3 de julio de 2013

Ladino

Diego Tatián

Se ha conjeturado muchas veces, a partir de un escueto comentario transmitido por Bayle como única fuente de prueba (aunque luego reproducido por Colerus, Lucas, Stolle-Hallmann, Van Til, etc.), que un texto de descargo ante el tribunal rabínico compuesto por Spinoza al ser excomulgado --conocido como Apología para justificarse de su abdicación de la Sinagoga—habría sido escrito en español. Pero lo cierto es que el documento, si existió, jamás pudo ser hallado. Siendo así, las únicas tres palabras en la lengua de sus ancestros que es posible encontrar en toda la obra de Spinoza, constan en el capítulo XX de Compendium gramatices linguae hebreae dedicado al verbo reflexivo activo. Allí, su autor, escribe el término hebreo, luego su correspondiente en latín, y finalmente, entre paréntesis, el equivalente en castellano: ‘hythyasseb, se sistere (Hispanicè: pararse), hithal-lek, se ambulationi dare (Hispanicè: pasearse, andarse)’. La lengua española pareciera pues estar indicada aquí como más fluida que la latina para comprender el reflexivo activo del hebreo. En La potenza del pensiero, Giorgio Agamben se detiene en este pasaje para reflexionar acerca de las posibilidades expresivas que encuentra en el lenguaje el hecho ontológico en virtud del cual quien afecta y quien es afectado por una acción no son distintos, y mostrar en la estructura misma de la lengua –en particular del ladino—el ‘vértigo de la inmanencia’  y el ‘movimiento de la autoconstitución y la autopresentación del ser’.

¿Por qué motivo Baruch Spinoza no redactó su obra en español –en el español de los judíos, que emplearon Menasseh ben Israel, Abraham Pereyra y los cabalistas de Ámsterdam, y al que despectivamente se designaba con la palabra ladino?

En una carta que debió escribir en holandés –lengua que dominaba aún menos que el latín—por el hecho de no saber si su interlocutor conocía alguna otra, Spinoza habla de la dificultad para escribir en lenguas adquiridas y de su anhelo de poder hacerlo en ‘la lengua en que me he educado’, alusión que presumimos menta al español –aunque tal vez se refiera al portugués, pero es menos probable, pues en la biblioteca del filósofo no hay siquiera un solo libro en esta lengua. Mucho me gustaría –le escribe Spinoza a Blijenbergh-- poder escribir en la lengua en que me he educado, porque quizá pudiera así expresar mejor mis pensamientos. Pero sírvase tomar esto a bien, y corregir usted mismo las faltas.

El español era la lengua obligatoria en Ets Haim --donde el pequeño Baruch fue ‘educado’-- y en la que a su autor, tal vez, le ‘hubiera gustado’ redactar la Ética, de no haber sido por el hecho de que sus destinatarios no eran –o no sólo-- los miembros de la comunidad que lo había expulsado. Meinsma cree poder afirmar que, aunque escribía en latín, Spinoza pensaba en español. Si esto es así, si la Ética es un libro que fue pensado en español, debe entonces ser considerado una traducción, de la que el original se ha perdido para siempre.

Diego Tatián, Baruch, La Cebra, Buenos Aires, 2012, pp. 13-14.