Mostrando las entradas con la etiqueta Agamben. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Agamben. Mostrar todas las entradas

08 mayo, 2019

LA LENGUA DE LA GLORIA

Giorgio Agamben

En 2006 la editorial italiana Neri Pozza publicó una edición bilingüe de la Ética de Baruch Spinoza. Además del texto latino y la traducción italiana de Gaetano Durante, incluye el siguiente prefacio de Giorgio Agamben que resulta decisivo para rastrear el lugar central de Spinoza en su filosofía, pero también para analizar la formación terminológica de uno de sus conceptos más importantes: la inoperosità, donde se vislumbra que el neologismo «inoperosidad» podría ser sustituido por una palabra más común en lengua castellana: el descanso que, como desactivación del cansancio de las obras, resulta más afirmativo que el simple reposo o, incluso, la pereza como antítesis simple y pasiva de la actividad del trabajo.


De la Ética hoy se encuentran disponibles en librerías varias traducciones italianas, pero ninguna con el texto original latino para confrontarse. No obstante, la filosofía tiene en común con la poesía el ligamen indisoluble y casi «musaico» que la liga a la lengua original (sin importar si es materna o adquirida). Y no solamente porque, como se ha dicho, la terminología —tan importante en filosofía— es algo así como el momento poético del pensamiento, sino también y sobre todo porque la operación que la filosofía lleva a cabo incumbe en primer lugar al lenguaje, es un camino en la lengua, a través de la lengua y hacia la lengua. Por esto leer la filosofía sin al menos la posibilidad de la confrontación con el texto al frente es simplemente imposible.

Es desde esta perspectiva como tenemos que considerar el latín de Spinoza, en apariencia tan dimitido y escolástico al que estudios recientes muestran abarrotado de sintagmas terencianos — por consiguiente cómicos y de registro bajo. Este latín no es de ninguna manera reducible a una lengua instrumental — la lengua de los doctos europeos, ciertamente más accesible que el portugués (quizá la lengua materna del filósofo, incluso si, en el Compendium Hebraicae linguae, parece darle prioridad en los ejemplos al recurso del ladino, el español hablado por los sefardíes) y que el holandés, también utilizado por Spinoza en el Breve tratado. Gilles Deleuze comparó una vez el latín de Spinoza con una «nave sin época», que sigue imperturbable el río eterno e incomparablemente sereno de su pensamiento. No es así (Deleuze mismo es quien lo sugiere). La lengua, en apariencia neutral, de la Ética tiene una relación de absoluta intimidad con la operación de pensamiento que en ella se lleva a cabo; operación de la lengua y operación del pensamiento no son, en realidad, de ninguna manera discernibles. Pero ¿de qué operación se trata?

Lo que define la operación más propia del pensamiento de Spinoza, su gesto característico, es que éste se asemeja singularmente a una inoperosidad, a un desactivar, a un aquietar. Spinoza mismo llama a esta operación inoperosa acquiescentia in se ipso y la define como «una alegría que nace del hecho de que el hombre se contempla a sí mismo y su potencia de actuar». Se ha sugerido que Spinoza podría haberse influenciado por Uriel da Costa, que a menudo usa el adjetivo descansada[1] a propósito del alma. Es más probable que en esta alegre contemplación de la potencia propia haya que entender un eco de la menujá judía, del descanso sabático de Dios luego de las obras de la creación. Ya Filón había observado que la inoperosidad (anapausis, Pablo dirá katapausis o sabbatismos) de Dios no significa simplemente inacción o apraxia, sino que indica una forma particular del actuar. Y es sabido que, en la interpretación rabínica, en el sábado se prohíben únicamente las obras productivas: una obra de destrucción pura estaría permitida. La verdadera fiesta no es inmovilidad y reposo; es, más bien, el gesto que desactiva y vuelve inoperosas todas las obras de los hombres. Spinoza llama «contemplación de la potencia» a una inoperosidad interna, por así decirlo, a la obra, una praxis sui generis que consiste en el exponer y volver inoperosa toda potencia de actuar y de hacer. Y esta inoperosidad, dice Spinoza, es la máxima felicidad que la mente puede alcanzar.

¿Cómo pensar, entonces, una acquiescentia in se ipsa de la lengua? Si trasladamos a la lengua la definición spinoziana, tendremos aquí una lengua que se contempla a sí misma y su potencia de decir. Una lengua en estado de menujá y sabatismo, que vuelve inoperosas y expone festivamente todas sus posibilidades de decir. El latín simple y escolástico de Spinoza (no por casualidad una lengua ya no hablada, como el hebreo) es esta lengua que ya no quiere decir nada, sino que contempla su potencia de decir. Como un templete en ruinas perdido en un paisaje deshabitado, ella no parece dirigirse a nadie ni solicita ser escuchada. Descansa en sí misma, beata.[2]

Por esto Spinoza puede escribir —con una intención polémica y, al mismo tiempo, irónica, de la que tal vez no se ha entendido todo su alcance— que la «aquiescencia»[3] no se distingue de la gloria (re vera […] acquiescentia a gloria non distinguitur). La «gloria» que está aquí en cuestión es el kabod de la tradición judía, el terrible y deslumbrante esplendor que acompaña las apariciones de yhwh en la Biblia. La mente y la lengua en estado de aquiescencia son «gloriosas», pero se trata de una gloria que ha perdido su carácter activo y tremendo y es ahora simplemente la aureola imperceptible que muestra su inoperosidad. El latín de la Ética es esta gloria.

Descargado de Artillería Inmanente.

Notas
1. Riposata, «reposada», en la nota de traducción de Agamben. En castellano también se cuenta con el adjetivo «descansada», lo que lo hace más exacto que riposata.
 2. Beata o bienaventurada. El estado de beatitud es para Spinoza idéntico a la suprema felicidad: el conocimiento de Dios. Cf. capítulo 4 de la cuarta parte de la Ética.
3. «Estar contento» es la traducción normalmente usada por los traductores castellanos. La idea de una inoperosidad queda así anulada.

27 abril, 2016

El ser inmanente como ‘pasearse’

Giorgio Agamben

En las obras de Spinoza que han sido conservadas, hay un solo pasaje en el que se sirve de la lengua materna de los hebreos sefarditas, el ladino. Es un pasaje del Compendium grammatices linguae hehraeae [Compendio gramatical de la lengua hebrea] (13), en el que el filósofo está explicando el sentido del verbo reflexivo activo, como expresión de una causa inmanente, es decir, de una acción en la que agente y paciente son una sola y la misma persona. Para aclarar el sentido de esta forma verbal […], el primer equivalente latino que da Spinoza, se visitare [visitarse], es claramente insuficiente; él lo especifica por lo tanto inmediatamente con la singular expresión: se visitantem constituere, constituirse visitante. Siguen otros dos ejemplos, cuyos equivalentes latinos (se sistere, se ambulationi dare) le parecen a Spinoza tan insatisfactorios que se ve obligado a recurrir a la lengua materna de su gente. Pasear, en ladino (es decir, en el español que los sefarditas hablaban en el momento de su expulsión de España), se dice pasearse (pasearse, en español moderno, se diría más bien: pasear o dar un paseo) (14). Como equivalente a una causa inmanente, es decir, a una acción referida al agente mismo, el término ladino es particularmente feliz. En efecto, presenta una acción en la que el agente y el paciente han entrado en un umbral de absoluta indistinción: el paseo como pasearse.

En el capítulo 12, Spinoza se plantea el mismo problema a propósito del sentido de la forma correspondiente al nombre infinitivo (el infinitivo en hebreo se declina como un sustantivo):

"Ya que a menudo ocurre que el agente y el paciente son una sola y misma persona, era necesario para los judíos formar una nueva y séptima especie de infinitivo, con la cual ellos expresarían la acción referida tanto al agente como al paciente, y que tendría, entonces, al mismo tiempo la forma de la voz activa y de la pasiva [...]. Fue pues necesario inventar otra especie de infinitivo, que expresara la acción referida al agente como causa inmanente [...] la cual, como hemos dicho, significa visitarse a sí mismo, o bien constituirse visitante y, finalmente, mostrarse visitante (constituere se visitantem, vel denique praebere se visitantem)". (15)

Es decir, la causa inmanente pone en cuestión una constelación semántica que el filósofo-gramático trata de aferrar no sin dificultad a través de una pluralidad de ejemplos (constituirse visitante, mostrarse visitante, pasearse) cuya importancia para la comprensión del problema de la inmanencia no debe ser despreciada. El pasearse es una acción en la que no sólo es imposible distinguir el agente del paciente (¿quién pasea qué?) y donde, por tanto, las categorías gramaticales de voz activa y pasiva, sujeto y objeto, transitivo e intransitivo pierden su sentido, sino también en la que medio y fin, potencia y acto, tacultad y ejercicio entran en una zona de absoluta indeterminación. Por esto Spinoza se vale de las expresiones «constituirse visitante, mostrarse visitante», donde la potencia coincide con el acto y la inoperosidad con la obra: el vértigo de la inmanencia es que ella describe el movimiento infinito de la autoconstitución y la autopresentación del ser: el ser como pasearse.

No es por casualidad que los estoicos se sirvieron justamente de la imagen del paseo para mostrar que los modos y los acontecimientos son inmanentes a la sustancia (Cleante y Crisipo se preguntan: ¿quién es el que pasea, el cuerpo movido por la parte hegemónica del alma o la misma parte hegemónica?) (16). Como Epicteto dirá más tarde con una invención extraordinaria: los modos de ser «hacen la gimnasia» (gýmnasai, donde hay que considerar etimológicamente también el adjetivo gymnós, «desnudo») del ser.

Tomado de Giorgio Agamben, “La inmanencia absoluta”, en Gabriel Giorgi y Fermín Rodríguez (comps.), Ensayos sobre biopolítica. Excesos de vida, Buenos Aires, Paidós, 2007, pp. 83-85.

Notas

13. Baruch Spinoza, Opera, Carl Gebhardt (editor), Heidelberg, C. Winters, 1925, vol. 3, pág. 361.
14. En castellano en el original.
15. Ibíd., pág. 342.
16. Véase Víctor Goldschmidt, Le synime stoicien et l'idée de temps, París, Vrin, 1969, págs. 22-23. Deleuze cita este pasaje en Logique du sens, 198.

04 diciembre, 2011

Giorgio Agamben et al: Democracia, ¿en qué estado?

Giorgio Agamben et al., Democracia, ¿en qué estado? Prometeo, Buenos Aires, 2010, pp.128.

"¿Qué es un demócrata, por favor? Esta es una palabra vaga, banal, sin sentido preciso, una palabra goma". Este problema fue planteado ya por Auguste Blanqui hace alrededor de un siglo y medio. No se espere encontrar aquí una definición de la democracia ni un manual, mucho menos un veredicto a favor o en contra. Los ocho filósofos que aceptaron participar en el tema sólo tienen un punto en común: rechazan la idea de que la democracia sea sólo el acto del sufragio popular repetido cada tanto. Por lo demás, sus opiniones son claras en sus diferencias, incluso contradictorias entre sí (lo que era previsible e, incluso, deseable). Parece, por último. que todo lo que ha de hacerse con la palabra "democracia" es no rendirse al enemigo en la lucha por este centro alrededor del cual se articula, desde Platón, en lo esencial, la mayor controversia política.

Indice: Nota preliminar sobre el concepto de democracia, por Giorgio Agamben. El emblema democrático, por Alain Badiou. El escándalo permanente, por Daniel Bensaïd. Hoy en día, somos todos demócratas, por Wendy Brown. Democracia finita e infinita, por Jean-Luc Nancy. Las democracias contra la democracia, por Jacques Rancière. Democracia en venta, por Kristin Ross. De la democracia a la violencia divina, por Slavoj Žižek.