Diego Tatián
Meditatio
vitae contra timor
mortis. En efecto, no encontraremos, antes de Spinoza, muchos antecedentes
de pensadores que hayan concebido a la filosofía como una ‘meditación de la
vida’; sin duda, en lo que concierne a esto es posible marcar una sintonía muy
especial con la tradición epicúrea y con Lucrecio en particular. Epicureísmo y spinozismo
encontrarán a su vez una articulación explícita con el llamado ‘neospinozismo’
del siglo XVIII, sobre todo en la obra de La Mèttrie. La crítica de los
remordimientos, de la tristeza y del carácter melancólico en general, los
revela como formas derivadas del ‘culto de la muerte’ que, desde muy antiguo,
la filosofía reconoce ser su ejercicio más eminente.
De cuño platónico, la idea de la filosofía como un ‘ejercitarse para
morir’ tiene tal vez su estación más significativa en el estoicismo romano,
desde la afirmación de Cicerón (autor que no podría ser considerado como un
estoico sin más pero cuyo pensamiento presenta sin duda una matriz estoica
importante), según la cual ‘la vida de los filósofos… es un comentario de la
muerte (comentatio mortis est)’,
hasta Epicteto (‘Que la muerte, el destierro y todas las cosas que parecen
terribles se presenten ante los ojos cada día, sobre todo la muerte…’), Marco
Aurelio (‘La perfección moral es esto: pasar cada día como el último’),
y --sobre todo-- Séneca. El estoicismo y el cinismo romanos son sabidurías de
vida –y de muerte-- a la vez que filosofías de resistencia a la tiranía de los
Césares.
Si bien es a la filosofía estoica como meditatio mortis que Spinoza pareciera contraponer la proposición
67 de E, IV según la cual ‘El hombre libre en nada piensa menos que en la muerte,
y su sabiduría no es una meditación de la muerte sino de la vida (non mortis, sed vitae meditatio est)’,
la demostración subsiguiente matiza la oposición. ‘Un hombre libre –dice Spinoza
allí--… no se deja llevar por el miedo a la muerte (Homo liber… nortis Metu non ducitur)’, lo cual es también una idea
eminentemente estoica. La liberación del miedo a la muerte mediante la meditatio vitae en Spinoza, a través de
la meditatio mortis en el estoicismo,
es el objetivo común y acaso lo sea de toda filosofía. Si el estoicismo es un ars moriendi, lo es sólo en la medida en
que coincide con un ars vivendi. Por
esto habla Epicteto, respecto a las promesas de la filosofía, de una téchne peri bion, esto es de un ‘arte de
la vida’, y también de una epistéme peri
bon, de una ‘sabiduría de la vida’. El ars
moriendi estoico no es una libido
moriendi, ni tiene vinculación alguna con el ‘muero porque no muero’
teresiano, fascinación por la muerte que en la cultura filosófica contemporánea
tiene acaso su exponente mayor en el pensamiento de Georges Bataille. La
meditación estoica de la muerte deberá más bien ser comprendida como un
ejercicio de libertad frente a los poderes, internos y externos, a los que nos
hallamos sometidos, esto es, como una condición para desatemorizar la vida.
El solitario filósofo de Amsterdam, por su parte, tiene como blanco la
existencia supersticiosa y las formas múltiples de su funcionalidad política:
la promoción del temor, la melancolía, la tristeza, la inseguridad, que
convergen en una inhibición de la potencia –siempre susceptible de ser
considerad y ejercida en un sentido político— merced a un poder cuya eficacia
no deriva tanto de su propia materialidad como del miedo, la ignorancia, la
impotencia y el consentimiento de aquéllos sobre los que se ejerce. Liberarse
es meditar la vida porque, en última instancia, es dejar de temer la muerte.
Meditar la vida no significa aquí otra cosa sino un amor mundi manifestado en un conocimiento que obtiene su forma
plena cuando se atiene a las res
singulares; así, ‘cuantas más cosas conoce el alma conforme al segundo y al
tercer género de conocimiento, tanto menos teme a la muerte’ (E5p38).
