29 enero, 2015

Vertigo, ‘Beatitudo’: Spinoza and Philosophy

Michael Munro

One could say that every philosopher has two philosophies: his [sic] own and that of Spinoza. [1]
—Henri Bergson

Spinozism or no philosophy at all. [2]
—G.W.F. Hegel

I. “We have not yet begun to understand Spinoza,” Gilles Deleuze once claimed, “and I myself no more than others,” [3] noting elsewhere that “the greatest philosophers are hardly more than apostles who distance themselves from or draw near to this mystery.” [4]
 
Here one question eclipses all others, or serves to focus them: What would it be to have an adequate idea of Spinoza?

II. Philosophy is the very vertigo of immanence. That formula complements one of Deleuze’s: “Immanence is the very vertigo of philosophy.” [5] Immanence is not philosophy, nor philosophy immanence. But there is in the passage from one to the other a modification of sense that is not without significance. It is perhaps for that reason that the two formulas are best read together. At the point of vertigo.

But why vertigo? What about philosophy, much less immanence, may be said to be vertiginous? Daniel Heller-Roazen has isolated the two components all enigmas share: “opacity and the hidden principle of their interpretation. That summary may appear willfully paradoxical,” Heller-Roazen comments, “yet enigmas verify its truth”: Were an enigma “immediately intelligible, it would be none at all,” yet were an enigma “solely solvable by means of knowledge extrinsic to its construction, it, too, could hardly be called an ‘enigma.’” [6]

Immanence is the very vertigo of philosophy because immanence is the very paradigm of the enigma.

Deleuze’s formula is found in a work Deleuze titled Spinoza and the Problem of Expression. “By taking the ‘problem of expression’ as his central concern, Deleuze announces the ingenuity of his approach. Nowhere in the myriad definitions that the Ethics comprises is ‘expression’ defined. Yet the verb form of the concept appears on the very first page in the definition of ‘God’: ‘By God I mean an absolutely infinite being; that is, a substance consisting of infinite attributes, each of which expresses eternal and infinite essence.’” [7]

More remarkable yet, “as soon as it is introduced into Deleuze’s argument, the concept ‘expression’” is

immediately bifurcated into two senses. The virtue of this concept for Deleuze is that it provides a single name for two heterogeneous processes, explication and implication. Deleuze argues that in Spinozism the modes, as affections of substance, effectively explicate substance. But it is equally true that each modal modification implicates substance in turn. The usual connotations of these two words are fully in force in Deleuze’s reading; substance is effectively elaborated through, that is, explicated by, the modes. But the modes implicate substance, in that they impinge on its putative autonomy, never leaving it unchanged. […] Deleuze’s point is that in Spinoza substance is in an incessant state of unfolding (explication) via the modes, and folding back in on itself (implication) as a result of these modal affections. [8]

To explicate is to implicate, for every implication follows from an explication, and every explication turns on how what it explicates is implicated in it.

Philosophy stands to immanence as explication stands to implication.

Philosophy: the vertigo of immanence in its expression.

III. “Philosophy is something that moves, that passes, and that takes place,” Pierre Macherey has written, “in a place where the connection between thoughts gestates, which, in the works themselves, escapes the specific historical conditions of their authors’ undertakings, and the understanding of this process diminishes the interest we might extend to their systematic intentions, because this process grasps them dynamically in the anonymous movement of a sort of collective project.”[9]

“Spinoza” is the name given that anonymity by those who undergo its movement sub specie aeternitatis. 
 
Notes

1. Henri Bergson, quoted in Michael Hardt, Gilles Deleuze: An Apprenticeship in Philosophy (Minneapolis: University of Minnesota Press, 1993), 130n3.
2. G.W.F. Hegel, quoted in Pierre Macherey, “Hegel Reads Spinoza,” Environment and Planning D: Society and Space 29 (2011), 223 [223-236].
3. Gilles Deleuze and Claire Parnet, Dialogues II, trans. Hugh Tomlinson and Barbara Habberjam (New York: Continuum, 2006), 12.
4. Gilles Deleuze and Felix Guattari, What is Philosophy?, trans. Hugh Tomlinson and Graham Burchell (New York: Columbia University Press, 1994), 60.
5. Gilles Deleuze, Expressionism in Philosophy: Spinoza, trans. Martin Joughin (New York: Zone Books, 1992), 180.
6. Daniel Heller-Roazen, Dark Tongues: The Art of Rogues and Riddlers (New York: Zone Books, 2013), 77.
7. Knox Peden, Spinoza Contra Phenomenology: French Rationalism from Cavaillès to Deleuze (Stanford: Stanford University Press, 2014), 210. Emphasis Peden’s.
8. Peden, Spinoza Contra Phenomenology, 211. Emphasis author’s.
9. Pierre Macherey, Hegel or Spinoza, trans. Susan M. Ruddick (Minneapolis: University of Minnesota Press, 2011), 3-4.

26 enero, 2015

Spinoza. La piel del deseo, un modo de ser

Sara Reyes Vera

Hay una especificidad en el movimiento para la existencia. Es un movimiento único que nos dirige hacia el propio acto de existir. Nuestra vida, inevitablemente en movimiento, es producción de deseo. Conducta y motivación perseveran en el modo de ser humano, cargado de «deseo en pugna» al que Spinoza llama conatus.

«El conatus es la lucha por la autoconservación, que entraña el esfuerzo por ampliar el poder y la vitalidad de la existencia. Como tal es la única fuente de emociones y conducta humanas» (1). Comprender la producción del deseo es deseo de autoconocimiento. Esto no parte de un principio sobrenatural. Es la comprensión en sí, inmanente, de nuestro doble límite piel-adentro (2): hacia el interior de la naturaleza que nos comprende y hacia el interior de la naturaleza que comprendemos. Límite piel de nuestro dinámico modo de ser finito en busca de duración. Desde esa perspectiva dinámica, la vida anclada es una contradicción. Se persevera renovando, siendo, en presente.

Spinoza, fascinado por la vida, trabaja este asunto con extraordinaria novedad en una época en la que leyes políticas y religiosas no se podían romper sin arriesgar la vida. Con la cautela necesaria, Spinoza no deja de escribir sobre lo que descubre en el interior de las palabras. Sus análisis sobre las emociones giran en torno a esas palabras que prefiguran el marco mental de los individuos de su época. Las imágenes del mundo representadas a partir de ideas inadecuadas son el sustrato para su metodología, un método que sabe que no es la idea de la idea falsa lo que se revela con él, sino la propia idea de falsedad. Aquella que nos dará las claves para que en lo sucesivo se vinculen a causas verdaderas sus efectos verdaderos. El hallazgo no es tanto el qué, sino el porqué. Detenerse en el objeto (en lo particular), limitaría a la ostentación, al mero señalamiento, de alguna de las piezas (modos) de la Sustancia por su mera presencia, ya que de su materialidad no se aprehende sin más el porqué, como bien se reconoce desde el primer género de conocimiento. El porqué avanza hacia el interior del deseo en el perseverar consciente hacia lo deseado. Esto deseado no es bueno por algún bien fijo al objeto; al contrario, el deseo se vuelve sobre sí, el movimiento que envuelve al objeto deseado lo hace bueno porque el propio deseo lo ha determinado así. No deseamos porque sea bueno aquello o lo otro, lo hacemos bueno al desearlo: ese concepto spinozista revela un movimiento complejo que se desliza sobre una urdimbre de causas, con afán vitalista. Eros aventajando a Tánatos, más allá de la economía libidinal, sobre la piel. Esta visión epidérmica delimita «las causas que explican mi situación corporal, mi biografía, mi estructura y las fuerzas mentales y sociales que actúan en mí; los motivos ocultos de mi miedo; mis errores; la ignorancia de la cual soy víctima; mis sufrimientos, mis ambiciones, mis razones encubiertas…» (3). Este deseo director es «el apetito con conciencia de sí mismo» (E3, prop. 9); es en acto, y son las condiciones en las que ese acto se ejerce las que dan el marco a la situación vital de cada individuo frente al «azar de los encuentros con los demás modos, al capricho de las afecciones y los afectos que [nos] determinan desde el exterior» (4).

Abarcar teóricamente un concepto tan amplio como el deseo, implica un esfuerzo interdisciplinar que en este momento resulta obvio. El trabajo de Spinoza en ese sentido es admirable por la precisión a la que llega solo y con tan pocos recursos teóricos previos. Spinoza demuestra, refuta, referencia y sobre todo hace de la reflexión un acto de entendimiento de lo humano. Habiendo elaborado teóricamente el par razón-emoción, Spinoza piensa que «el deseo es la esencia del hombre» (5). Sobre esto podemos decir que elabora una teoría de sujeto, un sujeto que piensa la esencia de la realidad desde su esencia deseante. Ese es el sujeto al que Spinoza se impone la tarea de comprender. Su capacidad crítica se dirige certera sobre los prejuicios, avanza sin caer en condenas ni culpas hacia la explicación que abarca lo delimitado in extenso por la piel envolvente del deseo y su imbricación en la esencia humana.

22 enero, 2015

Frédéric Lordon. Willing Slaves of Capital: Spinoza and Marx on Desire

Jason Read

Lordon, Frédéric. Willing Slaves of Capital: Spinoza and Marx on Desire, Verso, New York, 2014, 224 pp.

Readers of contemporary philosophy will not be surprised to see the name Spinoza paired with Marx in the title of a recently published book. Ever since Louis Althusser argued in the mid-1960s that he and his cowriters of Reading Capital were Spinozists and not structuralists, there has been an increased inquiry into the points of connection between Marx and Spinoza. One could even say that what the Hegel/Marx connection was to a previous generation — animating the writings of Adorno, Sartre, Lukács, etc. — the Marx/Spinoza connection is to a current collection of philosophers ranging from Althusser, and the members of his circle such as Étienne Balibar and Pierre Macherey, to Antonio Negri, Warren Montag, and Hasana Sharp.

This shift in names also entails a fundamental change of problems. The relationship of Hegel to Marx was always one of the anxiety of influence: trying to contend with both the massive influence that Hegel had on Marx as well as Marx’s attempt to critically distance himself from Hegel in order to separate the rational kernel from the mystical shell. The Spinoza/Hegel relation, however, is less direct: less a matter of the influence of the latter on the former than of their point of contact around connected problems. These problems aren’t so much the problems that defined the Spinoza Marx knew (the debates on pantheism, Hegel’s attempt to shift the absolute from substance to subject) than they are the debates framed by Marxist theory’s attempt to keep up with the changes of capitalism.

To place it in classical Marxist terms, Spinoza’s thought has provided the tools for developing a critique of the superstructure — in other words, of ideology — and the transformations of belief and desire that constitute subjectivity. Spinoza is a response to a question Marx poses, but does not answer.

Althusser argued that Spinoza’s critique of anthropomorphism and anthropocentricism in the
Appendix to Part One of the Ethics constituted the “matrix of every possible theory of ideology.” Antonio Negri also argues that “in the postindustrial age the Spinozian critique of representation of capitalist power corresponds more to the truth than does the analysis of political economy.” For Negri, Spinoza’s thought offers a representation of power that posits a kind of self-organization: it ontologically grounds and expands notions of living labor that gesture toward a more contemporary capitalist society, in which work has expanded beyond the factory to encompass the entire production of life. This turn towards the superstructure, towards ideology and the representation of power, is perhaps not surprising: it is easier to make connections between Spinoza’s critique of superstition and theories of ideology than it is to connect his understanding of desires and striving to consumption and production. As much as Spinoza offered a trenchant critique of the religious, monarchical, and even humanist ideologies of his time, he had little to say, at least directly, about emerging capitalism. Money is only mentioned once in the Ethics, where it is defined as the universal object of desire that “occupies the mind of the multitude more than anything else.” While such a statement intersects with critiques of greed and the transformation of desire under capitalism, it remains partial and incidental to developing a Spinozist critique of political economy. A Spinozist critique of ideology almost seems given; a Spinozist ontology of power seems provocative. But a Spinozist critique of political economy would seem to be an impossibility.

Frédéric Lordon’s Willing Slaves of Capital: Marx and Spinoza (originally published as Capitalisme, désir et servitude: Marx et Spinoza) continues the first of these trends while breaking with the second. With respect to the former, Lordon is clear that the relationship between Marx and Spinoza is a profoundly anachronistic one. It is not a matter of discerning the subtle influences that stem from Spinoza to Marx but of using Spinoza to make sense of a problem Marx posed. As Lordon writes, “The temporal paradox is that, although Marx comes after Spinoza, it is Spinoza who can now help us fill the gaps in Marx.” The gaps concern a problem Marx poses, but never completely resolves: Why, and how, do workers return to work each day? If labor power drives the entire capitalist economy, then what is it that motivates individuals to continue to sell their labor power? Lordon believes the answer can be found in Spinoza’s theory of desire, of the conatus that constitutes an individual’s striving, and the affects that define it. In Lordon’s approach to the Spinoza/Marx relation there are echoes of Spinoza’s fundamental political question, “Why do the masses fight for their servitude as if it was salvation?” coupled with Marx’s basic critique of the alienation of capitalism. It is a question of knowing why people will continue to work for a system that exploits them, appropriating their productive powers while granting them less and less control.

19 enero, 2015

5. Ética

Pierre-François Moreau

Hemos visto cómo desde 1659 Spinoza asocia la noción de un Dios filosófico a la búsqueda de la Ley verdadera y a la preocupación por practicarla. Sus primeras cartas a Oldenburg retoman estos temas –en ellas escribe sobre la “libertad filosófica”--, y las conversaciones que ambos han mantenido durante el verano de 1661 han tratado sobre Dios, los atributos, las relaciones entre pensamiento y extensión. Dicho de otra forma, las mismas cuestiones se plantean ahora en unos términos filosóficamente rigurosos, y las nociones cartesianas, que también son las propias de la nueva ciencia de la naturaleza, irrumpen en la escritura de nuestro autor, así como los nombres de Descartes y Bacon. Vemos una primera puesta en práctica de ello en el Breve tratado y en el Tratado de la reforma del entendimiento. Pero parece que Spinoza, casi de seguido, se entrega a la redacción de una gran obra en la que expone su propia filosofía en su conjunto. Primero habla de dicha obra como de “mi Filosofía”; encontramos extractos de ella en la correspondencia con Oldenburg, y vemos cómo el círculo de amigos que se reúne en Ámsterdam en torno a Simon de Vries discute algunos fragmentos. En una carta de 1665, Spinoza escribe a Bouwmeester: “por lo que se refiere a la tercera parte, próximamente os enviaré un fragmento”. Añade que no ha terminado el trabajo, pero que puede enviar hasta la proposición 80. Ahora bien, la parte tercera que tenemos en la actualidad tiene menos de ochenta proposiciones. Podemos suponer, por tanto, que por aquel entonces incluía la materia que después ha pasado a engrosar las partes siguientes (cuarta y quinta). Poco más o menos en la misma época, la obra parece cambiar de título. En efecto, Spinoza escribe a Blijenbergh: “Demuestro en mi Ética, aún no publicada, que los hombres piadosos desean constantemente la justicia, y que este deseo tiene su origen necesariamente en el conocimiento claro que poseen de ellos mismo y de Dios”. Tales serán las proposiciones 36-37 de la cuarta parte de la Ética. Spinoza, pues, ha llegado muy lejos en la redacción. Pero también es en este momento cuando interrumpe su trabajo para entregarse a la composición del Tratado teológico-político, en la cual se demorará desde 1665 hasta 1670. Tenemos, por consiguiente, una primera versión (“Ética A”) redactada antes de 1665, en tres partes, llamada primero Filosofía y después Ética. Tras la publicación del TTP, Spinoza retoma el trabajo de la Ética, y debe haberlo terminado en 1675, pues ese año va a Ámsterdam para hacer que se publique (cartas 62 y 68) –pero renuncia a causa de la agitación de los predicadores--. Es esta versión final la que será publicada en las Opera posthuma (“Ética B”), la única que poseemos en la actualidad. Para intentar reconstruir lo que podría ser la “Ética A”, debemos identificar los fragmentos ciados en la correspondencia y buscar, en el texto final, los pasajes de factura más antigua. En cualquier caso, cualquiera que sea la fecha supuesta que creamos poder asignar a tal o cual pasaje, es preciso considerar que si Spinoza lo ha mantenido en la versión última, es porque seguía juzgándolo como válido y como parte integrable en el conjunto; sería peligroso, por tanto, pretender explicar las aparentes dificultades del texto en función de supuestas divergencias cronológicas. Esta génesis así reconstruida plantea tres cuestiones: 1) ¿A qué se debe el cambio de título? 2) ¿Por qué se pasa de la Ética en tres partes de 1665 a la Ética en cinco partes que poseemos en la actualidad? 3) ¿Podemos señalar modificaciones en el estatuto de los enunciados? La primera puede contestarse de dos maneras que, por lo demás, no son incompatibles: Bernard Rousset ha supuesto que lo que ha provocado el cambio de título ha sido la aparición de la Ethica de Geulinex. No es que la severa filosofía neoestoica de Geulinex, que rechaza toda individualidad y todo derecho a la individualidad (para él, el pecado principal es la philautía, el amor de sí, que para Spinoza será una virtud), sirva de modelo al spinozismo (al contrario, sería bastante parecida a la caricatura del spinozismo que hallamos en los escritos de algunos adversarios), sino que precisamente esta oposición pudo haber conducido a Spinoza a focalizar su atención en la frontera que separa ambas concepciones. Una segunda hipótesis subrayaría que el título Filosofía es todavía un título cartesiano (cf. Los Principios de la filosofía): se trata de explicar todo lo que se sabe acerca del mundo, desde la teoría del conocimiento y del error hasta los volcanes y los meteoros; la intención de Spinoza, por el contrario, no es esta. De lo que se trata es de conducir al lector, “como de la mano”, hasta la felicidad. Todo lo que se dice de Dios y del mundo no tiende sino a este objetivo, y no a la exhaustividad. Así pues, es legítimo rebautizar el libro, y a la filosofía misma, apelando a su última etapa. Tal vez la correspondencia con Blijenbergh, precisamente, lo que ha llevado a Spinoza a tomar conciencia de esta especificidad, pues aquel, al leer los Principia, ha señalado directamente lo que, por detrás de las cuestiones teóricas, constituye su principal envite: el problema del bien y del mal. En cuanto a la segunda pregunta --por qué cinco partes en lugar de tres--, podemos dar una primera respuesta en términos cuantitativos: en “Ética B”, el número de teoremas ha debido ampliarse considerablemente; fue más conforme a las reglas de la buena composición cortar la tercera parte, que había crecido enormemente. Pero no podemos contentarnos con el aspecto cuantitativo: ¿por qué esta parte consagrada a las pasiones humanas ha crecido tanto después de 1670? Es legítimo pensar que la redacción del TTP tiene algo que ver con ello. El recorrido por las esferas religiosas y políticas, el análisis de las relaciones interhumanas que ha implicado, han provocado el efecto de acrecentar el interés de Spinoza por estas cuestiones y afinar sus análisis, lo cual justificaría la división más precisa de la versión final. Por último, ¿podemos evaluar el cambio de estatuto de los enunciados? Los cuatro axiomas enviados a Oldenburg en 1661 se han convertido, en la Ética que poseemos, en cuatro proposiciones, demostradas a partir de principios más fundamentales. Constatamos, por consiguiente, que el trabajo de Spinoza ha acentuado la radicalidad de lo dicho, remontándose lo más lejos posible en la demostración genética.

El método. A menudo se dice que la Ética more geométrico demonstrata está redactada según el método geométrico, y se entiendo con ello la concatenación de los axiomas, definiciones, postulados, proposiciones o teoremas, demostraciones y escolios. Se tiende, además a interpretar su sentido en el registro de lo que desde Peano, Hilbert y Frege se llama axiomática. Se hace fácil entonces demostrar que a menudo Spinoza es infiel a su propio método. Pero, ¿y si no fuera esto lo que significaba en la época el término more geométrico? Por él debe entenderse más bien lo que se enuncia en el apéndice de la primera parte de la obra: estudiar, según el uso de los matemáticos, la naturaleza y las propiedades de los objetos, pero no sus presuntos fines. Este uso es puesto en la práctica mediante tres procedimientos: un procedimiento demostrativo que, efectivamente, recurre a una forma exterior tomada de la geometría (pero de la del siglo XVII, no del nuestro); un procedimiento refutativo (con el que se trata de refutar menos a los individuos que lo prejuicios; es por ello por lo que Spinoza cita nominalmente a pocos adversarios –dos veces a los estoicos, dos veces a Descartes-- y, cuando los cita, lo hace más en tanto que ilustraciones de una posición teórica que para entrar en el detalle de su problemática); un último procedimiento que podríamos llamar ilustrativo o referencial a condición de no entenderlo como un ornamento secundario o como un añadido pedagógico: se trata de hacer entrar lo material en la reflexión, la cual nada tiene de una gramática abstracta. La importancia teórica de este último procedimiento ha sido lo más desatendido por los estudiosos. Se trata del estatuto de los ejemplos y de los llamamientos a la experiencia que abundan sobre todo en las partes tercera, cuarta y quinta. Pero esta dimensión va más lejos. Está ya presente en la primera parte de la Ética, que, no obstante, es considerada como una sintaxis abstracta de los atributos (y lo es en parte): solo en sus primeras proposiciones vemos aparecer nada menos que cinco ejemplos que conciernen, respectivamente, al triángulo, a los hombres, a la naturaleza biológica; sobre todo, la referencia al pensamiento y a la extensión indica lo que el lector debe saber antes de comenzar la lectura.

15 enero, 2015

If Spinoza were alive today…

Andy Duncan

The scenario is easy to imagine; such things appear in television drama series daily. Clever scientists discover a way of bringing people back from the dead; each weekly episode features a particular historical figure so as to articulate some contemporary moral dilemma, social problem or hitherto hidden human experience. For the dead of course it is a different story; to be aware suddenly not of the end of life, of the pains of bodily decay and the prospect of the abyss, but to be alive again and breathing in a new world where things are rather different, but in many respects, very much the same.

The producers of such a series would presumably commission writers to tell their tales in keeping with the character and biography of the particular figure being brought back to life, to examine the changes that have taken place in the locations the previously deceased once occupied, and more generally to address the historical and social issues that arise in the difference between the time of the deceased and the time of their reanimation. And apart from the burning questions that motivated the clever scientists to undertake their experiments in the first place, as episodes unfolded and more people were brought back to life, numerous new questions would arise that the writers could exploit to the full.

How long are these new lives going to last? Will they have been able to remember anything of the years intervening since their deaths? Have they been aware of their role in history, and do they wish to clear up any misunderstanding? Is there a God? An afterlife? Or did they just suddenly become aware again, as if one moment they were walking towards the bright white light, and the next, waking in some unknown place many years into the future, surrounded by a television production company?

There would be scope too in the telling of these tales for plot developments involving some not entirely benevolent agency, funded secretly by government, which is very interested in the work of the clever scientists, as well as some of those brought back to life, and that might want to bring back a few of its own. It is not likely though that such an agency would be very interested in Spinoza -- at least not initially.

Spinoza died in February 1677 in a house on Paviljoensgracht in Den Haag that is maintained today as a library and study centre in memory of the philosopher. The family with whom he was living was out at church at the time, and he was receiving a visit from a physician -- the identity of whom is still not well established. Although it was well known he was terminally ill, the suddenness of his departure came as a surprise to those around him. What he was thinking on the morning of his death is a matter for speculation, but it is certain that during his final years, he was preoccupied with making the finishing touches to his philosophical writings, and investigating ways by which these might be published and disseminated. He made no formal will but left specific instructions with friends that upon his death, his writing desk, which contained his manuscripts and correspondence, should be shipped quickly and anonymously to his publisher in Amsterdam. Which is why his work has become one of the most important foundations of the modern age, and is recognised by the cognoscenti as the most brilliant philosophy of all time.

Spinoza belongs in an ancient and venerable philosophical tradition, which sets itself up against dualism. It is perhaps a moot point whether such a tradition of philosophy really exists, whether there has been an actual material trajectory set up always in opposition to dualism. If such a tendency exists, it is surely diverse, historically specific, related always to prevailing dualisms: the ontological commitment of any antidualist philosophy -- that which it affirms -- being thus likewise specific to its place in history. Be that as it may, suspicions about the value of dualism have existed since before Socrates, and Spinoza shared these.

12 enero, 2015

De Cézanne a Spinoza

José Luis Pardo

Pero hay, además, en SV [abreviatura utilizada para referirse a la novela La doctrina del Sainte-Victorie de Peter Handke], una segunda referencia que contribuye a aclarar las experiencias especialísimas de Sorger [el protagonista de dicha novela] con sus paisajes. Desde muy pronto, comienzan a aparecer las citas de un personaje a quien se apoda, con mayúscula, el Filósofo. Este título, que durante una parte de la Edad Media sirvió para identificar a Aristóteles sin nombrarlo, remite sin embargo a un pensador severamente antiaristotélico: a partir del tercer capítulo (9), no puede ya cabernos duda de que se trata de Spinoza.

Spinoza, como Sorger, vive en el exilio; se dedica a su oficio de pulir lentes para hacer visibles los Espacios, y dibuja (incluso autorretratos); también como Sorger, pasa algún tiempo conviviendo bajo el mismo techo con un «investigador de la tierra» (el botánico Casearius), respecto del cual sabemos, por sus cartas, que sentía —como Sorger por su colega Lauffer— una mezcla de recelo y esperanza. Probablemente pudiera establecerse un ángulo de convergencia que, por encima del curso irremontable del tiempo, ligase la estancia de Spinoza en Rijnsburg —donde compone el único tratado que será impreso con su nombre durante su vida— en compañía de Casearius, el exilio de Sorger en el Extremo Norte —donde concibe la idea de escribir un tratado «sobre los espacios»— en compañía de Lauffer, y el retiro de Cézanne a Pontoise («He resuelto trabajar en silencio hasta el día en que me sienta capaz de defender teóricamente el resultado de mis ensayos», escribe a Maus el 25 de noviembre de 1899) en compañía del pintor Pisarro.

Pero sin necesidad de recurrir a esa «geografía fantástica», la explicación se nos aparece más a mano: si Cézanne se proponía salvar las cosas confiriéndolas algo así como «un sentido de eternidad», la mayor aspiración de la Ethica de Spinoza —que es la obra de su vida y la vida de su obra— es conducir al hombre a lo que él llama «el tercer género de conocimiento», para lo cual es imprescindible aprender a captar las cosas «bajo la perspectiva de la eternidad». Según Spinoza, este género superior de conocimiento hace nacer en la mente la mayor felicidad posible (Ethica, V, 27): la mayor perfección ontológica coincide con la más alta capacidad cognoscitiva y con la más elevada dicha anímica (es inconcebible un sabio débil o un ignorante feliz):

Nada de lo que la mente entiende desde la perspectiva de la eternidad, lo entiende en virtud de que conciba la presente y actual existencia del cuerpo, sino en virtud de que concibe la esencia del cuerpo desde la perspectiva de la eternidad (V. 29).

No se habla en esta proposición solamente de «dos maneras de concebir», sino de dos maneras de concebir el cuerpo, a saber, de acuerdo con su existencia actual y presente y de acuerdo con su esencia. Comencemos por la «primera manera de concebir»: la mente tiene conciencia de la existencia actual de su cuerpo, y esta conciencia es conciencia del presente, con- ciencia de la presencia. Para empezar, es la forma de la presencia a sí mismo del sujeto, puesto que «la mente no se conoce a sí misma sino en cuanto percibe las ideas de las afecciones del cuerpo» (II, 23). Pero, en segundo lugar, es también la forma de presencia de los cuerpos exteriores: «si el cuerpo humano experimenta una afección que implica la naturaleza de algún cuerpo exterior, la mente humana considerará dicho cuerpo exterior como existente en acto, o como algo que le está presente» (II, 17). Todo lo cual, sin embargo, no significa de ningún modo que la mente conozca adecuadamente el cuerpo propio o el cuerpo exterior (II, 24 y 25), y ni siquiera significa que la mente pueda estar segura de la existencia actual y presente del cuerpo exterior que siente como tal, ya que «si el cuerpo humano ha sido afectado una vez por dos o más cuerpos al mismo tiempo, cuando más tarde la mente imagine a uno de ellos, recordará inmediatamente también a los otros» (II, 18); lo que, añadido al hecho de que «las ideas de las afecciones del cuerpo humano, en cuanto referidas sólo a la mente humana, no son claras y distintas, sino confusas» (II, 28), conduce a la posibilidad de considerar como existentes cosas inexistentes: «aunque no existan ya los cuerpos exteriores por los que el cuerpo humano ha sido afectado alguna vez, la mente los considerará como presentes cuantas veces se repita esa acción del cuerpo... puede ocurrir que consideremos como presentes cosas que no existen, lo que sucede a menudo» (II, 17).

Ésta es una idea que debemos explorar adecuadamente: debido a la acción concertada de la imaginación y la memoria, todo aquello que nos ha afectado una vez queda de alguna manera inscrito, grabado de tal modo en el cuerpo y en la mente, que arrastramos esas imágenes allí donde vamos, creyendo que se trata de imágenes que reflejan una causa actualmente existente en un exterior despegado de nosotros, cuando en realidad están adheridas, son adherencias o huellas de las cosas en nuestra propia «cara externa». Y hemos de tener buen cuidado en retener esto: tales imágenes o afecciones, dice Spinoza, implican la naturaleza de nuestro cuerpo y la naturaleza del cuerpo exterior; bien entendido: esa implicación vale incluso contando con la posibilidad de que el cuerpo exterior que imagino afectándome sea diferente de como lo imagino, o incluso de que tal cuerpo no exista actualmente, no me esté afectando en el momento presente. Lo cual es una manera de decir que la «implicación» de la naturaleza no está genuinamente en el orden del tiempo, en el orden de la duración, que las esencias («naturalezas») de las cosas están implicadas en nuestras afecciones incluso aunque «ya» o «todavía» no existan las cosas de las cuales constituyen la esencia.

La adherencia o inscripción de las cosas en esa envolvencia exterior de nuestro ser, en esa capa de imágenes o afecciones que lo recubre, equivale a la implicación de las esencias en nuestras afecciones confusas. Esto constituye un primer hallazgo de las cosas «fuera del tiempo», una primera forma de extemporaneidad o intemporalidad que debe ponernos en la pista de lo que pueda ser concebir las cosas «bajo la perspectiva de la eternidad».

En Spinoza, muy a diferencia de lo que sucede en Descartes, la mente tiene únicamente conciencia de sí mediante las afecciones del cuerpo y gracias a ellas; esto debe forzosamente de cargar de un sentido distinto la afirmación «Yo existo» o, con otras palabras, debe conducir a una concepción muy particular del sentido de la existencia, del sentido de «existir». ¿Qué significa para Spinoza «existir», cuando se trata de entes que, como nosotros, no existen «por su propia esencia»? Mejor dicho, ¿cómo es posible que llegue un individuo a existir, puesto que no está impelido a hacerlo «por su propia esencia»?

La esencia de un individuo es sinónimo de «la naturaleza de una cosa», y ya hemos visto cómo esas esencias o naturalezas existen perfectamente, como implicadas en las afecciones e ideas confusas, en las imágenes de los individuos existentes en el tiempo (duración), pero existen sin embargo indiferentemente al tiempo y, de hecho, «fuera del tiempo»: en el tiempo, en la experiencia de los individuos en el tiempo, está implicado algo completamente extemporáneo: la inscripción de esa implicación se da en el tiempo como algo exterior a él. Pero como, de otro lado, esas esencias que existen extemporáneamente, al menos como implicadas en las afecciones, no implican, por su parte, la existencia (presente y actual) de los individuos de los que son esencias, de lo que se trata es de saber cómo pasan de ser «esencias intemporales» a ser «esencias actuales», cómo se insertan también ellas en el orden del tiempo y la duración.

Hemos de evitar, ante todo, imaginarnos el «orden de las esencias intemporales» como una suerte de «mundo de las ideas» platónico; primero, porque las «esencias» a las que se refiere Spinoza no son ideas sino cosas «físicas», cosas de la physis, cosas de la naturaleza y naturaleza de las cosas; pero, en segundo lugar y ante todo, porque ese mundo de esencias implicadas o impresas en las cosas existentes actualmente (cuya existencia sin embargo no es actual, ni pasada, ni futura, sino «inactual» o intempestiva) es todo menos un mundo «inteligible»: Spinoza acaba de recordárnoslo, no se trata de la claridad y distinción del conocimiento adecuado, no se trata de la luminosidad cegadora del ser que haría la luz sobre un mundo «sensible» oscuro y tenebroso; bien al contrario, se trata del mundo sensible propiamente dicho. Lo que tenemos que imaginar es un mundo de huellas, de marcas, de impresiones, de imágenes; este mundo está lejos de ser «inteligible», transparente a una inteligencia que intuiría sus esencias; pues las esencias no pueden verse con claridad y distinción, están, justamente, implicadas, plegadas, envueltas en las afecciones. La imagen que arroja este orden es, por tanto, la de un ámbito lleno de envolvencias y recovecos, de oquedades y deformaciones, de adherencias, tejido grumoso de una realidad que se oculta envolviéndose infinitamente sobre sí misma, cubriéndose de sombras por todas partes.

Pero retornemos a nuestra pregunta inicial: ¿qué significa en el spinozismo «existir»? ¿Cómo llega un individuo a la existencia? La mente parte de esta primera certeza: «hay afecciones», las imágenes se dan; lo cual, sin duda, sólo puede sucederle a un individuo que existe y, en ese sentido, prueba su existencia. Además, las imágenes son impresiones, huellas, trazas dejadas por las cosas en la superficie exterior de los individuos (decir «de los cuerpos» o «de las mentes» es indiferente, pues se trata de dos modalidades de una misma cosa); hemos visto que es preciso concebir estas «huellas» como una especie de pinturas que constituyen el aspecto exterior de los individuos (justamente, lo que ellos no pueden «ver» de sí mismos), como una suerte de «cuadro del mundo» dibujado en la piel de los entes: por cierto, un cuadro que no es «figurativo» ("«llamaremos 'imágenes' de las cosas a las afecciones... aunque no reproduzcan las figuras de las cosas», II, 17). El individuo no es, pues, un espejo en cuya superficie pulimentada se reflejasen las cosas presentes a su alrededor, sino una tela en la que queda pintado todo lo que alguna vez le ha afectado, y tanto mejor grabado cuanto con mayor frecuencia e intensidad le afecte.

Por último, hemos visto que esas imágenes son envolturas, envolvencias, abstracciones (el cuadro pintado en nuestra piel es arte abstracto); y lo envuelto en ellas, lo que ellas abstraen o absorben son las esencias de las cosas. Todo comienza, pues, para el individuo, con un «yo siento» y no con un «yo pienso», con un «yo soy afectado», con una pasión. Todo comienza cuando una esencia se inscribe, se implica, se pliega, se envuelve en una sensación, se disfraza con el velo de una imagen. Las esencias se muestran ocultándose, el ser se revela como oscuridad. Ahora bien, este instante que inaugura la existencia de un individuo al inaugurar su pres-ente, su presencia a sí mismo, su experiencia, puede ser observado desde dos ángulos: por una parte, la esencia que se inscribe o se implica en el individuo (en el sentido en que se dice de alguien que está «muy implicado» en talo cual asunto). Una esencia, para Spinoza, es una intensidad, una fuerza (no una idea platónica ni un «posible» leibniziano); por tanto, desde ese punto de vista, la implicación de una esencia es la envolvencia de una fuerza que encuentra refugio en una afección.

Pero para que una fuerza pueda inscribirse, es preciso que encuentre una superficie de inscripción, una placa sensible en la que hacerlo, una afección que le «responda». Por tanto, en ese momento inaugural que determina la existencia de un individuo, su esencia —la esencia de ese individuo— tiene que ser una esencia actual (III, 7), es decir, tiene que poseer eso que Spinoza llama conatus o, en otras palabras, tiene que tener una cierta «receptividad» para «recoger» la inscripción de la fuerza, para sentir la huella de la intensidad; así, la actualización de la esencia se define como una cierta potentia pasiva, un cierto poder de ser afectados de los individuos. Esta receptividad es la tela sobre la que se pintan las abstracciones de las esencias implicadas, el tejido que se pliega de acuerdo con la impresión de las fuerzas y que constituye en realidad la existencia del individuo, su ser, la capa de afecciones que arrastra durante toda su vida.

La sensación, la afección, se produce sin duda en el tiempo, en los individuos cuyo cuerpo «dura»; pero lo sentido, lo envuelto en esa sensación, está fuera del tiempo. Es un mundo de signos o de símbolos entre los que el individuo se mueve como un ciego, sin poder llegar jamás a «ver» clara y distintamente los significados envueltos en tales signos: la sensación oculta lo sentido, la afección oculta el sentido. Nada hay, pues, en el pensamiento de Spinoza, que permita dar pábulo al tan repetido «los sentidos engañan». Las imágenes no son engañosas más que cuando pretendemos inferir a partir de ellas la existencia presente de cuerpos exteriores (suposición de la que no es responsable la imaginación); si no fuera por esa suposición, que es la única falacia, la mente «atribuiría sin duda esa potencia imaginativa a una virtud, y no a un vicio» (II, 17).

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La mente puede concebir las cosas actuales y presentes lm Lauf der Zeit solamente porque piensa simultáneamente la existencia presente y actual de ese cuerpo que es contemporáneo de las cosas que le afectan (Vid. la «demostración» de V, 29); concebir las cosas (como en cierta medida les sucede a Cézanne y a Sorger) bajo la perspectiva de la eternidad implica, más bien, concebir la cosa fuera del tiempo y la duración (con los que, sin embargo, coexiste inexplicablemente). En otras palabras, la idea de una «existencia presente y actual» es inexorablemente la idea del tiempo tal y como es vivido por la conciencia (para la que siempre es presente y para la que el mundo experimentado a su través existe actualmente) en la forma de duración.

La eternidad es, según Spinoza, algo que pertenece a la naturaleza de la Sustancia (I, 7), una propiedad de aquella cosa que, «situándose más allá de todo tiempo y de toda duración, es eterna en cuanto a su existencia tanto como en cuanto a su esencia» (M. Géroult, Spinoza, París, 1968, p. 79, tomo I), que escapa a toda medida porque todo lo que sirve para medir lo finito —así el tiempo y el número— es necesariamente finito (10). No obstante, estas definiciones sirven sólo para la Sustancia, no así para las cosas singulares, que no «existen necesariamente por sí». Las cosas singulares (las que ven los ojos de Sorger y los de Cézanne, pero también los de Spinoza cuando mira a través de sus «lentes» —las demostraciones, decía, son los ojos de alma) son finitas y, como tales, susceptibles de medida. De ellas —volvamos a la proposición citada en primer lugar— habla el filósofo al distinguir entre la concepción presente y actual de su existencia, contemporánea de la duración del cuerpo, y la concepción de su esencia: las esencias de las cosas finitas son eternas aunque estas cosas no existan necesariamente y por sí mismas.

Si la experiencia de Sorger consiste en asistir a la yuxtaposición aberrante de dos órdenes inconmensurables (la extemporaneidad de las formas geológicas y la intratemporalidad de la historia humana), si el «efecto Cézanne» consiste en situar, junto a esta manzana su «manzanidad» intemporal que la salva para siempre convirtiéndola en un acontecimiento cósmico imperecedero, también en la Ethica spinoziana se revela una sorprendente coexistencia de dos reinos incompatibles, pues «encerrando en sí la serie entera de las cosas existentes necesariamente en la duración, debe comprenderlas también en sí fuera de la duración, es decir, eternamente. Así, los mismos términos deben, por una parte, existir fugazmente en la duración, y por otra, ser eternos; no por una existencia de duración ilimitada, sino por la actualidad eterna de toda duración..., en resumen, son eternos... solamente por su esencia» (Géroult, ibíd., pp. 325-6).

Debemos recordar aquí, aunque sólo sea breve y esquemáticamente, la concepción que permite a Spinoza realizar esta sorprendente conciliación de duración y eternidad. La Sustancia spinoziana expresa su esencia en una infinidad de atributos. Cada uno de estos atributos está formado a la vez por a) una cualidad eterna infinita (y, por tanto, indivisible), y por b) una cantidad infinita divisible infinitamente. En lo que se refiere a esta segunda modalidad de la infinitud —el infinito modal cuantitativo o, en el léxico de Spinoza, el Modo—, su materia comporta dos órdenes heterogéneos e independientes, a saber: 1) una cantidad intensiva infinita, cuyas «partes» son las esencias de las cosas singulares finitas, y 2) una cantidad extensiva infinita, cuyas partes componen las existencias (Deleuze, Spinoza y el problema de la expresión, París, 1968, trad. cast. [¿ ?] H. Vogel, Barcelona, 1975).

En SV se describe un determinado «procedimiento literario» (curiosamente, esta descripción ocupa justamente el espacio intermedio entre dos citas de Spinoza, p. 23 y 24): «representarse los objetos que hay que apresar de tal modo que parezca que los estoy viendo en sueños, con el convencimiento de que allí, y sólo allí, es donde aparecen en su esencia... (el escritor) repetidamente veía en las cosas algo esencial... y cuando se empeñaba en fijarlo dejaba de estar seguro de sí mismo» (23-24). En una palabra —y aunque todavía nos resulte enigmático el recurso a «los sueños» y «la fantasía»—, lo que corresponde en la filosofía de Spinoza a la yuxtaposición vertiginosa de Sorger y al «procedimiento literario» de SV no puede ser otra cosa que esa coincidencia de duración y eternidad que se verifica en la unidad compleja del Modo, en el que coexisten las esencias (Modo infinito inmediato) y las existencias (Modo infinito mediato), respectivos correlatos de los «paisajes inmemoriales» y de la «actualidad histórica».

Y cuando se nos recuerda que «"las ideas verdaderas", como ha dicho el Filósofo, "concuerdan con sus objetos" y toda forma tiene el poder de un ejemplo» (SV-24), como los personajes de Courbet o los paisajes de Cézanne, se está aludiendo al factum spinoziano de que a cada modo finito existente corresponde una esencia (una parte del modo infinito inmediato).

Es sólo en este sentido, técnico y riguroso, en el que podemos decir que los bosquejos de Sorger o los cuadros de Cézanne retratan esencias extemporáneas, sólo en este sentido «dos pares de ojos, distantes en el tiempo, se encontraban en la superficie de un cuadro» (SV-30), en un Espacio: el pensamiento spinoziano y la pintura de Cézanne proporcionan modelos para forjar esa escritura que Sorger presiente en los espacios desiertos del Extremo Norte y que el escritor necesita para describirlos. Y hay que tener buen cuidado de no dejarse guiar por las repetidas alusiones a los sueños y la fantasía y pensar que, para el filósofo, estas esencias que se captan en las cosas cuando se conciben bajo la perspectiva de la eternidad son seres imaginarios, irreales o ideales: repitámoslo, las esencias existen (como res physicae) en tanto esencias, y son absolutamente reales y actuales en su orden, incluso aunque no exista la «cosa» de la que son esencias (como ya no existen algunos de los paisajes salvados por Cézanne ni la mayoría de los personajes de la galería de Courbet). Esta sensación indefectible de realidad es mismamente la que autoriza a Cézanne a llamar a sus obras «realizaciones» (no «fantasías») en las que los colores y las formas celebran su objeto (SV-30). Así, el encuentro del escritor con el pintor, es también su encuentro con el filósofo (11).

Sorger-Cézanne-Spinoza, Espacios-Paisajes-Esencias. En su peregrinación por los paisajes de Cézanne, el escritor señala una región del espacio que, como el Extremo Norte, parece ser «un interior del país, inexplorado todavía... un paisaje yermo y que además está casi desierto... a esta enorme tabla situada por encima del paisaje la llamo aquí la meseta del Filósofo» (SV-42). En este «paraje desierto», el escritor ve surgir ante sí toda la majestuosa —y, a pesar de todo, minúscula y cotidiana— belleza de los Espacios. De nuevo, en efecto, el paisaje se convierte en monumento de una remota era geológica: y ahora vemos claro que esa alusión al «tiempo inmemorial» es sólo una metáfora; no se trata de un tiempo anterior (ni siquiera muy anterior), sino de algo que no puede en absoluto presentarse en el curso del tiempo, algo que no puede ser presente, la eternidad misma del Tiempo que no está antes ni después de ningún tiempo, que es intemporal. «Las praderas de la montaña... formaban un paisaje de fósiles al que por el momento pertenecía también la montaña», esa que fuera el Motivo supremo del pintor. Y, en seguida, el acontecimiento espacial que ya conocemos: las formas muestran bruscamente las fuerzas que están en su origen y provocan el vértigo: «la montaña, de un modo repentino, al mirarla, volvía a mostrar su origen, el monumental arrecife coralino» (SV-43).

¿Por qué llamar a esta «realización» la meseta del filósofo? Una de las doctrinas originales de Spinoza es la que se conoce como «paralelismo»; según ella, a toda idea corresponde una cosa. La idea es un Modo de un atributo (en este caso, del atributo Pensamiento); el cuerpo, un Modo de otro atributo (Extensión). En el orden mecánico de la Extensión, las cosas son producidas por otras cosas, que son sus causas (la montaña es producida por el arrecife coralino en una torsión geomorfológica y genética); en el orden automático del espíritu, la idea de la cosa es producida por la idea de la causa de esa cosa (la idea de la montaña de Sainte-Victoire es producida por la idea del arrecife coralino), que es su causa.

Ahora bien, el cuerpo y la idea de ese cuerpo son una sola cosa ontológicamente hablando; es decir: una misma Modificación atraviesa todos los atributos y se expresa en ellos (en cada uno según su género), aunque las expresiones (cuerpos, ideas) difieran por el atributo. El Individuo está constituido por 1) una idea en el atributo Pensamiento y 2) el modo del atributo Extensión (cuerpo) representado por esa idea: la unidad del cuerpo con la idea es la vibración única e individuante que recorre la infinitud de una Sustancia a la que sus modos son inmanentes. En ese sentido, la «experiencia» del escritor en la meseta del filósofo no es simplemente la del geólogo que descubre el encadenamiento causal del arrecife y la montaña al reflejarlo en el encadenamiento lógico de las ideas del arrecife y de la montaña científicamente tratadas, sino la del pensador que descubre el isomorfismo, la isonomía y la univocidad ontológica de las ideas y los cuerpos en la vibración cósmica del paisaje. «Este ser danzante que era yo-por-ejemplo, y en esta hora perfecta, expresaba de la misma manera la “forma existencial de la extensión y la idea de esa forma existencial”, que, según el Filósofo, son una sola y la misma cosa, pero expresada de dos formas: regla del juego y juego de la regla» (SV-43).

Y es al hacer ese descubrimiento cuando se manifiesta la extemporaneidad del paisaje, ya que todas las modificaciones se producen bajo la perspectiva de la eternidad, encierran algo universal, común y eterno. «Sí, entonces yo mismo sabía también quien soy, y como consecuencia sentía un Debo todavía inconcreto» (SV-43). ¿Por qué había de sentir un deber al comprender la verdad eterna inscrita en el espacio en un hic et nunc perfectamente delimitado («y en esta hora perfecta...»)? Sencillamente, porque la comprensión del paralelismo es, como hemos visto, la aprehensión simultánea del mecanismo físico y del automatismo espiritual y, por tanto, del determinismo absoluto. El individuo está definitivamente encapsulado en ese orden, y su única posibilidad de salvación (exactamente en el sentido en que el pintor y el escritor hablan de «salvar las cosas» ) consiste en situarse en la perspectiva de la eternidad; si, por el contrario, el modo finito se sitúa en sí mismo, en el orden de la duración, se considerará sin duda dotado de libre arbitrio y liberado de todo «Debo», pero se encontrará «en el máximo de la servidumbre y la enfermedad» (Géroult, ibíd., p. 346).

Parecería, no obstante, que el triple encuentro del pintor, el escritor y el filósofo, para quedar anudado, debe conectar en los tres el aspecto de «geología genealógica» o de «pintura de las fuerzas» al que hemos aludido. Hay, evidentemente, dos planos: el plano de lo visible, y el plano de lo invisible que el Arte o el Pensamiento deben hacer visible. En el plano de lo invisible estarían las fuerzas y los poderes que tanto la estética cézanniana como la genealogía nietzscheana o la arqueología de Foucault intentan hacer pensables. A primera vista, no se percibe en el filósofo nada que nos lleve a la idea de «pensar las fuerzas». Sabemos que esa tarea va de suyo unida con la de «captar las esencias», pero desconocemos el vínculo entre las fuerzas y las esencias. Un vínculo que, sin embargo, proporciona la filosofía de Spinoza como ninguna otra, de forma tan explícita que se ha discutido a veces si se debía emplear, para «comprender» a Spinoza, el vocabulario metafísico de las esencias o el vocabulario dinámico de las potencias. Si no parece haber relación entre las fuerzas y las esencias es porque, como ya hemos señalado, para Spinoza, las esencias son (las) fuerzas: captar la esencia de algo es pensar su potencia y elevar el pensamiento a su potencia.

Hemos hablado hace un momento de una doble expresión modal de la Sustancia en Spinoza; y hemos dicho: de una parte, orden de las esencias (cantidad intensiva infinita), por otra, orden de las existencias. Interesa recordar aquí la identidad establecida por el filósofo entre esencia y potencia (o intensidad). Llega a tal grado esa ecuación que el Modo infinito inmediato es concebido como una Intensidad, como un campo intensivo «dividido» en partes de potencia, grados de intensidad, cantidades de fuerza (cantidades que, por tanto, no pueden analizarse extensivamente y son irreductibles entre sí, a pesar de no menoscabar la unidad del modo). Cada grado de intensidad es una determinación intrínseca de ese Modo, y es a su vez una esencia existente de un individuo, un principio intensivo de individualización. Así, cada individuo finito expresa el absoluto según su grado de potencia, su grado singular e imperecedero, eterno. Encontramos en ese grado de intensidad en que consisten para Spinoza las esencias el correlato de la esencia de los paisajes captada por el pintor y de la extemporaneidad de los Espacios experimentada por el escritor.

Lo que Sorger capta en sus Espacios son, en efecto, fuerzas. Pero, tras la aclaración proporcionada por la experiencia de la meseta, ya no puede tratarse de meras formaciones geológicas, sino de auténticos individuos intensos. Un individuo llega a existir en cuanto llega a expresar un determinado grado de intensidad, una determinada esencia eterna (así se comprende que los individuos puedan sufrir «conversiones», «renacimientos» y muertes según los relatos de Peter Handke). En el curso de la existencia, se puede aumentar la potencia (es decir, expresar un grado intensivo superior que, en ese momento, como las fuerzas germinales de las manzanas del pintor, deviene visible): este aumento es lo que Spinoza entiende por alegría y por sabiduría. Por eso comprendemos también el «contento» al que se refiere la proposición 27 de la parte V de la Ethica, la felicidad de quien adopta la perspectiva de la eternidad y se acuerda con su Debo, y también la alegría del escritor en «el camino de las moras» (SV-53-60).

Cuando se advierte a sí mismo que puede y debe nombrar con sus colores una mancha de tierra, está percibiendo los diferentes grados de intensidad inadvertidos en la inmensidad de la Tierra (las diferentes fuerzas de todo orden que configuran los Espacios) en lo que sólo parecía un continuum cualitativo e indiferenciado (como quien descubre el modo infinito inmediato en el modo infinito mediato): el Arte es un procedimiento para individuar intensidades, para producir individuos estéticos, como la Política lo es para producir individuos éticos y la Ontología para generar variaciones metafísicas.

El escritor toma posesión de un pequeño camino transversal, bajando del monte de Sainte-Victoire, como antaño Cézanne había tomado posesión de sus paisajes, como un individuo; se apodera del grado de fuerza que corresponde a sus condiciones de existencia. Y retengamos en la memoria la consecuencia de esta toma de posesión, que sólo más tarde se nos hará inteligible: «inauguraba para mí un nuevo parentesco con otras vidas desconocidas» (SV-59). Intuimos ya que todas esas «otras vidas desconocidas» no pueden ser sino las intensidades del campo de individuación, de las que la experiencia estética proporciona una repentina toma de conciencia: como un parentesco bastardo entre seres que no actúa siguiendo las vías de la comunidad espaciotemporal, cultural, lingüística, genérica o específica. Campo de alianzas y no ya de filiaciones.

Ocurre, en definitiva, que los dos planos yuxtapuestos —los Espacios y el tiempo actual, las esencias y la duración— se encuentran uno respecto del otro en relaciones expresivas: los Espacios, en principio extemporáneos y ajenos a la historia de la humanidad, son sin embargo capaces de manifestar la vibración instantánea e intensiva que recorre también la historia de la humanidad, son capaces de servir de modelo para una historia que tiende a la arqueología. Y esto vuelve a ser coherente con los motivos de Cézanne y hace utilizable su experimentación: «las cosas, los pinos y las rocas, en aquel momento histórico plasmado sobre la pura superficie... ¡pero comprometidos con el lugar concreto en sus formas y colores!, se habían entrelazado formando una escritura única e irrepetible de la historia de la humanidad» (SV-64). Y este lugar concreto es el nombre del cuadro, pues así el Espacio se vuelve visible en sus fuerzas y adquiere un título expresable en palabras, significando la apertura conjunta del «Reino de las Palabras» y del «Gran Espíritu de las Formas» (SV-90).

Pardo, José Luis. “De Cézanne a Spinoza”, en Sobre los espacios pintar, escribir, pensar, Serbal, Barcelona, 1991, pp. 79-92.

Notas

9. «No había que olvidar que la obra del Filósofo era una Ética», SV-43. Nuestras citas de esta obra de Spinoza, salvo algunas modificaciones en la traducción, seguirán siempre la versión de Vidal Peña, Madrid, 1975.

10. Cfr. la Def. VIII de la parte I: «Por eternidad entiendo la existencia misma, en cuanto se la concibe como siguiéndose necesariamente de la sola definición de una cosa eterna. En efecto, tal existencia se concibe como una verdad eterna, como si se tratase de la esencia de la cosa, y por eso no puede explicarse por la duración o el tiempo, aunque se piense la duración como careciendo de principio y fin».

11. «La tarea de la pintura se define como la tentativa de hacer visibles las fuerzas que no lo son... el Tiempo, que es insonoro e invisible, ¿cómo pintarlo o hacerlo audible?... Hacer sensible el Tiempo en sí mismo, tarea común al pintor, al músico, quizás al escritor. Es una tarea fuera de toda medida o cadencia» (Deleuze, Logique de la sensation, op. cit., pp. 39-43).