1 de octubre de 2016

Los dos perros

Ariel Suhamy

Suhamy, Ariel y Daval, Alia, Spinoza por las bestias, ilust. Alia Daval, trad. Sebastián Puente, Buenos Aires, Cactus, 2016, pp. 125-130.

Perros de pasiones

“No tenemos un imperio absoluto sobre nuestras pasiones”. Con esta afirmación, Spinoza señala su diferencia con los moralistas.

“Los Estoicos, por su parte, han pensado que ellas dependían absolutamente de nuestra voluntad y que podemos comandarlas absolutamente. Sin embargo, las pruebas de la experiencia, y no sus principios, los han obligado a reconocer que para conocer y gobernar las pasiones se requiere bastante de la costumbre y el ejercicio. Uno de ellos se esforzó por demostrarlo con el ejemplo de dos perros (si mal no recuerdo), uno domésticoy el otro de caza: el hábito puede hacer que el perro doméstico se acostumbre a czar, y el perro de caza, por el contrario, a abstenerse de las  lebres. Descarte es bastante favorable a esta opinión…”. (1)

En la imaginación estoica, retomada por Descares, el sabio es una suerte de adiestrador de perros. Como si la pasión fuera fuera una fuerza exteriror a nosotros, y a la que podríamos, a fuerza de voluntad, amaestrear y domesticar.

Spinoza rechaza ese esquema así como rechaza toda acción del alma sobre el cuerpo. La pasión no es otra cosa que yo mismo, afectado de una cierta manera por las causas exterirores; librarse de ella, es entonces modificarme a mí mismo --devenir otro sin revestir, no obstante, otra naturaleza, a la manera de esos perros que cambian sus caracteres conservando al mismo tiempo su naturaleza de perros--.

“Dado entonces que la potencia del alma se define solo por la inteligencia” --solo por la potencia de comprender, y no por una voluntad libre que se ejerce sobre el cuerpo-- “los remedios para los afectos, de los cuales todos tienen, creo yo, alguna experiencia, pero no la observan con cuidado ni la ven distintamente, nosotros los determinaremos solo por el conocimiento del alma; y de ese mismo conocimiento deduciremos todo lo que respecta a su beatitud”. (2)

Cadenas del entendimiento y de la imaginación

La necesidad es universal, pero las cadenas de la servidumbre pueden transformarse en cadenas de libertad. (3) Entonces, no nos ocupemos sino de lo que enseña la experiencia: la costumbre y el ejercicio. La liberación será progresiva, procediendo por etapas.

En un primer momento, el conocimiento de las verdaderas causas de los afectos tiene como efecto separarlos de las causas imaginarias, es decir destruirlos en tanto que tales: “Lo que en efecto constituye la forma del amor o del odio, es una alegría o una tristeza que acompaña a una causa exterior: si se quita esta última, se quitan al mismo tiempo la forma del amor y del odio, y estos afectos, y los que nacen de ellos, son destruidos”. (4) Sin embargo, dado que la muerte según Spinoza, no es anonadamiento de una fuerza, sino sustitutción de formas, la potencia afectiva permanece mientras la asociemos en su forma a una idea verdadera. Pues “el apetito por el cual el hombre es llamado tanto activo como pasivo, es uno solo y el mismo”. Así la ambición, bajo régimen imaginativo, es una pasión que apenas difiere del orgullo; bajo el mando de la razón, es una virtud llamada piedad o humanidad. (5)

Sin embargo, el conocimiento claro que cada uno puede tener de sí mismo es más bien parcial (6) o general (7) que absoluto. Solo Dios se conoce a sí mismo enteramente. Solo el conocimiento de los afectos no basta entonces para dominarlos. El remedio es aliarse con la imaginación: sin la alianza de las imágenes, el intelecto se quedaría immpotente. Nos acostumbramos así a sentir la necesidad universal bajo la forma ya no de leyes, sino de casos: “Cuanto más se refiere el conocimiento de que las cosas son necesarias a cosas singulares que imaginamos más claramente y vivamente, mayor es la potencia del alma sobre los afectos, como atestigua la experiencia. En efecto, vemos que la tristeza que proviene de la pérdida de un bien se alivia desde el momento en que el hombre que tuvo esa pérdida considera que ese bien no podía ser consevado de ninguna manera…”. (8) De allí, un auténtico adiestramiento de la imaginación prestando “siempre atención a lo que hay de bueno en cada cosa”. Por ejemplo, habituándose a unir la imagen de las ofensas que se dirigen a los hombre a la imaginación de esa regla según la cual conviene repeler el odio con la generosidad, “la ofensa, o el odio que nace de ella habitualmente, ocupará una parte muy pequeña de la imaginación y será más fácilmente superada; y del mismo modo, para deponer el temor, hay que pensar en la firmeza del alma y llenarse la imaginación con los peligros comunes de la vida, y con la manera de evitarlos y superarlos de la mejor manera con la presencia de spíritu y la fortitud”. (9)

Entonces ya no queda más que tener en cuenta el tiempo. “Cuanto más se vincula la imagen, o el afecto, a más cosas, más frecuente y vivaz es, y más ocupa el espíritu”; (10) y comprendiendo lo que es claro en cada afecto, el espíritu a su vez remite todos los afectos o imágenes a la idea de Dios como causa: amamos a Dios. Y como “una tristeza cuyas causas conocemos deja de ser una pasión, es decir deja de ser una tristeza”, nadie podría odiar a Dios. (11) Así, se forma una memoria plena de gratitud. Lo que en los otros (en el otro que éramos) es rencor, amargarua, envidia, etc., se transforma en alegría y en amor. Este amor escapa a las vicisitudes de los amores ordinarios: será tanto más fuerte en tanto imaginemos más hombres que lo comparten. (12) Ya no dejaré por ende de crecer, hasta ocupar plenamente el espíritu, que puede entonces prevalecer sobre sus pasiones fugitivas, como el perro que al probar las alegrías de la casa acaba por dejar de correr liebres.

La especie de la eternidad

Ahora bien, a fuerza de remitir todo constantemente a Dios, de tener el espíritu ocupado por ese punto de vista fijo e inmutable, sobreviene algo que es difícil, según confiesa el propio Spinoza, de explicar con las palabras ordinarias, o incluso con las suyas. Esta imagen, quizás, nos dará una idea de eso.

El Dios al que remitimos todas las imágenes es impasible: Dios no podría amar a nadie, es decir alegrarse con la idea de una causa exterior, puesto que no hay nada fuera de él, y puesto que él es la potencia infinita. Quien a ma a Dios no busca entonces a cambio ser amado; (13) algunas proposiciones más adelante Spinoza afirma que Dios se ama a sí mismo, y a los hombres, con un amor eterno e infinito. (14) ¿Contradictorio? No más de lo que es para un perro ser al mismo tiempo cazador y doméstico. El perro de caza le lleva las libres a su amo; pero el perro doméstico tiene para él, en él, toda la potencia de la casa. Precisamente porque el verdadero amor excluye todo esfuerzo por obtener reciprocidad, es que la reciprocidad se produce, por identificación pura y simple entre mi potencia de comprender y la de Dios. Entonces ya no me contento con remitir mis pensamientos a Dios, (15) pienso como Dios, o Dios piensa en mí, y goza de su propia potencia infinita y eterna con la idea de sí mismo como causa. A cambio de mi amor por Dios no recibo oro tanto, sino infinitamente más: el amor de Dios “hacia los hombres”. (16)

¿Qué tiene de específico la especie humana? No el libre arbitrio, ni el sentimiento, ni el alma, quizás ni siquiera la razón; (17) sino el poder de ver y de sentir las cosas singulares, a sí mismo y a los otros, “bajo la especie de la eternidad”.

Notas

  1. E5pref
  2. Ibid.
  3. Cf. E 58[?]
  4. E5p2d
  5. E5p4s
  6. Ibid.
  7. E3p59s
  8. E5p6
  9. E5p10s
10. E5p11
11. E5p18
12. E5p20
13. E5p19
14. E5p36
15. El verbo rapporter, que traducimos por “remitir” en el caso de las ideas a Dios, es el mismo que traducimos por “llevar” en el caso de las liebres al amo. [N. de T.]
16. E5p36c
17. Cf. E3p57s: “los animales a los que se dice privados de razón…”.