10 de septiembre de 2012

Aurelio Sainz Pezonaga / Sobre la dificultad de pensar




Pensar es difícil y es difícil poner en común el pensamiento. Parece que no, pero es difícil generar las nociones adecuadas, darles la forma y la articulación precisa, componer una modulación certera del discurso. Hay que pelearse con las ideas y las palabras… Hay que sacarles toda la punta a las proposiciones, esquivar las incoherencias, abrirse paso entre la maleza de las conexiones… Hay que intentar evitar a toda costa que en nuestras expresiones pueda infiltrarse justamente el sentido contrario de lo que queremos decir… Hay que tener en cuenta lo que otros han pensado sobre el asunto, sus argumentos, sus puntos de vista, sus compromisos, el modo en que lo que nosotros planteamos se inserta en una discusión que siempre ya ha empezado...

Pensar es una actividad, una práctica y, como todas las prácticas, es difícil. Requiere un arte y unos medios específicos sin los que es imposible llevarla a cabo. El pensamiento requiere hacerse, no está hecho y, por tanto, está abierto a todas las resistencias y contingencias del devenir. Pero además es una práctica peculiar, es una práctica que no actúa sobre una realidad exterior con vistas a modificarla, sino que, como lo expone Althusser, interviene en un campo movedizo de relaciones entre ideas en el que está inmersa y que se transforma a causa de la propia intervención. El pensamiento es una fuerza en un campo de fuerzas, una potencia de transformación en un proceso complejo de interacciones. Pensar es difícil porque es difícil sostener, afirmar y potenciar unas ideas en confrontación con otras y porque las ideas tienen su eficacia social, no toda la eficacia, pero sí “la suya”, la suficiente como para que nadie quiera dejarla en manos del azar. Tengamos esto presente cuando leamos o escuchemos a quien intenta expresar un pensamiento: si es difícil entender el pensamiento de otro, la razón es que pensar es difícil, la razón es que al otro le está costando igualmente un tremendo esfuerzo pensar y expresarse.

Digámoslo ahora a la manera de Spinoza. Las ideas son realidades activas, no son pinturas mudas en un lienzo, sino conceptos del alma, acciones de la mente, causas de otras ideas. Nuestra mente vive en un campo de batalla donde las ideas se reprimen o suprimen unas a otras. Pero, también en un campo de cooperación donde las ideas se favorecen o promueven entre sí. Esta es una tesis de la que deja prueba evidente el propio quehacer de Spinoza (la Ética como paradigma de obra filosófica difícil) y en la que él insiste hasta hacer de ello bandera (“Todo lo excelso es tan difícil como raro”). Y es la tesis que recoge con fidelidad Warren Montag y que guía este estudio de la filosofía de Spinoza.

Parece, sin embargo, que hasta aquí no hemos dicho nada que no sea obvio, incluso trivial. Ahora bien, la fuerza de las ideas no se manifiesta cuando las exponemos aisladamente. La fuerza de las ideas se muestra en sus consecuencias, en sus efectos, en el modo en que se engarzan o chocan con otras ideas.

Que las ideas sean realidades activas en un campo movedizo de fuerzas implica que la tesis del perfecto autodominio del pensamiento, de la fluidez perfecta de las ocurrencias, de las ideas como bailarinas deslizándose sobre patines en una pista de hielo espiritual aparezca como lo que es, un mito. Nadie tiene un perfecto control sobre su pensamiento, nadie es enteramente libre en el interior de su hogar mental, y no lo es porque eso supondría controlar todo el campo de fuerzas ideológicas en el que su mente está inmersa. Y aunque hay momentos históricos, como el actual, en que parece ocurrir algo así, que todo está dominado, ni ese control lo realiza un individuo, sino que está sostenido por todo un sistema complejo, ni es tal como para que no haya filtraciones, pérdidas y chorreos, fugas abiertas por todas partes.

A la hora de “leer” no podemos, entonces, obviar esta condición del pensamiento e intentar buscarle una autenticidad a un texto que por sí mismo es un fragmento fragmentado de un espacio pluridimensional de múltiples y cambiantes fragmentaciones; lo que nos cabe es incidir en los rotos del texto para explicarlos, no coserlos o pegarlos, no disimularlos con un parche de pureza o simplicidad.

La tesis sobre la dificultad del pensamiento de Spinoza deja igualmente al descubierto el mito del poder absoluto de la verdad como verdad. ¿Qué energía extraordinaria puede tener la verdad, fuerza entre fuerzas, para imponerse sobre la falsedad? Que una idea sea falsa no significa que sea débil. Fuerza y verdad no van necesariamente unidas. Una idea verdadera para prevalecer tiene que vencer a las ideas falsas que la contradicen, pero las podrá vencer únicamente en cuanto sea más fuerte que ellas, no en tanto que sea más verdadera (E4p14). La verdad no es ningún lugar de descanso, no es ningún lugar de llegada, es el comienzo de las alianzas y la contienda.

Y si es una ilusión pensar que el pensamiento puede dominarse a sí mismo, ¿qué no será creer que puede dominar al cuerpo? Ni se domina a sí mismo ni domina al cuerpo, no hay de hecho ámbitos de libertad. Lo que puede haber y queremos que haya son esfuerzos de liberación, liberación que no consiste en escapar de las relaciones de fuerza mentales y corporales en las que indefectiblemente estamos inmersos y que, en sí mismas, son, o pueden ser, fuente tanto de nuestra miseria como de nuestra fortaleza. La liberación consiste en esforzarse en que esos campos de fuerza se articulen de tal modo que todas las potencias mentales y corporales que intervienen promuevan mutuamente su acrecentamiento.

Y este punto de vista nos lleva, en consecuencia, a distanciarnos de la idea de que hay algo así como pensamientos aislados de individuos aislados. Del mismo modo que no hay cuerpos aislados, no hay mentes aisladas. Todo pensamiento es colectivo y abierto, colectivo por el colectivo que nosotros mismos somos y por los colectivos a los que, querámoslo o no, pertenecemos; y abierto porque pensar es encontrarse con otras ideas, exponerse a ellas, chocar con ellas, unirse a ellas, rasgarlas, aferrarlas, resbalar al contacto con ellas; pensar, en efecto, es vivir en continua interacción con otras ideas. La liberación proviene, no cabe duda, de la cooperación.

La tesis del pensamiento como fuerza entre fuerzas, de la lucha y cooperación entre ideas, por último, impide clasificar el planteamiento spinoziano en los términos de una separación entre la ética y la política, por un lado, y la ciencia y la tecnología, por otro. Impide seguir manteniendo la separación entre la práctica y la teoría. Y también impide quedarse en uno de los dos polos de la distinción. Si la filosofía de Spinoza es inmediatamente política es porque la lucha o cooperación de ideas y cuerpos se despliega tanto en el pensamiento y la investigación como en las demás prácticas individuales o colectivas.

Quizás haya quien opine que Montag exagera al decir que Spinoza ofrece la crítica a la dominación más potente que jamás se haya visto, pero nadie negara que su estudio es extraordinariamente exacto a la hora de hacernos entender dónde reside la dificultad de pensar; así es, reside en pensar contra el pensamiento dominante.

Fuente: ‘Introducción’ a Warren Montag, Cuerpos, masas, poder. Spinoza y sus contemporáneos, Tierradenadie, Ciempozuelos, 2005.