17 febrero, 2019

DELEUZE EN MEDIO DE SPINOZA

Pierre Macherey

Traducción de Alfredo Lucero Montaño


Una parte importante de la obra de Deleuze[1] está dedicada al estudio de filósofos: los estoicos, Leibniz, Hume, Kant, Nietzsche, Bergson, etc., pero un lugar muy singular en esta lista lo ocupa Spinoza debido al interés filosófico que le merece:

Sobre Spinoza he trabajado con más seriedad, según las normas de la historia de la filosofía, y él es el que más me ha dado la impresión de ser algo así como una corriente de aire que te empuja por la espalda cada vez que lo lees, algo así como una escoba de bruja sobre la que él te hace cabalgar. A Spinoza ni siquiera se le ha empezado a comprender, y yo no más que los demás.[2]

No se puede decir que Deleuze sea un historiador de la filosofía, ya que su método mantiene una distancia de las divisiones disciplinarias y, por ello, ignora dilemas artificiales tales como explicación y comprensión, y comentario e interpretación. Para Deleuze, cuando presenta el pensamiento de Spinoza, el hecho de analizar con el mayor rigor el texto que lo ocupa, al mostrar cómo se compone este texto y cómo logra expresar lo que tiene que decir, de ningún modo excluye una evaluación sobre su contenido especulativo desde el punto de vista de una investigación teórica, sobre su pasado histórico, en relación con algo que se ha pensado y que ya no puede ser considerado excepto en el pasado. Más aun, coincide también con el esfuerzo de un pensamiento en el presente, recreando el acto mediante el cual este pensamiento se actualiza en la propia persona que lo lee.

Antes que repensarlo, Deleuze propone una manera de pensar en Spinoza, o para pensar "en" Spinoza, colocándose él mismo en medio del entorno especulativo, en el elemento vivo desde el cual la totalidad de esta obra se desarrolla, donde esta última no es reducible a una composición de la doctrina, a un "sistema". En lugar de tomar la filosofía de Spinoza tal como es, o como se supone que es, y ofrecer una descripción de su discurso que en principio es objetiva y exhaustiva desde un punto de vista estático; la cuestión reside en producir dinámicamente, antes que reproducir, el movimiento intelectual mediante cual esta filosofía se ha convertido en lo que es. En lugar de "seguir" a Spinoza, teniendo mucho cuidado en repetir todo lo que ya ha dicho, Deleuze se coloca como si le precediera interviniendo en la historia de un pensamiento al mismo tiempo que lo da a conocer y haciéndolo conocido sólo en la medida en que interviene en él, o con él: Deleuze en medio de Spinoza también es Spinoza en medio de Deleuze.

Quizá más que la lectura de sus libros, ha sido su enseñanza donde Deleuze ha admirado a su audiencia mediante esta facultad de penetración que le ha permitido asimilar y comunicar un pensamiento filosófico desde adentro, y en profundidad, más allá de un estudio formal o abstracto de sus proposiciones. Aquí su método es aparentemente opuesto al de Foucault, quien por el contrario leía a los filósofos clásicos de una manera oblicua, y se puede decir también en diagonal, de una manera sistemáticamente parcial, al descuidar la estructura general de su pensamiento y tomar en cuenta sólo algunos de sus enunciados particulares completamente aislados de su contexto. En Deleuze las filosofías encuentran un centro y un fundamento, quizás --diría él-- un sentido, el punto de vista desde el cual son iluminadas en su totalidad. Aquí uno estaría tentado a ver el síntoma de un estudio dinámico y sintético de un texto, de 1912, sobre “La intuición filosófica"[3] que había precisamente ilustrado el ejemplo de Spinoza. Pero el Bergson que aquí se expresa, él mismo revitalizado por la lectura de Nietzsche, habla el lenguaje de una dinámica de fuerzas, por el cual el poder del significado surge simultáneamente de las profundidades y se difunde en la superficie, de conformidad con un doble principio de expresión y composición, de tal manera que se libera de un estructuralismo que hubiera asimilado completamente las lecciones de una genealogía.
En efecto, si bien lo lleva a cabo de forma diferente, Deleuze se opone menos, como a primera vista podría parecer, a la lectura que hace Foucault de los filósofos. Una fórmula que usa varias veces expresa bien cómo se encuentra “en” Spinoza: “abordarlo por el medio”,[4] “tratar de sentir y de comprender a Spinoza por en medio”.[5] El “en medio” de un filósofo, o de una filosofía, si se reflexiona en ello, pueden ser dos cosas. En primer lugar, como acabamos de ver, es el elemento de comunicación que el pensamiento de ese filósofo produce, algo que de alguna manera se parecería a lo que Foucault llama “episteme”, es decir, un campo de problemas o una nueva forma de plantear preguntas filosóficas; el hecho de plantear estas preguntas tiene un valor en sí mismo, además de las soluciones que también se pueden aportar. Desde este punto de vista, la pregunta de Spinoza, la pregunta que debemos plantearnos no es el “para”, sino el “en” Spinoza, es el nuevo problema que ha introducido en la filosofía, y que uno debe identificar leyéndolo. Según Deleuze –vamos a volver sobre este problema--, el problema es aquel de la expresión, de acuerdo al término utilizado en el título de su trabajo que ha dedicado completamente a la obra de Spinoza.[6]

Pero el “en medio” de un filósofo es además aquello que “en” su pensamiento no constituye su objetivo final ni su primer principio, sino que relaciona precisamente los dos interponiéndose entre ambos. Para abordar a Spinoza por en medio es abandonar un intento de acompañar su razonamiento paso a paso, desde el momento en que empieza su discurso hasta el momento que termina, pues ningún discurso filosófico empieza o termina realmente. Más bien, para tomar a Spinoza por en medio es, anticipándolo, aprehender su razonamiento directamente en su punto central, donde surgen sus problemas. Deleuze ha titulado un pequeño libro donde reúne varios textos dedicados a Spinoza: “filosofía práctica”.[7] La Ética de Spinoza, como su nombre lo indica, no sólo es un trabajo teórico, que debe ser leído con el fin de saber la forma en que resuelve ciertas cuestiones, sino es sobre todo una cierta manera de plantear estas cuestiones, una actitud de pensamiento y de vida, o incluso una especie de ethos, en el sentido mismo de etología. En un pasaje increíble, donde Deleuze relaciona a Spinoza con el teórico de Um welt, Uexküll, se encuentra la siguiente reflexión:

[…] se trata más bien de un curioso privilegio de Spinoza, de algo que sólo él parece haber conseguido. Es un filósofo que dispone de un aparato conceptual extraordinario, extremadamente trabajado, sistemático y científico, y no obstante es hasta el más alto punto objeto de un encuentro inmediato y sin preparación, de modo que un no-filósofo, o incluso un hombre completamente inculto, puede recibir de él una repentina iluminación, un flash. Es como si uno se descubriera spinozista, llegara al medio de Spinoza, fuera aspirado, arrastrado al sistema o la composición.[8]

Esta es la singularidad de Spinoza a través de la cual la especulación se convierte en práctica.

Leer a un filósofo como Spinoza, o “practicarlo”, consiste precisamente en descifrar los s rasgos de su singularidad, es decir, descubrir aquello que, en su pensamiento, causa un problema. Sin embargo, ¿qué causa problemas en la filosofía? No son las teorías ni las sistematizaciones doctrinales, es decir, todo lo que se puede reducir a un orden analítico de razones, sino más bien los conceptos que la producen. “La fuerza de una filosofía se mide por los conceptos que crea, o a los que renueva el sentido, y que imponen una nueva circunscripción a las cosas y a las acciones”.[9] Sin embargo, el concepto que le permite a uno entrar en Spinoza, o aprehenderlo por en medio, en los dos sentidos de esta fórmula es, según Deleuze, aquel de la expresión.

Al elegir presentar la totalidad de la obra de Spinoza confrontándola con este solo problema, esto es, la expresión, cuyas connotaciones leibnizianas hubieran parecido más evidentes, Deleuze desde el principio se desvía de las formas tradicionales de la historia de la filosofía y la preocupación, anunciada por esta última, por una orientación más estricta a la letra de los textos. De hecho, la singularidad de la lectura que hace Deleuze de Spinoza, una singularidad que le permite también a Deleuze encontrarse a sí mismo "en" Spinoza porque la singularidad de Spinoza, el concepto que Deleuze ha señalado, no se encuentra en ningún lugar formulada o tematizada explícitamente en Spinoza. Deleuze lo comenta precisamente al principio y al final de su libro: "La idea de expresión no es objeto ni de definición ni de demostración, y no puede serlo".[10] Por tanto, la idea "central" de esta filosofía también es estrictamente hablando ausente en ella. Aquello que produce significado en Spinoza no es la plenitud determinada de un objeto teórico, susceptible de estar atado a un segmento determinado de su discurso; sino que es aquello que, sin estar atado de una vez por todas a uno solo de sus puntos de una manera definitiva, justifica la posibilidad de que todo lo afirmado en ese discurso se extienda o irradie en la superficie de todo el texto de Spinoza, el cual lo ordena sin pertenecer realmente al mismo. La expresión, como medio, centro y elemento, no es "un" concepto, es decir, un simple concepto, la representación de un contenido determinado. Más bien, la expresión es el movimiento dinámico de la conceptualización, que debe encontrarse en todas partes en sus conceptos explícitos: es lo que Spinoza piensa, lo que genera en Spinoza a pensar, y también lo que nos permite a nosotros mismos pensar en Spinoza.

Todo esto significa que el orden demostrativo de la filosofía de Spinoza, organizada "según el orden de los geómetras," sólo aparentemente constituye una estructura rígida: aprehendida desde el punto de vista central de la expresión, la filosofía de Spinoza está animada por una vida intensa, que en la práctica transmite lo que primero se presentó en la forma de un discurso puramente teórico, o lo que los historiadores de la filosofía tienen la costumbre de llamar una "doctrina". La idea de la expresión no figura como tal en el texto de Spinoza, como el término substantivo podría designarla, el término "expresión" no se usa nunca, ni mucho menos aparece reflejado en el texto. La filosofía de Spinoza no desarrolla una teoría de la expresión, pero es una filosofía práctica de la expresión: se podría decir que la filosofía de Spinoza "expresa".

Esta es la razón por qué la idea de expresión se encuentra siempre matizada en el texto de Spinoza, pues en ningún caso se puede decir que esta idea está detrás del texto: por el contrario, se encuentra en una forma que, sin ser la de un concepto objetivo, se refiere al hecho mismo de la conceptualización. Esta forma del verbo exprimere, que Emilia Giancotti en el Lexicon spinozanum[11] --el mejor estudio actual sobre la terminología de Spinoza-- enumera treinta veces en la Ética, donde la primera entrada (E1def6) establece el tono para todas las demás: "Por Dios entiendo un ser absolutamente infinito, es decir, una sustancia constituida por una infinidad de atributos, de los cuales cada uno de ellos expresa una esencia eterna e infinita". Deleuze al comentar esta definición señala el principio que denomina la "tríada" de la expresión. En el hecho de expresar, como el verbo exprimere utilizado por Spinoza sugiere, se asocian así tres aspectos: un expresante (aquí la sustancia), uno expresado (aquí la esencia), y un tercer elemento (en este caso el atributo), que no es estrictamente hablando un término en la medida en que se dice por un verbo y no por un nombre. Este último elemento es lo que permite que el expresante se exprese en lo expresado. El verdadero punto de partida, por tanto, no es lo que Spinoza en un primer momento parece afirmar: Martial Gueroult ya había explicado que la Ética no comienza con la sustancia. Más bien este tercer elemento, el acto de expresar o ser expresado, es el que constituye al mismo tiempo toda realidad y la hace pensable. Y este mismo elemento activo permite también que la naturaleza sea simultáneamente "naturante" y "naturada": una fórmula según la cual la realidad de nuevo se presenta y afirma con la ayuda de un verbo (naturare: en el sentido de "naturalizar").

El problema de la expresión en Spinoza, es decir, la idea de problematizar todo su pensamiento, es inseparable del hecho de que él no reflexiona sobre la expresión a través de un término sustantivo, un nombre, este último (expressio) realmente permanece sin pronunciar, excepto en un verbo. El orden de la expresión no corresponde a un sistema de cosas congeladas en la realidad inerte que sus nombres designan, sino que es la naturaleza en la medida que se realiza en la acción y, al mismo tiempo, está contenida en la acción que la produce. La filosofía de Spinoza, mirada por en medio de esta expresión, aparece como una filosofía verdadera de la realidad: se entiende por qué niega, en todos los ámbitos, un significado racional a la noción de virtualidad; también se entiende que se trata de una filosofía de la pura expresión, de una expresión que no requiere la mediación de signos con el fin de realizarse: y esto es precisamente lo que distingue el estado de la expresión en Leibniz y Spinoza, pues uno buscaría en vano en Spinoza rastros de un carácter universal.

La expresión en acción es precisamente lo contrario de una representación: Spinoza rechazó la concepción de la idea como representación en el corazón del pensamiento cartesiano. Al sustituir la tríada de la expresión por lo que Foucault en El orden de las cosas llamó la "reduplicación de la representación", que presupone una relación puramente reflexiva del significante con el significado, Spinoza habría, por lo tanto, entendido y explicado la expresión en términos de constitución y producción, es decir, dinámicamente. Para Spinoza, el conocimiento no es la "representación" de la cosa en la mente a través de la mediación de una imagen mental capaz por sí misma de ser transmitida a través de un sistema de signos; más bien, el conocimiento es la expresión, es decir, la producción y la constitución de la cosa misma en la mente. "Es la cosa la que se expresa, es ella la que que se explica".[12] Esta es la forma en que Spinoza escapó del "lugar común" representado por el racionalismo clásico para redescubrir una verdadera "profundidad" expresiva del mundo,[13] con el fin de "fundar una filosofía post-cartesiana".[14]

La lectura expresionista que hace Deleuze de Spinoza, que se asemeja en gran medida a la forma en que mira las pinturas de Bacon, revela la singularidad absoluta de este filósofo y, como también dice Deleuze, vincula a Spinoza con "una historia [filosófica] un poco oculta, un poco maldita".[15] Esta lectura provoca una fuerza subversiva peligrosa para destacarla en el texto de Spinoza, fuerza que le confiere en su tiempo una posición paradójica, la de un punto límite que no es ni enteramente dentro ni completamente fuera: quizás Deleuze hablaría ahora de un pliegue. Si en el marco del racionalismo clásico Spinoza constituye una "anomalía salvaje", es porque en realidad se encuentra en otra parte: esto es también lo que Negri explica en una obra en todos los sentidos extraordinaria, y para la cual Deleuze escribió un prefacio a la traducción francesa[16] La presentación de la episteme clásica, definida como un orden de la representación, descrita por Foucault en Las palabras y las cosas, no deja lugar para Spinoza, pero esto es precisamente así porque Spinoza de ninguna manera tiene un lugar en este orden, del que, con todo su poder argumentativo, se desprendió a sí mismo al mostrar toda su configuración problemática. Se ha dicho antes que Foucault y Deleuze no leen a los filósofos de la misma manera, ya que no los abordan de la misma manera, pero sus enfoques se complementan antes que excluirse mutuamente. Al restaurar el texto de Spinoza en su fuerza e intensidad demostrativa, Deleuze nos permite comprender, sin recurrir a la hipótesis dialéctica de un trabajo de lo negativo, cómo la episteme del racionalismo clásico podría ser desestabilizada desde el interior, en sus márgenes. Esto es lo que todavía vive "en" el pensamiento de Spinoza.

Notas

[1] El original en ingles, Pierre Macherey, «Deleuze in Spinoza», en Warren Montag (ed.), In a Materialist Way. Selected Essays by Pierre Macherey, Verso, London/New York: Verso, 1998, pp. 119-124.
[2] Gilles Deleuze y Claire Parnet, Diálogos, Pre-textos, Valencia, 1980, p. 20.
[3] Véase Henri Bergson, “La intuición filosófica”, en El pensamiento y lo moviente, Cactus, Buenos Aires, 2013.
[4] Deleuze y Parnet, Diálogos, p. 69.
[5] Gilles Deleuze, Spinoza: filosofía práctica, Tusquets, Barcelona, 2009, p. 149.
[6] Gilles Deleuze, Spinoza y el problema de la expresión, Muchnik, Barcelona, 1999.
[7] Véase Gilles Deleuze, Spinoza: filosofía práctica.
[8] Ibid., p. 157.
[9] Deleuze, Spinoza y el problema de la expresión, p. 319.
[10] Ibid., p. 16; véase también p. 325.
[11] Emilia Giancotti, Lexicon Spinozanum, Martinus Nijhoff, La Haya, 1970.
[12] Deleuze, Spinoza y el problema de la expresión, p. 18.
[13] Ibid., p. 322.
[14] Ibid., p. 333.
[15] Ibid., p. 319.
[16] Antonio Negri, La anomalía salvaje. Ensayo sobre poder y potencia en B. Spinoza, Anthropos, Barcelona, 1993.

15 enero, 2019

UN EXTRAÑO PRECURSOR, BARUCH SPINOZA


Monserrat Galcerán

Galcerán, Monserrat, «Un extraño precursor, Baruch Spinoza», Deseo (y) libertad. Una investigación sobre los presupuestos de la acción colectiva, Traficante de sueños, Madrid, 2009, pp. 103-136.

Y es aquí donde nos tropezamos con Spinoza y su enorme repercusión en el marxismo estructuralista y post-estructuralista francés de los años setenta, aupada en el notable auge de los estudios sobre Spinoza en los últimos 30 años, especialmente en el ámbito galo. Baste citar nombres como Martial Gueroult y su monumental estudio de la Ética, Pierre Macherey, Gilles Deleuze, Alexandre Matheron, el propio Louis Althusser a pesar de lo exiguo de sus referencias, Antonio Negri. Esos estudios y su recepción en el ámbito de la filosofía marxista han revolucionado completamente las categorías con las que pensarla.

Desde un punto de vista estrictamente biográfico hay que decir que Marx, si bien estudió de
joven el Tratado teológico-político de Spinoza y copió algunos párrafos cuidadosamente, prestó poca atención a este autor. Aparecen pocas referencias a él en su obra, tanto implícitas como explícitas, y caben dudas fundadas sobre una relación directa entre Marx y Spinoza, al tiempo de que no cabe duda alguna de la relación con Hegel. Eso hace que la polémica del Marx spinoziano frente al Marx hegeliano no se dilucide en el marco de los intereses de Marx, ni de sus estudios o influencias, sino como un intento, hasta cierto punto fructífero, de salvar ciertas dificultades que el hegelianismo (real) de Marx crea en su escritura y (tal vez) en su pensamiento, y especialmente como un modo de abordar problemas reales de la constitución de la sociedad anticapitalista que no puede seguir pensándose como una unidad, como un «Estado de todos», sino que tiene que acometer proyectos políticos tan internamente diferenciados como para poder ser llevados a término por «singularidades».

Spinoza --Pierre Macherey dixit-- sería la«auténtica alternativa» al hegelianismo en Marx. Sin duda hay ahí algo de pose intelectual, más acá o más allá de que ataque un punto central del asunto. En el libro de Macherey, que será obra de referencia para todo el marxismo «spinozista», se cultiva la imagen de la oposición del talante de ambos. Mientras que Spinoza rechazó el puesto que  se le ofrecía en la Universidad de Heidelberg, para poder seguir defendiendo su pensamiento sin imposiciones ni adecuaciones externas, Hegel lo ocupó gustosamente, lo que reenvía a una oposición entre sus filosofías: la de Spinoza es la de un marginado, un rebelde, un solitario, y no se deja enseñar en la escuela sino que se difunde entre iguales; la de Hegel, por el contrario, es una filosofía de tendencia oficialista, preparada para ser divulgada entre seguidores. Negri, y no es el único, lo tacha de «¡fervoroso alto funcionario de la burguesía!».

08 enero, 2019

HOMO AMAT (Y) HOMO COGITAT


Diego Tatián

Tatián, Diego, «Prólogo», Baruch Spinoza, Tratado de la reforma del entendimiento, Cactus, Buenos Aires, 2006, pp. 9-29.


“Me parecía, además, que esos males provenían de poner toda la felicidad o infelicidad en una sola cosa, es decir, en la cualidad del objeto a que estamos ligados por amor. En efecto, lo que no se ama no engendra nunca disputas, ni tristeza si se pierde, ni envidia cuando otro lo posee, ni temor, ni odio, en una palabra, ninguna conmoción del alma. Pero ocurre todo esto cuando amamos cosas perecederas…”.

El amor extravía, la felicidad se pierde. La ruina es un efecto del amor extraviado que se expone así a las conmociones de la tristeza, la envidia, el odio, el temor. Homo amat. Esta sencilla constatación es el punto de partida del método, a la vez que la circunstancia humana elemental en la que se inscribe su necesidad. Amor y método establecen así las condiciones que permiten transitar la fortuna sin malograr la potencia de pensar y de afectar que singularizan a una criatura finita.

No se trata tanto de reprimir el odio, la envidia, la venganza, etc., como, afirmativamente, de
una estrategia del amor que se alía con el pensamiento a través del método, pues la enmienda del entendimiento es al mismo tiempo y sobre todo una reforma del amor. Homo cogitat. La tarea de una enmienda –cuyo propósito, si esta distinción tuviera algún sentido en Spinoza, no es tanto teórico como práctico— procura una transformación de la vida, la producción de una forma de vida cuyos efectos y cuyo significado presentan una dimensión última que es existencial y política. Spinoza lo dice con toda claridad: “Desde ya puede verse que quiero dirigir todas las ciencias a un solo fin y objeto, es decir, llegar a la perfección humana de la que hemos hablado, por tanto, todo lo que en las ciencias no nos hace avanzar hacia nuestro fin deberá eliminarse como inútil…”. Esa perfección humana es el amor de un bien que permita “gozar eternamente de una alegría suprema y continua”. Un amor que ya no es posible de transformarse en su contrario, que por tanto ha alcanzado la plenitud de sí, la eternidad de la alegría. La expresión es definitivamente obtenida por la Ética: amor Dei intellectualis. Un amor pensante que es lo más alto que podemos esperar y que, también allí –como la “perfección humana” descrita en las primeras páginas del Tratado de la Reforma (“…adquirir tal naturaleza y procurar que muchos la adquieran conmigo…”)--, presentará una dimensión de comunidad: “Este amor a Dios no puede se manchado por el afecto de la envidia, ni por el de los celos, sino que se fomenta tanto más cuantos más hombres imaginamos unidos a Dios por el mismo vínculo de amor” (E, V, 20).

El extravío del entendimiento –cuya forma extrema es la superstición— no es problemático por el hecho de promover el error, sino por la forma de vida que implica, por la manera de estar en el mundo que establece, por una economía del amor que lo acompaña y, en general, por la afectividad que libera.

02 enero, 2019

LEER A MACHEREY

Michael Hardt

Hardt, Michael, «Prólogo», Pierre Macherey, Hegel o Spinoza, trad. Ma. del Carmen Rodríguez, Tinta Limón, Buenos Aires, 2006, pp. 7-16.

La eternidad es ausencia de fines

1. Quienes escribimos estas líneas hemos sentido la presencia de Spinoza. La lectura fue el medio para dar con él. La experiencia de la lectura se encarga luego de invertir los términos: justamente, leer la experiencia (cuyo medio es la lectura). Una lectura que se nutre de sentimientos que la acompañan, porque no hay lectura activa que pueda prescindir del vínculo íntimo entre orden conceptual y afectos. Spinoza es quizás uno de los nombres más misteriosos --y radicales-- de esta mismidad concepto-afecto.

Se ha dicho muchas veces: a Spinoza se lo percibe en el intento de explorar una intuición
atrapada en un abigarrado texto de presunciones geométricas. Escritos una y mil veces desautorizados; como desautorizadas fueron muchas de sus lecturas posteriores (las de Asa Heshel, vagando entre guerras con la Ética en su bolsillo, o Yakov --el hombre de Kiev-- en prisión, reflexionando sobre Vida de Spinoza): sin excesivo apego a la letra, más atentos a los efectos producidos por el impacto que implica su encuentro.

Con la edición de este texto de Pierre Macherey pretendemos sumarnos a esa larga lista de filósofos y no filósofos (quienes, sin profesión, se hacen filósofos desde fuera de la filosofía misma) que han sucumbido a esta curiosa fidelidad sin obediencia, que busca una y [7] otra vez los modos de articular fragmentos de textos a la propia investigación, para rehacerse en ella.

¿Confió Spinoza excesivamente en la filosofía? ¿Se entregó en alma y cuerpo al concepto y la palabra expuesta con rigor, enmudeciendo precisamente sobre su propia relación con las pasiones, a las que se dedica largamente, sin embargo, en proposiciones y escolios?, ¿es su dios un dios muerto, pura abstracción, despojado de la vida con que lo representan las religiones? La política de Spinoza, su filosofía práctica, no se esconde en recónditos detalles en torno al origen de tal o cual palabra utilizada en una vieja carta aún no lo suficientemente descifrada. Su modo de ir más allá depende, para ser iluminado, de nuestras propias estrategias de desacato. El sentido de su sustracción tan radical de la vida pública y universitaria, de sus modos en apariencia solitarios, ascéticos, está definitivamente perdido y sólo alimenta mitos sin fuerza si no se reabre al fragor de una reflexión actual sobre los modos de relación con los libros, las palabras, la vida social, las representaciones públicas y los compromisos políticos.

Spinoza desarrolló en sus días una política de la cautela. Una prudencia extrema -y ya célebre--, ante los sucesos de la vida pública del reino de los Países Bajos de aquellos años del siglo XVII. Sus sugerencias para una moral provisoria tenían por objetivo conquistar los medios para una existencia filosófica a la altura de sus intuiciones, malditas entonces, malditas ahora --contracara de la moda Spinoza de la que sin dudas no hemos dejado de beneficiarnos-- sin chocar con los prejuicios de época. Comprendemos muy bien que ni aún así haya podido evitar los escándalos: toda época se define, también, por sus prejuicios. El método de la cautela puede recobrar su proximidad si lo reconocemos como prudencia necesaria y cuidado práctico interior a todo proyecto de desobediencia.

01 diciembre, 2018

DE LOS MODOS DE VIDA XVII

Sergio Espinosa Proa

Que Toni Negri sea spinozista está bien; que quiera ver en él un precursor de Marx ya no es tan bueno; que haga de él un humanista es francamente inaceptable. Sin embargo, es lo que intenta en
La anomalía salvaje. Se trata de "la alternativa irreductible" a la "mediación burguesa", pero no quita el dedo de la llaga: la solución es la apropiación, y la herramienta son las fuerzas productivas. ¡Spinoza no es Bataille! Pero tampoco, más por fortuna que por desgracia, es Marx. "Es como si el siglo XVII tuviera un borde oscuro nutrido para esconder su pecado original" (p. 244). La traición (y la claridad) vienen del lado de Spinoza; traición es, precisamente, el concepto de apropiación. Pero esto debe entenderse justamente: es "el hombre" quien ha de re-apropiarse de su potencia, no de la tierra como objeto. ¿De acuerdo, pero cómo evitar lo segundo incurriendo en lo primero? Negri no lo dice. Está decidido a hacer de esta filosofía el antídoto para la mediación burguesa; es lo único que parece importar. Es, ciertamente, una vía caracterizada por la in-mediación. La continuidad de la potencia, el conatus y la mente (o el alma) es la llave maestra que se opone a la línea mecanicismo-crisis-absolutismo. Toda la tercera parte de la Ética aborda, con un microscopio, la transformación de la potencia en deseo. Esta transformación no es efecto de una mediación, sino, literalmente, de una explosión. El ser es inmediatamente dinamismo. En otras palabras, el único horizonte metafísico es el de la potencia, y en tal virtud el único camino adecuado es el de la ética: arte de la liberación (de la perfección) y de la construcción práctica del mundo. El pasaje va de lo abstracto a lo concreto, de lo posible a lo real, de la liberación a la constitución. En los términos más generales, Spinoza no "resuelve" el mundo en abstracciones, sino que lo disuelve en lo real: la ética es la afirmación de la vida (contra la muerte), el amor (contra el odio) y la felicidad (contra la tristeza). "Desde aquí, por tanto, se inicia la vida" (p. 283). Verdadero inicio, puesto que rebasa y deja atrás todo dualismo metafísico. Si el mundo es concebido como totalidad irreductible, Dios es la cosa. Es aquello que se extrae de la quinta parte de la Ética: el alma es zona divina no porque sea trascendente al ser, o al cuerpo en particular, sino porque se asume desde el punto de vista de la eternidad (como hay que asumir todo lo singular). El nexo de la liberación (laica) con la salvación (religiosa) es destacado por Negri: de ellas depende la felicidad. La teología deviene así ontología, y ésta fenomenología del proceso de autoconstitución humana; el misticismo deviene materialismo. Todo esto es consecuencia de eliminar la idea de un Dios trascendente, de un Dios creador, de un Dios-Amo del mundo. No hay "descenso" de lo divino a lo real, no hay "condescendencia" de Dios hacia el hombre. "La teología desaparece", dice Negri (p. 304). Sí, pero ¿no es esto una mera secularización? ¿Qué significa mantenerse en este nivel? Oldenburg, amigo de Spinoza, le advierte que todo el cristianismo reposa en la creencia en el milagro y en el carácter mediador de Cristo; en última y en primera instancia, existe toda una necesidad en la secuencia de los hechos y de las causas, lo cual anula el libre albedrío. ¡Se enemistará con las buenas conciencias! Pues dicho y hecho: la subversión de la religión es también una subversión de la política. Lo es desde el principio: nada puede comenzar sin pasiones, lo cual significa que la política no es en modo alguno lo que debe ser, o lo posible, sino lo que es. En segundo lugar, la política no puede subordinarse a la moral. En consecuencia, la política "es el reino de la imaginación material", lo cual implica que la libertad, definida en contra de la ilusión y del libre albedrío, constituye no un ideal sino una condición: es la conciencia de la necesidad. Es ella la que moviliza todas las antinomias, la principal de las cuales es la oposición potencia/poder (o poder/dominio): la potencia libera y estimula, el poder (concebido como potestad) subordina. El Tratado político ensaya ampliamente esta diferencia, con una clara preponderancia de la República contra la Monarquía: la primera designa el poder de la multitud, no el de la sociedad política. Negri resume el aporte --y la diferencia-- de Spinoza en estas palabras: "En el contexto filosófico del siglo XVII, Spinoza realiza un milagro: subordinar la crisis al proyecto" (p. 347). Ya conocemos la posición del italiano: el proyecto no es otro que el del humanismo renacentista. Lo de Spinoza es anómalo porque choca con el empirismo y el racionalismo que, según esto, manifiestan una derrota ante la crisis; uno y otro son "funcionales" para la burguesía, clase mediadora por excelencia. Hay un Spinoza que exacerba la crisis del Renacimiento y otro Spinoza que, a efectos de superarla, propone una reconstrucción ética. "Después de Wittgenstein viene Heidegger. Spinoza es una alternativa a este curso filosófico" (p. 349). Sí, porque no se trata, como en ellos, de comenzar de nuevo, sino de poner las cosas en su lugar. El concepto de "apropiación", entre otros muchos, no por fuerza es burgués. Tampoco queda igual, por cierto, el concepto de Dios: éste no designa otra cosa que la multitud, es decir, la multiplicidad de los modos. No hay necesidad alguna de la dialéctica: bastan la paradoja y la reinstauración. No existen ni lo negativo ni lo vacío. Negri alude a Ginzburg: "La lógica spinozista no conoce la hipótesis; sólo la traza, el indicio" (p. 350). El aparato dialéctico --la aufhebung-- se halla ausente: no hay verticalidad, no hay sublimación, no hay superación. ¿Qué hay entonces? Procesos constitutivos. El italiano está deslumbrado, y por propia confesión declara que no puede hacer más que pensar en términos de traslado: de la religión a la revolución. ¡No hay otra explicación!