4 de marzo de 2013

Pierre-François Moreau: Spinoza. La experiencia y la eternidad

Eugenio Fernández García

MOREAU, Pierre-François. Spinoza. L’expérience et l’éternité, Paris, Presses Universitaires de France, 1994, 612 pp.

Por la novedad del tema, la magnitud de la documentación que maneja, el rigor de sus análisis y el alcance de las perspectivas que abre, este libro marca una inflexión importante en el panorama de los estudios spinozistas.

Guiado por el lema «rentimus experirnurque nos aeternos esse» (E 5p23s), se propone «reevaluar el estatuto de la experiencia en el pensamiento spinozista» (p. v). Noción descuidada por los estudiosos, está, sin embargo, presente a lo largo de su obra y es crucial en la trayectoria que va del comienzo del T.I.E. [Tratado de la reforma del entendimiento] al final de la Ethica. Siguiendo sus huellas, Moreau lee a Spinoza a la letra, compone una excelente monografía y ofrece una nueva visión de su obra y de lo que es un sistema filosófico.

Habitualmente se reduce la lógica spinozísta a su orden geométrico, de manera que el proceso experiencial queda reducido a sustituto pedagógico de aquel o a indicador de fallas de la razón. P.F. Moreau asume que se trata de un sistema cuyo modelo de inteligibilidad es matemático, pero para explicarlo recurre no sólo al análisis estructural, sino también a la historia de la recepción que hace aparecer las diversas posibilidades lógicas que animan el sistema, y a los micro-análisis de las diferencias que, a partir de un punto crucial, indican puntos de torsión. Ahí adquiere toda su importancia «la imbricación de lo geométrico y lo experiencial» (p. v). Justamente porque la filosofía de Spinoza es una arquitectura de razones, la pregunta decisiva es cómo se constituye el sistema y no sólo como se organiza (p. 556). La convicción, acertada, de que su inteligibilidad radica en sus estructuras, lleva, como sucede en Gueroult, a hacer desaparecer «lo real común” ya reducir los elementos de las ciencias, la política, la religión…, a periferia fugitiva de los sistemas. Siguiendo la tradición de Bachelard, Canguilhem, Belaval, Desanti..., Moreau escoge a Spinoza, prototipo de racionalismo, para mostrar el carácter constituyente de las relaciones de un sistema con «su exterior». El spinozismo, como las demás filosofías, recoge experiencias prefilosóficas, problemas, lenguajes... con los que elabora su sistema. De su capacidad de construir en ese espacio común depende, además, su capacidad de convencer. La experiencia da cuenta de ese punto de intersección y principio de construcción. Por eso, «la experiencia no es la periferia; es el punto por donde lo exterior está en el interior» (p. 558). Siguiendo su hilo conductor, Moreau hace una genealogía del sistema.

La obrase estructura en tres partes. La 1ª trata del «itinerario de la filosofía» y lleva a cabo (en 190 págs.) un estudio extraordinariamente detallado del prólogo del TIE. La 2ª, sobre «la determinación y campos de la experiencia», delimita qué es y qué funciones cumple experiencia, y analiza tres campos especiales en los que opera: el lenguaje, las pasiones y la historia. La 3ª, sobre «la experiencia de la eternidad», reconstruye desde la problemática de E5 la semántica de ese término en sus diversos aspectos. En la conclusión ofrece una síntesis de «la constitución del sistema spinozista». El volumen se cierra con una bibliografía minuciosa de 52 pp. y un índice de nombres propios.

Presente en la primera línea, la experiencia organiza ese texto de extraordinaria intensidad que es el prólogo del TIE. Ella recoge lo que cada uno vive, lo que ha visto vivir a los demás y lo que la tradición recibe de todos y nos transmite. Adoptando la forma de un relato de conversión, Spinoza elabora una autobiografía singular que lo es de todo el mundo porque la experiencia es el terreno común. Relato dramático, en el que aflora «el tono trágico del spinozismo» (p. 24), de la experiencia incierta de enredo entre los bienes perecederos, que no son falsos pero sí engañosos con respecto al verdadero y soberano bien. La búsqueda de lo útil propio, en virtud de la heurística de la ocasión, la dialéctica de la limitación y la lógica de la anticipación, señalan la salida de ese laberinto. No se trata de retórica destinada a desvanecerse en el sistema, sino de un itinerario que introduce en él. La exhortación a la filosofía es un verdadero compromiso hacia ella. El narrador desde su debilidad, en el claroscuro y avanzando de crisis en crisis, se encamina hacia su verdadero bien y cambia la vida.

El último cap. de la 1ª parte muestra que la experiencia no es un círculo infernal expulsado de círculo lógico, sino que constituye el comienzo del filosofar, aunque no sea el fundamento de la filosofía. No obstante y a pesar del alcance del experientia docuit, ésta muestra en TIE y en los escritos del mismo período KV [Tratado breve] y PPhC [Principios de filosofía de Descartes], una estrechez que conduce a afirmar la necesidad de su propio fin. Moreau relaciona esa debilidad con la «ausencia del concepto de conatus» (p. 219), que explica el inacabamiento de esa obra.

Contra la mayoría de los intérpretes sostiene que la experiencia juega roles decisivos también en la obra madura de Spinoza. Para mostrarlo revisa la interpretación de la escuela de V. Cousin y Saisset y establece una clara delimitación. No se trata de la «experiencia vaga», de la experimentación física, ni de la experiencia mística. Su compleja identidad se explicita en sus funciones: a) Confirmativa o sustitutiva, que enseña de otra manera lo que el orden geométrico ha demostrado. b) Constitutiva, que prolonga las leyes de la naturaleza en la red de las cosas singulares, cuando la definición no es suficiente y necesitamos de ella para afirmar la existencia, las relaciones de fuerza etc. c) Indicativa, que determina a la mente a pensar y orienta la búsqueda de explicaciones.

Es notorio el interés de Spinoza en el análisis del lenguaje y su empeño en constituir una lengua filosófica. Pues bien, la experiencia tiene en este campo una presencia destacada. El uso resulta determinante en el vocabulario, la gramática o la retórica; y no por fallo de la razón, sino por su conexión con el uso de la vida. Así, al explicar el orden de los afectos y buscarles nombres adecuados, Spinoza constata que hay más pasiones que nombres y que algunas pasiones reciben varios nombres, pero en vez de hacer tabla rasa del lenguaje común e inventar uno nuevo (tentación del «imperio en el imperio»), reconoce que ese lenguaje condensa la experiencia y tiene un orden propio que es preciso conocer para transformarlo en instrumento quasi-conceptual. En consecuencia, el uso no es arbitrario sino que tiene densidad histórica y resulta regulador.

En el campo de las pasiones destaca la importancia de «consultar la experiencia» (E3p32s) y no explicarlas sólo según el orden prolijo de los geómetras. Del magnífico estudio de Moreau cabe subrayar los análisis de sus funciones confirmativa y constitutiva. Esta se articula en torno a la individualidad y ofrece una 1ª explicación del ingenium, completada luego con el estudio del ingenium de los pueblos. La explicación de la función de las pasiones en la constitución del Estado incluye una interesante interpretación, en contraste con Hobbes, del estado y el derecho natural, que llevan a «salir de la geometría del pacto»  y a pensar las identificaciones individuales y colectivas que aquel enmascara (p. 465).

La historia suele presentarse como campo de la fortuna, figura del poder puro de la exterioridad, y de hecho Spinoza la vincula a la superstición y la servidumbre. Según Moreau se trata de «la figura que toma la experiencia cuando se aplica a la historia» (p. 468). Elaborar una teoría crítica de la fortuna es para Spinoza escapar a ella y a la circularidad de la historia, y hacer valer el carácter propio de la experientia sive praxis y de la virtud.

La frase «sentimus experimurque nos aeternos esse», tan célebre como poco explicada, indica para unos la superación de la razón, para otros la recaída en la irracionalidad y para otros carece de significado. A juicio de Moreau esa incomprensión se debe al desconocimiento del registro en el que se inscribe. Para reconstruirlo adopta como principio la univocidad del léxico de la experiencia. Explica la «semántica de la eternidad» vinculada a la de necesidad. Distingue las verdades eternas o conocimiento de las cosas como necesarias y las cosas que son eternas en virtud de una necesidad interna que basta para hacer existir. El sentimiento de eternidad no se confunde con la inmortalidad ni con una perspectiva de conocimiento. Su función precisa es testimoniar la presencia en el seno de cada hombre de la conciencia de una necesidad que puede orientarlo hacia las formas más potentes de esa necesidad. La experiencia de eternidad incita, dentro de una ontología de la finitud positiva, a pasar de un sentido absoluto o pobre de la eternidad a otro diferencial propio de los modos finitos que se aproximan a la plenitud de la razón. ¿Una experiencia constituyente, propia del tercer grado de conocimiento?

Concluyendo, Moreau descubre a la largo de la obra de Spinoza un «orden experiencial» irreductible al geométrico, que hace legible un universo y vuelve coherente lo que parecían incoherencias, ilustraciones… dispersas. Esta experiencia no se opone a la razón, sino que es un modo de intervención allí donde la razón no tiene acceso directo, de manera que el spinozismo es racionalismo absoluto precisamente porque apela a la experiencia. Además Moreau establece un criterio, «el estatuto de la experiencia se desarrolla en la historia del sistema paralelamente al de la potencia» (p. 556), que puede valer de guía para continuar la investigación, incluso para reexaminar el trabajo de P.F. Moreau.

Eugenio Fernández García, en Boletín de bibliografía spinozista, no.1, en Anales del Seminario de Historia de la Filosofía, no.13, UCM, Madrid, 1996, pp. 335-337.