1 de febrero de 2012

Tomás Abraham: Spinoza y la New Age

La gran revolución teórica respecto de la lectura de la filosofía de Spinoza ha sido la que llevó a cabo Gilles Deleuze. Escribió dos libros sobre su pensamiento y dictó durante años clases sobre el tema en la Universidad de Vincennes, que pueden ser leídas en la web y en ediciones piratas, entre ellas la de la editorial Cactus.

Deleuze no rescata al filósofo maldito, al desterrado, al rebelde. Rescata la literalidad del mismo nombre de Spinoza, Baruch, Bendito, lo considera un ángel de la filosofía, un hombre de una imaginación conceptual sin igual, el constructor de una ontología plena de vitalidad, humor, y alegría de ser.

Leer la ética spinozista lo hace feliz. Son cosas de Deleuze, cosas que a veces también pueden ser nuestras y que nos permiten compartir su felicidad. Sucede lo mismo cuando nos dice que Kafka reventaba de risa cuando leía sus relatos a sus amigos, ese Kafka que ha sido ungido como el gran interpretador de la culpa judía, de la burocracia staliniana, y de la alienación existencial.

Jamás me reí con Spinoza, pero detengámonos un momento. La risa a la que se refiere Deleuze no es la misma que explota en nosotros con Abbot y Costello. Es otra risa. Tampoco es la risa trágica del dionisismo de Nietzsche. Pretende ser una alegría tranquila, nada tiene del tono vindicatorio y exaltado del síndrome maníaco-depresivo del alemán.

El sello con el que firmaba Spinoza decía “caute”, prudencia, el Spinoza-Caute, fijado por el lacre puede ser un “cuidado con las espinas” según interpretan algunos lectores el humor de Spinoza. Benny el espinoso.

Con Deleuze navegamos por el océano spinozista. Su filosofía se edifica frente al templo de Salomón y su muro de los lamentos. Spinoza arremete contra la filosofía de la trascendencia. Contra el platoninismo y las filosofías binarias que al separar la luz de las sombras, mandaron el cielo arriba y a nosotros abajo.

Una división cuya resonancia es ética, el socratismo, la unión entre conocimiento y felicidad a costa del caos sensible y de la esclavitud pasional, o sea, el cuerpo.

Spinoza es el filósofo de la inmanencia, todo es naturaleza y todo es Dios, pero no es un Dios que nos antecede, nos supera, nos eleva. No está separado. Sagrado es separado, y con Spinoza el espacio de la divinidad no está separado.

Tampoco está en nosotros, no es una introspección calvinista ni un diálogo interior. Estamos en el mundo porque somos mundo. Dios también está “en” el mundo. No hay exterior ni interior, sino modulaciones de una sola faz.

Dios es sustancia, la sustancia se expresa en atributos, que a su vez se multiplican en modos. Una sola realidad que cambia de forma y se expande de acuerdo a su potencia.

La alegría del sistema se basa en su capacidad de expansión. Su tristeza en el gruñido sordo de su retracción. Somos lo que podemos y valemos lo que podemos ser.

No hay moral en la naturaleza, es decir, no vivimos en un universo moral. La moralidad es una cuestión societaria impuesta por el espíritu sacerdotal, por los dueños de las llaves del reino que nos exigen obediencia y sumisión a la ley.

La moral necesariamente es política. En la naturaleza todo es necesario. La libertad no deja de estar determinada por el movimiento general de la metamorfosis cósmica.

El Spinoza de Deleuze es pagano, es parte de la fiesta del animismo. En todo está Dios, todo lo existente es divino, en este magma ontológico se crece y se empequeñece. Este movimiento no deja de ser pasional. Todo es cuerpo, los modos son corporales y vibran con las energías o fuerzas llamadas potencias. Cuando los cuerpos se cruzan y se expanden es porque la composición que resulta de este encuentro es buena. Si se contraen es porque el encuentro los intoxica, es malo. La ética es química, farmacología. La alegría y la tristeza expresan buenas y malas composiciones, y despliegue o repliege de potencias.

Hay un Spinoza para la ideología de la New Age, la doctrina de las buenas y malas ondas, y la del contagio de fealdades. El peligro del gordo, del fumador, del depresivo, del baixo astral, la onda expansiva emitida por las malas compañías.

Puede haber un fascismo estético spinoziano, lo habría, si el filósofo del Amsterdam no fuera tan dificil de entender, si su estilo geométrico no fuera ininteligible para el no especialista, y si, quizás, tampoco diera cuenta de la verdadera dimensión de su pensamiento.

Fuente: La página de Tomás Abraham

4 comentarios:

Ínes dijo...

Deleuze es un creador de conceptos y un recreador de filósofos...Lo propio hizo con Nietzsche.
Deleuze "siente", no solo "piensa" a los autores de que trata.

De ahí que produzca efectos de verdad.

Luis Roca Jusmet dijo...

¿ Pero es Spinoza pagano, animista, panteaista ? Yo creo que su Dios es un concepto vacío para hablar del Mundo. Quizás simplemente lo utiliza porque en su época no podía negarlo. ¿Pero que es este Mundo que se expresa a través de la extensión, los cuerpos, y el pensamiento ? Lo que es este pensamiento para Spinoza es la auténtica pregunta. ¿ Quiere decir que todo es energía, que por una parte se materializa y por otra se expresa como conciencia ? ¿ pero conciencia de quién ? ¿ De los cuerpos ?

Ínes dijo...

Se me olvidó decir que Nietzsche no padecía del sindrome maníaco depresivos que aludes.
¿Por qué no dejarán en paz a Nietzsche, habiendo tanto alienado entre los filósofos y sus comentaristas?
Siendo que él era un genio ...¿verdad? y todos los demás...

Ínes dijo...
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