su propia
explicación de la individualidad, consecuencia aplicable a todas las cosas
finitas, y no peculiar de los seres humanos. Por consiguiente, si se quiere
refutar su pretensión, no es necesario ni suficiente citar proposiciones de
psicología empírica; lo necesario es hacer ver que toda su terminología, en general,
es o inaplicable o inconsistente, y atacar el sistema lógico del que dicha doctrina
forma parte.



