Bertrand Russell
Spinoza
(1634-1677) es el más noble y el más amable de los grandes filósofos.
Intelectualmente, algunos le han superado, pero éticamente es supremo. Como
natural consecuencia, fue considerado, durante su vida y un siglo después de su
muerte, como un hombre de una perversión aterradora. Judío de nacimiento, los
judíos le excomulgaron. Los cristianos le aborrecieron igualmente; aunque toda
su filosofía está dominada por la idea de Dios, el ortodoxo le acusaba de ateísmo.
Leibniz, que le debía mucho, ocultaba su deuda, y se abstuvo cuidadosamente de
decir una palabra en elogio suyo; llegó incluso a mentir respecto al grado de
su conocimiento personal con el herético judío.
La vida de
Spinoza fue muy sencilla. Su familia había ido a Holanda desde España, o quizá
desde Portugal, para escapar de la Inquisición. El mismo Spinoza fue educado en
el saber judío, pero se encontró con que le era imposible seguir siendo
ortodoxo. Se le ofrecieron cien florines al año para que mantuviera ocultas sus
dudas; cuando los rehusó, se intentó asesinarle; cuando esto falló, se le
maldijo con todas las maldiciones del Deuteronomio y con la maldición que
Eliseo pronunció contra los muchachos que, a consecuencia de ella, fueron
despedazados por las osas. Pero Spinoza no fue atacado por ninguna osa. Vivió
tranquilamente, primero en Amsterdam y luego en La Haya, ganándose la vida
puliendo lentes. Sus necesidades eran pocas y sencillas, y toda su vida mostró
una rara indiferencia por el dinero. Los pocos que le conocieron le amaban, aun
en el caso de que desaprobaran sus principios. El Gobierno holandés, con su
acostumbrado liberalismo, toleró sus opiniones sobre las cuestiones teológicas,
aunque en un tiempo fue mal visto políticamente por haberse puesto al lado de
los Witt frente a la Casa de Orange. A la temprana edad de cuarenta y tres años
murió de tisis.
Su obra
principal, la Ética, fue publicada póstumamente. Antes de examinarla,
debemos decir unas palabras acerca de sus otros dos libros, el Tractatus
Theologico-Politicus y el Tractatus Politicus. El primero es una curiosa
combinación de crítica bíblica y teoría política; el segundo se ocupa sólo de
teoría política. En la crítica bíblica anticipa parcialmente Spinoza opiniones
modernas, particularmente al asignar a varios libros del Viejo Testamento
fechas muy posteriores a la asignada a los mismos por la tradición. Se esfuerza
en todo el libro por demostrar que las Escrituras pueden ser interpretadas de
modo compatible con una teología liberal.
La teoría
política de Spinoza deriva, en lo esencial, de Hobbes, a pesar de la enorme
diferencia temperamental que hay entre los dos hombres. Sostiene que en un
estado de naturaleza no hay nada lícito ni ilícito, pues lo ilícito consiste en
desobedecer la ley. Sostiene que el soberano no puede hacer nada ilícito, y
coincide con Hobbes en que la Iglesia debe estar subordinada por entero al
Estado. Se opone a toda rebelión, incluso contra un Gobierno malo, y pone los
ejemplos de las perturbaciones de Inglaterra como prueba del daño que resulta
de resistir por la fuerza a la autoridad. Pero difiere de Hobbes al considerar
la democracia como la forma de Gobierno «más natural». También difiere de él al
sostener que los súbditos no deben sacrificar todos sus derechos al
soberano. En particular, considera importante la libertad de opinión. No
comprendo del todo cómo se concilia esto con su criterio de que las cuestiones
religiosas debe zanjarlas el Estado. Creo que cuando dice eso piensa que estas
cuestiones debe zanjarlas el Estado más que la Iglesia; en Holanda, el Estado
era mucho más tolerante que la Iglesia.
La Ética de
Spinoza trata de tres materias diferentes. Empieza con la metafísica; continúa
luego con la psicología de las pasiones y de la voluntad; finalmente formula
una ética basada en la metafísica y en la psicología precedentes. La metafísica
es una modificación de la de Descartes, la psicología tiene reminiscencias de
Hobbes, pero la ética es original y lo más valioso del libro. La relación de
Spinoza con Descartes es en algunos aspectos semejante a la de Plotino con
Platón. Descartes era un hombre polifacético, lleno de curiosidad intelectual,
pero no estaba muy abrumado por la seriedad moral. Aunque inventó pruebas destinadas
a apoyar las creencias ortodoxas, pudo haber sido empleado por los escépticos
como Carnéades usó a Platón. Spinoza, aunque no dejaba de tener interés por la
ciencia, e incluso escribió un tratado sobre el arco iris, se sentía
principalmente atraído por los problemas religiosos y morales. Aceptó de
Descartes y sus contemporáneos una física materialista y determinista y trató,
dentro de la estructura de ésta, de hallar un lugar para el respeto y para una
vida consagrada al Bien. Su intento fue grandioso y suscita admiración aun en
aquellos que no lo creen acertado.
