Pablo E. Chacón
Gracias a Tina
Liebau por la pista.
T: ¿En qué se
diferencia este libro sobre Spinoza de los otros que has escrito sobre él?
DT: Creo que este es un libro más
claramente inscripto en la coyuntura latinoamericana que los anteriores, o
mejor dicho más marcado por el devenir actual de las democracias
latinoamericanas. Mi primer libro sobre Spinoza, La cautela del salvaje,
fue publicado en 2001 y los problemas filosófico-políticos que enfrentaba eran
otros, definidos por la devastación cultural de los años 90 --y también era otra
la literatura crítica con la que trabajaba: el Esposito de lo impolítico, el
anarquismo filosófico francés, en general el autonomismo. En los dos últimos libros, Filosofía terrena y El don de la filosofía hay
una marca distinta (particularmente en los ensayos más recientes), afectados
por un conjunto de tensiones sin dudas más interesantes y más motivadoras filosóficamente
pero no menos dilemáticas. Lo que está en el centro esta vez es la cuestión
democrática. Maquiavelo, Spinoza y Marx son en mi opinión las tres grandes
referencias para una construcción creativa de la democracia como vía
emancipatoria, en la medida en que la dotan de una dimensión realista y le
confieren una potencia de transformación social que no era evidente hasta el
proceso político continental en curso. Es necesario en nuestro caso, en
relación a Spinoza, un programa de trabajo alternativo a la intensa tradición
spinozista iniciada en los 60 en Francia -podría trazarse un arco que se
extiende desde los cursos de Althusser en 1965, pasa por el mayo Francés y
llega hoy hasta Toni Negri- en la que todos hemos sido formados, pero tal vez
no da cuenta ya de lo que debemos pensar en Latinoamérica. La enorme potencia
filosófica y el extraordinario estímulo que Spinoza --casi el único filósofo
clásico explícitamente democrático-- atesora para dar cuenta de nuestros
problemas son casi únicos. Una izquierda spinozista latinoamericana -a
diferencia de la gran recepción francesa e italiana a la que aludíamos antes-
enfrenta por ejemplo el problema del Estado de otro modo, sin ingenuidad y sin
demonización. ¿Spinoza es sólo un filósofo del poder constituyente o hay
una institucionalidad democrática spinozista que puede ser pensada como
contrapoder? En mi opinión, esta segunda alternativa es nuestro desafío.
T: Si filosofía
terrena es un término de su cosecha, ¿cómo se articula la alegría
filosófica con las pasiones tristes (que creo es otro término de
Spinoza)?
DT: Spinoza denuncia claramente lo que dos
siglos más tarde Nietzsche va a llamar el ideal ascético; denuncia la
impotencia, la retórica de la humildad y la promoción política de las pasiones
tristes como dispositivo de dominación que separa a los cuerpos de sus
capacidades y de su alegría. Pero si el spinozismo tiene sentido como ética de
la alegría y la felicidad en la lucidez y la acción, es con los ojos bien
abiertos frente a la realidad de un mundo sumido en la aniquilación y el
sometimiento de seres humanos, en deportaciones y en desapariciones de
personas, pueblos y culturas, en el desprecio de los otros. Contra toda
ideología de la alegría, tiene sentido en cuanto conciencia del inimaginable
dolor. La alegría más alta y constante a la que son capaces de acceder el
pensamiento y la acción, hunde sus raíces, por así decirlo, en la devastación.
No se trata, desde luego, de una alegría perversa por la devastación; ni, mucho
menos, de una evocación impotente del sufrimiento y la tristeza. Nadie como
Spinoza ha sido capaz de denunciar de manera tan aguda la morbosidad en
cualquiera de sus formas: intelectual, política o teológica. El spinozismo no
implica indiferencia por lo que el hombre le hace al hombre, ni un
estímulo del poder del más fuerte, ni una liberación de la potencia a pesar del
sufrimiento humano, sino precisamente debido a ello, en medio de ello,
como trabajo del pensamiento y de la acción. Si tiene sentido como término o
como inspiración política la palabra spinozismo es instrumento de los
que se hallan al margen, fuera de toda comunión, en la excomunión. Filosofía
terrena, en suma, quiere significar lucidez respecto de la dominación y no
obstante ello --o por eso mismo-- no concederle nada a la tristeza que le es
siempre funcional.

















