27 de junio de 2012

Alain Badiou / Ética y política


Leonora Carrington
1) En la cuestión de la política hay siempre tres elementos:

- Está la gente, con lo que hacen y lo que piensan.

- Están las organizaciones: los sindicatos, las asociaciones, los grupos, los comités. Y los partidos.

- Están los órganos del poder del Estado, los órganos oficiales y constitucionales del poder. Las asambleas legislativas, el poder presidencial, el gobierno, los poderes locales.

Toda política es un proceso de articulación de esos tres elementos. Se los puede llamar simplemente: el pueblo, las organizaciones políticas y sociales, el Estado. Una política consiste en perseguir objetivos, articulando al pueblo, las organizaciones y el Estado.

2) Existe una concepción clásica de esta articulación.

Esta concepción dice lo siguiente:

- En el pueblo hay diferentes tendencias ideológicas, más o menos vinculadas al estatuto social, con las clases, con las prácticas sociales. Y estas tendencias tienen objetivos diferentes.

- Estas tendencias están representadas por organizaciones y partidos.

- Estos partidos están en conflicto para ocupar el poder del Estado y utilizarlo para sus objetivos.

A partir de ahí tienen ustedes cuatro grandes orientaciones: revolucionaria, fascista, reformista y conservadora. La concepción revolucionaria y también la fascista, dirá que el conflicto es forzosamente violento. Las concepciones reformistas y conservadoras dirán que el conflicto puede permanecer dentro de las reglas constitucionales.

Pero estas cuatro políticas están de acuerdo en un punto: la política es la representación, por medio de las organizaciones del conflicto, de los intereses y las ideologías. Y esta representación tiene como objetivo apoderarse del Estado. La articulación entre pueblo, organizaciones, y Estado pasa por la idea de representación.


3) La forma moderna de esta idea es el parlamentarismo. Es el régimen formal de Francia y también de la Argentina.

¿Cuál es la idea general del parlamentarismo? Es la de organizar las representaciones en todos los niveles, con la elección como organismo central. En primer lugar, las tendencias presentes en el pueblo pueden organizarse libremente en asociaciones. Estas tendencias son representadas, en los diferentes aspectos de sus prácticas, por asociaciones o sindicatos y de este modo expresan sus ideas, sus reivindicaciones, su voluntad, inclusive mediante acciones públicas (derecho a la huelga, derecho a manifestarse, derecho a publicar).

Entre estas asociaciones figuran los partidos políticos. Un aspecto muy particular de los partidos políticos es que son los únicos que están directamente representados en el Estado. Puesto que el Estado está construido a partir del mecanismo electoral y un candidato se vale de un partido. Entonces, el partido es el vínculo representativo entre el pueblo y el Estado.

4) La consecuencia es que en el sistema parlamentario la política está enteramente subordinada al Estado. ¿Por qué? Porque la única articulación completa entre los tres términos: pueblo, organizaciones y Estado, se organiza en el momento del voto. Es en ese momento en que la representación del pueblo en los partidos se vuelve también, una representación de los partidos en el Estado.

Pero el voto está reglado y organizado por el propio Estado en un marco constitucional. Se supone naturalmente que todo el mundo acepta este marco. En consecuencia, se supone un consenso político sobre la idea de representación. En el corazón de este consenso está el Estado. Las movilizaciones populares, por ejemplo, no son sino medios de presión, porque son articulaciones incompletas. No tocan directamente a la representación en el Estado, aceptan fundamentalmente el consenso.

El sistema parlamentario es por lo tanto una forma política que excluye las rupturas. Porque al menos hay una cosa cuya continuidad es garantizada: el Estado y su mecanismo representativo. Hay que decir que al nivel del Estado el parlamentarismo es conservador.

5) ¿Por qué es dominante hoy en día el sistema parlamentario? Porque las políticas de ruptura han encallado. Tanto se trate de las dictaduras revolucionarias, o de las dictaduras militares.
¡Pero cuidado! Esas tentativas revolucionarias o dictatoriales tenían en común el mantenimiento de la idea de la representación. Los partidos comunistas pretendían representar a una clase, el proletariado. Los partidos fascistas siempre pretendieron representar a la comunidad nacional. Y por otra parte, estas tentativas también colocaban a la política bajo la autoridad del Estado. Se trataba de tomar el Estado y actuar sobre la sociedad de manera autoritaria con los medios del Estado.

6) El parlamentarismo ha, finalmente, ganado por lo siguiente: es la mejor política posible, si se admiten tres cosas:

a) que la política es, ante todo, un mecanismo de representación; b) que hay organizaciones particulares, los partidos, que representan las tendencias de la sociedad en el Estado; c) que debe haber un consenso organizado a partir del Estado y que por consiguiente es el Estado, con sus reglas constitucionales, lo que asegura la continuidad política. Estas tres condiciones eran aceptadas también tanto por los revolucionarios como por los conservadores. Pero el sistema parlamentario es la forma más flexible y la más eficaz organización de estas tres condiciones. En el fondo, el parlamentarismo limita el conflicto. Deja que se enfrenten los reformistas y los conservadores y excluye a los revolucionarios y a los fascistas. De esta manera va ampliando el consenso.

7) El problema que se presenta actualmente es de saber si es necesario pensar la política en el marco de esas tres condiciones: condición representativa, condición partidaria, condición consensual y constitucional. Si la respuesta es sí, hay que aceptar el sistema parlamentario. En ese caso un partido progresista tendrá dos funciones contradictorias:

- Deberá impulsar las asociaciones populares, lo que supone la independencia respecto al Estado, la autonomía política respecto al consenso.

- Al mismo tiempo deberá presentarse a las elecciones, ocupar los puestos el poder y por lo tanto, adoptar las reglas del consenso y administrar el Estado.

En mi criterio esas conjunciones son verdaderamente contradictorias, y si ustedes me permiten que hable de Francia, puedo decir que en 10 años de poder de la izquierda hicieron claramente estallar esta contradicción. El número de desocupados se duplicó. El sindicalismo está en una completa crisis. La figura popular y obrera ha desaparecido de las representaciones políticas. Muchos intelectuales se pasaron a la derecha y el partido de la extrema derecha ha triplicado sus votos. La corrupción se ha expandido, y la esperanza política popular ha dejado lugar al más total escepticismo. Por lo tanto, es un fracaso completo. Y este fracaso no es sino la expresión de la contradicción de las dos funciones, en la cual se encuentra todo partido progresista cuando juega estrictamente el juego parlamentarista con su sistema de reglas consensuales.

8) Pienso entonces, que hay que repensar por entero la política. Y esto como un programa de trabajo y no cómo un conjunto de soluciones. Estoy convencido de que estamos en el principio de un largo período de recomposición, no sólo de una política sino de la idea misma de política.

En mi criterio hay cuatro ideas directrices:

- Independencia total del proceso político organizado con respecto al Estado, porque me obliga a un pensamiento que es a la vez práctica, llamémoslo así, en ruptura con el consenso; consenso que hoy en día es al mismo tiempo económico- constitucional.

- Abandono de la idea de representación. Una política no representa a nadie. Ella se autoriza de sí misma. No remite a conjuntos objetivos coherentes de los cuales fuera la representante. Digamos que habría procesos políticos pero no representaciones políticas.

- Concepción de la acción militante desgajada de toda perspectiva de ocupación del Estado. Se trata de producir y organizar en el pueblo rupturas subjetivas, desarrollos de la capacidad e iniciativas que valdrán por sí mismos, incluso si obligan al Estado a hacer una cosa u otra, pero subjetivamente la política debe absolutamente ser despegada, separada de la figura de la ambición de poder.

- Una organización política, es decir, un proceso político colectivo, en un marco de pensamiento común no debe ser pensado como un partido. Porque hoy en día partido quiere decir organización política determinada por el Estado. La política debe ser una política sin partido.

Bueno, recién ahora voy a empezar a hablar de ética, porque pienso que en la actualidad solamente una política nueva, una concepción transformada de la política, puede aspirar a ser también una ética. Y esto por dos razones.

Primera razón: en las políticas de representación no puede haber ética. Porque para un Sujeto la acción ética es justamente aquella que no puede ser delegada o representada. Diría que en la ética el propio sujeto se presenta, decide él mismo y declara lo que quiere en su propio nombre. Esa es la situación ética fundamental, y no puede organizarse bajo una representación. Digámoslo más filosóficamente: la ética proviene de la presentación y no de la representación.

Segunda razón: en las políticas corrientes el centro de la política es el Estado. Pero el Estado no tiene ninguna ética. Ya lo decía Nietzsche: era el más frío de los monstruos fríos. El Estado es el responsable de dos cosas:

- Del funcionamiento mínimo de la economía y de los servicios colectivos, que está siempre entre un mínimo y un máximo según las circunstancias y los recursos. Desde ese punto de vista diremos que el Estado es funcional y es juzgado según su capacidad para cumplir ciertas funciones. También el Estado es responsable de un mínimo de paz civil, un mínimo de acuerdo entre la gente, y en ese sentido el estado es consensual. Pero ni lo funcional ni lo consensual son reglas éticas.

Evidentemente puede presentarse la objeción siguiente: hay una enorme diferencia entre el Estado dictatorial y criminal y el Estado constitucional que admite las elecciones. La experiencia de la Argentina es en este punto dolorosa y digna de consideración. Sí, es verdad que hay una diferencia enorme. Pero esa diferencia no tiene nada que ver con la ética, y desde este punto de vista se abusa de ella cuando se la aplica a este tipo de comparaciones. Fundamentalmente se trata de una diferencia jurídica. En el Estado dictatorial y criminal, el derecho es suprimido para ciertas acciones y ciertas personas. En el Estado constitucional el derecho es general, sea cuales fueran las excepciones de hecho.

Pero ¿cuál es la causa de esta diferencia? La causa de esta diferencia está en la elección del referente principal de la política de Estado. En el estado dictatorial el referente principal es la propia seguridad del Estado. El centro de la actividad del Estado es la destrucción de sus adversarios, y esto acarrea la supresión del derecho y el terrorismo de Estado. En el Estado parlamentario el referente principal es la economía de libre competencia, la libre circulación de capitales y finalmente, el mercado mundial. La economía capitalista tiene necesidad del derecho, tiene necesidad de la libertad de elección y de circulación de los consumidores. Pero bien entendido, él libera el derecho en la medida en que haya un acuerdo general sobre reglas del Estado. No es porque existe el derecho que haya consenso, sino porque hay consenso es que puede haber derecho. De tal manera, el Estado parlamentario es un Estado de derecho pero de ninguna manera, por razones éticas, basta con ver a la gente que lo dirige, nadie los tomaría como modelos de ética. No es de ninguna manera por esas razones, sino porque hay un gran consenso alrededor del referente principal que es la economía de mercado. No hay entonces necesidad de tomar a la seguridad del Estado como referente principal, se puede confiar la regla jurídica al consenso económico y dar cierta libertad en el juego, tras el cual se ponen en realidad las leyes generales del mercado mundial. Por consiguiente, el derecho es favorable a la economía, es decir, favorable al Estado que tiene la economía como referente principal.

Finalmente, creo que es absolutamente preciso distinguir cuatro términos sobre el tema de esta noche: ética y política.

1) El Estado, que siempre tiene un referente principal. Por ejemplo, en la guerra, referente es la nación o el territorio. En una dictadura es la seguridad del Estado. En el parlamentarismo es el mercado mundial.

2) El derecho, lo jurídico. Es una forma social fijada por el Estado. Su existencia y su generalización, están estrictamente ligadas al referente principal del Estado. Cuando ese referente es la nación en guerra o la seguridad del estado, o como en la Unión Soviética la clase y el partido, casi no hay derecho. Cuando se trata de la economía de mercado, el mercado mundial, hay derecho. Diré entonces, que el derecho se instala entre el Estado y su referente principal, con un margen de existencia que depende de la distancia entre el estado y su referente.

3) La política en su modelo clásico o representativo, está vinculada con el Estado, tiende a confundirse con él. Ella discute, en consecuencia, cuestiones estatales como: ¿es necesario o no el derecho? ¿hay que integrarse o no al mercado mundial? ¿hay o no que defender a la nación? Toda una serie de cuestiones fundamentales que conciernen justamente al referente principal del Estado.

En otro modo posible de la política, yo digo que la auto-organización del pueblo debe valer por sí misma y para sí misma y no ser directamente articulada a la cuestión del referente principal del Estado. Entonces, es un pensamiento actuante y colectivo que no quiere ocupar el Estado, sino eventualmente, constreñirlo a hacer esto o aquello. Desde mi punto de vista no es una actividad de poder, aunque se trate de una actividad que pueda tener importantes efectos sobre el poder e inclusive sobre el referente principal del Estado. En ese caso la política es una subjetividad que se presenta, que se organiza a partir de acontecimientos, porque no se representa en el Estado.

4) Finalmente, la ética no tiene ninguna relación con el Estado. Ciertamente, algunos Estados pueden cometer crímenes y lo hacen muy a menudo, pero el juicio sobre estos crímenes no es de orden ético. En realidad, estos juicios consisten en rechazar el referente del Estado en el nombre del cual ese crimen ha sido cometido y proponer otro referente, y por lo tanto, otra forma del Estado. Esa es la razón por la cual -como tienen ustedes aquí la experiencia- cuando un Estado le sucede a otro, cuando una forma de Estado sucede a otra, es decir, cuando el referente principal ha cambiado, la mayor parte de las veces el nuevo Estado no castiga los crímenes o lo hace mínimamente. Y esto es así porque esos juicios no son de orden ético y tampoco de orden político. Dependen del Estado, que es funcional y consensual, y busca siempre la continuidad y no la ruptura.

La ética no tiene tampoco una verdadera relación con lo jurídico, porque lo jurídico está destinado a asegurar un funcionamiento correcto de la situación colectiva. Hoy en día lo político depende fundamentalmente de las relaciones entre el Estado y la economía de libre competencia. Cuando, por ejemplo, los norteamericanos o los europeos envían tropas para «restablecer los derechos el hombre», ¿qué quiere decir eso exactamente?, eso quiere decir que ellos quieren imponer un Estado más conforme con las reglas del mercado mundial y quieren imponerle al Estado un cambio del referente principal. Quieren obligar a ciertos estados tiránicos a pasar de un referente del tipo «seguridad del estado», a un referente de tipo «mercado mundial», verdaderamente mucho más interesante para ellos. Está absolutamente claro que en este asunto la ética es un puro discurso de propaganda.

La ética, finalmente, no tiene nada que ver con las políticas de la representación. El punto principal, creo, es que esas políticas están dominadas por un principio del interés. En última instancia el partido representa los intereses de quienes votan por él y por otra parte, él tiene su propio interés, que es el de instalarse en el Estado. Todo el problema para los políticos es que no logran vincular esos dos intereses: el interés de su clientela y su propio interés en el Estado. La experiencia nos muestra que el interés ligado al Estado siempre gana. Pero de todas maneras este juego de los intereses y de las opiniones regido por el Estado nada tienen que ver con la ética. Cuando en esas circunstancias ella aparece en el debate, creo que se puede decir que es un tema puramente ideológico.

Para terminar, si llamamos ética a una máxima subjetiva, una acción estrictamente ligada a principios universales, entonces hay que decir esto: sólo puede ser considerada como dependiente de la ética una política que tenga estas cuatro características:

- Que no sea representativa, que se presente directamente.

- Que no busque el poder del Estado, que quiera solamente forzarlo.

- Que no sea jurídica, que sea subjetiva.

- Que no tenga un referente particular, que no esté ligada a los intereses de un grupo, de una comunidad, de una nación o de una clase. Que lo que ella diga, lo que proclame, lo que organice, sea universal y desinteresado aunque siempre esto ocurra en situaciones concretas.

¿Existe, acaso, tal política? ¿Puede existir? Este es todo el problema. Pero si una política así no existe habrá que renunciar, pura y simplemente a toda relación posible entre política y ética. Habrá que convertirse, en materia de política, a un pragmatismo realista y cuando sea necesario, cínico.

Pero tal vez la primera exigencia ética sea la siguiente: desear que una política así exista y trabajar en favor de ese deseo. Después de todo, el deseo es también un pensamiento y el punto principal sería entonces, como dice Lacan, hablando de la ética, cómo no ceder nunca en ese deseo.

*Segunda conferencia impartida en Buenos Aires, octubre de 1994, bajo la organización de Raúl Cerdeiras.