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26 febrero, 2018

EL MAL COMO CARENCIA

Sara Reyes Vera

REYES VERA, Sara. “El mal como carencia”, en Spinoza: Las cartas del mal. Inmanencia y significado (Tesis doctoral en prensa), Universidad de La Laguna, Santa Cruz de Tenerife, 2017, pp. 153-182.

B. d. S.
al muy docto y distinguido señor
Willen van Blijenbergh
(respuesta a la precedente)
(OP = Versio)
Schiedam, 28 de enero de 1665
[EP 21. Dordrecht, 16 de enero de 1665]

Por atributo entiendo aquello que el entendimiento percibe de una substancia como constitutivo de la esencia de la misma. E, I, def 4

[I] HASTA AQUÍ llegó la paciencia de Spinoza. La aproximación entre sus posiciones teóricas y la forma en las que se hacen prácticas para la vida son inmediatas. La inmediatez y acción de su filosofía lo hacen siempre actual pues, efectivamente, “[l]a verdad de una filosofía existe en sus efectos”.[191] El filósofo quiere evidenciar en el mal un concepto cavernoso lleno de significan tes que nombran el abismo. No es comprendido, al llegar a esta segunda carta nos encontramos con el tono de su decepción.

«Muy señor mío y amigo:

Al leer su primera carta, pensaba que nuestras opiniones casi coincidían. Pero por la segunda, que me fue entregada el 21 de los corrientes, veo que está lejos de ser así pues constato que no sólo disentimos sobre aquellas cosas que sólo remotamente se pueden derivar de los primeros principios, sino incluso sobre estos mismos principios. Hasta el punto de que dudo que nuestro intercambio epistolar pueda enseñarnos algo.

Efectivamente, veo que ninguna demostración, ni siquiera la más sólida del punto de vista lógico, tiene valor para usted, a menos que esté acorde con al explicación que usted u otros teólogos, conocidos suyos, atribuyen a la Sagrada Escritura.

Si usted entiende que Dios habla por medio de la S. Escritura más clara y eficazmente que por la luz del entendimiento natural, que también él nos concedió y que asiduamente conserva, firme e incorrupta, con su divina sabiduría, tiene usted razones válidas para doblegar el entendimiento ante las opiniones que atribuye a la S. Escritura, pues ni yo mismo podría obrar de otro modo».

Desde la perspectiva del mal como carencia, cualquier contenido sistémico y positivo pierde sentido. ¿Qué sentido se gana? Se traduce con claridad de sus análisis la ganancia para la materialidad. En ese sentido es tanto como el agua que, “en cuanto agua, se genera y corrompe; pero, en cuanto sustancia, ni se genera ni se corrompe”.[192] Un proceso que en nada necesita auxilio moral. El mal en cuanto mal se genera en la materialidad del daño o dolor de cada existente, pero si se refiere a la sustancia no hay nada que sea mal, dicho mas ampliamente, no hay nada mal en la configuración geométrica de cada átomo y sus relaciones en el proceso del Todo. Las causas del dolor se confunden con un mal imaginado. Spinoza propone hechos de causa a la privación y la negación de los estados singulares. Su ontología pura desvincula pérdida del mal y ganancia de bien. Esos pares o su revés no son ontológicamente parte del Uno. Lo que si se observa es falta, vacío, laguna o carencia en los estados esenciales. Tomamos la carencia para nuestro análisis causal.

La carencia exige un lenguaje cuidado. Es una laguna que incluye un movimiento sobre el reposo, una acción que no permite la quietud del término que demarca la zona descubierta. Se ve en ella el conflicto entre los significados críticos. Es necesario cuidarnos en el uso del lenguaje para evitar que este contenga elementos que estanquen al concepto para la trascendencia. Spinoza lanza su crítica como una piedra sobre esa laguna. Provoca un movimiento concéntrico de ondas que sacuden la quietud del concepto carencia. El mal como carencia proviene del análisis de la carencia de; sea cuestión de ideas, superficies o cuerpos (E, III, pref). Lo que libera el significado es parte de la libertad misma del conocimiento. En palabras de Ananda Kentish Coomaraswamy, la comprensión de la unidad de aquello que no es “ni así, ni así”.

Spinoza afirma la inmanencia del mal en oposición a cualquier idea, o imagen de idea, asociada a la trascendencia. La potencia es tiempo, esto queda muy marcado en su crítica por su visión intempestiva. El sustrato para la carencia no la define lo hace, más bien, su unión al tiempo. El mal no es nada, sin embargo la carencia depende del tiempo y en esa potencia está la fuerza depotenciadora que ejerce. La paradoja y la importancia de ese absurdo es tal, que nos regresa del concepto sin él porque el sentido que se gana es la materialidad del no-es. Se desvela que en la esencia del modo el no-es no lo puede definir y por tanto, materialmente el sentido del mal es sólo el valor operativo de la carencia.

Fijémonos en cómo la fotografía nos da un no-es a través de su lenguaje. Roland Barthes en su último libro hace inseparable a la foto de su esencia referencial, se refiere a la muerte, el no-es más implacable. El mal como la fotografía está referenciado a la muerte, pero sin la esencia de la imagen fotográfica, su gráfica está representada en el miedo.


“Diríase que la Fotografía lleva siempre su referente consigo, estando marcados ambos por la misma inmovilidad amorosa o fúnebre, en el seno mismo del mundo en movimiento: están pegado el uno al otro, miembro a miembro, como el condenado encadenado a un cadáver en ciertos suplicios […] La fotografía pertenece a aquella clase de objetos laminares de los que no podemos separar dos láminas sin destruirlos: el cristal y el paisaje, y por qué no: el Bien y el Mal, el deseo y su objeto: dualidades que podemos concebir, pero no percibir (yo no sabía todavía que de esa obstinación del Referente en estar siempre ahí iba a surgir la esencia que buscaba)”.[193]

El miedo es el referente del mal. El miedo a la muerte y la esperanza de vivir, fluctuaciones que se hilvanan por el concepto de mal contra el que, a través de la inteligencia inseparable del amor a la verdad, se rebela Spinoza. Aprender al leer en medio de la confusión del los términos que se dan por el miedo y la esperanza, afectos que no pueden ser por sí mismos buenos (E, IV, pr 47), es un singular avance del ateo virtuoso. Hay un concepto invisible, el mal, cuyo signo no cuaja y de todas las maneras que se intente es siempre invisible pues no es al mal a quien vemos.[194] No es representable en sí. La muerte le da lo que no tiene. Sin la muerte ¿dónde el signo del mal?

El punctum es ese azar en el que la foto punza, lastima.[195] Barthes escribe hacia el final de su cámara lúcida:

“En el tiempo (al principio de este libro: qué lejos queda) en que me interrogaba sobre mi apego hacia ciertas fotos, había creído poder distinguir un campo de interés cultural (el studium) y ese rayado inesperado que acudía a veces a atravesar ese campo que yo llamaba punctum. Ahora sé que existe otro punctum (otro ‘estigma’) distinto del ‘detalle’. Este nuevo punctum, que no está ya en la forma, sino que es de intensidad, es el Tiempo, es el desgarrador énfasis del noema ‘esto-ha-sido’), su representación pura.

En 1985, el joven Lewis Payne intentó asesinar al secretario de Estado norteamericano, W. H. Seward. Alexander Gardner lo fotografió en su celda: en ella Payne espera la horca. La foto es bella, el muchacho también lo es: esto es el studium. Pero el punctum es: va a morir. Yo leo al mismo tiempo: esto será y esto ha sido; observo horrorizado un futuro anterior en el que lo que se ventila es la muerte. Dándome el pasado absoluto de la pose (ariosto), la fotografía me expresa la muerte en futuro. Lo más punzante es el descubrimiento de esta equivalencia”.[196]

La foto de Payne presenta al vivo y al muerto. El mal está en el horror de esa visión, no por la visión de éste en sí, sino por el devenir de la muerte. Es estar siendo muerte lo que entra en contacto con la uniformidad del pensamiento que saca de la materialidad al hecho de pensar ¿qué ocurre? El soporte físico y químico de la fotografía nos da una imagen para nuestro ser orgánico. Nuestra percepción no se agota en esa física y la materialidad del mal se extiende a niveles submoleculares tanto como a niveles de pensamiento. Uniformar a éste último es la baza de la alienación. Es la mirada crítica sobre el mal la que puede dar un porqué a la foto del preso, le da un quién y le da un cómo. Se da un relato vivo, siempre perseverante con la verdad de ese ser, de cualquier ser.

26 enero, 2015

Spinoza. La piel del deseo, un modo de ser

Sara Reyes Vera

Hay una especificidad en el movimiento para la existencia. Es un movimiento único que nos dirige hacia el propio acto de existir. Nuestra vida, inevitablemente en movimiento, es producción de deseo. Conducta y motivación perseveran en el modo de ser humano, cargado de «deseo en pugna» al que Spinoza llama conatus.

«El conatus es la lucha por la autoconservación, que entraña el esfuerzo por ampliar el poder y la vitalidad de la existencia. Como tal es la única fuente de emociones y conducta humanas» (1). Comprender la producción del deseo es deseo de autoconocimiento. Esto no parte de un principio sobrenatural. Es la comprensión en sí, inmanente, de nuestro doble límite piel-adentro (2): hacia el interior de la naturaleza que nos comprende y hacia el interior de la naturaleza que comprendemos. Límite piel de nuestro dinámico modo de ser finito en busca de duración. Desde esa perspectiva dinámica, la vida anclada es una contradicción. Se persevera renovando, siendo, en presente.

Spinoza, fascinado por la vida, trabaja este asunto con extraordinaria novedad en una época en la que leyes políticas y religiosas no se podían romper sin arriesgar la vida. Con la cautela necesaria, Spinoza no deja de escribir sobre lo que descubre en el interior de las palabras. Sus análisis sobre las emociones giran en torno a esas palabras que prefiguran el marco mental de los individuos de su época. Las imágenes del mundo representadas a partir de ideas inadecuadas son el sustrato para su metodología, un método que sabe que no es la idea de la idea falsa lo que se revela con él, sino la propia idea de falsedad. Aquella que nos dará las claves para que en lo sucesivo se vinculen a causas verdaderas sus efectos verdaderos. El hallazgo no es tanto el qué, sino el porqué. Detenerse en el objeto (en lo particular), limitaría a la ostentación, al mero señalamiento, de alguna de las piezas (modos) de la Sustancia por su mera presencia, ya que de su materialidad no se aprehende sin más el porqué, como bien se reconoce desde el primer género de conocimiento. El porqué avanza hacia el interior del deseo en el perseverar consciente hacia lo deseado. Esto deseado no es bueno por algún bien fijo al objeto; al contrario, el deseo se vuelve sobre sí, el movimiento que envuelve al objeto deseado lo hace bueno porque el propio deseo lo ha determinado así. No deseamos porque sea bueno aquello o lo otro, lo hacemos bueno al desearlo: ese concepto spinozista revela un movimiento complejo que se desliza sobre una urdimbre de causas, con afán vitalista. Eros aventajando a Tánatos, más allá de la economía libidinal, sobre la piel. Esta visión epidérmica delimita «las causas que explican mi situación corporal, mi biografía, mi estructura y las fuerzas mentales y sociales que actúan en mí; los motivos ocultos de mi miedo; mis errores; la ignorancia de la cual soy víctima; mis sufrimientos, mis ambiciones, mis razones encubiertas…» (3). Este deseo director es «el apetito con conciencia de sí mismo» (E3, prop. 9); es en acto, y son las condiciones en las que ese acto se ejerce las que dan el marco a la situación vital de cada individuo frente al «azar de los encuentros con los demás modos, al capricho de las afecciones y los afectos que [nos] determinan desde el exterior» (4).

Abarcar teóricamente un concepto tan amplio como el deseo, implica un esfuerzo interdisciplinar que en este momento resulta obvio. El trabajo de Spinoza en ese sentido es admirable por la precisión a la que llega solo y con tan pocos recursos teóricos previos. Spinoza demuestra, refuta, referencia y sobre todo hace de la reflexión un acto de entendimiento de lo humano. Habiendo elaborado teóricamente el par razón-emoción, Spinoza piensa que «el deseo es la esencia del hombre» (5). Sobre esto podemos decir que elabora una teoría de sujeto, un sujeto que piensa la esencia de la realidad desde su esencia deseante. Ese es el sujeto al que Spinoza se impone la tarea de comprender. Su capacidad crítica se dirige certera sobre los prejuicios, avanza sin caer en condenas ni culpas hacia la explicación que abarca lo delimitado in extenso por la piel envolvente del deseo y su imbricación en la esencia humana.