11 de junio de 2012

Gilles Deleuze / La paradoja de Spinoza

Leonora Carrington
Creo que los grandes filósofos son también grandes estilistas. Si bien el vocabulario, en filosofía, forma parte del estilo, porque implica tanto la invocación de palabras nuevas como la valoración insólita de términos usuales, el estilo es siempre cuestión de sintaxis. Pero la sintaxis es una cuestión de tensión hacia algo que no es sintáctico ni siquiera lingüístico (un afuera del lenguaje). En filosofía, la sintaxis se orienta hacia el movimiento del concepto. Pero el concepto no se reduce exclusivamente a sí mismo (comprensión filosófica), actúa también en las cosas y en nosotros: nos inspira nuevos perceptos y nuevos afectos que constituyen la comprensión no filosófica de la propia filosofía. Esto explica que la filosofía tenga una relación esencial con los no filósofos y se dirija también a ellos. Puede incluso suceder que ellos accedan a una comprensión directa de la filosofía sin pasar por la comprensión filosófica. El estilo, en filosofía, tiende hacia estos tres polos: el concepto (nuevas maneras de pensar), el percepto (nuevas maneras de ver y escuchar) y el afecto (nuevas maneras de experimentar). Tal es la trinidad filosófica, la filosofía como ópera: se necesitan las tres para que el movimiento tenga lugar.

¿Qué tiene que ver Spinoza con todo esto? Más bien se diría que carece de estilo, pues en la Ética utiliza un latín muy escolástico. Pero desconfiemos de aquellos de quienes se dice que “no tienen estilo”, pues, como ya lo observara Proust, son a menudo los más grandes estilistas. La Ética se presenta como un constante oleaje de definiciones, proposiciones, demostraciones y corolarios en los que puede reconocerse un extraordinario desarrollo del concepto. Pero, al mismo tiempo, surgen “incidentes” a título de escolios discontinuos, autónomos, que remiten unos a otros y actúan violentamente, constituyendo una cadena volcánica quebrada en la que rugen todas las pasiones, en una guerra de las alegrías contra las tristezas. Se diría que estos escolios se insertan en el desarrollo general del concepto, pero no es así: se trata más bien de una segunda Ética que coexiste con la primera a otro ritmo, con otro tono, y duplica el movimiento del concepto mediante todas las potencias del afecto.

Y existe todavía una tercera Ética, cuando comienza el Libro Quinto. Spinoza nos enseña, en efecto, que hasta entonces ha hablado desde el punto de vista del concepto, pero advierte que a partir de ese momento cambiará de estilo para hablar mediante preceptos puros, intuitivos y directos. Podríamos también pensar que, incluso aquí, continúan las demostraciones, pero esto ya no ocurre del mismo modo. La vía demostrativa camina ahora por atajos fulgurantes, actúa mediante elipsis, sobreentendidos y contracciones, procede mediante resplandores penetrantes y desgarradores. No es ya un río, ni una corriente subterránea, es fuego. Una tercera Ética que, aunque aparece al final, estaba presente desde el principio, coexistiendo con las otras dos.

En esto reside el estilo de Spinoza, bajo su latín tranquilo en apariencia. Hace vibrar tres lenguas en una lengua aparentemente reposada, introduce una triple tensión. La Ética es un libro del concepto (segundo género de conocimiento), pero también del afecto (primer género) y del percepto (tercer género). La paradoja de Spinoza consiste, por ello, en que siendo el filósofo de los filósofos, en cierto modo el más puro, es al mismo tiempo el que más se dirige a los no filósofos. Por ello, estrictamente todo el mundo puede leer a Spinoza y extraer de su lectura emociones enormes o renovar completamente su percepción, aunque comprenda mal los conceptos spinozistas. Inversamente, un historiador de la filosofía que sólo comprendiera los conceptos de Spinoza tendría una comprensión insuficiente. Se precisan dos alas, como diría Jaspers, aunque sólo fuera para llevarnos a todos, filósofos y no filósofos, hasta un límite común. Y las tres alas son el mínimo necesario para constituir un estilo, un pájaro de fuego.