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30 noviembre, 2018

SPINOZA


Giovanni Reale y Dario Antiseri

Reale, Giovanni y Antiseri, Dario, «Spinoza», Historia del pensamiento filosófico y científico 2, Herder, Barcelona, 1995, pp. 351-379.

La búsqueda de la verdad que otorga un sentido a la vida

El Tratado sobre la enmendación del intelecto, como han puesto de relieve muchos especialistas, es una especie de Discurso del método de Spinoza, por su carácter autobiográfico y por su finalidad programática, si bien difiere del Discurso en muchos aspectos, ya que el interés de Spinoza es sobre todo de carácter ético, mientras que el de Descartes es gnoseológico. Spinoza, en otras palabras, no se pregunta cuál es la metodología correcta de la verdad y cuáles son los rasgos de la verdad misma, para satisfacer un interés teórico abstracto, sino que investiga cuál es la verdad capaz de otorgar un sentido a la existencia humana, y por lo tanto quiere descubrir cuál es el bien que cuando se posee garantiza al hombre su felicidad. Al leer este Tratado vienen a la memoria los antiguos Protrépticos griegos, un tipo de obras similares al Hortensio de Cicerón o bien a algunos escritos agustinianos. En resumen: la verdad que interesa a Spinoza no es la de tipo matemático o físico, es decir, un tipo de verdad que no incide en la existencia humana, sino aquella verdad que interesa más que ninguna otra a la vida humana: aquella verdad que se busca para gozar de ella y en cuyo disfrute tiene lugar la realización y la perfección de la existencia, y por lo tanto la felicidad.

El prólogo es, con gran diferencia, la parte más bella y más ilustrativa la obra, porque nos permite contemplar su ánimo interior, las causas y los objetivos por los que se ha decidido a filosofar. En dicho prólogo Spinoza nos dice que ha experimentado la vanidad de todas las cosas que suelen acaecer en la vida ordinaria, y que ha descubierto que constituían bienes o males sólo en la medida en que su ánimo se dejaba afectar por ellas, aunque en realidad ninguna era ni buena ni mala (aquí se entretejen ecos estoicos y bíblicos). Por lo tanto decidió finalmente buscar si existía un bien verdadero, que se pudiese alcanzar y gracias al cual el ánimo humano quedase plenamente satisfecho. Quería saber si existía algo que, una vez hallado y poseído, le permitiese «gozar de una alegría continua y suprema, eternamente».

En un primer momento le pareció poco prudente aventurarse en tal empresa, porque en el mejor de los casos se trataba de abandonar las cosas ciertas --como la búsqueda del placer y de la riqueza o el logro de los honores-- para proseguir una cosa incierta. Spinoza también nos dice que se había encontrado en una situación confusa y embarazosa, al pensar por un lado que, si la felicidad consistía en aquellas cosas, habría debido privarse de ellas para tener tiempo y comodidad para buscar si existía otro bien superior a ellas. Por otra parte, se le ocurría que si la felicidad no consistía en esas cosas, continuar dedicándose a ellas le hubiese privado igualmente de la suma felicidad. Trató entonces de asumir una nueva disciplina de vida, aunque sin cambiar las acostumbradas reglas de vida, pero el intento fracasó, ya que la búsqueda de aquellas cosas a las que los hombres suelen dar valor --placeres, riquezas, honores-- es un impedimento total para la búsqueda de una nueva disciplina de vida.

a) Por lo que concierne al placer, dice Spinoza, el ánimo, mientras goza de ese placer, se aferra tanto a él, que llega a ajustarse del todo a él y no puede ocuparse de otra cosa. No obstante, una vez que se ha gozado el placer, sobreviene una enorme tristeza. Spinoza escribe: «El placer de los sentidos, por ejemplo, se adueña del ánimo de tal modo, que éste se coloca en él como si fuese un bien, que le impide del todo pensar en otra cosa; pero después del gozo viene una gran tristeza, hasta el punto de que la mente, si es que no se ve también ella dominada por la tristeza, queda turbada y atontada.»

b) Por lo que concierne a las riquezas, cuando se las busca por sí mismas (como sumo bien), absorben al hombre de manera continuada, obligándole a dirigir todas sus acciones en dicha búsqueda. Cuanto más riquezas se adquieren, más crece el deseo de aumentarlas, y así crece el estímulo para aumentarlas sin pausa (no se da el freno del arrepentimiento, como en la búsqueda del placer). En cambio, cuando se fracasa en la búsqueda de riquezas, el hombre cae en una profunda tristeza y se abate por completo.

c) Lo mismo se aplica a la búsqueda de los honores, pero con un agravante: para conseguir honores --que nos son tributados por los demás-- debemos conformar nuestra vida al modo que complace a los otros, «huyendo de lo que corrientemente huyen y buscando aquello que corrientemente buscan».

Después de estas reflexiones Spinoza concluyó que al abandonar esas cosas en el mejor de los casos habría abandonado bienes inciertos por su propia naturaleza, como lo atestigua cuanto se acaba de decir, mientras que el bien que se proponía era cierto por naturaleza y sólo resultaba incierto el modo de obtenerlo. En definitiva, se trataba de «perder males ciertos por un bien incierto». Todos los males de la humanidad, si bien se mira, no provienen de otra fuente que no sea ésta: la búsqueda de dichos presuntos bienes. Por lo tanto Spinoza sostiene:

En verdad, las cosas que persigue el común de los hombres no sólo no ayudan en nada a la conservación de nuestro ser, sino que resultan nocivas, hasta el punto de que á menudo provocan la muerte de quienes las poseen --si se puede decir esto-- y luego, en todos los casos, conducen a ía muerte a quienes son poseídos por ellas. ¡Cuántos han sufrido persecuciones y muerte por sus riquezas, y cuántos, con tal de acumularlas, se han expuesto a una serie de peligros, hasta que han pagado con la muerte el castigo a su necedad! No es menor el número de quienes, para conseguir honores o para conservarlos, han acabado miserablemente. Los ejemplos, por último, de hombres que se echaron encima la muerte por un exceso de libido, son innumerables. Ahora bien, ¿cuál es la causa de estos males? Me parecía que toda felicidad o infelicidad sólo dependía de la naturaleza del objeto al que nos adherimos con nuestro amor. En efecto, por las cosas que no se aman nunca se producen litigios, ni surge la tristeza si desaparecen, ni la envidia si otros las poseen, ni el temor, ni los odios, y en definitiva, no suscitan pasión alguna. En cambio sucede todo esto por el amor de las cosas que pueden perecer, como son aquellas que hemos mencionado. Al contrario, el amor de lo que es eterno e infinito alimenta el ánimo con pura alegría, sin una brizna de tristeza: cosa que hemos de desear y de buscar con todas nuestras fuerzas.

La solución de todas las incertidumbres se produce del siguiente modo. Placeres, riquezas y honores --dice Spinoza-- son males si se los busca en cuanto fines, pero no lo son si los buscamos en cuanto medios únicamente, como instrumentos necesarios para vivir en función de un objetivo superior: «La búsqueda de dinero, el amor a los placeres y la gloria sólo constituyen un obstáculo cuando uno los busca por ellos mismos y no como medio para otra cosa; en cambio, si se los busca como medio, pueden someterse a medida y ya no actúan como obstáculo, sino que pueden resultar de gran provecho para el fin en orden al cual se buscan.» Por tanto, el bien supremo que busca Spinoza no elimina las demás cosas y tampoco las anula, pero replantea por completo su significado y su valor. De momento, Spinoza caracteriza este bien supremo como aquel vínculo que une íntimamente toda la naturaleza con la mente, vínculo que debe compartir la mayor cantidad posible de hombres.

Se perfila claramente que en el pensamiento de Spinoza la idea de Dios ocupa un lugar central. Dios es el orden eterno de la naturaleza, que forma una sola cosa con la naturaleza misma y con sus leyes necesarias. Esta idea está destinada a desempeñar una función determinante en la reconstrucción de la vida del hombre y de su significado. Veremos esto de una forma más adecuada al exponer la Ethica. Mientras tanto, para concluir el examen del Tratado al que ahora nos estamos dedicando, hay que señalar lo siguiente. Spinoza afirma que para realizar el programa antes esbozado, es necesario que en la vida de los hombres todo se dirija hacia ese fin. En particular: 1) de la naturaleza habrá que conocer sólo lo que sea indispensable para realizar el fin indicado; 2) se debe construir una sociedad que permita que el mayor número posible de hombres obtengan ese fin; 3) hay que elaborar una moral y una pedagogía que estén en función de dicho objetivo; 4) será preciso cultivar de un modo adecuado la ciencia médica, lo cual al favorecer la salud facilitará la consecución del objetivo que nos proponemos; 5) habrá que cultivar la mecánica y la técnica, que permitirán ahorrar tiempo y fatigas; 6) será necesario enmendar y purificar el intelecto, para volverlo idóneo y comprender lo mejor posible la verdad.

Mientras tanto, al ir trabajando en la edificación de la mayor perfección humana que sea posible, habrá que respetar algunas reglas provisionales de vida, que se reducen a las tres siguientes.

1) Será necesario hablar de acuerdo con la capacidad de comprensión del hombre corriente, ajustarse a su forma de actuar en todo lo que no constituya un impedimento para el logro de nuestros fines. Esto nos asegurará muchas ventajas, entre las que destaca el conseguir que el hombre corriente asuma una actitud favorable hacia nosotros, al escuchar la verdad.

2) Será necesario gozar de los placeres sólo en la medida suficiente para conservar la buena salud.

3) Será necesario buscar el dinero u otros bienes materiales sólo en la medida requerida para vivir y mantenerse en buena salud, y para adecuarse a los usos y costumbres de nuestro país, siempre que esto no se halle en desacuerdo con nuestros objetivos.

Spinoza prescribió tales normas y a ellas se ajustó el primero de todos a lo largo de su vida. La corta palabra latina que aparece en su lema, caute, y resume a la perfección --como una especie de mínimo común denominador-- el sentido de estas reglas. Nos hallamos así en condiciones de afrontar la exposición de las doctrinas centrales de la Ethica y de comprender el significado de su planteamiento teórico: se parte desde Dios como centro, porque del nuevo significado que se otorga a Dios depende el nuevo significado que recibe el hombre y su vida. En Spinoza se aplica mejor que en ningún otro caso aquel célebre dicho: «Dime qué Dios tienes y te diré quién eres.»

29 octubre, 2018

SPINOZA


Nicolás Abbagnano

Abbagnano, Nicolás, «Spinoza», en Historia de la filosofía 2, Hora, Barcelona, 1994, pp. 232-252.

Caracteres del spinozismo

Descartes había reducido a un rígido mecanismo, a un orden necesario, todo el mundo de la naturaleza; pero había excluido de él al hombre en cuanto sustancia pensante. La sustancia extensa es mecanismo y necesidad, según Descartes; pero la sustancia pensante, la razón humana, es libertad, y como tal potencia absoluta de dominio sobre la misma sustancia extensa. Spinoza fija su atención sobre todo en el hombre, en su vida moral, religiosa y política; y su intención es la de reducir toda la existencia humana al mismo orden necesario que Descartes había reconocido solamente en el mundo natural. Necesidad y libertad, mecanismo y razón se distinguen y se oponen, según Descartes; se identifican, según Spinoza.

Spinoza pretende de este modo restablecer aquella unidad del ser que Descartes había roto con la separación de las sustancias, unidad que le había enseñado la tradición neoplatónica, todavía viva en la comunidad judía en que se había formado. La realidad, la sustancia es una sola, única en su ley, único el orden que la constituye. La característica fundamental del pensamiento spinoziano es la síntesis que ha realizado entre la consideración metafísico-teológica y la consideración científica del mundo. Su filosofía parte de la consideración de la naturaleza y perfección de Dios, pero llega a una concepción del mundo que satisface todas las exigencias de la ciencia física. La teología tradicional y la nueva ciencia de la naturaleza se funden íntimamente en la obra de Spinoza. El punto de fusión, el concepto central que la hace posible es el de la sustancia. Descartes había distinguido (Princ. Phil., I, 51) tres sustancias: la pensante, la extensa y la divina; pero había tenido que reconocer que el término sustancia tiene un significado diverso referido a Dios o a las sustancias finitas; porque mientras que referido a Dios significa una realidad que para existir no tiene necesidad de ninguna otra realidad, referido al alma y a las cosas significa una realidad que para existir solamente tiene la necesidad de Dios. Pero, para Spinoza, no hay más que un único significado auténtico del término, y es el que tiene con respecto a Dios. No hay otra sustancia, esto es, otra realidad independiente, más que Dios mismo. Dios se convierte entonces en el origen, la fuente, de toda realidad, la unidad absoluta (en el sentido neoplatónico), única de la cual puede salir la multiplicación de las cosas corpóreas y de los seres pensantes. De este modo, Spinoza vuelve a reducir a la unidad neoplatónica y al orden necesario en que ella se manifiesta los aspectos de la realidad que Descartes había distinguido y separado. Sobre todo intenta reducir a ella el mundo humano: las pasiones y la razón del hombre y todo lo que nace de las pasiones y de la razón: la moralidad, la religión y la vida política. Por eso se ve forzado a negar toda separación y distinción entre la naturaleza y Dios y a identificarlos, como ya había hecho Giordano Bruno (§ 380); se ve precisado a considerar los decretos de Dios como leyes de la naturaleza y recíprocamente; a quitar a la acción de Dios todo carácter arbitrario y voluntario y, por tanto, quita al orden del mundo todo carácter finalista y, por último, identifica la naturaleza y Dios con el orden geométrico necesario del todo. Pero al mismo tiempo, Spinoza pretende utilizar esta filosofía de la necesidad para la libertad del hombre, y por esto pone tal libertad no en el arbitrio, sino en el reconocimiento del orden necesario, reconocimiento en virtud del cual el hombre deja actuar en sí mismo la necesidad del orden divino del mundo.

En el De intellectus emendatione que Spinoza dejó incompleto, porque los pensamientos que apuntaba hallaron su expresión definitiva en la Etica, pero que parece una especie de Discurso del método, Spinoza declara cuál es la finalidad de su filosofar. Esta finalidad es el conocimiento de la unidad de la mente con la totalidad de la naturaleza. Para alcanzarla, es menester que el hombre se conozca a sí mismo y a la naturaleza; se dé cuenta de las diferencias, de las concordancias y de las oposiciones que hay entre las cosas, para que vea lo que le permiten y cuál es su propia naturaleza y poder (Op., edic. Van Vloten y Land, I, p. 9). Para este fin, el único conocimiento utilizable es aquel género de percepción en el cual el objeto es percibido a través de su sola esencia o a través de la noción de su causa próxima; en cambio, no pueden utilizarse los otros tipos o clases de percepción, como son la simbólica, la producida por una experimentación accidental y la deducida inadecuadamente de un cierto efecto. El conocimiento necesario al hombre es el que se conforma adecuadamente a la idea del objeto y tiene por esto en sí la garantía necesaria de su verdad. El problema del método es el problema del camino que conduce a un conocimiento de esta clase. El método no es, según Spinoza, la búsqueda de una contraseña de la verdad que siga a la adquisición de las ideas, sino, antes bien, el camino para investigar en el orden debido la verdad-misma, o sea la esencia objetiva de las cosas. Por esto Spinoza define su método como conocimiento reflejo o idea de la idea. Y puesto que no puede darse la idea de la idea si primeramente no se ha dado la idea, el método será el camino por el cual la mente debe dirigirse para conseguir la norma de una determinada idea verdadera. Pero, ¿de cuál idea verdaderamente ya dada deberá el método buscar la norma? Evidentemente, de la idea más excelente entre todas, o sea., la del ser perfectísimo. El mejor método será, pues, aquel que enseña cómo la mente debe dirigirse para encontrar la norma de la idea dada del ser perfectísimo (Op., I, p. 12).

De esta manera, la determinación del método en el De intellectus emendatione ya lleva a Spinoza a poner en el centro de su doctrina la consideración del ser perfectísimo, esto es, Dios. Y con esta consideración comienza la Etica, cuyo primer libro se titula "Dios". Spinoza concibe a Dios como la sustancia única que existe en sí y es concebida por sí; esto es, que para existir no tiene necesidad de ninguna otra realidad y para ser concebida no necesita de ningún otro concepto. Tal sustancia es causa de sí misma en el sentido de que su esencia implica su existencia y de que no puede ser concebida más que como existente. Es infinita, ya que no hay ninguna otra sustancia que la limite, y consta de infinitos atributos, entendiendo por atributo lo que el entendimiento percibe de ella como constitutivo de su esencia. Por esta infinidad de atributos, esto es, de la esencia divina, deben proceder de Dios infinitas cosas de infinitos modos, de manera que, mientras Dios no es causado por ninguna causa y es causa sui, es causa eficiente de todo lo que es. Todo lo que existe es, pues, un modo, esto es, una manifestación de Dios. Natura naturans es la sustancia misma, esto es, Dios, en su esencia infinita; natura naturata son los modos, esto es, las manifestaciones particulares de la esencia divina.

De estas tesis fundamentales se sigue que nada puede existir fuera de Dios ni nada puede existir sino como modo de Dios. Pero Dios no produce los infinitos modos con una acción creadora arbitraria o voluntaria. Todo deriva de Dios en virtud solamente de las leyes de su naturaleza; y la libertad de la acción divina consiste precisamente en su necesidad, o sea, en su perfecta conformidad con la naturaleza divina. Por esta necesidad no hay nada contingente en las cosas, esto es, nada que pueda ser distinto de lo que es. Todo es necesario en cuanto está determinado necesariamente por la necesaria naturaleza de Dios. Las cosas no habrían podido ser producidas por Dios de otra manera o con otro orden que aquel con el cual se han producido. Dios no tiene voluntad indiferente o libre. Su potencia se identifica con su esencia y todo lo que El puede, existe necesariamente.