José
Ezcurdia
Deleuze, al cerrar el segundo
capítulo de ¿Qué es la filosofía? 'El plano de inmanencia', establece el lugar de la doctrina spinoziana
dentro de la biblioteca filosófica como aquella que logra desprenderse de forma
cabal de la perniciosa manía de
la trascendencia, para fincar un pensamiento libre, que al instalarse de lleno
en el plano precisamente de inmanencia, puede asir y expresar lo real como un
infinito despliegue intensivo, un despliegue abierto y plural, que de ningún
modo es reductible a una forma una y totalizante, idéntica a sí misma, que
castre su forma productiva, heterogénea y dinámica. Spinoza, según Deleuze,
viene a dar feliz cumplimiento a la formulación de una noción de inmanencia,
que ya en la filosofía presocrática, y en autores renacentistas como Bruno y
Nicolás de Cusa, había encontrado un amplio espacio de articulación, aunque
limitado, sobre todo en el caso de estos últimos, por la perspectiva misma de
trascendencia, sostenida por la Iglesia. Para Deleuze, Spinoza radicaliza y
transforma de manera sustantiva las nociones de emanación y creación de los
autores del Renacimiento, para acuñar una noción de inmanencia que viene a dar
efectiva densidad ontológica al devenir, en tanto plexo productivo en el que la
fuente y la figura, la materia y la forma, resultan interiores entre sí, pues
aparecen como momentos del propio plano de inmanencia o vida, que se constituye
en su propio despliegue creativo.
Deleuze señala en relación a la
filosofía presocrática, en particular sobre la doctrina de Anaximandro:
Tenemos de todos modos que los
primeros filósofos establecen un plano que recorre incesantemente unos
movimiento ilimitados, en dos facetas, de las cuales una es determinada como Physis, en tanto que confiere una materia
al Ser, y otra como Nous, en tanto que da una imagen al pensamiento. Anaximandro lleva hasta el
máximo rigor la distinción entre ambas facetas, combinando el movimiento de las
cualidades con el poder de un horizonte absoluto, el
Apeiron
o lo Ilimitado, pero siempre en el
mismo plano. El filósofo efectúa una amplia desviación de la sabiduría, la pone
al servicio de una inmanencia pura. Sustituye la genealogía por una geología
[i].
En relación al arrojo de los autores
de Renacimiento subraya:
Con la filosofía cristiana, la
situación empeora. La posición de inmanencia sigue siendo la instauración
filosófica pura, pero al mismo tiempo sólo es soportada en pequeñas dosis, está
severamente controlada y delimitada por las exigencias de una trascendencia
emanativa y sobretodo creativa. Cada filósofo tiene que demostrar, arriesgando
su obra y a veces su vida, que la dosis de inmanencia que inyecta en el mundo y
en el espíritu no compromete la trascendencia de un Dios al que la inmanencia
sólo debe ser atribuida secundariamente (Nicolás de Cusa, Eckhart, Bruno) [ii].
Para Deleuze, Spinoza, toda vez que
derrumba la metafísica escolástica ordenada en función del principio de la
trascendencia, retoma el cause del quehacer filosófico que los presocráticos
habían iniciado, a partir de la vertebración de una serie de nociones que no se
despegan del plano de la inmanencia, sino que aparecen como vectores intensivos
de su condensación: Spinoza, según Deleuze, como los presocráticos, hace de la
filosofía una creación de conceptos, entendida dicha creación tanto como
el vínculo del pensamiento con un plano de inmanencia que lo atraviesa, como
expresión de dicho plano precisamente en la formación de nociones que dan
cuenta de su carácter plural y dinámico.