29 de julio de 2013

Sibolet

Diego Tatián

Un sábado de 1640, el hombre entró en la Sinagoga llena de gente –‘que había ido como para un espectáculo’--, subió a un estrado, y leyó el escrito redactado por las autoridades rabínicas. En él confesaba que era ‘digno mil veces de muerte’ y se comprometía a no reincidir en las iniquidades y crímenes que había cometido, como la violación del Sabbat y la inobservancia de la Ley. Acabada la lectura lo hicieron desnudarse. ‘Hícelo hasta la cintura, me até entonces un lienzo en torno a la cabeza, quitéme los zapatos y extendí los brazos, agarrándome con las manos en una especie de columna’. Un portero procedió a atárselas con una cuerda, y luego a propinarle treinta y nueve azotes en la espalda (‘pues está en la Ley y que no debe excederse el número de cuarenta’). Entre azote y azote se cantaban salmos. Tras el castigo, el hombre debió postrarse en la puerta del templo para que todos salieran ‘levantando un pie por la parte inferior de mis piernas; y esto hicieron todos, tanto niños como ancianos’. El final del relato es lacónico: ‘acabado todo, cuando ya no quedaba nadie, me quité el polvo, salí y volví a casa’.

A los pocos días de este hecho y luego de haberlo relatado en su Exemplar humanae vitae, Uriel da Costa –cuyo nombre de cristiano nuevo había sido Gabriel—se pegó dos tiros. En el primero falló. En el segundo, no.

Uno de los niños que ese sábado salió de la Sinagoga levantando su piecito por encima del humillado, tenía ocho años y se llamaba Baruch. Aunque cantaba, como todos, los salmos aprendidos en Ets Haim, habrá visto lo que sucedía con un dejo de angustia, extrañando el brazo de Hannah Deborah. Además de liturgia, en Ets Haim el pequeño Baruch aprendía hebreo. Llegaba ahí todas las mañanas a pie, desde su casa frente al canal de Houtgraecht en el barrio de Waterlooplen [….]

Muchas cosas sucederían en la intensa vida breve de Spinoza, pero jamás olvidaría el hebreo aprendido en la infancia con los mismos maestros que lo excomulgaron pocos años después. Dos obras para siempre inconclusas escribía al momento de morir; una de ellas, el Tratado
político, no deja de cobrar importancia en la discusión filosófica. La otra, prácticamente desconocida, es un Compendio de gramática de la lengua hebrea. Ya debilitado por la tuberculosis, el filósofo, que en sus últimos años vivió en La Haya, destina sus preciosas horas finales a la composición de una gramática hebrea, a la rara atención por una lengua adquirida que no fue la de sus mayores –quienes consideraban sagrado el español--, sino la de judíos de otras partes y otros tiempos, que la fueron perdiendo en medio de ‘calamidades y persecuciones’ historicopolíticas. Lengua que se pierde por la desgracia, pero también por el descuido en lo que ahora él, Spinoza, pone sumo cuidado [….]
 
Página del Escamoth, libro de los reglamentos y ordenanzas, de la comunidad judío-portuguesa Ets Haim donde aparece la anulación del nombre de Baruch Espinoza (1656).

Quizá Spinoza tampoco olvidó, nunca, la humillación de Uriel en la que tomó parte siendo niño. Y quizá también hay un secreto vínculo entre esa infancia, la memoria vaga de un rostro al que vio por última vez aquel sábado de 1640, ya desvanecido por el tiempo, y la piedad por una lengua amenazada. Reliquia de esa encrucijada de la muerte y la lengua –reliquia, también, de la muerte en la lengua--, una gramática puede haber sido ofrenda de amistad, o tardío estallido en el final de la vida de un pasaje (está en Jueces, 12, 5-6) en el que alguna vez pudo haberse detenido con tembloroso asombro el precoz aprendiz de hebreo: ‘Y los galaaditas tomaron los vados del Jordán a los de Efraín; y aconteció que cuando decían los fugitivos de Efraín: Quiero pasar, los de Galaad le preguntaban: ¿Eres tú efrateo? Si él respondía: No, entonces le decían: Ahora, pues, dí Shibolet. Y él decía Sibolet, porque no podía pronunciarlo correctamente. Entonces le echaban mano y lo degollaban junto a los vados del Jordán. Y murieron entonces cuarenta y dos mil efrateos’.

Spinoza nunca fue viejo. Cuando se ocupaba en la gramática del hebreo ya había escrito sin embargo todos sus libros, y pensaba en los muchos dialectos perdidos para siempre en los que fueron redactadas las Escrituras –tal vez pensaba también en los cuarenta y dos mil efrateos degollados apenas por la pronunciación de una consonante, que había leído en ese desolador pasaje del Antiguo Testamento hacía mucho tiempo. ‘La letra es el signo de un movimiento de la boca que provoca que se oiga cierto sonido’, dice en el comienzo la gramática spinozista. Y aclara que para los hebreos las vocales no son letras sino las ‘almas de las letras’, y en cambio las letras sin vocales –como la que dificulta la pronunciación de la palabra shibolet-- son ‘cuerpos sin alma’.

Siempre en la primera página de su Compendium, Spinoza escribe –para que todo sea ’más fácilmente comprendido’—que la lengua hebrea es como una flauta donde las vocales son la música misma y las consonantes los agujeros pulsados por los dedos. Las muchas generaciones que habían hablado hebreo como si se tratara del sonido de una flauta no tomaron los recaudos que requiere la muerte. Esto sin embargo no lo escribió; en cambio sí escribió abruptamente: ‘Pero de esto ya es suficiente’ (Sed de his fatis), como si se hubiera forzado a abandonar el tema para no sucumbir a la melancolía [….]

Diego Tatián, Baruch, La Cebra, Buenos Aires, 2012, pp. 27-30.

2 comentarios:

Erick dijo...

Hola maestro Alfredo, soy Erick Sepúlveda; ¿De casualidad tiene este libro en pdf? Lo he buscado mucho y no he logrado encontrarlo, ni siquiera en librerías.

Saludos.

Alfredo Lucero-Montaño dijo...

Hola Erick,

Espero te encuentres bien. No tengo el libro en Pdf, pero en la Librería El sótano tienen varios libros de Tatián, entre ellos 'Baruch'. Puedes ordenarlo a través de la página web, el costo de la mensajería es muy razonable, ofrecen varios métodos de pago y el servicio es muy eficiente. En una semana tendrías en tus manos el libro. Saludos.