Eugenio Fernández García
El encuentro con la interpretación hegeliana de Spinoza constituye una sorpresa.
Se trata, en efecto, de una lectura desconcertante. Hegel pasa de la admiración
al desprecio con osadía temeraria.
Spinoza constituye, junto con Aristóteles y Kant, la trinidad de
maestros de Hegel. Aristóteles como inspirador, Kant como contraste crítico,
Spinoza como punto de partida. No se trata sólo de estimación subjetiva; la
sección central de la Ciencia de la
lógica sobre la «Wirklichkeit» es toda ella un diálogo con Spinoza. Lo de
menos es allí la nota marginal, aun siendo todo un indicio de su urgencia por
marcar sus diferencias y originalidad, nada evidentes al parecer. Lo que está
en juego es la elaboración de una categoria clave de su sistema.
Se ha acudido con frecuencia a la fórmula: Hegel = Spinoza + Fichte o mejor,
como él mismo creía, su idealismo absoluto es la superación del idealismo subjetivo
de Fichte y el objetivo de Schelling, tras el cual veía a Spinoza. Si Hegel ya
no es idealista en sentido estricto, es justamente en la medida en que es
spinozista. Por extraño que parezca, el camino de Kant a Hegel pasa por Spinoza.
Verdad ésta que ha dado lugar al siguiente tópico: el sistema de Hegel es
spinozismo dialectizado.
El propio Hegel ha reconocido su valoración sin ambigüedad: «Spinoza es tan
fundamental para la filosofía moderna que bien puede decirse: quien no sea
spinozista no tiene filosofía alguna». No existe alternativa a Spinoza porque con
él, el saber ha logrado el nivel especulativo imprescindible para su
desarrollo. Spinoza ha superado el dualismo, remontándose hasta concebir la
realidad absoluta como unidad que incluye las diferencias. Con él se anuncia la
aurora de la plenitud de los tiempos filosóficos.
«Hay que reconocer, pues, que el pensamiento no tuvo más remedio que colocarse
en el punto de vista del spinozismo; ser spinozista es el punto de vista esencial
de toda filosofía. Pues, como hemos visto antes, cuando se comienza a
filosofar, el alma tiene que empezar bañándose en este éter de la sustancia una,
en el que naufraga todo lo que venía teniéndose por verdad. Esta negación de
todo lo particular a que necesariamente tiene que llegar todo filósofo es la
liberación del espíritu y la base absoluta sobre la que este descansa».


