Luis
Ramos-Alarcón
1. La concepción spinoziana del
individuo, sostiene Deleuze,[1]
no opone el individuo al Ser sino que busca reintegrarlo a él. Esta concepción
implica una doble distinción: una diferencia cuantitativa de las potencias de
los individuos, que nos dice lo que cada uno es capaz de hacer, y una
diferencia cualitativa de los modos de existencia o de Ser. El individuo tiene
tres dimensiones: primero, como relación compuesta de individuos, con lo que la
individuación es inseparable de un movimiento de composición al infinito;
segundo, como parte de la potencia divina; tercero, como grado de una cualidad
de la sustancia, un modo intrínseco a ella. Como veremos, la esencia de un
hombre expresa a Dios bajo tres formas: como instantaneidad, como duración y
como eternidad. De hecho, cada uno de nosotros experimenta estas tres
dimensiones: de manera instantánea como afección, por ejemplo, como las
imágenes y los actos que realizo, efectos de composición o descomposición entre
mi cuerpo y cuerpos externos; bajo la forma de duración como afecto, por
ejemplo, como pasiones de alegría o tristeza, como aumento o disminución de la
potencia divina que soy; por último, soy eterno como grado de potencia de Dios,
pues colmo mi potencia completamente y en sí misma, por ejemplo, como un
autoconocimiento pleno de mí mismo.[2]
Nadie tiene el mismo grado de potencia. Deleuze llama «intensidad» a la
cantidad o grado de potencia.
Nosotros seguiremos aquí la lectura
de Deleuze del estricto paralelismo entre las tres dimensiones de la
individualidad y los tres grados o modos de conocimiento; no olvidemos que la
mente tiene dos tipos de modos, ideas y afectos, por lo que los géneros de
conocimiento no sólo son tipos de ideas, sino también modos de existencia.[3]
Cabe decir aquí que Spinoza nunca lo expresó explícitamente, pero seguimos a
Deleuze en tanto que nuestro autor no tuvo necesidad de hacerlo. Deleuze
subraya que somos autómatas espirituales en cuanto que no tenemos ideas, sino
que éstas se afirman en nosotros. Como sostiene el francés, precisamente el
problema existencial es que todos tenemos las tres dimensiones de la
individualidad a la vez; pero esto no significa que, de hecho, todos tengamos
los tres tipos de ideas: hay individuos que nunca salen del primer género de
conocimiento. El proyecto spinoziano es un ascenso del mundo inadecuado y de la
equivocidad del signo (sean teológicos, políticos, etc.) hacia el segundo y
tercer grados de conocimiento; no se trata de hacer una filosofía sin signos,
sino de suprimirlos al máximo y supeditarlos a la realidad que los trasciende.
El camino para poseer nuestra potencia sigue tres tipos de ideas:
ideas-afecciones y azar de encuentros; ideas-nociones y programación de los
encuentros para componer relaciones; ideas-esencias, ideas que son puras
intensidades que convienen totalmente entre sí.
Comenzaré ahora por el tercer tipo
de ideas, las ideas-esencias, que afirman la univocidad absoluta del ser: el
ser no tiene diversas causas ni se afirma con distintos sentidos, sino que sólo
hay una causalidad que es la inmanente; para nuestro autor, es equivocada la
consideración no sólo distintos tipos de causas de los existentes, sino también
la mutua exclusión de causa y efecto; la causalidad inmanente es una causa que
permanece en sí misma para producir, pues su producto o efecto permanece en
ella; asimismo, este efecto la explica o desarrolla. Para poder afirmar esta
horizontalidad del ser, considera Deleuze que el filósofo holandés libera la
causalidad inmanente de toda determinación extrínseca al Ser. La historia de la
filosofía ya había intentado esta liberación para llegar a afirmar una sola
causalidad, pero temía el peligro de confundir causa y efecto, Dios y criatura;
justamente, se evitaba ese peligro distinguiendo el orden de la unidad y el del
ser. Así, en su Parménides, Platón presentaba distintas relaciones
posibles entre el Uno y el Ser. Pero será Plotino quien conforme una metafísica
en donde la unidad es causa emanativa del ser y, por lo tanto, está
jerárquicamente encima del él; asimismo, esta metafísica afirma que el ser es
causa inmanente de los seres, lo que significa que complica o comprende en sí
mismo a todos los seres, a la vez que cada uno de ellos explica al ser; a pesar
de que esta metafísica describe un doble movimiento de complicación y
explicación del ser a través de una causalidad inmanente, la unidad determina
extrínsecamente al ser como su causa emanativa, por lo que el ser depende
jerárquicamente de la unidad.[4]
Spinoza puede afirmar la univocidad de la causalidad inmanente porque elimina
la jerarquía neoplatónica entre el Uno y el ser.
Spinoza afirma la univocidad del ser
en la primera gran proposición especulativa de la Ética, a saber, que
sólo hay una sustancia absolutamente infinita que se expresa en infinitos
atributos. No hay jerarquías en los atributos del ser, porque todo expresa su
esencia a la vez. Lo que llamamos «criaturas» no son tales, sino modos o
maneras de ser de esta sustancia y éstos están contenidos en los atributos de
la sustancia[5]
la sustancia no es una primera causa sino un plano inmanente sobre el cual se
mueven todos los existentes como sus partes. Dado el contexto europeo del siglo
XVII, en donde la divinidad no representa tanto una coacción sino la liberación
de todos los límites, Spinoza llama «Dios» a esa sustancia.
La afirmación de la univocidad del
ser no significa que todas las cosas sean iguales: las cosas no tienen la misma
potencia. Si bien la horizontalidad del ser es el fundamento de su principal
obra, Spinoza la titula «Ética» y no «Ontología» porque las
proposiciones especulativas sólo adquieren su sentido completo al nivel de la
ética que implican.[6]
La ética se funda en la ontología porque no hay nada encima del Ser, sino que
todas las cosas son maneras del único Ser. En cambio, la moral no puede hacerse
desde la ontología porque presupone que el Bien está por encima del Ser.[7]
De ahí que ética y moral tienen una diferencia fundamental: Spinoza no hace
moral porque no se pregunta qué debemos hacer, sino de qué somos capaces, qué
es nuestra potencia. Por el contrario, la moral utiliza el Bien para juzgar al
Ser.
