11 de marzo de 2013

Hegel ante Spinoza: El interés de un «malentendido»

Eugenio Fernández García

El encuentro con la interpretación hegeliana de Spinoza constituye una sorpresa. Se trata, en efecto, de una lectura desconcertante. Hegel pasa de la admiración al desprecio con osadía temeraria.

Spinoza constituye, junto con Aristóteles y Kant, la trinidad de maestros de Hegel. Aristóteles como inspirador, Kant como contraste crítico, Spinoza como punto de partida. No se trata sólo de estimación subjetiva; la sección central de la Ciencia de la lógica sobre la «Wirklichkeit» es toda ella un diálogo con Spinoza. Lo de menos es allí la nota marginal, aun siendo todo un indicio de su urgencia por marcar sus diferencias y originalidad, nada evidentes al parecer. Lo que está en juego es la elaboración de una categoria clave de su sistema.

Se ha acudido con frecuencia a la fórmula: Hegel = Spinoza + Fichte o mejor, como él mismo creía, su idealismo absoluto es la superación del idealismo subjetivo de Fichte y el objetivo de Schelling, tras el cual veía a Spinoza. Si Hegel ya no es idealista en sentido estricto, es justamente en la medida en que es spinozista. Por extraño que parezca, el camino de Kant a Hegel pasa por Spinoza. Verdad ésta que ha dado lugar al siguiente tópico: el sistema de Hegel es spinozismo dialectizado.

El propio Hegel ha reconocido su valoración sin ambigüedad: «Spinoza es tan fundamental para la filosofía moderna que bien puede decirse: quien no sea spinozista no tiene filosofía alguna». No existe alternativa a Spinoza porque con él, el saber ha logrado el nivel especulativo imprescindible para su desarrollo. Spinoza ha superado el dualismo, remontándose hasta concebir la realidad absoluta como unidad que incluye las diferencias. Con él se anuncia la aurora de la plenitud de los tiempos filosóficos.

«Hay que reconocer, pues, que el pensamiento no tuvo más remedio que colocarse en el punto de vista del spinozismo; ser spinozista es el punto de vista esencial de toda filosofía. Pues, como hemos visto antes, cuando se comienza a filosofar, el alma tiene que empezar bañándose en este éter de la sustancia una, en el que naufraga todo lo que venía teniéndose por verdad. Esta negación de todo lo particular a que necesariamente tiene que llegar todo filósofo es la liberación del espíritu y la base absoluta sobre la que este descansa».

De este modo, el «perro Spinoza» denostado durante siglo y medio, rescatado ya de su oscuro rincón histórico, es convertido en contemporáneo de todo comienzo del verdadero pensar como fundamento y crítica liberadora. Esta admiración adquiere toda la tensión de su fuerza cuando Hegel reconoce en Spinoza el reto del adversario íntimo con el que tiene que medirse para alcanzar su propia talla filosófica. Adversario que sólo puede ser vencido integrándolo en el propio sistema: «La verdadera refutación tiene que penetrar en la fuerza del adversario, y colocarse en ámbito de su vigor; el atacarlo fuera de él mismo, y sostener sus propias razones donde él no se halla, no adelanta en nada el asunto. Por consiguiente, la única confutación del spinozismo puede consistir sólo en que su punto de vista sea, primeramente, reconocido como esencial y necesario; pero que, en segundo lugar, este punto de vista sea llevado a partir de sí mismo hacia un punto de vista más elevado».

Hegel parece haber tomado en serio a Spinoza, y esboza una estrategia de confrontación leal. En el reto reconoce que necesita del adversario, y de su debilidad saca fuerza para superarlo. En tal lid, cualquier desnaturalización de la doctrina del contrincante significa la descalificación de sí mismo, por incapacidad para superarla. Se trata de avanzar realmente, no de derribar molinos de viento. Justamente por ello sorprende la facilidad con que Hegel recurre a su esquematismo evolutivo y se refugia en el supuesto cómodo de que, por previos, todos los demás son momentos encaminados a la síntesis superadora que es su propio sistema. Este presupuesto articula la mayoría de sus criticas a Spinoza, reductible a la fórmula: si... pero todavía no.

«La sustancia absoluta es la verdad, pero no es la verdad entera...». La trayectoria seguida por Spinoza es indudablemente certera, pero la proposición individual es falsa. «La sustancia es absoluta unidad del pensar y del ser contiene por ende al pensar mismo, pero lo contiene sólo...» «La exposición que Spinoza hace de lo absoluto es, por cierto, completa (...) pero estos tres están solamente enumerados uno después del otro».

La sorpresa se convierte en provocación cuando Hegel pasa de estos tanteos indecisos a la descalificación global: «Y como todas las diferencias y determinaciones de las cosas y de la conciencia no hacen sino reducirse a la sustancia una, cabe perfectamente afirmar que en el sistema spinozista todo es arrojado a este abismo de la negación»”. Resulta que a ese spinozismo que sólo podía ser superado desde dentro y hacia adelante, le faltan los conceptos decisivos: El pensar dialéctico, la libertad, el principio de la subjetividad, la personalidad, la vida, el devenir, la forma infinita, el Espíritu. La pretendida plataforma necesaria para emprender el vuelo, se hunde ahora en el vacío de la indeterminación. La luminosidad radiante de Spinoza se pierde en la noche de la abstracción, por esa extraña ironía del destino según la cual vemos tan poco a plena luz como en la oscuridad completa. Hegel, recordando el viejo emanacionismo, compara el absoluto spinozista con la luz que se ilumina a sí misma y ante la cual todo lo demás palidece. A partir de ella: «la expansión está considerada como un acontecer, el devenir sólo como un progresivo perderse. Así el ser se oscurece cada vez más, y la noche, lo negativo, es lo último de la serie, que ya no vuelve a la primera luz». La sustancia de Spinoza se desvanece hasta quedar convertida en «la noche donde todos los gatos son pardos».

Arriesgando un juicio más, Hegel reduce el absoluto de Spinoza al Ser uno, inmóvil, inerte e insensible: «Tal es en su conjunto la idea spinozista, es, en el fondo, lo mismo que el δν  de los eléatas». Pero no se detiene ahí esta cascada de reducciones que descalifican por sí mismas. En la Enciclopedia escribe: «Era Spinoza, por su nacimiento, judío, y es en general la intuición oriental, según la cual todo ser finito no es sino un ser mutable y pasajero, la que ha hallado en su filosofía su expresión racional». No es que Hegel desprecie la intuición oriental de la identidad absoluta; piensa que es una matriz estéril hasta no ser fecundada por el principio occidental de la individualidad y la diferencia. Por eso se permite retrotraer estas asimilaciones abstractas hasta las religiones orientales para las cuales lo finito es tan frágil y menesteroso que se diluye en la sustancia, y los individuos son tan oscuros que desaparecen en el fondo inconsciente de la infinitud. Expresamente asimila el spinozismo con el panteísmo hindú y su sentido de lo «sin medida».

¿Qué le ha sucedido a Hegel con Spinoza, para que su proyecto de refutación-superación desde dentro, se haya convertido en descalificación exterior y genérica? Parece como si Spinoza hubiera despertado en él todo su horror a la infinitud informe y misteriosa, como si la plenitud del Ser se tornase amenaza de aniquilación para los sujetos. Paradójicamente el racionalista más radical y secularizador, recibe de Hegel el mismo exorcismo que la teología negativa y el irracionalismo romántico. El extremo de este rechazo aparece en el cinismo de una alusión: «Spinoza murió (...) víctima de la tuberculosis que desde hacía mucho tiempo venia minando su organismo; fue una muerte muy a tono con su sistema en el que todo lo individual y lo particular desaparece en la sustancia una».

Dentro de este marco Hegel va diseñando su interpretación crítica de los puntos básicos del sistema spinozista. El resultado es una imagen claramente deformada, una caricatura. M. Guéroult lo ha denunciado con toda claridad:

«Cette interpretation, dont on trouve déjá le principe chez Fichte, vise à assimiler Spinoza et Schelling et à  leur adresser les mémes critiques, malgré que celui-ci, de son propre aveu professe, à bien des égards, le contraire. De ce fait, elle substitue au spinozisme réel un ensemble de concepts qui lui sont étrangers».

Queda apuntado uno de los motivos de esa deformación; lo que ahora importa destacar es que la interpretación de Hegel ha merecido los calificativos de: «affabulation», «extraordinaire malentendu», «formidable méprise». Tal tergiversación tiene una consecuencia importante para la historia de la filosofía: la interpretación hegeliana de Spinoza «n’intéresse directement que l’historien de l’hegelianisme, et ne concerne l’historien du spinozisme...».

Atribuir esta tergiversación a la mala voluntad de Hegel resultaría, además de inútil, ingenuo. Igualmente carecería de interés enumerar las deformaciones que Hegel proyecta sobre Spinoza. Es bien conocida su falta de rigor en la reconstrucción de la historia; pero esa «libertad» le ha permitido sacar de los sistemas del pasado unas significaciones insospechadas y vivas de nuevo. En concreto, si hoy podemos leer a Spinoza como pensador contemporáneo, se debe en buena medida a la mediación de Hegel. De ahí el interés por descubrir lo que dicha mediación descubre y lo que oculta, que, en definitiva, significa estudiar nuestras posibilidades de una interpretación más fecunda. P. Macherey lo ha dicho de forma gráfica:

«Entre Spinoza et nous il y a Hegel, qu’il s’interpose ou intercéde».

Interesa, pues, la interpretación hegeliana tanto por lo que tiene de superación critica como de malentendido sospechoso. En efecto, el interés de Hegel por asumir y superar a Spinoza persiste toda su vida, pero sintomáticamente funciona como desafío. Parece como si Hegel hubiera encontrado en el spinozismo algo indigeribie, una resistencia irreductible a su propio sistema, y ante esa amenaza intentara protegerse desvirtuándola:

«Tout se passe comme si Hegel s’était donné les moyens de construiré une interpretation du spínozisme qui lui permette d’en ignorer la leҫon essentielle, en tant que celui-ci justernent a quelque chose á voir ayee son propre systéme».

Entre Spinoza y Hegel existe una tensión que nos interesa por ser la que nos da que pensar y nos impulsa hacia adelante. Caeríamos en una tentación fácil si supusiéramos que todas las diferencias entre ambos se reducen a los condicionamientos de sus épocas respectivas. El conflicto afecta al núcleo de ambos sistemas: Hegel echa en falta en el spinozismo los conceptos fundamentales del saber verdadero pero, a su vez, fracasa en el intento de refutación interna; para poder asimilarlo lo somete a un esquema artificial, y para superarlo lo descalífica en virtud de un criterio evolutivo expresamente rechazado por Spinoza. El hecho de que no fuera posible el acuerdo, nos muestra las dos filosofías en toda su consistencia y nos invita a una lectura abierta, no reduccionista. Planteada así, la revisión de la crítica de Hegel a Spinoza puede ser un buen camino para comprender a ambos en sus contrastes.

Eugenio Fernández García, 'Hegel ante Spinoza: un reto', en LogosAnales del seminario de metafísica, no. 16, UCM, Madrid, 1981, pp. 31-88.