Mariela Oliva
Ríos
Fragmento del
libro de Mariela Oliva Ríos, La
inmanencia del deseo. Un estudio sobre la subjetividad ética y el amor a la
existencia en Spinoza, México, UACM/Gedisa, 2015, pp. 191-210.
La reflexión no surge ya para turbar la estricta obra
del sentimiento Todo, frente a nosotros, se pliega. Dios, al que buscábamos inútilmente en el
cielo, está en nosotros. Carlo Dossi
Ninguna ética basada en reglas y costumbres, por
racional y poderosa que sea, puede despertarnos a las necesidades del otro como
puede hacerlo el auto-conocimiento. James W.
Heisig
Los individuos humanos, somos cosas singulares, modos finitos que
pasamos a la existencia y en la duración perseveramos, deseamos. La
subjetividad de este individuo compuesto y determinado, tiene como condición de
ser y estar, la transformación de sí con conciencia de tener en sí la causa de
sí mismo. Por la fuerza siempre anhelante que constituye la expresión de su
potencia de actuar, es a partir del conocimiento y entrega a tal fuerza
afirmativa de la vida donde necesariamente damos cuenta de aquello de lo que
participamos, Dios o la naturaleza, el infinito Dios inmanente, indiferente y a
la vez amante.
El énfasis en la imaginación, el deseo, la pasión, la razón, está en que
ya sea como pasajes, como estados o como conocimiento auto determinativo que
alcanza la inmediatez o velocidad de lo eterno, todos son paisajes de un mismo
horizonte, todos entonces necesarios en ese estar y perseverar en la
existencia. Las formas en que se manifiesta
la conciencia son ya deseo y constituyen nuestra condición subjetiva y
objetiva en tanto modos, en una permanente interacción íntima con nosotros
mismos, con los otros y con el mundo.
En la existencia todo acontece, en la esencia todo es real, estas, son
las determinaciones. El insistir en la no subordinación del cuerpo ni de la
mente respecto uno del otro, lo es porque la identidad compleja y personal del
ser humano se traza en el ámbito de sus afectos, de sus pasiones, de su deseo,
a la vez que en la impersonalidad de la Naturaleza de la que es parte, por
tanto su identidad no es sólo psicológica, sino principalmente ética y
ontológica.
Ninguna ética es posible sin el conocimiento de esa realidad que es la
subjetividad como afecto, cuya intensidad aumenta al tiempo que se forja la
autonomía, esto es la necesidad del amor y de la libertad; los pliegues y planos
de este horizonte inmanente se expresan simultáneamente en la subjetividad
humana como la existencia del ser y el ser de la existencia en un proceso de
individuación colectivo.

Cuando el deseo de ese ser de la existencia, cuando su tendencia se
encuentra dominada por las pasiones, sean de alegría o de tristeza, sea que
aumenten o disminuyan su potencia de actuar, continúan siendo simples cambios o
variaciones de estados, paisajes que se tejen sobre ese plano en la duración, y
aún no se es dueño de ellos, vaga inconsciente de aquella potencia que le es
propia. Sin embargo no por imaginar yerra, su imaginación le permite dar cuenta
de que anhela conocer su esencia, su poder de afección, la variación no
pertenece a la esencia sino a la existencia en la duración; pero es cuando ese
estado nos conduce a un incremento de nuestra potencia que se inicia una
concatenación distinta de las ideas mismas de las afecciones, por eso Spinoza
afirma que “el deseo que surge de la alegría, en igualdad de circunstancias, es
más fuerte que el deseo que brota de la tristeza” (E4P18), porque el deseo que
surge de la alegría aumenta por el afecto mismo de la alegría y la fuerza del
deseo que surge de la alegría se define tanto por la potencia humana, como por
la potencia de la causa exterior, a diferencia del que surge de la tristeza que
se define sólo por la potencia humana, es decir “De todos los afectos que se
refieren al alma en cuanto que obra, no hay ninguno que no se remita a la
alegría o al deseo” (E3P59). La actuación humana entonces que se rige por la
imposición de los deseos dentro del conjunto de determinaciones que le afectan
como individuo se expresa, para el caso de la alegría como la posibilidad de
articular y de buscar aquellos afectos que le convengan y le sean útiles. Es
desde ahí, desde la idea misma de aquello que le afecta de alegría, de lo que
se compone con su deseo, que el individuo es capaz de formar ideas ya no
confusas sino adecuadas de sí mismo, y por lo tanto eventualmente comprender la
idea de Dios.
Será entonces, en la posibilidad que tiene el alma de hacer uso de la
razón que el individuo podrá poseer la potencia de actuar mediante la
transformación de las pasiones en afectos, ahí el individuo se encuentra en un
desdoblamiento distinto de su propia capacidad de afección y deseo, el conatus
de la razón y por tanto en la posibilidad consciente de una elaboración de sus
afectos y pasiones.