María Jimena Solé
Este artículo se concentra en la concepción spinoziana de la filosofía. A partir de lo afirmado en el Tratado de la reforma del entendimiento y el Tratado teológico-político, proponemos que Spinoza no considera la filosofía como un saber ya poseído sino como la búsqueda de la verdad, íntimamente ligada a la búsqueda de la felicidad. La filosofía es, según esto, una práctica que consiste en el proceso mediante el cual los seres humanos se liberan de los prejuicios y errores que impiden aprehender la verdad, que obstaculizan el pensar y el actuar. Este camino de auto-emancipación del error es, según nuestra propuesta, el auténtico espíritu de la filosofía spinoziana, que, según mostraremos, se encuentra explícitamente expresado en ciertos pasajes de la Ética.
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05 abril, 2018
22 septiembre, 2014
Las cuatro equivalencias del espinocismo
Carl Gebhardt
Trascendencia e inmanencia
Spinoza ha
llamado perfecta a la definición que expresa la íntima esencia de una cosa y
que, por lo tanto, hace posible deducir las propiedades de una cosa, en cuanto
es examinada en sí, de la comprensión de su esencia íntima. Si aplicamos este
postulado a la misma filosofía de Spinoza, hay que señalar entonces el punto
que da unidad a su sistema: el concepto central con el que se puede comprender
toda las partes de la teoría. Este concepto central es para Spinoza la convicción
de la inmanencia de Dios en el mundo. Mientras la convicción de la
trascendencia separa a la divinidad del mundo y la relega a un más allá, para
la convicción de la inmanencia la divinidad es inherente al mundo, de modo que
la unidad del ser no está escindida por ningún abismo metafísico.
El mundo
medieval está moldeado por el concepto de la trascendencia. Dios es
trascendente frente al mundo. Los universales, partiendo de un más allá del
proceso conceptual, se realizan en lo individual. De un más allá llega la ley
moral al mundo. E l amor de Dios debe salvar el abismo entre el más allá y el
más acá. El centro del mundo está fuera del mismo, los valores del mundo son
valores del más allá.
Pero el paso
de la Edad Media a la Edad Moderna se caracteriza por el hecho de que los
valores y el mundo se acercan, hasta que finalmente el centro del mundo se
halla en él mismo. La mística alemana busca la divinidad dentro y no fuera del
mundo. El nominalismo deroga la trascendentalidad de los conceptos.
Renacimiento y Reforma dan su propio valor a la vida activa en este mundo. El
amor de Dios se transforma en amor universal. Esta evolución es la que corona
Spinoza al crear la religión de la inmanencia.
La religión de
la trascendencia exige la revelación. El Dios trascendente sólo puede comunicar
su existencia y su voluntad a los hombres, ya sea trasmitiendo la prueba de su religión
a sus profetas, ya sea inspirando a sus apóstoles la voluntad de su plan de
salvación. El Dios inmanente sólo se entrega a la visión interior, a la
intuición. Si la revelación es la manifestación del Dios trascendente, la
intuición es la manifestación del Dios inmanente.
Toda religión
tiene en el alma del hombre cuatro raíces: mythos, logos, ethos, eros. Por eso dividió Spinoza en cuatro la unidad del
principio fundamental de su teoría de la inmanencia: teoría de la naturaleza,
teoría del espíritu, teoría de la servidumbre y libertad, teoría del amor. Y no
podemos representárnoslas mejor que con las cuatro equivalencias del espinocismo.
Dios es la Naturaleza, Dios es la verdad, Dios es la virtud, Dios es el amor.
24 febrero, 2014
Spinoza's Legacy / El legado de Spinoza
Richard Rorty
Esta
es una versión abreviada y revisada, en 2006, de la primera de dos conferencias
sobre Spinoza que Richard Rorty dictara en la Universidad de Ámsterdam en 1997.
La versión completa se publicó bajo el título ‘Is it desirable
to love truth?’ junto con la segunda
conferencia ‘Is ‘post-modernism’ relevant to politics?’ en Truth, politics and ‘post-modernism’ (Ámsterdam, 1997).
If one thinks of philosophy
as the love of wisdom, of wisdom as the grasp of truth, and of truth as the
accurate representation of an order that exists independently of human language
and human history, then may well doubt whether philosophy is possible.
Important twentieth-century intellectual movements
have denied the existence of such an order. I shall use the term “pragmatism”
to characterize this denial, because the alternative—“post-modernism”—has been
damaged by profligate overuse.
The quarrel between the pragmatists
and their predecessors that has emerged over the last hundred years is
something new. It gradually took shape as a result of attempts to resolve an
older quarrel—the one that Plato said was between the gods and the giants (that
is, between philosophers like Plato himself and materialists like Democritus).
That quarrel was about what the natural order is like, not about whether there
is such a thing. In what follows, I shall argue that Spinoza’s attempt to
overcome Cartesian dualism is the
beginning of a train of thought that eventually leads to pragmatism, and thus
to the replacement of the old quarrel by a new one.
Plato believed that grasping the
natural order of things can bring about blessedness—a kind of happiness of
which the animals are incapable, and which results from the realization that
something central to human beings is also central to the universe. Blessedness, in
this sense, consists in the realization that the intrinsic nature of the
universe is on our side.
The materialists also believe that
wisdom consists in the grasping of the natural order of things, but they think
that no comfort can be derived from contemplating this order. We can derive
practical, utilitarian profit from grasping the natural order, but we cannot
find consolation in doing so. Mechanistic materialism’s picture of the universe gives us only the sort
of cold intellectual satisfaction experienced by Euclid—the kind produced by
having successfully brought order to a confusing variety of apparently
unrelated items. It cannot produce a sense of harmony between human aspirations
and non-human things.
This quarrel was renewed in early modern philosophy when mechanistic accounts of the
natural order triumphed over Aristotelian hylomorphic and teleological
accounts. In this period, it is exemplified by the opposition between Hobbes
and Spinoza. Both men tried to come to terms with an account of the natural
order which seems to leaves no place for the kind of happiness that Plato
believed human beings might come to have.
Hobbes’s solution was that human
beings must use artifice to do what nature cannot do: they must construct a
second, political, order, in order to become less fearful and less miserable.
Politics, rather than philosophical contemplation, is our only recourse. But
Spinoza thought that the new, mechanistic, account of the natural order could
be reconciled with Plato’s ambition—the attainment of blessedness through
increased knowledge.
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