‘’Teológico-político’’ no significa, como a veces se piensa, que de lo que se trata es de confrontar teología y política. El subtítulo del tratado lo indica claramente: ‘’en el cual se muestra que la libertad de filosofar no es perjudicial para la piedad, para la paz ni para la seguridad del Estado, sino que, por el contrario, les es muy útil’’. El objeto del texto es, por tanto, la libertad de filosofar, que es confrontada con dos ámbitos: la teología (ámbito de la piedad) y la política (ámbito de la paz y la seguridad), para plantear la cuestión de si en uno u otro se pueden encontrar razones para disminuirla o prohibirla. ¿Qué se debe entender por “libertad de filosofar”? El término “filosofía” significa dos cosas para Spinoza: por un lado, el parloteo especulativa en que reconoce una de las características del ingenium de los griegos (pero que otros pueblos pueden heredar desde el momento en que construyen una escolástica sobre ese modelo; a esto lo llama nuestro autor, “delirar con los griegos”); por otro, el uso de la razón no solamente en eso que hoy llamamos nosotros “filosofía”, sino también en las ciencias. Esto no implica que la filosofía sea verdadera; puede ser falsa. Lo importante aquí es que pueda expresarse. Tal fórmula se halla a menudo en la correspondencia, en la escritura de Spinoza y también en la de sus corresponsales: “os hablo con la libertad de filosofar” significa que se escribe sin tomar precauciones particulares, como se hace entre gentes que carecen de prejuicios. La expresión, así pues, es perfectamente corriente en el siglo XVII. Lo singular del TTP es que en él se aplica esta noción fuera del ámbito que hasta entonces le estaba reservado: en una obra pública y para defender una libertad pública.
Si
es preciso defenderla, ello se debe a que aparentemente tiene adversarios.
Estos emplean dos tipos de argumentos, los cuales determinan las dos partes, de
longitud desigual, del tratado, y que corresponden al doble adjetivo del
título, a las dos direcciones indicadas por el subtítulo: la libertad de
filosofar, ¿es perjudicial para la piedad (quince primeros capítulos)?, ¿es
perjudicial para la paz y la seguridad del Estado (cinco últimos capítulos)? Estos
dos puntos de vista serán adoptados sucesivamente, incluso aunque, de hecho, el
detalle de los análisis mezcle en ocasiones los registros –pues para comprender
las determinaciones de la piedad es preciso considerar la historia de la
Biblia, lo que implica tratar del Estado de los hebreos, esto es, decir ya
algunas palabras, en la primera parte, sobre la necesidad del Estado en
general; simétricamente, entre las amenazas que pueden minar el poder del
Estado, se han de tener en cuenta las pretensiones de las Iglesias, que se
dicen guardianes de la piedad, esto es, volver de nuevo, en la segunda parte,
sobre cuestiones religiosas, pero bajo otro ángulo--. La estructura de conjunto
es, sin embargo, muy clara. En la primera parte, para establecer los límites
puestos por la piedad, se deben determinar sus fuentes y nuestros medios para
conocerlas. Consta de tres movimientos: primero, del estudio de los
instrumentos de la Revelación –incluirá, por tanto, un análisis de la profecía,
de la ley divina, de la elección, de las ceremonias, de los milagros (capítulos
1-6)--. A continuación, se tomará en consideración la Sagrada Escritura
(capítulos 7-11). Finalmente, se confrontará la Sagrada Escritura y palabra de
Dios a fin de delimitar el campo exacto de esta última y su relación con la
libertad de filosofar (capítulos 12-15). En la segunda parte se deben
establecer los límites impuestos por la paz y la seguridad del Estado. Se ha de
determinar, por tanto, qué derechos le han sido entregados a este y de qué manera
son puestos en práctica concretamente, lo que implica, de una forma muy
clásica, un estudio del pacto social y, mucho menos clásicamente, un análisis
del funcionamiento real que le subyace.
En
el primer movimiento del texto, es instructivo confrontar la manera como
Spinoza habla de la profecía con la forma como trata del milagro: dos vías
inversas para llegar a lo mismo. La profecía aparece como el vector obligado de
la Revelación, considerada por todos como norma de la piedad. Es importante,
así pues, fijar su estatuto y límites para saber lo que la piedad impone y lo
que prohíbe. Como ya no hay profetas, el estudio se focaliza en los materiales
proporcionados por la Biblia, la cual aparece, en este punto del razonamiento,
como la puesta por escrito de las profecías. Se plantean tres preguntas: ¿qué
es un profeta?, ¿cuáles son sus objetos propios, es decir, sobre qué enseña
legítimamente?, ¿cuáles son los objetos que no son los suyos, esto es, los
objetos sobre los cuales no tiene nada que enseñar, aun cuando suceda que habla
de ellos? Es preciso comenzar, por tanto, estableciendo qué distingue a la profecía de otros tipos de discurso. El profeta
es aquel que no demuestra, sino aquel que afirma; reivindica la verdad sin
fundarla en una demostración, a diferencia de lo que sucede en el discurso
racional. El discurso profético da una orden terminante que exige ser obedecida
en la práctica. Es Dios quien habla a través del profeta, y la profecía obtiene
su autoridad del hecho de que es inspirada. ¿Qué es la inspiración? ¿Cómo
distinguirla, por ejemplo, del delirio? Para Spinoza, el profeta es un hombre
piadoso cuya imaginación es particularmente viva. Así, volvemos a encontrar
aquí la distinción entre entendimiento e imaginación. Hay dos tipos de hombre:
el hombre de entendimiento (aquel que recurre a la luz natural, a la razón) y
el hombre de imaginación, al que indignan las situaciones de injusticia y llama
a los hombres a una mayor justicia y caridad. Es una interpretación laica de la
figura del profeta, pero sin hostilidad. El profeta no es tachado de impostor o
loco, a diferencia de lo que podremos encontrar en la literatura clandestina o
en los filósofos franceses del siglo XVIII. Simplemente, no es la verdad
científica (filosófica) lo que distingue al profeta. ¿De qué habla el profeta? Su discurso posee un contenido práctico:
justicia y caridad –recuerda a los hombres las exigencias de ambas--. Son estos
los únicos temas comunes a todos los profetas. El resto remite a las
diferencias entre sus temperamentos, sus estilos, sus costumbres. Se puede
deducir del anterior acerca de qué
objetos el profeta carece de la autoridad de hablar. El profeta no habla de
cuestiones especulativas (¿cuál es la esencia de Dios o del Estado?), las
respuestas que ofrece son prácticas. Cuando parece que aborda cuestiones de
astronomía (Josué dice, por ejemplo, que el sol se detuvo), se pliega, de
hecho, al lenguaje de los hombres de su tiempo, sencillamente porque comparte
sus opiniones. Se ha de distinguir, por consiguiente, el momento en que el
profeta habla de su objeto propio y aquel otro en el que no hace sino reflejar
el estado de los conocimientos de su época. La inspiración del profeta solo
atañe a cuestiones prácticas, y no al conocimiento teórico. Los profetas tienen
razón desde un punto de vista ético, pero no son especialistas en política,
como tampoco en matemáticas. Así pues, solo podemos retener de la profecía la
exigencia de justicia y caridad, pero nunca podemos extraer de ella ninguna
conclusión propiamente científica (por ejemplo, decidir si el sol gira o no
alrededor de la tierra, ni siquiera aunque Josué haya podido creer detenerlo) o
política (por ejemplo, decidir qué tipo de Estado es el mejor).
Lo
esencial en toda esta demostración es ocupar el terreno del adversario: puesto
que pretende que la profecía es superior a la Razón, rechazará todo argumento
que sea puramente racional; por tanto, los argumentos solo deben ser extraídos
de la Revelación misma. Es por ello por lo que Spinoza da una formulación
pragmática de la regla Scriptura sola
(solo la Escritura). Por lo que concierne a los milagros, al contrario, Spinoza
no comienza revelando qué dice de ellos la Escritura. Enuncia qué puede conocer
a su propósito la Razón, que enseña que todo en la Naturaleza se efectúa según
leyes constantes. Si el milagro constituye una infracción de estas leyes,
entonces no puede darse. La sola cosa que queda por analizar es la creencia en
el milagro. Pero este discurso de la Razón es confirmado a continuación por la
Escritura misma. Se podría creer que aquí continúa siendo aplicada la regla
enunciada, pero, de hecho, vemos que se introduce una variación, pues ¿cómo
podrían reivindicar los derechos de la razón unos textos –los de los profetas--
que son puramente imaginativos? Así pues, aquí es anticipada la idea de que
ciertos textos bíblicos no dependen de la profecía, sino del entendimiento. Se
trata de los textos atribuidos a Salomón. Spinoza matiza, por tanto, la
identificación de Escritura y profecía introduciendo discretamente la noción de
géneros literarios en la Biblia. En cualquier caso, en este estadio, que es el
del análisis de los instrumentos de la Revelación, la Escritura no es estudiada
aún por sí mismo; es, simplemente, la fuente de la que extraer materiales.
En el segundo movimiento, en cambio, la Escritura es tomada como objeto, y no ya únicamente como fuente. De lo que ahora se trata es de preguntarse por su sentido y estatuto. Spinoza construye un método de interpretación cuyo primer punto consiste en afirmar la identidad del procedimiento que interpreta la naturaleza y el que interpreta la Escritura. No hay divergencia fundamental entre las ciencias del sentido y las ciencias del mundo físico. Es esta una toma de posición firme, que va en una dirección perfectamente opuesta a la de eso que más tarde Dilthey y sus sucesores situarán en la base de la hermenéutica. El segundo punto está unido a una nueva formulación del principio de la Escritura sola: tal principio es común a todas las lecturas protestantes, pero Spinoza lo entiende de manera del todo distinta. Usualmente, ese principio da por supuesta la homogeneidad del texto bíblico. Puesto que es preciso reconocer que la Biblia, leída literalmente, contiene un gran número de pasajes oscuros, contradictorios, inmorales, etc., ¡cómo puede decirse que se basta por sí sola? La respuesta católica consiste en rodearla del comentario representado por la tradición y el magisterio. Para los protestantes, que rechazan este añadido al texto, se hace necesario hallar un criterio que evite la oscuridad y las contradicciones y que escape de la arbitrariedad individual. Este criterio es el principio de la analogía de la fe, que consiste en explicar los pasajes oscuros por los pasajes claros. Semejante principio solo puede funcionar si la Biblia conforma un todo. Spinoza hace la apuesta inversa. Los diferentes libros de la Biblia nos informan sobre épocas diferentes y sobre autores diferentes. Preguntar a la Escritura sola equivale a prohibirse investigar en otros sitios –es decir, en la razón, pero también en textos bíblicos heterogéneos– qué quisieron decir sus autores. Como puede observarse, el principio se aplica únicamente al sentido, pero no a la verdad del texto. No se trata de saber si Moisés o Josué han dicho la verdad, sino, en primer lugar, de saber qué han dicho. No se podrá suponer, por tanto, que han querido decir lo que nosotros sabemos que es cierto. Así, cuando Moisés dice que Dios es un fuego, o que es celoso, en lugar de precipitarnos hacia la interpretación alegórica, debemos, primero, preguntarnos si tales expresiones concuerdan o no con lo que sabemos de las opiniones y de la manera de pensar de sus autores. Sucede que la respuesta es diferente en los dos casos: sabemos, por el contexto, que Moisés se representa a Dios como un ser inmaterial; así pues, no ha podido querer decir propiamente que Dios es un fuego, y por eso se ha de interpretar la expresión en sentido figurado. En cambio, Moisés carece por completo de la idea de una divinidad exenta de pasiones y, por tanto, es preciso tomar la segunda fórmula en sentido propio. Se observará de este modo que la Biblia queda fragmentada en una serie de unidades dependientes menos de los redactores que de los actores que aparecen en los diferentes libros. Este método, enunciado en el capítulo 7 del TTP, es aplicado al Antiguo Testamento en los tres capítulos siguientes, y al Nuevo en el capítulo 11. Los resultados de dicha aplicación son estos: los diferentes libros de la Biblia no han sido redactados por aquellos a quienes se atribuye usualmente su redacción (Moisés, el Pentateuco; Josué, el Libro de Josué, etc.), y las incoherencias de los libros históricos son prueba no solo de que han sido reunidos bastante tarde, sino de que, además, esta redacción última ha quedado inacabada. Por último, los libros pertenecen a géneros literarios diferentes: algunos dependen de la Razón (como los textos atribuidos a Salomón o las epístolas de los Apóstoles), otros consisten en textos de leyes o en simples crónicas de reinos.
En el segundo movimiento, en cambio, la Escritura es tomada como objeto, y no ya únicamente como fuente. De lo que ahora se trata es de preguntarse por su sentido y estatuto. Spinoza construye un método de interpretación cuyo primer punto consiste en afirmar la identidad del procedimiento que interpreta la naturaleza y el que interpreta la Escritura. No hay divergencia fundamental entre las ciencias del sentido y las ciencias del mundo físico. Es esta una toma de posición firme, que va en una dirección perfectamente opuesta a la de eso que más tarde Dilthey y sus sucesores situarán en la base de la hermenéutica. El segundo punto está unido a una nueva formulación del principio de la Escritura sola: tal principio es común a todas las lecturas protestantes, pero Spinoza lo entiende de manera del todo distinta. Usualmente, ese principio da por supuesta la homogeneidad del texto bíblico. Puesto que es preciso reconocer que la Biblia, leída literalmente, contiene un gran número de pasajes oscuros, contradictorios, inmorales, etc., ¡cómo puede decirse que se basta por sí sola? La respuesta católica consiste en rodearla del comentario representado por la tradición y el magisterio. Para los protestantes, que rechazan este añadido al texto, se hace necesario hallar un criterio que evite la oscuridad y las contradicciones y que escape de la arbitrariedad individual. Este criterio es el principio de la analogía de la fe, que consiste en explicar los pasajes oscuros por los pasajes claros. Semejante principio solo puede funcionar si la Biblia conforma un todo. Spinoza hace la apuesta inversa. Los diferentes libros de la Biblia nos informan sobre épocas diferentes y sobre autores diferentes. Preguntar a la Escritura sola equivale a prohibirse investigar en otros sitios –es decir, en la razón, pero también en textos bíblicos heterogéneos– qué quisieron decir sus autores. Como puede observarse, el principio se aplica únicamente al sentido, pero no a la verdad del texto. No se trata de saber si Moisés o Josué han dicho la verdad, sino, en primer lugar, de saber qué han dicho. No se podrá suponer, por tanto, que han querido decir lo que nosotros sabemos que es cierto. Así, cuando Moisés dice que Dios es un fuego, o que es celoso, en lugar de precipitarnos hacia la interpretación alegórica, debemos, primero, preguntarnos si tales expresiones concuerdan o no con lo que sabemos de las opiniones y de la manera de pensar de sus autores. Sucede que la respuesta es diferente en los dos casos: sabemos, por el contexto, que Moisés se representa a Dios como un ser inmaterial; así pues, no ha podido querer decir propiamente que Dios es un fuego, y por eso se ha de interpretar la expresión en sentido figurado. En cambio, Moisés carece por completo de la idea de una divinidad exenta de pasiones y, por tanto, es preciso tomar la segunda fórmula en sentido propio. Se observará de este modo que la Biblia queda fragmentada en una serie de unidades dependientes menos de los redactores que de los actores que aparecen en los diferentes libros. Este método, enunciado en el capítulo 7 del TTP, es aplicado al Antiguo Testamento en los tres capítulos siguientes, y al Nuevo en el capítulo 11. Los resultados de dicha aplicación son estos: los diferentes libros de la Biblia no han sido redactados por aquellos a quienes se atribuye usualmente su redacción (Moisés, el Pentateuco; Josué, el Libro de Josué, etc.), y las incoherencias de los libros históricos son prueba no solo de que han sido reunidos bastante tarde, sino de que, además, esta redacción última ha quedado inacabada. Por último, los libros pertenecen a géneros literarios diferentes: algunos dependen de la Razón (como los textos atribuidos a Salomón o las epístolas de los Apóstoles), otros consisten en textos de leyes o en simples crónicas de reinos.
Con
el tercer movimiento se sacan las consecuencias de esta crítica. Tras los
capítulos consagrados a limitar y desacralizar, como parece, los diferentes
libros de las Sagradas Escrituras, un interlocutor podría objetar los
siguiente: al minar la creencia de la autenticidad de los libros, al subrayar
su carácter heterogéneo, al reducir la profecía a la imaginación y el milagro a
la ignorancia de las leyes de la naturaleza, ¿no se ha destruido la palabra de
Dios? La respuesta es que no; se ha de distinguir entre palabra de Dios y
Sagradas Escrituras. El conjunto de libros que las componen está sometido a los
mismos azares que los libros profanos –problemas de oscuridad, de atribución y
de alteración--. En cambio, la teología o palabra de Dios es el nudo común,
invariable, de todos estos libros. Dicho nudo se reduce al mandato de la
justicia y la caridad. Una conducta justa y caritativa puede, posiblemente, ser
también consecuencia del razonamiento filosófico, pero la particularidad de la
palabra de Dios está en que enseña dicha conducta sin razonamiento, por la
experiencia o por el ardiente llamamiento que a ella hacen los profetas.
Asentado esto, poco importa que se pueda reconstruir o no el detalle de lo que
estos hayan querido decir, o los episodios oscuros de la historia narrada; lo
que importa es el mensaje esencial del que la historia pone tantos ejemplos: la
conducta hacia el prójimo. La piedad consiste para todos, por tanto, en recibir
este mensaje y en hacerlo verosímil para uno mismo, es decir, en adaptarlo a la
complexión propia. Nada en semejante mensaje se opone a la libertad de filosofar.
Al contrario, quien pretende prohibir esta libertad impide con ello que cada
cual adapte aquel mensaje a su propia complexión. Se opone, por tanto, a la
piedad.
La
segunda parte de la obra concierne a la política. Exactamente de la misma
manera como ha comenzado por tomar el discurso de la piedad en su literalidad
–es decir, apoyándose sobre la Escritura--, Spinoza comienza aquí tomando el
discurso del Estado literalmente, es decir, apoyándose en eso que lo justifica
en la Edad Moderna: el contrato social. Spinoza enuncia, por tanto, una teoría
de la soberanía surgida del pacto en función del cual los individuos entregan
su derecho natural a la sociedad que constituyen, a fin de que esta tenga la
mayor potencia posible para protegerles de los daños que pueden ocasionarles la
Naturaleza y los demás hombres. Pero apenas recuerda esto, Spinoza afirma que,
si es verdadero, lo es más en la teoría que en la práctica. En efecto, mientras
que los ideólogos del contrato describen las pasiones como típicas del estad de
naturaleza y, una vez creado el Estado, apenas consideran ya más que los
obstáculos o los frenos a su buen funcionamiento, Spinoza, por el contrario,
identifica derecho natural y derecho pasional, y constata que, desde este punto
de vista, nada cambia una vez constituida la soberanía. Las pasiones no son
vicios rechazables; son partes esenciales de la naturaleza humana, y no hay
ninguna razón para que desaparezcan, como por ensalmo, después del pacto. La
consecuencia es clara: el Estado nunca se ve tan amenazado por causas
exteriores cuanto lo está por sus propios ciudadanos. Puede, ciertamente,
oponerse a sus pasiones mediante la fuerza, pero tal expediente no se puede
prolongar. Le es preciso, así pues, encontrar un muro de contención más sólido:
otro juego pasional, o la satisfacción de las necesidades y los intereses (pero
aún será preciso convencer a los ciudadanos de que las medidas tomadas en este
sentido van a servir para conseguirlo, lo cual remite nuevamente a las pasiones
y a los símbolos). Entre las pasiones que el Estado puede utilizar en beneficio
propio se cuenta, evidentemente, la pasión religiosa, pero se trata de un arma
de doble filo: puede excitar a los pueblos a odiar y a masacrar a los reyes a
los que se les había enseñado a adorar; el cuerpo de eclesiásticos necesario en
todo aparato religioso, cuando no es controlado, se autonomiza o se pone al
servicio de otro, lo cual hace del remedio algo peor que la enfermedad. En un
Estado moderno, en el que el equilibrio de las pasiones ya no puede proceder de
una solución teocrática, es necesario, así pues, que el soberano tenga el
control de los eclesiásticos y no a la inversa. Se podría creer que se está
leyendo a Hobbes. Sin embargo, hay un punto de divergencia esencial: si el
soberano debe controlar las instituciones religiosas, tiene interés, por el
contrario, en reconocer y proteger la libertad de expresión de los ciudadanos.
De no hacerlo, se expone a las más violentas revueltas, pues los motivos para
negar a los ciudadanos la libertad de expresión tiene, lo más a menudo, un
origen religioso, y el Estado que los acepta se pliega de hecho a la voluntad
de las Iglesias. La segunda parte concluye así, nuevamente, con la necesidad de
conceder la libertad de filosofar --no porque sea un derecho abstracto
normativo, sino porque se corresponde con el derecho real, es decir, con la
potencia, del Estado--.
Las
dos partes del texto, y los cuatro movimientos que las componen, han desembocado
de este modo en una respuesta única a la cuestión indicada en el subtítulo de
la obra. Toda la reflexión estaba orientada, por tanto, hacia esta conclusión,
doblemente demostrada. Pero, a lo largo de su itinerario, Spinoza ha tenido que
abordar un gran número de cuestiones intermedias, ha debido intervenir en
debates preexistentes, se ha visto en la necesidad de crear instrumentos de
análisis ahí donde no los había. Para evaluar el alcance del tratado también
debemos tener esto en cuenta. Quédemos aquí con cuatro cuestiones: las Sagradas
Escritura; el fundamento del Estado; pasiones e ingenium; los aparatos eclesiásticos. Las dos primeras han sido
objeto inmediato de controversias; las otras dos, poco subrayadas en las
polémicas, pueden llevarnos a reflexionar sobre la relación de Spinoza con algo
así como las “ciencias humanas” (el término no es de la época): se trata de la
manera como nuestro autor elabora, explícitamente o en estado práctico,
instrumentos para el análisis de las sociedades.
1. La
lectura spinozista de la Biblia (a menudo aislada de su contexto) ha sido
percibida como una crítica destructiva, de una violencia inaudita. Sin embargo,
no era la primera vez que las certidumbres oficiales sobre la Biblia era
puestas en cuestión: Lorenzo Valla, Erasmo y los exégetas protestantes ya
habían sometido el texto sagrado a la crítica filológica [8]. Tampoco era la
primera vez que esta crítica se asociaba a tesis políticas: Thomas Hobbes lo
había hecho en la tercera parte del Leviatán.
Pero posiblemente es la primera vez que se ofrece una argumentación así de
radical. La crítica de la superstición y de los milagros gana coherencia, y la
relación entre la profecía y la imaginación se funda en una antropología
rigurosa. Además, el rechazo de la mosaicidad del Pentateuco socava, en opinión de los controversistas, las bases de
la creencia. En la época de Spinoza, la autoridad de los libros sagrados se
fundaba sobre su autenticidad; negar que sus autores sean los que
tradicionalmente han sido considerados como tales equivale a quebrar la
continuidad de la Revelación y, consiguientemente, a retirar a las Sagradas
Escrituras su pretensión a la legitimidad. Además, para los calvinistas, que
han estado entre los primeros refutadores del tratado, y han sido los más
numerosos, la inmutabilidad del texto bíblico es una de las condiciones del principio de la Sola Scriptura sobre el que edifican sus
Iglesias. Es preciso ir más lejos aún para comprender sus dificultades. Los
calvinistas habían desarrollado una lectura de la Biblia extremadamente crítica
en relación con la idolatría y la superstición. Al insistir sobre la
inmutabilidad de las leyes de la naturaleza, Spinoza parece estar utilizando
sus argumentos para llevarlos más allá de lo que es aceptable. Los calvinistas
habían subrayado la continuidad entre los dos Testamentos, hasta el punto, a
veces, que convertían al Estado hebreo en modelo para el pensamiento político.
Spinoza presupone esta continuidad, pero la lleva hasta el punto de negar la
divinidad de Cristo y, simétricamente, de recusar toda validez actual para las
leyes mosaicas. Parece poner en cuestión, por tanto, en su punto clave, el
equilibrio intelectual sobre el que se asienta la institución del saber de su
tiempo [9].
2.
A los problemas escriturarios están ligados ciertos problemas políticos. Como
hemos recordado, los Países Bajos conocen entonces, desde hace un siglo, un
conflicto de legitimidad que concierne simultáneamente a la estructura del
Estado y a las relaciones entre Estado e Iglesia. Ellos es tanto menos
desantendible cuanto que toda Europa ha conocido, desde la Reforma, guerras de
religión o desórdenes sobredeterminados por las oposiciones religiosas. Nos
encontramos ante dos teorías del funcionamiento de la sociedad, ante dos
modelos políticos:
[a]
Del lado del calvinismo estricto, lo religioso debe ser independiente de lo
político, lo que implica, de hecho, que lo político deba estar sometido a lo
religioso o, cuando menos, a las presiones de lo religioso. Los sínodos
calvinistas, sin exigir el poder en todos los ámbitos, reclaman un poder de
control en materia de censura, de costumbres, de publicación. Uno de los
argumentos que desarrollan consiste en referirse al modelo del Estado de los
hebreos: si Dios mismo ha dado una legislación a una nación, no puede ser sino
un modelo para todo Estado; y, por supuesto, lo que se lee en la Biblia es la
preeminencia de los sacerdotes sobre los reyes. De ello se deduce la
superioridad actual de los pastores sobre el Magistrado civil [10].
[b]
Del lado de los republicanos, en cuyos escritos toman partido por el Pensionado
y los Regentes, las actividades religiosas, por el contrario, deben someterse a
lo político por miedo a que conduzcan a la deslegitimación de la soberanía e
incluso a la guerra civil. Es en la obra de Lucius Antistius Constans donde
este rasgo se halla más acentuado: la piedad no constituye sino una parte de la
actividad humana; el derecho que la concierne ha sido delegado al soberano,
como los demás derechos. Así pues, es al Estado a quien corresponde nombrar a
los pastores y a los administradores del culto. También debe ejercer el control
sobre la predicación. Para apoyar este punto de vista, la teoría del pacto
originario proporciona una justificación: si los hombres viven en sociedad, es
gracias al pacto, del cual han surgido los magistrados. Los únicos límites a su
autoridad son aquellos que se remontarían al pacto mismo.
En
el resto de Europa se afirman las monarquías absolutas, las cuales se apoyan
sobre una tercera tesis: la del derecho divino de los reyes. Para evaluar los
envites de estas diversas teorías, se hace preciso recordar el campo político
en el que se define este horizonte intelectual: más de un siglo de
conflictos de guerras civiles (sin
contar los regicidios), ligados en lo esencial a las divisiones religiosas. Es
por ello por lo que los envites del debate pueden tener repercusiones europeas,
aunque la situación en los Países Bajos sea excepcional.
La
obra de Spinoza se inserta, así pues, en este debate. Nuestro autor toma posición,
muy claramente, contra la teocracia y contra el absolutismo de derecho divino.
Se alinea con aquellos que elaboran una teoría del contrato, pero es un
compañero de viaje que toma rápido algunas distancias: para defender tesis que
son comunes, introduce otros principios, y a veces extrae de ellos otras
conclusiones. En cuanto a la manera como trata el modelo del Estado de los
hebreos, depende más de un procedimiento histórico y antropológico que del
propio del derecho natural clásico. En efecto, según Spinoza este Estado no es
un modelo universal y no puede ser aplicado directamente a toda nación. Si no
es un modelo, puede ser, sin embargo, un ejemplo de respuesta a ciertas
necesidades de la naturaleza humana; representa una variante particular, como
todo Estado, en función del ingenium
del pueblo para el que ha sido instaurado. Constituir un Estado es hacer vivir
conjuntamente, de manera justa, a hombres que tienen en común un ingenium formado por la historia e
inscrito en las costumbres. Las leyes mosaicas ponen por obra la justicia y la
caridad, pero en función de las características nacionales de los hebreos. La
verdadera cuestión política consistirá, por tanto, en descifrar, a través de
estas leyes, qué problemas de la naturaleza humana deben resolverse con ellas
–problemas que son permanentes, mientras que las circunstancias bajo las cuales
son resueltos cambian históricamente--.
3. Así,
se hace urgente subrayar, en el tratado, la importancia de la categoría de ingenium y de la reflexión sobre la
relación entre lo particular y lo universal: para asegurar la piedad, cada cual
debe adaptar el “credo mínimo” de la justicia y la caridad a su propio ingenium. Para asegurar la paz del
Estado, hacen falta leyes que se corresponden con el ingenium del pueblo. ¿Qué significa esta noción? Se trata, a la
vez, de pensar que la naturaleza humana es una y la misma, y que cada hombre,
cada pueblo, posee una individualidad reconocible, aun cuando sea construida a
partir de materiales perfectamente comunes –las mismas leyes de la imaginación,
las mismas pasiones--. Por tanto, Spinoza sitúa en el centro de la reflexión el
nudo singular en el que vienen a conjugarse las leyes universales de la
naturaleza humana. Se puede incluso hablar de una teoría de la historia, a
condición de admitir que no implica una sucesión finalista de los imperios o de
los momentos de la Razón.
4. Por
último, Spinoza se ve llevado a forjar, a medida que avanza su argumentación,
sin formalizarlos siempre, instrumentos de análisis que sirven precisamente
para reemplazar las nociones que proporcionan las religiones mismas. Así,
insiste mucho sobre lo que es un cuerpo eclesiástico, sobre las pasiones que lo
animan, sobres su función en el interior del Estado, sobre las condiciones que
hacen que sea admitido o rechazado por la población (el aislamiento de los
levitas fue una de las causas de la ruina del Estado hebrero), sobre la
relación compleja en la historia entre el Estado e Iglesia (el judaísmo es una
religión que, de pública, se ha convertido en privada; el cristianismo,
inversamente, de religión privada se ha convertido en pública: esta diferencia explica
una cierta cantidad de sus características). Cuando Spinoza analiza qué es un
cuerpo eclesiástico, puede parecer que reproduce temas ya conocidos. De hecho,
innova al insertarlos en otra trama. Entre sus contemporáneos –entre aquellos
que están en su campo, los críticos del “furor teológico”--, estos temas se
reducen a la descripción de los tejemanejes de los sacerdotes, a la denuncia
del peligro que suponen, y a su vinculación con las pasiones, pero vistas
todavía de una manera exterior: el odio, el deseo de poder, la rivalidad… En la
obra de Spinoza, por el contrario, estos rasgos entran en la descripción de un
mecanismo, la cual se apoya en materiales históricos diversos. Se trata de
analizar, por una parte, configuraciones históricas y sociales, y de
considerar, por otra, cómo se imbrican en estas configuraciones los destinos de
los individuos. En suma, de lo que se trata es de hacer una historia no
individual de las individualidades. Esta configuraciones históricas, como las
naciones, son algo intermedio entre los rasgos generales de la naturaleza
humana y los destinos singulares. Tal es el caso, por ejemplo en la
constitución mosaica, del error fatal que consiste en entregar solo a los
levitas el sacerdocio. Habitualmente se lee este pasaje como si en él se
tratase únicamente de explicar la decadencia progresiva del Estado de los
hebreos. En efecto, se trata también de esto, pero es preciso sobre todo no
desatender el modo de razonamiento de Spinoza en esta ocasión: recuerda que
sólo después del episodio del becerro de oro ha sido tomada la decisión, y que
en la forma previa de la constitución de Moisés se confiaba el sacerdocio a los
representantes de cada familia. A partir de este punto, el razonamiento
consiste en comparar la situación que habría podido darse (y que había
comenzado a darse en la Ley) con la que se ha dado de hecho. Ambas situaciones
canalizan de manera diferente los mismos acontecimientos, los mismos rasgos de
la naturaleza humana, pero ofreciendo resultados opuestos. Lo que plantea un
problema no es el hecho de que un levita infrinja la ley; Spinoza admite que
siempre sucede que un sacerdote, como puede hacerlo cualquier otro, comete un
delito. Pero el proceder de una casta separada, el delito es percibido como
escandaloso; esto no sería así, o lo sería menos, si [viniese] de alguien
próximo. Y, sobre todo, procede de una casta cuya institución separada recuerda
sin cesar a los demás ciudadanos que son impuros. Dicho de otro modo, el texto
no es especialmente anticlerical. No es necesario suponer que los sacerdotes se
desvían de la norma más que los demás. E incluso si estos desvíos son lo
bastante normales como para ser admitidos por los demás ciudadanos (admitidos,
es decir, atribuidos a los individuos, pero no al grupo), lo que genera la
indignación es que proceden precisamente de un grupo aislado y que pretende ser
más puro y, por tanto, gozar de mayor dignidad.
Que
en un Estado, o en un grupo lo suficientemente numeroso, se pueda esperar que
ciertos delitos sean cometidos: he aquí una mirada fría que anuncia lo que se
leerá en el Tratado político. No es,
por tanto, la infracción misma lo cuenta; es la mirada arrojada sobre ella –mirada
que, evidentemente, nada tiene de subjetivo, sino que es, ella misma, un
producto social, el de la forma particular que han adoptado las relaciones
interhumanas en el interior de semejante tipo de Estado particular--. Esta
mirada depende así, muy precisamente, de la estructura social en juego. Se
podría añadir –aunque Spinoza no lo escribe aquí—que si tal casta separada
quiere mantener su poder, debe o bien impedir en mayor medida que las demás que
se den infracciones en su seno, o bien mantenerlas en secreto. Pero su
situación propia la expone a miradas más insistentes. El interés de lo dicho
aquí sobre un aparato eclesiástico está en que muestra como objeto de la
consideración filosófica eso que más adelante serán [llamados] facciones y, más
tarde aún, partidos.
Así,
escrito para responder a una cuestión decisiva en una coyuntura dada, el TTP ha sido llevado, poco a poco, a
plantear problemas que transforman la teoría del Estado, del derecho, de la
constitución del individuo y de las leyes del funcionamiento de las sociedades.
Este panfleto se nos muestra, por tanto, como uno de los lugares de nacimiento
de las ciencias sociales [11].
Moreau, Pierre-François. “La obra”, en Spinoza y el spinozismo, trad. Pedro Lomba, Escolar y Mayo, Madrid,
2013, pp. 73-90.
Notas
8. Cf. François
Laplanche, L’Ecriture, le sacré,
l’histoire. Erudits et poliques protestants devant l’Ecriture en France au
XVIIe siècle, APA, Presses Universitaires de Lille, 1986.
9. Sobre la
intención y el contenido del TTP en
materia bíblica, véase Sylvain Zac, Spinoza
et l’interprétation de l’Ecriture, París, P.U.F., 1965.
10. No
encontramos tesis semejantes en Calvino, y su práctica en Ginebra tampoco las
confirma (aunque ya haya en él una exigencia moral y social en referencia al
magistrado). Se habla equivocadamente, por tanto, de “teocracia ginebrina”.
Pero, después de Calvino, el tono se endurece, y, además, el modelo de la
“teocracia” hebraica (término tomado de Flavio Josefo) ha hecho su aparición en
la discusión. No nos hemos de extrañar si vemos que Spinoza retoma el término y
los temas de este debate.
11. Para
conocer diferentes interpretaciones del TTP,
cf. Leo Strauss, Die Religionskritik
Spinozas als Grundlage seiner Bibelwissenschaft, Berlin, Akademie-Verlag,
1930; S. Breton, Spinoza. Téologie et
politique, Desclée, 1977; A. Tosel, Spinoza
ou le Crépuscule de la servitude, París, Aubier, 1984; L. Strauss, Le Testament de Spinoza (traducción
francesa de textos de diferentes épocas; contiene el ensayo de Hermann Cohen “Etat
et religion, judaïsme et christianisme chez Spinoza”), París, Cerf, 1991; H.
Laux, Imagination et religion chez
Spinoza. La potentia dans l’historie, París, Vrin, 1993; Laurent Bove, La stratégie du conatus, París Vrin,
1996; J. Samuel Preus, Spinoza and the
Irrelevance of Biblical Authority, Cambridge, C.U.P., 2001.
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