Ana
Carolina Patto Manfredini
Gilles Deleuze nació el 18 de enero
de 1925 y murió el 04 de noviembre de 1995. A los setenta años de edad se
arrojó del séptimo piso de su departamento en París. ¿Cómo pensar el suicidio
de Gilles Deleuze, aquél cuya filosofía insistió en la potencia vital en contra
de las pulsiones de muerte? ¿Contradicción en su último acto? ¿Incoherencia con
su pensamiento?
En su conocida entrevista de 1988
concedida a Claire Parnet – “Abecedario”, Deleuze habla de cómo su filosofía
del deseo, inaugurada con Félix Guattari en 1972 con la publicación de El
AntiEdipo, no era un elogio al espontaneísmo, al suicidio, a la fiesta o a
la locura. El autor considera que ambos fueron – él y Félix Guattari – muy
cuidadosos en este sentido, insistiendo en sus escritos que el problema del
deseo era un problema de constructivismo, es decir, de organización y de
producción de un agenciamiento colectivo positivo y experimental. No
faltan páginas en los autores advirtiendo el peligro de la experimentación con
las drogas y la intensidad. Construir un cuerpo sin órganos, un campo de
consistencia del deseo, exige toda prudencia [1]. Si así es, ¿cuál sería el sentido
del suicidio de Deleuze, si no es una contradicción con el cuidado e
importancia que siempre ha dado a los temas que implican una cuestión de vida o
muerte?
Preguntar por el sentido de ese
último acto, querer interpretar o explicar ese acto final de Deleuze nos
distanciaría de su filosofía, la cual insistió asiduamente en la crítica a la
interpretación. Una de las críticas que El Anti-Edipo hace al
psicoanálisis recae exactamente sobre el carácter interpretativo que esa
práctica promueve: el psicoanálisis se equivocaría en interpretar el
inconsciente; en la dimensión deseante de la producción no hay nada que
interpretar, el inconsciente no nos dice nada, siendo más una máquina de pura
producción que un lenguaje. Lo que se produce son otros signos,
a-significantes, que escapan a la interpretación y a la representación. Así, el
acontecimiento que fue la muerte de Gilles Deleuze es algo de carácter
extraño, incomprensible, algo que escapa a la comprensión inmediata.
Sin querer dejar espacio entonces a
la indiferencia, la alternativa que tenemos, a fin de evitar explicaciones,
interpretaciones o indiferencias, puede ser formulada de la siguiente forma:
¿qué podríamos contemplar esa muerte? Es esa la pregunta que hace el profesor
Luis Orlandi en un texto publicado tres meses después del suicidio de Deleuze.
De acuerdo con este filósofo brasileño, para Deleuze contemplar es cuestionar,
es problematizar. “La noción de problemático es justamente aquella ocupada por
Deleuze en su esfuerzo por evitar la reducción de la muerte a la ‘negación’ (…)
La muerte, dice él, ‘es, antes de todo, la última forma del problemático, la
fuente de los problemas y de las cuestiones, la marca de la permanencia’ de lo
problemático ‘arriba de toda respuesta, el ¿dónde? y ¿cuándo?’”. Lo que nos
interesa en esa contemplación es pensar la posible afirmación contenida en ese
último acto de Deleuze. “¿Si ‘toda afirmación se alimenta’ del enlace de lo
problemático y de la diferencia, podría ella, esa singular muerte de Deleuze,
estar participando de alguna afirmación?” [2].
Entre todos los caminos que uno
puede elegir para problematizar sobre el carácter afirmativo del suicidio de
Deleuze, encontramos en una de las últimas clases de su curso sobre Spinoza,
reflexiones muy precisas sobre el tema de la muerte. Es sobre esa clase de 17
de marzo de 1981 que trataré de problematizar su último acto.
