Alfonso Vázquez Salazar
No puede afirmarse
que Spinoza sea un pensador vitalista, sobre todo porque los supuestos teóricos
de los que parte esa corriente filosófica son, desde mi punto de vista,
contrarios a los que el filósofo judío de Ámsterdam sostiene en toda su
ontología o teoría del conocimiento.[1] Sin embargo, es posible indicar que hay
distintos puntos de conexión entre el pensamiento de Spinoza y el vitalismo que
han sido detectados por filósofos como Nietzsche o Bergson y que han sido
interpretados en la perspectiva de dicha corriente filosófica.
Igualmente, existe
una dimensión vitalista en el pensamiento de Spinoza en el sentido de que
siempre está presente una afirmación por la existencia y la vida del ser humano
y una radical concepción de la filosofía que atraviesa toda la Ética y que se condensa en
la afirmación de que “el hombre libre en nada piensa menos que en la muerte y
su sabiduría no es una meditación de la muerte, sino de la vida”.[2]
Por todo ello, más
que señalar las razones por las que Spinoza debiera ser considerado un filósofo
vitalista, plantearé mas bien la pertinencia de pensar un vitalismo o una
dimensión vitalista en el pensamiento de Spinoza que se expresa a través de su
teoría de la potencia y de su articulación con una teoría de la imaginación en
donde el hombre no yerra por el hecho de imaginar, sino alcanza un conocimiento
más vital por estar necesariamente unido al cuerpo.
Sobre esto, Spinoza
plantea en la Ética lo
siguiente:
Cuanto más apto es un cuerpo que los demás
para obrar o padecer muchas cosas a la vez, tanto más apta es su mente que las
demás para percibir muchas cosas a la vez; y que cuanto más dependen las
acciones de un cuerpo de ese solo cuerpo, y cuanto menos cooperan otros cuerpos
con él en la acción, tanto más apta es su mente para entender distintamente.[3]
Así, para Spinoza
cuanto es más apto un cuerpo para obrar o padecer, tanto más apta es su mente
para percibir y, de la misma manera, cuanto más acciones dependan de un solo
cuerpo sin ayuda de otros, tanto más apta es su mente para comprender de manera
clara y distinta. O sea, mientras más actúa o padece un cuerpo, más percibe la
mente; y mientras más se explica una acción a través de un cuerpo específico,
más claro y distinto es el entendimiento de la mente de ese cuerpo.
En ese sentido, la
afección de un cuerpo implica necesariamente una idea de esta afección en la
mente humana, ya que ésta se encarga de producirla a partir de lo que el cuerpo
experimenta, pero esta idea de la afección registrará tanto la naturaleza del
cuerpo afectado como la de aquel cuerpo que propició tal afección.
De esta forma, una
vez que uno o varios cuerpos hayan afectado a otro, la idea de esa afección que
concebirá la mente del hombre considerará a la naturaleza de ese cuerpo como
existente y presente, aunque ese cuerpo ya no se encuentre en ese momento: “la
mente humana considerará dicho cuerpo exterior como existente en acto, o como
algo que le está presente, hasta que el cuerpo experimente una afección que
excluya la existencia o presencia de ese cuerpo”[4].
