10 de marzo de 2014

Spinoza, Oldenburg y van Blijenbergh

Miriam van Reijen

Dos correspondencias

La correspondencia hasta hoy conocida de Spinoza consiste de 88 cartas, publicadas en Holanda en 1977. [1] La numeración de las cartas está basada en la edición de Van Vloten/Land (1883), en que por primera vez publicaron las cartas (84) en orden cronológico. [2] En la Opera posthuma y De nagelate schriften, las cartas fueron publicadas por corresponsales. La correspondencia entre Henry Oldenburg y Spinoza es la más amplia y prolongada. Son 17 cartas de Oldenburg a Spinoza y 11 de Spinoza a Oldenburg y, por las referencias en algunas cartas, se sabe que hubo más. La primera carta en todo el epistolario es de Oldenburg, escrito el 16 ó 26 de agosto del año 1661, cuando Spinoza tenía poco de vivir en Rijnsburg. La última carta de Oldenburg a Spinoza lleva la fecha de 11 de febrero de 1676, un año antes de la muerte de Spinoza. Hubo intervalos cortos y uno más largo, de diez años, en que no se escribieron. El intervalo grande se efectuó después de la carta XXXIII, la respuesta de Oldenburg, a la carta XXXII de Spinoza, de que se trata ese dossier.

Del total de cartas, 62 están escritas en latín —entre ellas las de Oldenburg y Spinoza—, conforme a la costumbre de los eruditos en este tiempo. Las otras 26 cartas están escritas en holandés, entre ellas, las ocho que —cuatro cada uno— que intercambiaron Spinoza y Willem van Blijenbergh, dentro de pocos meses, en 1665. Van Blijenbergh, un comerciante de granos en Dordrecht, que no sabía nada del origen de Spinoza, le escribe en holandés. Spinoza le contesta de la misma manera y suspira porque hubiera deseado escribirle en su lengua materna para hacerse entender mejor. Van Blijenbergh, que no está enterado de cuál es esa lengua materna (el portugués), le contesta en holandés, pero escribe que le gustaría de acceder a la “solicitud” de Spinoza, siempre y cuando sea en francés o latín. Spinoza ya no reacciona y sigue escribiendo en holandés; con esto, se concluye el asunto. El 28 de abril de 1665, Henry Oldenburg escribe “al ilustrísimo señor y queridísimo amigo” Baruch de Spinoza:

Me he alegrado muchísimo cuando supe, por la reciente carta del señor Serrarius, que usted vive y está sano y que se acuerda de su Oldenburg pero, al mismo tiempo, acusaba severamente a mi suerte (si es posible usar tal vocablo), porque me ha privado durante tantos meses de ese agradabilísimo comercio epistolar que tenía antes con usted. [3] Spinoza contesta pronto al “integérrimo amigo”: Me he alegrado muchísimo al saber finalmente por usted mismo que goza de buena salud y que su benevolencia para conmigo es la misma de siempre. Yo, por cierto, todas las veces que se presentó la ocasión, no dejé nunca de pedir noticias de usted y de su salud al señor Serrarius y a Christian Huygens. [4]

En el intervalo corto de los “tantos meses” que a Oldenburg le hizo falta el contacto con Spinoza, se efectuó la otra correspondencia, de van Blijenbergh con Spinoza, es decir, del 12 de diciembre de 1664 hasta el 27 de marzo de 1665. En estos tres meses no se encuentra otra carta de o a Spinoza. En el intervalo entre la última carta de van Blijenbergh a Spinoza y la repuesta corta y denegada de Spinoza, solamente se conoce la carta de Oldenburg a Spinoza y la respuesta de él, en que se encuentran sus primeras frases citadas arriba, de las cartas XXV y XXVI. Entonces, en esos meses en el año 1665 en que escribe también la carta XXXII, la vida de Spinoza lleva la huella de la correspondencia con esos dos hombres.

No se encuentra en el epistolario de Spinoza ninguna carta en la que él comience una correspondencia. Siempre la iniciativa pertenece al otro y Spinoza contesta. Así pasó con Oldenburg y con Van Blijenbergh. A ambos sólo los encontró una vez en persona.

 Dos visitas a Spinoza

Oldenburg, doce años mayor que Spinoza, le escribe su primera carta después de una visita a Spinoza en Rijnsburg, en el verano del año 1661. Van Blijenbergh, de la misma edad que Spinoza, visitó Spinoza entre el 13 y 27 de marzo 1665 en Voorburg. Como Oldenburg, quién en agosto de 1661 escribió su primera carta a Spinoza después de su visita, también van Blijenbergh describe la impresión que su visita le ha dado. Pero ¡que differencia! Oldenburg escribe:

Cuando lo visité recientemente en su retiro de Rijnsburg, me fue tan penoso apartarme de su lado, que no bien estuve de regreso en Inglaterra he tratado de ligarme nuevamente con usted cuanto fuera posible, al menos por el comercio epistolar. Un conocimiento de las cosas esenciales, unido a la afabilidad y a la belleza de las costumbres (con todo lo cual la Naturaleza y su propio esfuerzo lo han provisto a usted muy abundantemente) poseen tal atractivo en sí mismos que conquistan el amor de todos los hombres sinceros y de amplia cultura. Por lo tanto, excelentísimo señor, estrechemos nuestras diestras como prueba de amistad sincera y cultivémosla asiduamente con todo género de atenciones y favores. [5]

Tres cartas de Spinoza en que explicaba, aclaraba y contestaba decenas de preguntas, muchas repetidas, de van Blijenbergh precedieron su visita. Van Blijenbergh, después de tres cartas extensas con preguntas, objeciones y quejas, escribe inmediatamente después de la visita la cuarta, que será la última, y esa carta contiene las mismas preguntas y objeciones que las anteriores. Van Blijenbergh escribe lo siguiente:

Cuando tuve el honor de visitarlo, la falta de tiempo no me permitió prolongar esa visita, y mucho menos que la memoria conservara lo que tratamos en nuestros coloquios; aunque tan pronto como me separé de usted juntara todas las fuerzas de la memoria para retener el oído. Por tanto, al llegar al próximo lugar, traté de confiar al papel sus opiniones, pero me di cuenta entonces de que, en verdad, no había retenido ni siquiera una cuarta parte de lo tratado. De modo que usted me disculpará, si lo molesto una vez más preguntándole solo acerca de aquellos casos en que no he comprendido bien su opinión. [6]

Spinoza postergó su respuesta y, después de más de dos meses, el 3 de junio de 1665, pone punto final a la correspondencia con una nota corta y formal, pero clara al “muy civilizado y muy estimado señor Wilem van Blijenbergh” y le pide “de la manera más amable que desista de su pedido” de más explicación. Pero claro, la primera carta de van Blijenbergh comenzó, al igual que la primera de Oldenburg, alabando a Spinoza.

Dos amistades

Spinoza todavía no había publicado nada de “su filosofía” en 1661, cuando le visitó Oldenburg. Entre 1663 y 1664 solamente había descorrido un poco el velo. Lo hizo por medio del prólogo de Lodewijk Meyer, de su primer libro Renati Des Cartes Principia Philosophiae, explicitamente, y en el libro mismo, escondido. Van Blijenbergh había leído ese libro, del que se había publicado también una traducción en holandés. Pero las dos correspondencias comienzan con la oferta de amistad a Spinoza. Oldenburg escribe, después de las frases ya citadas arriba: “Considere usted verdaderamente como suyo lo que pueda aprovechar de mis escasos dones. Pero de las dotes intelectuales que usted posee, permítame reclamar para mí la parte que no pueda redundar en detrimento suyo”. La carta termina así: “Mientras tanto, consérvese usted bueno y recuerde mucho a su amigo que es con todo afecto y devoción suyo”. [7] Spinoza le contesta que “le parece que no es poco orgullo de mi parte atreverme a entablar amistad con usted, sobre todo cuando pienso que entre amigos todas las cosas, especialmente las espirituales, deben ser comunes”. [8] Van Blijenbergh escribe que

No a usted, sino más bien a otros me convendría hablarles de la suma solidez que en él encontré y del placer que me produjo [...] es alguien que usted podrá conocer más íntimamente con tal que le agrade vincularse mucho con él, para abrir y casi perforar una salida a sus atascados pensamientos. [...] también se presentaron algunas difíciles de digerir. [9]

Aquí me parece notable que ya van Blijenbergh no pide una aclaración intelectual, sino —así parece más y más claro en las cartas que siguen— una opinión que para él es más “digerible”. Spinoza contesta aún con más entusiasmo y con un elogio en la amistad:

...entre las cosas que no están en mi poder, nada estimo más que entablar amistad con hombres que aman sinceramente la verdad: pues creo que entre las cosas que no están en nuestro poder, nada absolutamente podemos amar en el mundo con mayor tranquilidad que a tales hombres. Pues es tan imposible destruir el amor que ellos recíprocamente se profesan, dado que se funda en el amor que cada uno de ellos tiene por el conocimiento de la verdad, como no abrazar la verdad misma una vez comprendida. [10]

Qué lastima para Spinoza que van Blijenbergh en la carta siguiente confiesa que él tiene dos reglas generales para trata de filosofar: la primera es el entendimiento claro y distinto, pero la segunda es el verbo revelado de Dios y, cuando chocan, pone este último por encima de la verdad racional. [11]

El tono en la correspondencia con van Blijenbergh cambia con esa confesión. Ya en su respuesta, Spinoza quiere poner fin a la correspondencia, porque le parece que está molestando a van Blijenbergh con sus explicaciones y que tampoco tienen alguna utilidad. Pero sigue y le aclara mejor los términos que utiliza. Pero los reproches de van Blijenbergh vienen más y más, mientras que Spinoza siempre explica de nuevo. Por el contrario, las cartas de Oldenburg siguen igualmente amables y con respeto y animan a Spinoza a enviarle sus escritos, a no tener miedo de publicarlos. Aunque Spinoza escribe abiertamente a ambos sobre sus opiniones, también se pone más y más cuidadoso y menos exhaustivo en sus explicaciones. Ya desde su segunda carta a van Blijenbergh, termina con una frase cuando se trata del libro albedrío: “...y se agrega que yo sostengo una opinión contraria y cómo la sostengo: lo que quizá indicaré a su debido tiempo. Pues ahora no tenga esa intención”. [12] La carta siguiente Spinoza la termina de forma aún más drástica e irónica: “La otra cuestión que usted agregó al final de la carta, no la contestaré, porque en una hora podríamos preguntar cien de la misma índole, sin llegar nunca a resolver una sola, y porque usted mismo no tiene tanta urgencia por la repuesta”. [13] Spinoza se dio cuenta que van Blijenbergh solamente tenía interés en convencer y convertirlo, como más tarde se puso de manifiesto en sus dos libros impetuosos en contra del Tratado Teológico-Político (1674) y la Ética (1682).

En la carta XXXII a Oldenburg, escribe también a veces de una manera evasiva, por ejemplo, después de dar su opinión de que no solamente el cuerpo humano es parte de la naturaleza, sino también la mente humana: “Pero explicar y demostrar con precisión todas estas cosas y las con ellas ligadas sería una tarea demasiado amplia y no creo que usted espere esto de mí ahora”.

Se puede preguntar de dónde vino el interés de Oldenburg con respecto a Spinoza y sus trabajos. Como secretario del Royal Society, tenía interés en todo que pasaba en el ambiente científico. Sin embargo, Spinoza era más filósofo que hombre de ciencia. Tenía contacto con Huygens, pero no mucho. Nunca se comunicaba directamente con Boyle. Oldenburg le preguntó alguna vez algo o le pidió una información, pero tampoco es mucho ni parece muy importante. Una vez le escribió sobre “problemas que le molestan”, pero no explica cuales son. Hay un tema un poco extraño que ocupa a Oldenburg: el milenarismo. ¿Será que pensaba que Spinoza como judío “convertido” podría ser útil en este movimiento? Vuelvo a algunos temas filosóficamente más interesantes.

La correspondencia con van Blijenbergh motivó Spinoza a escribir el Tratado teológico-político

Las cartas de Oldenburg antes y después del intervalo de 1665 hasta 1675 tienen otro tema y esencia. Las cartas hasta 1665 tratan de filosofía y ciencia, las de 1675 y 1676 tratan de religión y teología. Spinoza ya le había anunciado su Tratado Teológico-Político en 1665, en la carta del 1 de octubre de 1665. [14] Escribe a Oldenburg sus motivos para dejar el trabajo en su Ética y escribir un tratado teológico-político. Es bien conocido: los motivos son los prejuicios de los teólogos, la opinión del vulgo que le acusa de ateísmo y la represión de la libertad de filosofar por parte de los predicadores. El Tratado... salió en 1670 y fue prohibido en 1674. Se nota que Spinoza escribe esta carta tres meses después de poner fin a correspondencia con van Blijenbergh. Sus explicaciones no habían ayudado a ese corresponsal para ser más juicioso. Las cartas del buen cristiano se caracterizaban hasta el fin por la imagen de un Dios antropomórfico y por el moralismo. Por algo, Gilles Deleuze habló sobre esa correspondencia como “las cartas del mal”. [15] Spinoza intentó varias veces de aclarar y explicar a van Blijenbergh el significado de los términos y su manera de razonar, pero él no cambió en nada y, al contrario, más culpó a Spinoza de cosas horribles. Yo supongo que esta experiencia fue lo que llevó a Spinoza a escribir un tratado para distinguir la filosofía de la teología. Como escribió a van Blijenbergh: “quisiera advertir aquí, que cuando hablamos filosóficamente no deberíamos usar expresiones de la teología”. [16] El tiempo para la Ética todavía no había llegado, le faltaba prepararlo. No fue por el anatema en 1656 de la comunidad portuguesa-judía en Amsterdam, como se dice a veces. Ese acontecimiento ya había quedado casi diez años atrás y parece que no lo afectaba tanto. Probablemente fue la correspondencia con van Blijenbergh que Spinoza tenía que elaborar y digerir trabajando los cinco años después de 1665 en su Tratado teológico-político.

Oldenburg pregunta a Spinoza por Descartes

Ya en su primera carta, Oldenburg preguntó a Spinoza “qué defectos encuentra usted en la filosofía de Descartes y de Bacon”. [17] Spinoza contesta: “no es mi costumbre señalar los errores de los otros” y lo hace lo más corto que posible. Frases como “Solo me dedicaré a mostrar el tercer error” y “mostraré la falsedad de esta causa y me ocuparé poco de las demás porque carecen de importancia” muestran su indiferencia y desgana. [18] En la carta XXXIII, Oldenburg solicita a Spinoza más explicaciones acerca de lo que había escrito en la carta anterior sobre las reglas del movimiento de Descartes. [19] No sabemos la respuesta de Spinoza, en el caso de que hubiera alguna, porque después de esta carta comienza el intervalo de diez años sin cartas conocidas. Pero también en la carta XXXII, Spinoza mostró poco interés en Descartes. Escribe algo sobre él solamente porque Oldenburg le ha entendido mal en la carta anterior:

En cuanto a lo que escribe luego, que yo insinué que las reglas cartesianas del movimiento son casi todas falsas, dije, si mal no recuerdo, que ese es el parecer del señor Huygens. Yo afirmé que, excepto la sexta regla de Descartes, ninguna otra era falsa; acerca de la cual dije que creía que Huygens también estaba equivocado. [20]

Supongo que Spinoza ya había perdido su interés en Descartes desde que terminó su libro sobre la filosofía de Descartes (Principia philosophiae cartesianae) en 1663. Y aquí también ayuda la correspondencia con van Blijenbergh. Este hombre está inseguro sobre lo que Spinoza escribe en sus Principia..., porque no es muy claro cuándo explica la filosofía de Descartes y cuándo da su propia opinión. Un amigo de Spinoza, Lodewijk Meijer, había explicado en el prologo de sus Principia..., que Spinoza opina muy diferente de Descartes: no cree en un Dios personal, no acepta la dualidad de cuerpo y mente y por eso no cree en el libre albedrio. Spinoza solamente escribió este libro porque sus amigos casi lo exigieron después que se dieron cuenta que él estaba explicando Descartes a un estudiante, Casuarius.

Spinoza mismo escribe a Oldenburg en 1663 que él tenía su propio motivo, como un “orden del día escondido” para publicar ese libro.

Ahora, finalmente, amabilísimo amigo, me queda algún tiempo para comunicarle estas cosas y, a la vez, para poder decirle el motivo por el cual permito que salga a luz ese Tratado. A saber, en esta ocasión quizás se encontrarán algunas personas entre los que ocupan las posiciones principales de mi patria, que desearán ver las cosas que he escrito y que reconozco como mías y, por lo tanto, procurarán que pueda publicarlas sin ningún peligro de inconvenientes de orden legal. En verdad, si así ocurre, no dudo que publicaré en seguida alguna cosa. [21]

Pero no pasó lo que Spinoza esperaba. El único reconocimiento por motivo del libro sobre Descartes vino del extranjero y hasta el año de 1673: el príncipe de Palts le ofreció la cátedra de profesor ordinario de filosofía en la Universidad de Heidelberg (Alemania), con la garantía de la “amplísima libertad de filosofar” con la confianza del príncipe “que no abusará de ella para perturbar la religión públicamente establecida”. [22] Seguro que la segunda parte de la frase obligaba a Spinoza a rechazar la oferta. [23]

Spinoza confiesa en una carta a van Blijenbergh, quien se confunde tantas veces sobre cuál es la opinión de Descartes y cuál es la opinión de Spinoza mismo, y que nuevamente le pide explicación, que ya se ha apartado de Descartes desde la aparición del PPC.

...y se agrega que yo sostengo una opinión contraria y cómo la sostengo; lo que quizá indicaré a su debido tiempo. Pues ahora no tengo esa intención. Pero acerca de la obra sobre Descartes, ni he pensado, ni he tenido ulterior cuidado de ella, después que apareció en idioma holandés; y, por cierto, no sin una razón, que sería demasiado largo referir aquí. [24]

Me parece que esa es la explicación, porque Spinoza no contesta de manera ni clara ni amplia sino indiferente a la pregunta de Oldenburg sobre las leyes de colisión en Descartes y Huygens. Y supongo que Spinoza no quería siquiera escribir las razones porque ya no le interesaba Descartes. Para explicar eso, ineludiblemente tenía que mostrar y enseñar mucho más de su propia filosofía, en la que estaba trabajando para un libro al cual, ya en las cartas a Van Blijenbergh en 1665, se refiere como “mi Ética”.

Las cartas XXXI y XXXII

El motivo para el tema principal de la famosa carta XXXII se encuentra en la carta XXXI, y la frase a la cual Oldenburg se refiere en esa carta se encuentra en la carta XXX. Oldenburg pregunta, también en nombre de Boyle: “...si logra alguna luz en la ardua indagación que versa acerca de la manera de conocer cómo cada parte de la naturaleza concuerda con su todo y de qué modo se relaciona con las demás partes, nos lo comunique”. Spinoza escribe:

Pues me parece que no es justo burlarse de la naturaleza, y mucho menos deplorarla, cuando pienso que los hombres, como las demás cosas, solo son una parte de la Naturaleza y que ignoro cómo cada parte de la naturaleza concuerda con su todo y cómo se enlaza con las demás partes. [25]

Spinoza responde con ironía que lo va a hacer “en la medida de mi modesto ingenio”. [26] Primeramente, distingue entre las dos maneras en que se puede entender la pregunta de Oldenburg: para entender de qué modo y cómo se relacionan cada parte de la naturaleza con su todo, se requeriría conocer toda la naturaleza y todas sus partes. Eso es asunto de las ciencias. Pero cuando quiere saber las razones o la causa para afirmar eso, es otra cosa, eso es filosofía o meta-física. Ya advierte que, aunque utiliza palabras como “relacionadas” o “concuerdan”, no quiere decir que atribuye a la naturaleza “orden” o “hermosura”, que solamente se puede atribuir con nuestra imaginación. Más tarde, explicará eso ampliamente en el prefacio a la cuarta parte de la Ética y comienza allá también con un “decir algo previo acerca de la perfección e imperfección, y sobre el bien y el mal”. [27] Los hombres se han habituado a llamar así a las cosas de la naturaleza, pero en virtud de un prejuicio y no por conocimiento.

Una cosa es parte de algún todo solamente cuando su naturaleza coincide con o se adapta a otras partes del todo y, en cuanto nosotros tenemos una idea de una cosa distinta de otra cosa, cada una es considerada como un todo. Eso quiere decir que las ideas de “parte” y “todo” siempre son relativas, construcciones mentales. Por eso, Spinoza habla en términos subjetivos como “concebirse”, “ser considerado”. Se trata de perspectivas o marcos de referencia diferentes, en los que cada cosa puede aparecer como parte de algún todo o como un todo que contiene a su vez partes. En palabras modernas, se puede hablar de un pensar sistémico o ecológico. [28] No se puede nombrar a algo como parte o como todo fuera de la relación con otra cosa. Se reconoce o nombra una cosa como algún todo, un individuo, o por motivo de su velocidad o su escala, o a veces por un motivo práctico. La parte más pequeña no contiene partes, pero, para que sea parte, tiene que formar con otras partes un todo. [29] Y el todo más grande tiene que ser un todo que ya no se relaciona con otra cosa, entonces, no es parte de un todo más grande. Pero no es así que una parte más pequeña es lo más simple y el todo más grande es lo más complejo. Es al revés. La parte más pequeña es compleja, que quiere decir que, para conocerla y entender su existencia, hace falta conocer muchas de sus relacionas. Una parte pequeña como el gusanito o como cualquier hombre no se da cuenta de su dependencia. Pero cuanto más pequeña la parte, con más partes hay que convenir y más leyes hay que conocer. Cada unión y organización más amplia o grande tiene que ser más simple para que las partes se puedan integrar. La diversidad se hace cada vez menos y menos hasta la naturaleza entera, que es el todo. En ese todo o universo, las leyes y la cantidad de energía, es decir, la relación o ratio de movimiento y reposo, no cambia. Todos los cambios son desplazamientos dentro del universo o la substancia. Las partes del todo sí se renuevan y se sustituyen. Cuanto más complejo el individuo, más puede cambiar permaneciendo aún como el mismo individuo. El universo experimenta una infinitud de cambios y queda igual, no pierde su identidad. [30] Las partes de algún todo contraen otras composiciones, es decir, con partes de otro todo forman un nuevo todo. Por ejemplo, cuando el ser humano come algo, “las leyes o la naturaleza de una parte (= este ser humano) coinciden de tal modo (= digestión) con las leyes o naturaleza (= digestión) de la otra parte, que se contrarían lo menos posible”. [31]

El todo (dios, la substancia, la naturaleza) también es simple, porque se puede entender y conocer su existencia. Todas las otras cosas no son simples, porque la existencia solamente se puede conocer y entender como determinada por otras cosas. “Padecemos en la medida en que somos una parte de la naturaleza que no puede concebirse por sí sola, sin las demás partes”. [32]

Ese entendimiento es el que le falta al gusanito en la sangre. “El cuerpo humano es afectado de muchísimas maneras por los cuerpos exteriores, y está dispuesto para afectar los cuerpos exteriores de muchísimas maneras”. [33] La falta de reconocer las afecciones del todo complejo lleva a tomarse por auto-determinado e independiente. Es la ilusión del libre albedrío: “los hombres se equivocan al creerse libres, opinión que obedece al solo hecho de que son conscientes de sus acciones e ignorantes de las causes que las determinan”. [34]

En la imaginación se notan contradicciones y diferencias que caen bajo leyes desconocidas; la razón corrige la imaginación múltiple y hace más sencilla la realidad con sus nociones comunes. En la ciencia intuitiva desaparece todo conflicto, diversidad y hasta la diferencia entre parte y todo. En eso consiste el bien verdadero y el sumo bien es gozarlo junto a otros individuos. El bien verdadero: “es decir, el conocimiento de la unión que tiene el espíritu con toda la Naturaleza”. [35]

Notas

  1. Baruch Spinoza, Briefwisseling, F. Akkerman, H. G. Hubbeling, A. G. Westerbrink (eds.), Amsterdan: Wereldbibliotheek, 1977.
  2. Benedicti de Spinoza, Opera, J. van Vloten y J. P. N. Land (eds.), Den Haag: Nijhoff, 1883.
  3. “Carta XXV”, en Baruch Spinoza, Epistolario, Oscar Cohan, Diego Tatian y Javier Blanco (trads.), Buenos Aires: Colihue Clásica, 2007, p. 129.
  4. “Carta XXVI”, en Baruch Spinoza, Epistolario, pp. 130-131.
  5. “Carta I”, en: Baruch Spinoza, Epistolario, p. 15.
  6. “Carta XXIV”, en Baruch Spinoza, Epistolario, p. 126.
  7. “Carta I”, en Baruch Spinoza, Epistolario, pp. 15-16.
  8. “Carta II”, en Baruch Spinoza, Epistolario, p. 17.
  9. “Carta XVIII”, en Baruch Spinoza, Epistolario, pp. 79-80.
10. “Carta XIX”, en Baruch Spinoza, Epistolario, p. 83.
11. “Carta XX”, en Baruch Spinoza, Epistolario, p. 89.
12. “Carta XXI”, en Baruch Spinoza, Epistolario, p. 115.
13. “CartaXXIII”, en Baruch Spinoza, Epistolario, pp. 125-126.
14. “Carta XXX”, en Baruch Spinoza, Epistolario, p. 140.
15. Gilles Deleuze, Spinoza. Philosophie pratique, Paris: Minuit, 1970, pp. 44-63.
16. “Carta XXIII”, en Baruch Spinoza, Epistolario, p. 123.
17. “Carta I”, en Baruch Spinoza, Epistolario, p. 16.
18. “Carta II”, en Baruch Spinoza, Epistolario, pp. 18-19.
19. “Carta XXXIII”, en Baruch Spinoza, Epistolario, p. 148.
20. “Carta XXXII”, en Baruch Spinoza, Epistolario, p.146.
21. “Carta XIII”, en Baruch Spinoza, Epistolario, p. 63. Esta carta corresponde a julio de 1663.
22. “Carta XLVII”, en Baruch Spinoza, Epistolario, p.195. Esta carta es de J. Luis Fabricio, Consejero del Elector Palatino
23. “Carta XLVIII”, en Baruch Spinoza, Epistolario, p. 197.
24. “Carta XXI”, en Baruch Spinoza, Epistolario, p. 115.
25. “Carta XXX”, en Baruch Spinoza, Epistolario, p. 139.
26. “Carta XXXII”, en Baruch Spinoza, Epistolario, p. 143.
27. Baruch de Spinoza, Ética, IV, prefacio.
28. Daniel Hansson, “Unpacking Spinoza: Sustainability Education Outside the Cartesian Box”, en Journal of Sustainability Education, volumen III, marzo, 2012.
29. William Sacksteder, “Spinoza on Part and Whole: The Worm’s Eye View”, en Southwestern Journal of Philosophy, número 8(3), 1977, pp. 139-159; William Sacksteder, “Simpel Wholes and Complex Parts: Limiting Principles in Spinoza”, en Philosophy and Phenomenological Research, número 45(3), 1985, pp. 393-406 (este texto fue reimpreso como Spinoza: New Perspectives, Robert W. Shahan and J. I. Biro (eds.), Norman-Oklahoma: University of Oklahoma, 1978, pp. 139-159.
30. Lee C. Rice, “Spinoza on Individuation”, en: Essays in Interpretation, M. Mandelbaum y E. Freeman (eds.), Illinois: La Salle-The Open Court Publishing Co., 1975, pp. 195-214.
31. “Carta XXXII”, Baruch Spinoza, Epistolario, p. 143.
32. Baruch Spinoza, Ética IV, p. 2.
33. Ibidem, II, p. 15.
34. Ibidem II, p. 35, esc.
35. Baruch Spinoza, Tratado de la reforma del entendimiento, Buenos Aires: Colihue
Clásica, 2008.

Bibliografía

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Zourabichvili, François, “L’identité individuelle chez Spinoza”, en Spinoza: puissance et ontology, Revault d’Allonnes, Myriam y Hadi Rizk (eds.), Paris: Kimé, 1994, pp. 85-107.

Miriam van Reijen, Spinoza, Oldenburg y van Blijenbergh, Revista de Filosofía (Universidad Iberoamericana), México, no. 133, julio-diciembre 2012, pp. 19-32.